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Carmelo M. Bonet |
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Las Escuelas Literarias | ||
LA
FATIGA COMO AGENTE CORROSIVO. Ese hastío es uno de los más fecundos revulsivos en la esfera del arte. A él se debe, en mucha parte, la renovación de los cánones estéticos. Además, los cambios de gusto que el hastío engendra, limpian las estanterías de obras inferiores. En literatura, como en modistería, existen modas. Pero no hay moda que no envejezca, que no acabe por cansar. Ese cansancio por saturación origina un deseo, nunca satisfecho del todo, de novedades. Precipita la caducidad de un módulo artístico y el surgimiento de otro que es, casi siempre, su antípoda. Machacamos con insistencia pedagógica: el neoclasicismo (para algunos pseudo clasicismo), agotado de tanto repetirse, provocó la aparición del romanticismo, en muchos aspectos su reverso. A su turno, el romanticismo, repitiendo, repitiendo la misma fórmula, transformó en retórica su posición primera y degeneró en el bajo romanticismo del siglo XIX, que tuvo como expresión típica el folletín, burda falsificación de la vida, y dio una lírica inundada de lágrimas de cocodrilo. ¡Qué lejos el romanticismo de Rousseau, de Walter Scott, del werther de Shiller, de Byron, de Shelley, de Keats, de Hugo, de Musset, de Lamartine! Esa falsificación de la vida trajo, como antídoto, el mismo realismo flaubertiano: vida real. Realismo amasado con la propia experiencia, con los propios dolores. Y las lágrimas de cocodrilo y los lamentos teatrales de la lírica pseudorromántica, dieron cauce a la reacción parnasiana. "No más llantos humanos en la canción del poeta", exclamará Cátulo Mendés La generación parnasiana, ahíta de confesiones, de intimidades, de subjetivismo, de egocentrismo romántico, será la negación de todo eso. Triunfa el Parnaso con una estética de filiación clásica. No interesa la actualidad. Los poetas se sumergen en el pasado. De ese pasado se excluye la Edad Media, porque había sido predio de los románticos, y se excluye el asunto cristiano por la misma causa. Todo otro sirve, pero el griego es el preferido. Hay un retorno a Homero y un asombroso despliegue de erudición mitológica. En cada poeta yace un mitólogo y un frecuentador de bibliotecas. El jefe de la escuela, Leconte de Lisle, es un bibliotecario. Al verso fácil y espontáneo de los románticos, al verso lamartiniano, oponen estos poetas el verso tenazmente trabajado: rimas insólitas, "ricas", ritmos ortodoxos, vocabulario taraceado de exotismos. Se cultiva un verso frío, con frialdad de mármol, y de factura impecable. Una poesía de este linaje, aristocrática, inaccesible para el lector común, fatigó muy pronto. Y de esa fatiga nació el simbolismo verleniano con sus impresiciones, sus vaguedades, sus "romances sans paroles", su culto al contenido cultural de las palabras (De la musique avant toute chose), sus evanescencias ,su amor a lo gris y sus ingredientes románticos; tristeza y regreso a la temática cristiana, al tema mariano, como en Gonzalo de Berceo: "Amar quiero solo a mi Madre María", y retorno a la devoción de la Edad Media "enorme y delicada". Con Rimbaud se impondrán las incoherencias oníricas y con Mallarmé un hermetismo simbólico. Todo esto, empecinadamente imitado por un enjambre de poetas menores, agotó la paciencia de muchos y provocó, como reacción, el nacimiento de una escuela rival que tuvo limitado eco: la escuela "romana" de Moréas, el poeta griego conquistado por Francia, escuela de raíces clásicas. Dice Moréas en el Manifiesto de su fundación: "Me separo del simbolismo que yo, en parte, inventé. El simbolismo que no ha tenido sino el interés de un fenómeno de transición, está muerto. Nos hace falta una poesía franca, vigorosa y nueva, en una palabra, vuelta a la pureza y a la dignidad de su origen." Una larga vigencia del realismo provocó otra saciedad. La gente se cansó de tanta exactitud, de tanta fotografía en el arte y de un desvío tan radical de la fantasía y de la imaginación. Algunas décadas del naturalismo que sucedió al realismo, tipificado por Madame Bovary, trajeron el hartazgo de tanta miseria, de tanta podredumbre, de tanta patología como encerraban las novelas de esos días. Y sobre ese cansancio amaneció el clasicismo sonriente e irónico de Anatole France, flor de inteligencia. La fatiga por saturación también explica el que los géneros literarios tengan alzas y bajas en el favor público. La epopeya, que fué el género poético más encumbrado en la Antigüedad y durante el Renacimiento, ha caído en total abandono. ¿Hoy quién la aguanta? Existe épocas en que se desarrollan con lozanía el teatro (cuando los genios se apoderan del arte dramático: un Lope, un Shakespeare, un Racine, un Molière): otra sen que predomina la poesía lírica (como en los grandes días del romanticismo); otras en que vence la novela (como en tiempos del realismo y del naturalismo). De pronto adquiere vuelo extraordinario un subgénero, una expresión menor del arte. Le ha llegado su cuarto de hora. Brilla como una luz de Bengala y termina por languidecer y tornar a la modesta y recatada vida de antes. Eso acaeció con el género chico español: colmó los teatros por tres décadas fines del siglo pasado y principios del actual), dando siempre el mismo guiso con distinta salsa. Finalmente, se le hizo el vacío y hoy sólo en forma esporádica se representa. Es fácil imaginar el resultado de la imitación cuando es insistente y porfiada. Los imitadores, si no tienen personalidad - y eso es lo más común-, convierten en defectos las virtudes del maestro, o imitan más los defectos que las cualidades, según la graciosa y vieja salida de Benavente: "Bienaventurados nuestros discípulos porque de ellos serán nuestros defectos" |
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