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Carmelo M. Bonet

Las Escuelas Literarias
 

CLASICISMO. TÉRMINO AMBIGUO

Cuando se discurre sobre escuelas literarias aparece a cada momento el término "clasicismo" y, por derivación, neoclasicismo, seudoclasicismo.

Hemos presentado, en cifra, los principios cardinales de esta corriente estética. Fueron codificados por Boileau, Muratori, Luzán, etc. Principios casi todos opuestos al romanticismo de escuela que vendría después. Pero en el terreno de la forma, clasicismo y romanticismo no son incompatibles. Por eso hemos hablado del "clasicismo de los románticos" y citados figuras como Leopardi, Manzoni, Andrés Chénier, Chateaubriand, Larra, donde es evidente.

Cuando usamos la palabra "clasicismo", no pensamos en las normas encerradas en las poéticas de los citados "legisladores del Parnaso", muchas de ellas harto vulnerables, sino en un molde expresivo que tuvo, nos antoja, en Horacio, su expresión ejemplar, y cuyo único oponente serio es el barroco, postura anticlásica violenta que toma distintos nombres según las épocas.

Clasicismo es una de esas voces que han adquirido varios sentidos, polisemia que no hace sino sembrar confusiones. "Clásico" era lo que se enseñaba en clase, en las escuelas renacentistas. Y como lo que se enseñaba eran las letras greco-latinas, se denominaron "clásicas" por antonomasia esas literaturas madres. Luego por extensión se dió ese nombre de clásico a lo saliente, a lo ejemplar de cualquier escuela, a la obra tipo o modelo y al autor que la concibió. Así Góngora es un clásico del barroquismo español, Víctor Hugo un clásico del romanticismo, Verlaine un clásico del simbolismo, y nuestro Hernández el clásico de los gauchescos.

Aplicando este significado de razonamiento pleno a las varias edades de una literatura, se considera edad clásica a la que enjambra una constelación mayor de astros de primera magnitud. En este sentido, en literatura, la edad de oro- reinado de Carlos V y de los Felipes- es el período clásico, pues fué el de más poderosa irradiación y el que contó con mayor copia de ingenios y de obras maestras. Sin embargo, desde otro punto de vista, no hubo período menos clásico, más insubordinado a los preceptos del clasicismo tradicional.

Denominamos "preclasicismo" al período anterior a este de madurez cabal: período de infancia y adolescencia, de incubación, de tanteos, de balbuceos. Cuando empleamos el vocablo "neoclasicismo", volvemos a la vieja acepción, a la de estimar como clásicas sólo a las literaturas greco-latinas. La escuela de Boileau fué bautizada así porque seguía la estela de las literaturas maternas. Y cuando la imitación de los modelos antiguos se hizo demasiado servil, demasiado externa, en los días ya degenerativos de la escuela, el movimiento fué designado despectivamente "seudoclasicismo".

Esta ambigüedad semántica del término clásico es un semillero de equívocos. Sería muy útil circunscribir la órbita de su significación: llamar clásico, o clasicista, al arte en que predomina la razón y, por tanto, un estilo racional, una locución limpia, lisa, clara, concisa, precisa, huérfana de adorno, de cosmética, de rebuscamientos. Y barroco a lo contrario.
El examen de los estilos de época confirma este antagonismo. Hay una contienda secular entre los dos estilos, entre lo clásico y lo barroco, que puede sintetizarse así: naturalidad contra afectación. Insistiremos sobre este punto más adelante.


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