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Carmelo M. Bonet

Las Escuelas Literarias
 

SUCESIÓN BELICOSA DE LAS ESCUELAS LITERARIAS

La literatura -y también las otras artes- no camina a través de los siglos con un paso tranquilo y parejo, sino con un andar agresivo, cargado de ojerizas e iconoclasia. La evolución estética no se produce mansamente sino belicosamente.

Hay un sucederse de generaciones que no se comprenden. Y ese áspero roce, aunque parezca paradoja, resulta un formidable agente de renovación. Si no fuera por esas intemperancias, el arte se estancaría, paralizado por la arterosclerosis.

Reduciendo a esquema fenómeno tan complejo, observamos que en todo momento histórico conviven, en un estado de paz armada, tres corrientes estéticas que luchan por el predominio. Para percibir esta contienda se necesita , naturalmente, perspectiva histórica. Es difícil captarla con claridad en el período en el que se vive.

Hay una escuela que domina. Es la que traduce mejor el sentir y pensar de ese momento, la que mejor satisface las apetencias estéticas de la mayoría. Hay una escuela dominada. Es la del período anterior, la desplazada, la cual sigue peleando sin rendirse.

En medio del apogeo eufórico de una nueva escuela, siempre aparecen escritores o artistas -y también público- descontentos. Son la retaguardia de la escuela anterior, los naúfragos de un movimiento ya exhausto, ya pasado de moda; hombres del viejo régimen consecuentes con sus primeros amores, y a quienes los nuevos llaman "fósiles" o "reaccionarios". Retaguardia constituída por escritores ya maduros que en su juventud respiraron otro aire y que no sienten ni comprenden las novedades que ha impuesto la sangre nueva. Hombres que consideran como una apostasía el cambiar de rumbo en el otoño de la vida. Es el poeta que escribe en romántico en pleno realismo, o el que sigue a Campoamor, pongamos por caso, en momentos en que triunfa el neopreciosismo de Darío.

Entre los calvos o canosos defensores de la escuela sustituida, suele haber eminencias, dioses en el ocaso, los cuales, si bien carecen de fuerza para luchar, estorban, por gravitación, el libre andar de los vencedores. Eso explica la acritud con que se los combate. No piensan esos vencedores que también a ellos les llegará su turno y que habrá Pedros que nieguen al Maestro. Pocos años bastan para que los que se creen en la vanguardia se hallen formando cola.

Así es. La sangre moza envejece pronto. Aparecen los nietos, la vanguardia de jóvenes iconoclastas que se aprestan a derribar a los dominadores y a ocupar su sitio. En los comienzos no saben con nitidez qué es lo que quieren. Y abren el fuego con una retahíla de negaciones: ¡no más esto! ¡no más lo otro! Es el período destructivo, nihilista, de crítica negativa, propio de toda escuela que se halla aún en estado larval. Necesita despejar el campo y por eso se inicia con una liquidación por desalojo que, usando un eufemismo se denomina "revisión de valores". Es un zarandeo despiadado con que una generación tamiza los productos espirituales de la anterior.

Todas proceden del mismo modo, con igual intolerancia y ensañamiento. En ocasiones la lucha dura años y años, sobre todo cuando la escuela que se pretende desalojar ha tenido un largo y hondo arraigo. Es el caso del neoclasicismo, que señoreaba desde la época de Luis XIV y era todavía muy fuerte a mediados del siglo XVIII, cuando el romanticismo empieza a ganar posiciones por obra -como hemos visto- de Juan Jacobo Rousseau y de los románticos ingleses y alemanes. Lucha que se mantuvo equilibrada hasta que , al fin, se impuso el romanticismo en las primeras décadas del siglo XIX. El triunfo de Hernani de Víctor Hugo, en 1830, señaló el momento cenital de la nueva escuela.

El enemigo es el hombre de ayer, no el de anteayer. Así Víctor Hugo gasta sus flechas apuntando a blancos cercanos: Delille, La Harpe... Los clásicos que están lejos: Corneille, Racine, Molière, son objeto de su homenaje admirativo.

