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Carmelo M. Bonet

Las Escuelas Literarias
 

LAS ESCUELAS Y LA ESTRUCTURA SOCIAL

Muchos ejemplos podrían traerse a cuento para mostrar la ceñida relación del hecho social con el hecho literario. Veamos uno:
El romanticismo, movimiento de dilatada repercusión no sólo en el arte sino también en la vida, que tuvo más de un siglo de vigencia (comienza a mediados del siglo XVIII y se adormece a mediados del siglo XIX), traducía un estado de conciencia colectivo que dió en llamarse, después de las guerras napoleónicas, "mal del siglo". (Con este título escribió Max Nordau una nbovela muy leída en sus días). era una neurosis que provenía, tal vez, del contraste , a veces brutal, de la realidad que se ha soñado y la realidad que se vive. Nadie como Musset dió testimonio de esta enfermedad, según puede verse en Confesion de un hijo del siglo.

Esa neurosis había dado señales de vida en el siglo anterior. Ya empezaría a cambiar subterráneamente el clima social en los comienzos de ese siglo. Por algo gustaron las comedias lacrimosas de La Chaussée, autor de la orimera mitad del siglo XVIII, un preromántico no sólo por el diluvio de lágrimas que hizo verter, sino también por haberse atrevido a entreverar -pecado nefando- en una obra estrenada en 1735, Prejuicio a la moda, escenas patéticas y escenas cómicas, novedad en Francia que gustó mucho.

Ese cambio de clima social, todavía poco perceptible, explica así mismo el éxito sin paralelo del ginebrino Juan Jacobo Rousseau. Nadie encarnaría en el siglo XVIII las virtudes y defectos del romanticismo como este neurópata genial, hombre que vivió en romántico y transmutó su atormentada vida en obra de arte. Es el padre de la novela confesional. En Julie o La Nouvelle Heloïse (1760), noveló sus amores con madame de Houdetot, amores que acibararon su existencia. Es una de esas obras que marcan un hito en la literatura. que abren un nuevo rumbo. Obras madres que han dejado larga descendencia. Por eso, aunque envejezcan y terminen por no interesar, siempre se recuerdan. No es, sin embargo, esta novela, sino las Confesiones, libro sobrecargado de sustancia humana, que escribió en el ocaso de su vida y en las fronteras de la locura, la obra más viviente de Rousseau.

También explica el clima social propicio otro éxito inmenso; el de Werther, la novela casi autobiográfica de Goethe, que hizo llorar a toda una generación.

La mayoría de los ingredientes que caracterizan al romanticismo están contenidos en la novela confesional o confidencial: ensueño, melancolía, emoción de naturaleza, pasiones exorbitantes, egocentrismo, vida vivida por el autor. Este egocentrismo trajo la narración en primera persona y la forma epistolar.

Esa generación se emocionaba con los deliquios amorosos de Pablo y Virginia, la hermosa novela de Saint Pierre. Y gozaba sufriendo la melancolía de las ruina, de las tumbas, de los lagos dormidos, que le presentaba la lírica inglesa, la novela escocesa.

Y es que había aparecido, por causas sociales difíciles de desentrañar, lo que llamó Taine el "hombre sensible", un hombre en quien lo afectivo privaba sobre lo intelectual; un hombre ensimismado, replegado sobre sí mismo y entregado a una tristeza dulce, hecha de ensueño, de rêverie; hombre que vivía soñando en un mundo de ficción, de novela, de Roman, (de ahí, según algunos, el término romanticismo); el hombre antípoda del sanguíneo, alegre y conversador del siglo de Luis XIV, y todo lo contrario de un hombre de acción.


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