El mito de San Valentín
Cada 14 de febrero, el mundo se viste de rojo y rosa, ya se palpita
y vienen calentando motores.
Corazones de cartón, canastos con globos rojos y chocolates, ramos
de flores y cenas a la luz de las velas marcan el ritmo de un día
que se presenta como la celebración del amor. Pero… ¿de qué amor
hablamos?
Las vidrieras solo invitan al que tiene con quién, las promociones
valen para dos, las mesas se reservan en pareja, y así, el Día de
los Enamorados, se convierte en un club privado, exclusivo, y al que
se accede con credencial. Pero, ¿qué pasa con los que no la tienen?
Porque el amor, ese sentimiento tan bastardeado por el marketing, no
debería limitarse a una relación romántica, no debería excluir a la
mujer que se elige todos los días frente al espejo, al hombre que
encuentra en sus amigos la lealtad más pura, al alma que se abraza
en soledad sin miedo a la falta de otro.
Detrás de este festejo comercial están quienes sostienen la
estructura, las que arman paquetes de chocolates que nunca van a
recibir, los mozos que sirven cenas sin una mesa para sí mismos, las
vendedoras de flores que despachan rosas que tal vez no van a
adornar sus casas...
Y también están quienes sienten la presión de encajar, de que
alguien les regale un "Feliz San Valentín" para no quedar afuera,
como si estar solo fuera una falta o un fracaso ....
A lo mejor es hora de reescribir la historia. De celebrar el amor en
todas sus formas. De mandar flores a una amiga, de brindar con uno
mismo, de agradecer la compañía de quienes nos sostienen más allá
del romance.
Porque el amor no es un mito ni una fecha en el calendario, es lo
que elegimos construir cada día, con o sin pareja, con o sin San
Valentín. |