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Carmelo M. Bonet

Las Escuelas Literarias
 

LA IMITACIÓN CREA Y DISUELVE LAS ESCUELAS

Un hecho constante e ineludible determina la formación de las escuelas literarias y, a la larga, su decadencia. Ese hecho es la imitación, la imitación de la obra ajena.

Entre las fuentes a que puede acudir un escritor, la documental o literaria es acaso la más frecuentada. Las otras, las fuentes "vivas": la realidad exterior y la realidad interior, son para muchos menos asequibles. Para esos muchos resulta más fácil ver el mundo a través de los libros que con los propios ojos.

Sin imitación no habría escuelas. Y la imitación denuncia al maestro. El maestro es el hombre de fuerte personalidad, a veces genial, que da en la tecla interpretando, como nadie, el sentir de su época; el hombre que abre nuevos rumbos y crea la obra tipo que los discípulos imitan.
¿Cómo se sabe que un hombre es el maestro de su generación? Puede haber una elección confesada o poco menos: el caso de Boileau, de Víctor Hugo, de Leconte de Lisle, de Verlaine,de Mallarmé, de Zola, de Rubén Darío... Admiradores, espíritus afines rodean a ese hombre, lo escuchan enfervorizados y lo consideran su caudillo y su orientador. En otros casos, la simple imitación revela la existencia de un maestro. Nadie lo ha proclamado como tal, pero el epigonismo es un nombramiento tácito. Cuando un poeta o un prosista es imitado por una comparsa de jóvenes, esos jóvenes no necesitan decir públicamente quién es su maestro. La literarura contemporánea escrita en español nos proporciona buenos ejemplos. hace unos años, cuando Ortega y Gasset había alcanzado ese estado de plenitud que los griegos llamaban acmé, cuando dirigía la Revista de Occidente y deslumbraba con la prosa densa y bellamente barroquizada de El Espectador, copia de muchachos dieron en la flor de "orteguizar", y así ha podido hablarse de un estilo Revista de Occidente, del que todavía hay vestigios en escritores filosofantes.

Después entró en la arena, con sorprendente vitalidad, García Lorca. Del conjunto de sus obras se destacó una: Romancero gitano, que obtuvo éxito grande y merecido. y empezó el diluvio de las imitaciones. El malogrado poeta convirtiose, sin buscarlo, en maestro de un cardumen de "liróforos" que dieron en "garcilorquear" y llenaron el orbe poético de gitanos y lunas morenas.

Poco después, la ola de los imitadores tomó otro rumbo, eligió otro paradigma: el poeta chileno Neruda. y el "nerudismo" degeneró en una plaga. Porque en eso, en plaga, desemboca la imitación servil. Lo que es original y fuerte en el maestro, resulta desmayado en el imitador mediocre. El imitador es un pobre diablo que carece de personalidad y busca el éxito tratando de tocar los mismos resortes que el maestro. Habría que repetir aquello de Cervantes: "Tate, tate, folloncicos..."

Lo que en el maestro es natural, fruto de su genio o de su ingenio, desgarramiento de su propia entraña, en el discípulo adocenado es artificio, imitación fría, calco, pastiche, literatura de receta. De ahí que fracase en el imitador lo que gusta en el maestro. Se admira a Petrarca; pero fastidian los petrarquistas; se admira a Lope y a Góngora y se aborrece a lopistas y gongoristas. Saltando a los modernos: se admira a Bécquer y se detesta a los bequerianos, se admira a Rubén Darío y se abomina de la tropa de poetas "cínicos", que convirtieron sus virtudes en defectos.

Por lo que vamos viendo, la imitación produce estas dos secuencias contrarias: crea las escuelas y las disuelve. Las crea al formar un clan que se arrima a un maestro, cuyos principios adopta y sigue, y cuyas simpatías y fobias asimila y comparte. se aprenden y aplican sus trucos y sus procedimientos de estilo. Se cultivan sus mismos temas y todos escriben a la manera del maestro, con lo cual le hacen un flaco servicio. Cuando toda una generación acude a la misma fontana , utiliza las mismas metáforas, la misma adjetivación, el mismo tipo de verso o de frase; cuando toda una generación adopta en lo estético una posición pareja, está cavando su sepultura.

Una salvedad. Todo esto no reza con los grandes, con los escritores de vigorosa personalidad. La imitación, en el discípulo adocenado - insistimos- es externa, de procedimientos retóricos, de técnica gruesa, y desemboca en lo que llamamos en preceptiva "manera". En cambio, en el escritor de raza, la imitación es interna, es impregnación. Hace suyo lo que imita estampándole su sello, aprisionándolo en su estilo. Son cosas de jerarquía distinta estilo y manera. El mejor ejemplo, Montaigne, quién se apropió del saber antiguo repensándolo y tamizándolo por su espíritu.

Esta imitación no es peligrosa porque implica una nueva creación y suele frutecer en obras maestras, en obras originales, como cuando Garcilaso imita a los italianos o fray Luis se inspira en Horacio, o Cervantes, escribiendo La Galatea, sigue por los rieles, ya muy transitados, de la bucólica renacentista. Pasando a los modernos, Darío se impregnó de parnasianos y Simbolistas, bebió en la cisterna gongoriana y en otras muchas que señaló Marasso. Pero a todo le puso su molde y dió la posía más novedosa, en lengua española, de sus días. Entre Lugones y Herrera y Reissig hubo fuentes comunes, intercambio de hallazgos, algún contagio recíproco, pero ambos quedaron como poetas enhiestos, porque no cayeron -no podían caer, por lo vigoroso de su personalidad- en el servilismo imitativo.


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© Helios Buira

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