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Carmelo M. Bonet

Las Escuelas Literarias
 

SINFRONISMO

El sinfronismo es otra cosa. Hemos encontrado esta palabra en Ortega y Gasset, quien dice en su ensayo sobre Azorín: "Como hablamos de sincronismo o coincidencia de fechas entre hombres y circunstancias heterogéneas - advierte Goethe no sé dónde-, debemos hablar de sinfronismo o coincidencia de sentido, de módulo, de estilo, entre hombres o entre circunstancias desparramadas por todos los tiempos."

Sinfronismo es, entonces, el parecido de una escuela literaria con otra de época distante. Existe en el andar de las corrientes estéticas como un vaivén pendular: se parte de un punto y, después de un ciclo vital más o menos largo, se vuelve a ese punto de partida. La causa probable es que las circunstancias, en alejados momentos históricos, se asemejan.

Tomemos como primer ejemplo l romanticismo. Si por romanticismo se entiende lo afectivo desbordado, la antítesis de lo sublime y de lo grotesco, de lo cómico y de lo grave, la libertad o insumisión a normas fijas, la promiscuidad de los géneros literarios, la democracia en el lenguaje; si por romanticismo entendemos todo eso, es movimiento que peina canas. Por eso se consideran románticos avant la lettre el teatro lopesco y el inglés del reinado isabelino. Y se ha querido encontrar romanticismo aun en la obra de los griegos, donde no faltan el temblor lírico (en Safo, por ejemplo), ni pasiones desencadenadas ( en la epopeya y en la tragedia). Y se ha querido encontrar en el goticismo medieval.

Emilio Faguet, en su Petite histoire de la littérature française, estudia esa literatura siguiendo la trayectoria de las varias escuelas. Y bien: con reapecto al romanticismo, señala momentos de ebullición romántica anteriores a la gran escuela de los siglos XVIII y XIX. Así hubo para él una generación romántica en la Francia de Luis XIII, representada por hombres que manejaban con igual soltura la pluma y la espada; generación de improvisadores, de gente agallada, eufórica y rebosante de altanería española. Es la generación que tan gallardamente ha pintado Rostand en Cyrano de Bergerac.

Al hablar de realismo pensamos en la escuela hegemónica de la segunda mitad del siglo pasado. Pero nadie ignora que el realismo es tan antiguo como el arte, que es una posición estética de todos los tiempos. Ya hay pasajes realistas en Homero y abundan en las comedias de Aristófanes, de Menandro, de Plauto, de Terencio; y en las prenovelas latinas: el Satiricón, de Petronio; El asno de oro, de Apuleyo.

En cuanto a la literatura española, desde el Poema de Mio Cid hasta nuestros días, el realismo fluye constante y sus obras cumbres son realistas. De manera que cuando el realismo cuaja en escuela en el siglo XIX, ha dejado atrás multitud de parientes, de obras y autores consanguíneos.

El proceso del barroco parece confirmar este ir y venir de las escuelas, este sinfronismo. Para el clasicista, la decadencia coincide con la aparición del barroco, al que considera un atentado contra el buen gusto. Pero en el fondo no existe tal decadencia. El barroquismo es flor de loto, flor que sobrenada en las aguas estancadas. Las ideas no se enuncian naturalmente sino ingeniosamente, rebuscadamente, artificiosamente. El idioma se tortura, se retuerce en su sintaxis y se enturbia su caudal con neologismos y barbarismos.

Estos movimientos de literatura barroquizada se fundan en un propósito loable: revelarse contra la invasión del lugar común, de la frase hecha. Ya se sabe: los giros más novedosos, los impactos verbales, los hallazgos expresivos, a fierza de repetirse degeneran en lugares comunes. Y el horror al lugar común incita a estos escritores de supuesta decadencia a buscar nuevas formas para vestir viejas ideas. Y de ahí el malabarismo de palabras y conceptos de que hacen gala.

Tan natural es este fenómeno que se reproduce con "periodicidad zodiacal" en todas las literaturas, como si obedeciera a una ley cíclica. Sobreviene a la zaga de los períodos clásicos exhaustos, amanece sobre sus escombros.

En la literatura latina , verbi gratia, después del cenit de su período clásico, en que lucen Cicerón, Tito Livio, Virgilio, Horacio, Cátulo, Tibulo, Propercio, etc., se inicia el descenso de lo clásico en ovidio y se va acentuando en la época del imperio hasta convertirse en una subversión francamente barroca, que René Pichon, en su Historia de la literatura latina , expone con estas palabras, no exentas de dogmatismo clasicista: "Lucano reacciona contra Virgilio, Juvenal contra Estacio, Séneca contra Cicerón; pero unos y otros llegan a un mismo resultado: a la sutileza y a la complicación. Para disimular sus imitaciones, se agotan buscando algún detalle nuevo, algún giro imprevisto; y recargan con afeites la expresión simple y natural de los modelos clásicos. se torturan para descubrir alguna cosa rara, extraordinaria, y caen en la extravagancia. Se apartan del buen sentido, de miedo de caer en la rutina.El preciosismo los vence, enfermedad fatal de las literaturas envejecidas que buscan lo nuevo a todo precio y que carecen de la suficiente savia para encontrar la verdadera originalidad: la de las ideas y los sentimientos. La lengua se resiente de esta corrupción , pierde la simplicidad, la precisión, la naturalidad. La gramática y la sintaxis de los escritores de la época imperial parecen no tener más que un fin: enmascarar y alambicar la expresión del pensamiento. Todos los medios les parecen buenos para renovar la lengua: aportes del habla popular, del argot, o del vocabulario de los diferentes oficios; introducción en la prosa de giros y palabras poéticas; resurrección de viejos vocablos, pasados de moda, o, por lo contrario, invención de voces nuevas; acumulación de términos abstractos o de perífrasis para reemplazar el término preciso y concreto; violación de las reglas sintácticas, yendo hasta la incorrección por temor de estancarse en construcciones triviales; inversiones forzadas, trastornando a capricho el orden de la frase".

