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Carmelo M. Bonet |
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Las Escuelas Literarias | ||
ROMANTICISMO FRENTE AL CLASICISMO Los neoclásicos predicaron el culto de la antigüedad pagana; los románticos, el culto de la Edad Media: exhumaron leyendas medievales y un riquísimo material folklórico. Al paganismo opusieron los románticos el cristianismo. Para algunos el romanticismo nace con el cristianismo (así opinaron madame de Staël y Víctor Hugo), porque el cristianismo, con el examen de conciencia, habituó a las gentes a replegarse sobre sí mismas y fomentó la melancolía, que es tristeza espiritualizada y sentimiento base del romanticismo. En efecto, una honda tristeza se expande de la tragedia del Gólgota, persiste con la tragedia de los mártires y continúa a través de la Edad Media en los siervos, en los perseguidos, en las víctimas de la prepotencia feudal. Generalización, como todas, aventurada. ¿Por qué identificar melancolía y cristianismo? En su Historia de Cristo escribe Papini: Dicen que Cristo "es el Dios de la tristeza, cuando, por el contrario, invita a los suyos a la alegría y promete eterno de regocijo a sus amigos. Dicen que ha introducido la tristeza y la mortificación en el mundo, y en vez de eso, cuando Él estaba vivo, comía y bebía, y se dejaba perfumar los pies y los cabellos, y sentía asco por los ayunos hipócritas y por las penitencias vanidosas". Pero romanticismo no es sólo melancolía; es también otras cosas. Es libertad, manos libres, manumisión de grillos. Posición anticlásica, pues clasicismo es disciplina, sumisión a normas, arte dirigido por la razón. El romanticismo termina con la separación de los géneros literarios, sobre la que había legislado Aristóteles, y que habían respetado los secuaces de Boileau: se mezclan lo épico y lo lírico, lo trágico y lo cómico. Y en materia de léxico, se coloca el gorro frigio sobre el Diccionario, como dijo el Pontífice de la escuela; se acaba con la división de las palabras en finas y ordinarias, en nobles y plebeyas, herencia del preciosismo. "No más palabra noble ni palabra villana". También es distinto el comportamiento de clacisistas y románticos en lo que atañe a la explotación estética de la naturaleza. En los primeros, la naturaleza es telón pintado, es imitación de modelos y elemento secundario. El primordial es el hombre. En los segundos, el paisaje lo invade todo. Y no el paisaje minúsculo, lugareño, sino el grande, el exótico, el poco conocido. La literatura se llena de bosques tropicales, de llanuras infinitas, de mares bravíos, de montañas estupendas. Y empiezan a ponerse de moda epítetos que corresponden a la grandeza de las cosas calificadas. A menudo la naturaleza grandiosa pertenecía a islas lejanas, escenario salvaje de idilios tormentosos. Se puso de moda el "insularismo". Después vino el "lakismo", impuesto, sobre todo, por el romanticismo escocés. Un lago quieto, festoneado de vegetación, bañado por la luna, ¿qué mejor confidente para amores intensos y tristes? El romántico, frente a la naturaleza, no la copia fotográficamente, como lo hará el realista, sino que se consustancia con ella y la transforma en "estado del alma", según la feliz y ya socorrida expresión de Amiel.
Otra característica del romanticismo: el culto del yo. El clasicista
era más pudoroso,más impersonal, más objetivo. El romanticismo trajo
una profunda subjetividad del arte. Cundió como nunca el egotismo.
Para el romántico, el mundo giraba entorno entorno de su corazón. La
poesía lírica estuvo parabienes. En todas las lenguas lloraron. ,
gimieron y apostrofaron excelsos poetas líricos. Y ese lirismo se
introdujo en géneros literarios que habían sido épicos desde su
nacimiento, como la novela. Nació la novela lírica o confesional, a
la que ya nos hemos referido. La novela deja de ser una narración
impersonal modelo inmarcesible: el Quijote para convertirse en una
confesión, en una autobiografía más o menos velada. Volvamos a lo que más divorcia a clásicos y románticos: la vida afectiva. El romántico no atiende razones. A la lógica del cerebro opone la lógica del corazón, por aquelo de Pascal, ya tan traído y llevado: el corazón tiene razones que la razón no comprende. En castellano poseemos una hermosa palabra que expresa el vivir no pensado, no meditado, del romántico: corazonada. Y a la verdad: algunas corazonadas valen por cien silogismos. No se discute, en la obra romántica la sensibilidad subyuga a la razón. Pero ¿no contenía sensibilidad la obra neoclásica? La tragedia corneliana y raciniana, espejo de la antigua, es recipiente de pasiones terribles. Más toda esa lava está canalizada, dirigida, no sale de madre como en el drama romántico. Más de una vez, la pasión aparece frenada por el sentimiento del deber., del honor, o por otros motivos: el miedo a las consecuencias, a la sanción de los demás. Fedra se ha enamorado perdidamente de Hipólito, su hijastro. Se cree viuda de Teseo, que no ha vuelto de la guerra. Enceguecida por su pasión, termina por confesársela al amado. Pero Hipólito no es un romántico y no se quema en ese incendio. Piensa, razona y huye de la tentación. Así, razonable y pudoroso, es el Hipólito de Racine. Goethe, que era una amalgama armónica de clásico y romántico, presenta en Werther las dos conductas: Werther se comporta como un romántico puro: anonadado por una pasión incontenible, se suicida, tragedia que viviría Larra pocos años después. En cambio, Carlota, como un personaje neoclásico, antepone el deber a la pasión, y sigue viviendo normalmente. Werther declara su posición romántica: "Me río de mi corazón y hago todo lo que me manda"... "Trato a este pobre corazón como a un niño enfermo: le concedo cuanto me pide"... Eso también hicieron Manon Lescau y el caballero des Grieux. Pocas veces el "locamente enamorados" estuvo empleado con mayor propiedad. Si
bien se mira, el romanticismo pugnaba sólo contra algunos principios
del neoclasicismo, no contra todos. No hubo escuela más amplia. En
su seno cabían lo real, lo ideal y lo grotesco. Pugnaba contra el
racionalismo exclusivista pontificado por Boileau: "Amad pués, la
razón. Que siempre vuestros escritos extraigan sólo de ella su
lustre y su valor". No es necesario ni reglas ni modelos para el genio. Pero esto no reza con la mayoría. La mayoría necesita la disciplina de ciertas normas y el magisterio de los modelos. Por otra parte, hay reglas y reglas. Algunos principios parecen inmarcesibles; otros, circunstanciales. No está bien aplicarles el mismo trato. Por ejemplo: el ideal estilístico del clasicismo, del que Horacio fue inmortal paradigma. Habrá otros igualmente legítimos, pero ése no morirá. Tiene tanta vitalidad que románticos de primera fila fueron clasicistas en lo que concierne a la forma. Hicieron obra de contenido romántico y de continente clásico, como quería André Chénier: "Con pensamientos nuevos, hagamos versos antiguos." La prosa de Chateaubriand, los versos de Lamartine, la prosa de Larra, los versos de Bécquer, o de nuestro Rafael Obligado, y muchos del Amado Nervo otoñal, cubren la sustancia romántica con una vestimenta clásica, a saber: precisa, limpia, cristalina. Por eso ha podido hablarse del "clasicismo de los románticos". |
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