Los mozalbetes de la escuela naciente, un día se cansan de golpear contra los ídolos, de hablar mal de sus antecesores, y procuran, los capaces, hacer obra constructiva, levantar algo sobre los escombros que ellos mismos han provocado, algo que esté de acuerdo con la nueva sensibilidad, con la sensibilidad que amanece. Son sembradores de futuro y si la semilla es buena no se pierde. Espera clima propicio para brotar.

Este choque de las distintas generaciones parece consecuencia de una ley, pues se repite con una sorprendente periodicidad. Por eso abundan los entierros de primera. Boileau, el maestro del neoclasicismo, fue una mala palabra para los románticos. También a Víctor Hugo, el demoledor olímpico, le llegó su hora. Lamartine y Musset fueron negados por los parnasianos. Los cabecillas de la "generación del 98" miraron por encima del hombro a Campoamor y a Echegaray,tenidos, en vida, por glorias nacionales. Los muchahos vanguardistas le dieron la espalda a Ruben Darío. Los hijos espirituales de Menéndez Pidal renegaron del otro ilustre Menéndez. D´Annuncio fue cabeza de turco para el futurismo, y Barrés, para los dadaístas. No se salva nadie.

En medio de esta brega cargada de intolerancia y voluntaria incomprensión, hay hombres que parecen ajenos a ella. Son los artistas o escritores que sirven de puente entre una escuela y otra, entre una generación y otra, entre un clima social y otro. escritores y artistas de transición, "anfibios", tienen algo de la escuela desplazada y algo de la escuela triunfadora. Por ejemplo: cuando el romanticismo domina en toda Europa, florecen ilustres escritores mitad románticos mitad clásicos; románticos por temperamento, clásicos por educación: Andrés Chènier, Leopardi, Larra y el mismo Goethe. Y cuando asoma el realismo, encontramos grandes noveladores mitad rom´nticos, mitad realistas: Manzoni, Balzac, Stendhal, Dickens, Fernán Caballero...

Resumiendo, vemos el cuadro como sigue: en los primeros planos del proscenio, los actores de la escuela que ha logrado imponerse. Para ellos, honores y aplausos. Por el foro andan, como sombras malhumoradas, algunos escritores encanecidos: los triunfadores de ayer, los supervivientes de una escuela ya caduca, y entre bastidores, mozos inquietos y aguerridos que esperan la señal del traspunte para irrumpir sobre el tablado.

Yendo a lo histórico, contemplemos la "batalla de Hernani", con la que se sella la victoria del romanticismo. Así, con su jugoso estilo, la pinta doña Emilia Pardo Bazán :
"Los que describen el estreno de Hernani, sin pensarlo se sirven de la fraseología militar. Los espectadores no se sentaban, tomaban posiciones; no buscaban el sitio mejor para ver, sino el punto estratégico para combatir; y cual los ligueros en la noche de San Bartolomé, tenían sus jefes y capitanes, se daban contraseñas para reconocerse y caer en masa sobre el enemigo. Divididos en destacamentos de veinte o treinta, requerían en el fondo del bolsillo sus armas ofensivas -las huecas llaces- o fregaban las palmas preparándose al aplauso que habría de cubrir el estridente silbido. Hasta en el traje y en el pergeño parecían irreconciliables los de los dos bandos. Mientras los clásicos movían con desprecio sus burlonas cabezas trasquiladas y ostentaban sus calvas lucias, los románticos desplegaban orgullosos sus lenguas crines merovingias y sus barbas dignas de un estuche como el que gastaba el Cid Campeador; y sobre los pantalones verde mar, la nota rabiosa del jubón rojo de Teófilo Gautier recordaba el trapo con que se cita al toro para enfurecerle y la bandera de las revoluciones.