Pasan los siglos y el fenómeno se reproduce y con parecidas características. Es la eterna lucha -dijimos- entre naturalidad y afectación . Recordemos una vexz más el barroquismo del siglo XVIII. En España nace con el culteranismo y el conceptismo un stil nuovo: el de Góngora, el de Quevedo, el de Gracián, al que imita todo un rebaño de medianías. Nace después de un siglo de consumo de la envoltura clásica; siglo que se abre a lo grande con la Celestina y se cierra a lo genial con Cervantes. no era posible ir más allá por la vía de la llaneza. Llaneza que para Góngora era "agua chirle". Se esparce entonces la enemistad a lo simple, a lo natural, a lo claro. Se prefiere la frase alquitarada, retorcida y mutilada por la elipsis , y el verso artificiosamente oscuro. Se disloca la sintaxis con el hipérbaton violento, se emplea sin tasa ni medida el lenguaje metafórico y perifrástico y se exhuman palabras del latín literario y se inventan otras.

Movimiento de difusión europea y de fiertes raíces. Todavía en el siglo XVIII se combatía contra el culteranismo español, que se había trepado a la cátedra sagrada. La célebre sátira del padre Isla, Fray Gerundio de Campazas, pruebe esa supervivencia.

El preciosismo francés, incubados en los hoteles de damas linajudas en la primera mitad del siglo XVIII, aunque demodé a los pocos años, tuvo una vida latente muy arraigada. Su fuerte había sido la perífrasis, que casi siempre contenía un eufemismo. Y el eufemismo se hizo carne en el idioma francés. Fue un amortiguador que evitaba, en el habla culta, las expresiones groseras y ordinarias. La sátira de Molière en Las preciosas ridículas se enderezó a combatir sus excesos y no su legitimidad. Eran tiempos, comenta Menéndez y Pelayo, pensando en tales excesos, en que se huía con empeño de llamar las cosas por su nombre, sobre todo si eran plantas o animales; tiempos en que un poeta se inmortalizaba llamando al capón "frío celibatario, inhábil par el placer, ajeno a la felicidad de ser esposo, mártir infortunado del lujo de la mesa"; tiempos en que un traductor de Homero, a fin de no estampar las voces "puerco", "asno", decía del primero: "ese grueso epicúreo que engorda a fuerza de bellotas"; y el segundo: "ese útil animal a quien tanto ultrajan nuestros desdenes". La gallina esa "la esposa del cantor del día"; y la vaca, la "indigna rival de Pasifae".

Tanto sobrevive esta extravagancia que M. Ducis al traducir Otelo en 1792, ya en pleno furor romántico, y vigoroso aún el neoclasicismo, no se atrevió a escribir la palabra mouchoir y entonces reemplazó el fatal pañolito de Desdémona con una diadema de brillantes. Todavía en el siglo XIX, Víctor Hugo siente la necesidad de vapulaear a los que se entregan, como Delille, a las "caricias de las prífrasis"; lo cual significa que el preciosismo daba aún señales de vida; y confirma lo que hemos dicho, a saber: que los movimientos estéticos languidecen, pero no mueren.

A fines del siglo XIX acaeció un hecho semejante al del siglo XVII: El estilo llano, liso, claro del realismo fue sustituido por un estilo "artístico", "afeitado", exornado; por un neo preciosismo que en lengua española se llamó modernismo. Tan emparentada se halla esta escuela con el barroquismo del siglo XVII, que sus tres sillares americanos: Darío, Lugones, Herrera y Reissig, no ocultaron su debilidad por Góngora y Quevedo.

No está demás advertir que nunca una escuela que reaparece es idéntica a las anteriores de su misma filiación. Lo romántico del siglo XVII es, como anticipamos, insubordinación, rebeldía lopesca contra ciertas normas inflexibles del clasicismo. Pero, además, goce de vivir, un goce que se desahoga en cuchilladas, en galanteos, en culto báquico. En el romanticismo del siglo XIX se dan todas esas rebeldías, pero el goce de vivir ha sido reemplazado por la pena de vivir, y esa pene se desahoga en lágrimas, en suspiros, en renunciamientos. En ambas épocas resalta la devoción hacia la mujer. Pero en una es fineza, galantería, rendimiento de novela pastoril; y en la otra es entrega apasionada.

Lo mismo podría decirse de las demás escuelas consanguíneas. Hay semejanza, pero no identidad, pues el tiempo no retrocede y las circunstancias que el arte refleja no son nunca las mismas.


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© Helios Buira

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