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Carmelo M. Bonet |
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Las Escuelas Literarias | ||
CENÁCULOS Y CAPILLAS Para designar a estas minorías dirigentes y orientadoras, se utilizan dos vocablos felices, extraído del léxico eclesiástico: cenáculo y capilla. Cenáculo fué la sala en que Jesús, rodeado de sus discípulos, celebró la última cena. En el cenáculo literario hay también un maestro rodeado de discípulos. Capilla es la comunidad de pelados, de capellanes, de hombres de iglesia. Y por analogía, en literatura, la comunidad de escritores que obedecen a un mismo credo. Un epígono de Hipólito Taine -vale decir, un crítico determinista-, Jorge Renard, en un libro que es un modelo de sistematización, La méthode scientifique de l´histoire littéraire, trae un capítulo relacionado con este asunto de la agrupación de escritores y artistas. Identifica el término "escuela" con el término "cenáculo" y afirma que los cenáculos podrían definirse como el reverso de las "academias". Las academias están constituidas por hombres que han llegado y los cenáculos por hombres que todavía luchan por llegar. Las academias representan la edad madura y la vejez. Respetan, por tanto, "la tradición, el culto del pasado: encarnan la costumbre". A la inversa, los cenáculos "representan la juventud", "profesan ideas nuevas y revolucionarias, se lanzan con todas sus aspiraciones hacia el porvenir, son los agentes de la moda". Entre un conglomerado y otro puede haber un lapso de trinta años. El cenáculo es una institución belicosa. Se propone un fin: ir en contra de esto y a favor de aquello, y todos sus integrantes, como un solo hombre, respetan y ponen en ejecución esa consigna. Para dar cohesión doctrinaria al grupo, suele fundarse una revista, en la que se excluye la colaboración libre y ecléctica. Sólo escriben sus componentes, que son también sus únicos lectores. Agrupación de lucha, el cenáculo cultiva la intolerancia y comete, a sabiendas, lo confesaba Zola, recordando a grupos de su juventud, "bellas injusticias". A sabiendas se vomitan enormidades contra los valores consagrados, afinando la puntería sobre los de la generación aterior. "Ingratitud ingenua y cruel, pero que será castigada a su turno de la misma manera por otra generación", por la que viene detrás. Contrasta esa intemperancia con el intercambio constante de ditirambos y elogios recíprocos. Forman, los miembros de un cenáculo, una especie de masonería. Si intervienen como jueces en un jurado, sólo votan por los camaradas del cenáculo. Si gravitan en una editorial, es difícil que den calce a escritores ajenos a la capilla. La existencia de estos reductos, de estas asociaciones de socorros mutuos, es un resultado natural de la dramática lucha que se libra en el mundillo literario para salir del anónimo. El gran poeta, el gran escritor, el artista eminente, no necesita empinarse sobre la punta de los pies para que lo vean. No necesita valerse de ninguna estrategia para que lo conozcan. Pero sí la necesita el pequeño, el mirmidón, o el principiante. Necesita apoyarse en los otros para que reparen en él. Sólo, es un huérfano sin amparo. Encuentra todas las puertas cerradas. Nadie le da beligerancia. Los grandes diarios, las grandes revistas, no aceptan su colaboración, porque lo que les interesa es la firma del colaborador. Si escribe un libro, nadie lo compra. Tiene que regalarlo. Aunque valga, nace bloqueado por la indiferencia y el silencio. Y bien: para este principiante desvalido, el cenáculo es una protección. Del brazo con los amigos, el paso vacilante se torna firme. El cenáculo le brinda un lugar de reunión que lo "salva de las desesperanzas del aislamiento, y le permite en plena batalla tomar aliento y no perder el valor". El cenáculo agita el avispero. Hace ruido y ese ruido se aprovecha como agente de publicidad. El profesor Martino, haciendo la historia del cenáculo parnasiano, dice