Los de la nueva escuela tenían a su favor el arrojo, esa misteriosa tensión de la voluntad y esa acometividad ciega e irreflexiva que todo lo arrolla. Era la mocedad, mientras los secuaces del clasicismo representaban la fuerza de inercia, la resistencia de lo inmóvil. Como uno de los del bando clásico demostrase en alta voz desaprobación, levantóse una cuadrilla de jaleadores románticos y gritó: ¡Fuera ese calvo! ¡Fuera! ¡Que se largue! Y al punto el jefe de otra brigada se alzó más indignado todavía y clamó: ¡No, que no se escape! ¡Matarle, que es un académico!
La contienda de Hernani, ¡cosa curiosa!, puede reducirse a un altercado de peluquería. La injuria de los románticos a los clásicos era llamarles pelucones y también rodillas, aludiendo al parecido de una calva con una rodilla desnuda. Los clásicos replicaban mofándose de los melenudos y amenazando trasquilarles como a borregos inocentes.

¿Y quienes eran aquellos reventadores de Hernani, derrotados con tal estrépito por una juventud bulliciosa y obscura? Realmente, lo más lúcido de la sociedad y de la clase intelectual: gente madura y sólida, de autoridad y de peso, algo volteriana, bien avenida con la poética de Boileau, muy a mal con el calenturiento Schiller, el bárbaro de Shakespeare y el inquisidor de Calderón. El clasicismo expirante tenía de su parte a la censura, a los salones, a la opinión y a la prensa de circulación e influjo; por suya la Academia, por suyos los cuerpos docentes, por suyo el poder, por suyos los actores"

Ese melenudo de jubón rojo, Teófilo Gautier, milita entre los románticos por razones de edad, pero en el fondo no está con ellos. Es uno de los arúspices del futuro, uno de los precursores de lo que vendrá luego, un disconforme. Frecuenta los cenáculos románticos, pero no plañe, ni gime, ni suspira como los románticos. Ni es como esos un espontáneo: "Esculpe, lima, cincela; que tu sueño flotante se grabe en el bloque resistente."

Brotan de su pluma versos marmóreos, "esmaltesy camafeos", anticipando, con Teodoro de Banville, la severidad glacial de los parnasianos.
Papel de precursores desempeñaron en Francia dos novelistas ya citados: Balzac y Standhal. Balzac cultiva el realismo en plena fiebre romántica, adelantándose a una escuela que florecerá después de promediado el siglo. Stendhal escribe novelas psicológicas que nadie lee. Es una semilla que se abrirá lozana medio siglo después, cuando el psicologismo se ponda de moda.

Otro caso de coexistencia de tres escuelas que luchan por la vida: cuando se impone el Parnaso, hacia 1860, aquellos románticos que se sentían tan seguros en 1830 han entrado en un cono de sombra. Hasta Víctor Hugo es una gloria en penumbra. Son los días de plenitud de Leconte de Lisle y de su corte savante, los ya nombrados Teófilo Gautier y Teodoro Banville, y los nuevos: Cáatulo Mendès, Sully Prudhomme, José María de Heredia. Mas andan por ahí codeándose con este grupo, cuya posición significa un retorno al eterno clasicismo, dos sombras que muy pronto se convertirán en puntales de un nuevo movimiento que tendrá sus puntos con el eterno romanticismo y con el eterno barroquismo: Verlaine y Mallarmé, poetas que, con Rimbeaud, formarán el trípode sobre el cual se asentará el simbolismo.

Esta sucesión marcial de las escuelas sirve como piedra de toque para calibrar el valor de una obra literaria. Si una obra ha resistido el vaivén del gusto que la sucesión de las escuelas implica, es porque aprisiona virtudes fundamentales, esas que sobreviven a las modas, pues no se confabulan varias generaciones para sostener una producción endeble. Y sirve para poner a prueba la solidez de un prestigio. Aun las figuras más excelsas tienen sus eclipses: pierden luminosidad cuando la escuela boyante responde a una estética contraria; pero la recobran en cuanto retorna una escuela de la misma sangre. Un ejemplo entre cien: las acciones de Góngora bajan -¡y de qué modo!- durante el secular imperio de neoclásicos, románticos y realistas. Es el ángel de las tinieblas, el corruptor del buen gusto. Pero cuando renace el barroco, con el modernismo y escuelas afines, Góngoro vuelve a brillar con su luz primera.


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