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Carmelo M. Bonet |
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Las Escuelas Literarias | ||
PEÑAS, TERTULIAS Y ACADEMIAS En París, el café Francisco I fué refugio de los simbolistas. Allí bebía su ajenjo Verlaine en compañía de sus corifeos. En Buenos Aires, lo mismo. En cafés y cervecerías solía verse la mansa figura de Rubén Darío, rodeado de sus cofrades. esas reuniones de bohemios fueron memoradas por Gálvez en su novela El Mal metafísico y más recientemente por Martínez Cuitiño en su libro, tan lleno de vida, sobre el café de Los Inmortales. La tertulia literaria es la misma cosa. Sólo es diferente el recinto. Se realiza en casas particulares. recordemos los martes de Mallarmé, añorados con unción casi religiosa por sus conmilitones. Leemos en Alfredo Poizat (Du classicisme au symbolisme): "Tal vez ningún otro se ha acercado jamás, ni de lejos, al encanto de este hombre. Y cuando todos nosotros, los que fuimos sus familiares, evocamos su querida imagen, es para recordar, los ojos llenos de lágrimas, que hubo en los días de nuestra juventud, para abrirnos las radiosas puertas del mundo invisible, donde retozaba su pensamiento de arcángel exiliado del cielo, un ser verdaderamente divino y que parecía venido a la tierra para fundar en ella la religión del espíritu". Recordemos los "jueves" de Emilio Zola, primero en su departamento parisiense, y luego en su casita solariega sobre el Sena, donde comía, bebía y charlaba el "grupo de Medán", constituido por el anfitrión y sus amigos: Hutsmans, Maupassant, Alexis, Hennique y Céard. Recordemos, entre nosotros los "sábados" de Rafael Obligado, las veladas en casa de Angel de Estrada, de Lugones, de Ingenieros, de Horacio Quiroga. En cierta época, los patios y corredores de la Facultad de Filosofía y Letras eran asiento de tertulias vesperales. Todos los días, al anochecer, se daban cita allí las mismas personas: poetas jóvenes, periodistas, escritores en ciernes y algunos estudiantes. Se reunían para verse -había muchachas- y platicar sobre autores, libros y problemas del espíritu, conese aire zumbón, polémico y pedante propio de la juventud. Si uno hurga un poco en la historia de la literatura, tropieza, a través de toda ella, con estos enjambres de camaradas: les beaux esprits se rencontrent. En el siglo XVII, en su primera mitad, la gente más culta de París -ricos y pobres, nobles y plebeyos- se encontraba en salones, en hoteles, algunos de los cuales, como el de Mme. de Rambouillet, como el de Mlle. de Scudéry, adquirieron nombradía europea. en estos hoteles la mujer, la mujer fina, era soberana. Fué el reinado de las "preciosas". En esos hoteles nació y granó nada menos que una corriente literaria: el preciosismo. En otras partes fué también la mujer el imán de tertulias famosas. En la Nápoles del siglo XVI, en las que presidía don Juán dde Valdes, y que dieron materia para su delicioso Diálogo de la lengua, una bella mujer, Julia Gonzaga, Condesa de Fondi, llenaba el ámbito de encanto y poesía. "Pocas siluetas de mujer -escribe Moreno Villa, prologando ese Diálogo- guarda la historia tan sugestivas, tan nimbadas de misterioso romanticismo". Valdés, el centro inelectual de esa corte de gentes de refinada cultura, era un hombre de "conversación suave y atractiva", de "bella presencia, de maneras agradables, de vasta erudición y de un conocimiento hondo de las sagradas letras". Juntas de espíritus selectos describe deleitosamente Castiglione en El cortesano, tan admirablemente traducido por Boscán. Tienen como tatro el palacio del Duque de Urbino, y allí platican en elevado estilo y sobre altas materias, damas y cortesanos. El joven Duque es enfermo, "se echa temprano" y por eso preside las tertulias la Duquesa, Emilia Pía, "la cual por ser de tan vivo ingenio y buen juicio, parecía maestra de todos... así que, juntados allí los unos y los otros, nunca faltaba buena conversación entre ellos, así en cosas de seso como en burlas... Yo no creo que jamás en otro lugar tan perfectamente como en este se viese cuán grande fuese el deleite que se recibe de una dulce y amada compañía". En la historia crítica de la poesía castellana en el siglo XVIII, de Leopoldo Augusto Cueto, hay abundante información acerca de un sinnúmero de academias ( en puridad, de tertulias literarias), muchas de vida efímera, que se fundaron en Italia, Portugal, Francia y España. Entre ellas destaca la "Academia del Buen Gusto" española, "célebre tertulia literaria que, así por su objeto, por la importancia y fama de las personas que la componían, y hasta por su aristocrático carácter, contribuyó al triunfo de la escuela de los preceptistas". Tales personas se reunían quincenalmente en el palacio de la Condesa de Lemos. "Joven, hermosa , ilustre, rica, discreta e instruída, la Condesa de Lemos cautivaba fácilmente la voluntad, y atraía a su sociedad a las personas más distinguidas de la Corte en nacimiento y letras". En el siglo XVIII francés, Germana Necker, la futura Mme. de Staël, entonces una niña, se convirtió en el asombro de los personajes que se congregaban para conversar en casa de su padre, hombres de la talla de Buffon, Diderot, Grimm, Marmontel... ¿Para qué seguir? Sería nunca acabar. El término "academia" significa también cónclave de hombres de letras y, por extensión, de historiadores, de artistas plásticos, etc. Es de origen ilustre: viene de Académeia, la escuela de Platón. Por eso, en la Florencia delos Médicis, se llamó "Academia Platónica" a la formada por estudiosos y exegetas de la filosofía del insigne autor de los Diálogos. Más adelante se congregaron en academia los guardianes del idioma. Para ese fin, para vigilar la evolución del idioma y dirigirla, en lo que esto es posible, el cardenal de Richelieu creó, en 1635, la Academia francesa. Y cuando la dinastía de los Borbones reemplazó en España a la de los Austrias, con Felipe V, se fundó, imitando a la francesa, la Academia española, en 1715. De esta matriz nacieron las academias correspondientes de las naciones americanas de lengua castellanay entre ellas la Academia Argentina de Letras. |
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