que cuando un movimiento de concentración está terminado, se redactan los manifiestos, se publican las colecciones colectivas, se da, o se acepta, una etiqueta "y cada uno publica, aprovechando el ruido creado, el pequeño volumen de versos que acaba de escribir". Los jóvenes que se arraciman en torno de una misma bandera -sigue diciendo Jorge Renard- "forman un batallón cerrado que es difícil romper y aumentan sus posibilidades de hacer una salida victoriosa. Además, cambiando ideas, discutiéndolas juntos, dan a sus concepciones mayor amplitud y solidez, elaboran en común un credo artístico que, sin ser perfecto, gana en extensión y a veces en profundidad filosófica". Los cenáculos desempeñan con sus críticas despiadada una labor de limpieza nada despreciable. Los jóvenes "incurren en enormes exageraciones, en equivocaciones formidables, en injusticias manifiestas". Mas esta revisión inmisericorde de valores más o menos consagrados no deja de ser saludable. "Tiene el mérito de señalar, en las obras demasiado complacientemente admiradas, en las reglas demasiado dócilmente aceptadas, desmayos y puntos flacos". La vida de cenáculo tiene, sin embargo, para el novicio, algunos inconvenientes que también puntualiza el tratadista suizo. Los cenáculos -advierte- degeneran a menudo en capillas donde, sin el freno de la sanción pública, prosperan, en un ambiente sobrecargado y casi artificial, bizarrías y excentricidades. De ahí que el cenáculo, si bien puede formar a un joven, también puede deformarlo. Se entabla dentro del grupo una especie de emulación, de pugna por la originalidad, y más de una vez en esta persecución de lo raro se desciende a lo extravagante, a lo absurdo. No es éste el único peligro de las capillas (la capilla es un cenáculo en pequeño): "se corre el riesgo de caer en la estrechez del gusto". Y también en una atmósfera de mentira recíproca: "Las complacencias de la camaradería, las admiraciones mutuas, los elogios interesados, falsean el carácter, habitúan a enmascarar la verdad, quitan al pensamiento su andar franco y digno". Otro peligro: el equivocarse de camino, el adaptar una postura estética que no esté de acuerdo con la propia complexión espiritual. Por contagio, por seguir una moda, por ir a la grupa de un escritor de gran prestigio, más de uno se malogra. Insincero consigo mismo, trabaja ajustándose a una receta, la del grupo, y contrariando inclinaciones entrañables. Es, pongamos por caso, idealista o romántico por temperamento y escribe en realista porque el maestro ha triunfado tocando esa tecla. O es clásico por temperamento -como Moréas- y compone versos simbolistas porque eso se usa en los círculos más bulliciosos. De estos imitadores fríos, insinceros, está lleno el cementerio literario. La
salvación consiste en escapar a tiempo del cenáculo, como hizo
Güiraldes, y ser uno mismo con las cualidades y los defectos que
Dios le ha dado. Ese es el gran principio, no sólo para las letras
sino también para la vida: no traicionarse a sí mismo, no vivir en
falso, en comediante. Decía Saint-Beive que no se pasa impunemente por un cenáculo, pues, aunque se haga como simple transeúnte, algo se pega. Poe eso, cuando se examina, siguiendo el método biográfico que él practicó, la obra general de un escritor, conviene preguntarse si fué socio de algún cenáculo, o qué grupo de amigos frecuentó en sus años de formación. Porque aunque el autor estudiado sea un tránsfuga de ese grupo (como Teófilo Gautier con respecto a los románticos, como Verlaine y Mallarmé con respecto a los parnasianos), es difícil salir indemne de contagio, salir sin haberse tiznado. No es común el que una poderosa personalidad forme parte de uncenáculo o capilla si no es su centro, pues no le hace falta para sobresalir el sostén de colegas menores. Pero ese hombre importante, a menudo una torre de egolatría, suele gustar de la peña, se encuentra cómodo en la peña. |
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