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Carmelo M. Bonet

Las Escuelas Literarias
 

EL CONCEPTO DE GENERACIÓN

La palabra "generación" se está habriendo camino en el mundo literario. Designa a un conjunto de hombres que han vivido en el mismo momento histórico y que utilizan para expresarse un mismo estilo.

La escuela también es eso. Pero el término generación tiene la ventaja de ser más amplio, de dar cabida a más gente y de no pedir la existencia visible de un jefe, de un caudillo, de un maestro.

Advirtamos: no se aplica sólo a lo literario sino también a lo político, a lo social, a lo filosófico. Decimos "la generación de Mayo" sin pensar en la literatura ; y "la generación del 53" o del 80, pensando en varones que fueron un poco de todo: soldados, políticos, ideólogos, hombres de letras.

Pero es en la república literaria donde más se consume. Alberto Thibaudet ha construído su Historia de la literatura francesa clasificando el hecho literario por generaciones. He aquí como intitula algunos de los capítulos: "La generación de 1789", "La generación de 1820", "La generación de 1850", "La generación de 1885", "La generación de 1914"...

En España se está navegando por las mismas aguas. Ha quedado consagrada la fórmula "generación del 98" creada por Azorín. Adrenio, en su opúsculo El renacimiento de la novela española en el siglo XIX, se ocupa de la "generación de 1868" y también de la "generación del 98".

Los alemanes ya han edificado toda una doctrina sobre los elementos que constituyen una generación. En el libro de Hans Jeschke, La generación de 1898 en España, (Ensayo de una determinación de su esencia), hay abundante doctrina sobre el particular. En la edición chilena que tenemos a mano, figura un prólogo del traductor, Y. Pino Saavedra, en el cual se exponen varios enfoques de pensadores germanos. De esos enfoques entresacamos uno, el de Dilthey, quien expresa, en un lenguaje que no es un prodigio de claridad, más o menos esto: que una generación se respalda en un acontecimiento importante (por ejemplo: una guerra, una revolución, un hecho político trascendente); que sus miembros han nacido aproximadamente en los mismos años y se han formado, por lo tanto, dentro de "circunstancias vitales semejantes", por lo cual existe entre ellos comunidad espiritual. Si provistos de dotes creadoras, "imprimrn formas de vida y de arte" determinadas por el ambiente de la época y características como expresión de ese momento histórico.

Este problema ha entrado dentro de la órbita de las meditaciones de Ortrega y Gasset. Nada mejor para comprenderlo que acercarse a su hondo pensar. Lo wxpone en su libro El tema de nuestro tiempo. Se refiere en él a las ideas filosóficas, pero lo que dice puede aplicarse a las ideas estéticas, que también son filosóficas.

Afirma en el capítulo "La idea de las generaciones" que hay épocas de filosofía pacífica y épocas de filosofía beligerante. En las primeras los miembros de una generación desarrollan "ideas germinadas" anteriormente, las heredan y las explotan.

Esa continuidad explica -agregamos nosotros-, trasladando el asunto al plano estético, que haya movimientos (como el neoclásico, como el romántico) que duren más de un siglo. Y es que varias generaciones se han sentido solidarias, y han comulgado con idénticos ideales.

Mas este pacifismo fenece un día. Un día irrumpe una generación belígera que corta los cables con el pasado en inmediato. En estos cortes, aclara el ensayista español, "la colectividad intelectual queda escindida en dos grupos. De un lado, la gran masa mayoritaria de los que insisten en la ideología establecida; de otro, una escasa minoría de corazones de vanguardia, de almas alertas que vislumbran a los lejos zonas de piel aún intactas".

Al discurrir sobre escuelas literarias, habíamos señalado tres grupos, no dos, como el maestro a quien glosamos: el grupo que se aferra al pasado, grupo conservador; la generación, más joven, que se ha impuesto, y los augures de lo que va a venir.

Continuemos la glosa: la nueva generación, al principio, agrupa a una minoría, la cual "vive condenada a no ser bien entendida". De ahí que se halle en una constante situación de peligro. "Mientras edifica lo nuevo - dice con frase victorhugueana- tiene que defenderse de lo viejo, manejando a un tiempo, como los reconstructores de Jerusalén, la azada y el asta".
Suele hablarse en el mundo literario de "sensibilidad colectiva", de "vieja sensibilidad", de "nueva sensibilidad", de poetas "neosensibles".

En el ensayo que comentamos se menciona una "sensibilidad vital", que se va modificando con el andar del tiempo. Un agente importantísimo interviene en estas modificaciones: el hombre excepcional, a veces monstruosamente excepcional, capaz de torcer el rumbo de la historia, el "héroe" en el idioma de Carlyle.

Ahora bien: para que este monstruo de la naturaleza, genio del bien o del mal, incida sobre las masas, es indispensable que esté identificado con ellas.

Por eso hemos dicho, a propósito de las escuelas literarias, que el maestro, esto es, el hombre superior, a menudo un genio, se impone cuando es intérpetre de la sensibilidad de su época, cuando se establece como una simbiosis entre el hombre superior y la masa. "Una generación -añade nuestro autor- no es un puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerpo social íntegro, con su minoría selecta, y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ambito de la existencia con una trayectoria vital determinada".

Pensemos en la "generación del 98". No está integrada sólo por una "minoría selecta": Azorín, Baroja, Benavente, Valle Inclán... y otros menores, sino también por la masa, de cuyo sentir esos hombres eran voceros.

Después de la pérdida de Cuba y de Las Filipinas se produjo en la gente española un estado de espíritu de amargura y descontento. Y como el dolor es la mayor fuente de energía, esa generación, orientada por esos "claros varones", se empinó, quiso cortar las ligaduras con el pasado "cidiano", como había predicado Joaquín Costa, y colocarse a tono con la cultura europea.

Si uno observa de cerca a los miembros de esa minoría rectora, ve que son muy dispares. Azorín, Unamuno, Valle Inclán...Imposible encontrar personas menos parecidas. Pero por debajo de esas desemejanzas individuales, yace como un denominador común: el sella de la época, que se traduce en el mismo estilo de época. Sobre las coincidencias estilísticas de escritores aparentemente tan disímiles, hay un estudio exhaustivo en el libro citado de Hans Jeschke.

Dice Ortega y Gasset (no pensando, naturalmente, en este ejemplo): "Unos y otros son hombres de su tiempo y por mucho que se diferencien se parecen más todavía. El reccionario y el revolucionario del siglo XIX son mucho más afines entre sí que cualquiera de ellos con cualquiera de nosotros. Y es que, blancos o negros, pertenecen a una misma especie, y en nosotros, negros o blancos, se inicia otra distinta."

Son más afines lo coetáneos porque han bebido la misma leche, han leído los mismos libros, han vivido las mismas costumbres, han sufrido las mismas inquietudes. De ahí el aire de familia que presentan los autores de una misma generación, a pesar de sus antagonismos temperamentales.


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© Helios Buira

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