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Un final bastante
extraño -
Sobre el escribir
novelas en primera
persona - Ezra Pound y su Bel Esprit - El olor acre de las mentiras - Un agente del mal - |
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Ernest Hemingway | ||
Un agente del mal | ||
Lo
último que me dijo Ezra cuando dejó la rue Notre-Dame-des-Champs
para marcharse a Rapallo Fue:
Dunning, tendido en la estera, parecía un esqueleto y desde luego
hubiera acabado muriéndose por falta de alimentos, pero finalmente
convencí a Ezra de que son pocos los que se mueren hablando en
períodos bien redondeados, , y que nunca había visto a un hombre
morir mientras hablaba en terceros encadenados, y por mi parte yo
dudaba de que el propio Dante llegara a tanto. Ezra me dijo que
Dunning no estaba hablando en terceros encadenados, y reconocí que
posiblemente me sonaba a terceros encadenados, y reconocí que
posiblemente me sonaba a terceros encadenados sólo porque yo estaba
durmiendo cuando recibí la nota de Ezra. Finalmente, después de una
noche pasada con Dunning que esperaba la llegada de la muerte,
dejamos el caso a cargo de un médico, y se llevaron a Dunning a una
clínica para una cura de desintoxicación. Ezra se hizo responsable
del pago a la clínica, y movilizó en ayuda a Dunning a no sé cuántos
amantes de la poesía. A mí se me confió únicamente la entrega del
opio si se producía un momento de verdadera necesidad. Viniendo de
Ezra era una misión sagrada, y mi mayor ambición era la de estar a
la altura de las circunstancias y reconocer el estado de verdadera
urgencia. Se produjo al fin, cuando un domingo por la mañana la
portera de Ezra entró en el patio de la serrería y gritó hacia la
ventana abierta donde se me veía estudiando los programas en el
hipódromo: Quie Donning se hubiera subido al tejado del estudio y se negara categóricamente a bajar, parecía representar un estado de notable urgencia, de modo que me proveí con el tarro de opio y subí por la calle en compañía de la portera, que era una mujer menuda y vehemente, muy agobiada por la situación. -¿Tiene Monsieur lo que necesita? -preguntó. -Desde luego -aseguré- No habrá ninguna dificultad. -Monsieur Pound piensa en todo -dijo ella- Es la amabilidad en carne y hueso. -Sí que lo es -dije- Y lo hecho mucho de menos. -Esperemos que Monsieur Dunning sea razonable. -Tengo lo que hace falta -le aseguré.
Cuando llegamos al patio al que daban los
estudios, la portera dijo: Debe haber intuido que yo venía -dije. Subí por la escalera al aire libre que llevaba a la vivienda de Dunning y llamé a la puerta. Me abrió. Estaba demacrado y parecía más alto que de ordinario. -Ezra me encargó que te diera esto. -dije ofreciéndole el tarro- Dijo que ya comprenderías que es. Tomó el tarro y lo miró. Luego me lo tiró. El tarro me dio en el pecho o en el hombro y rodó escaleras abajo. -Hijo de puta -dijo él- Mal parido. -Ezra dijo que tal vez lo necesitaras -dije. Replicó disparándome una botella de leche. -¿Estás seguro de que no te hace falta? -pregunté. Arrojó otra botella de leche. Me batí en retirada, y me alcanzó en la espalda con otra botella de leche. Luego cerró la puerta. Recogí el tarro, que sólo tenía una ligera raja, y me lo guardé en el bolsillo. -No parecía que le gustara el regalo de Monsieur Pound - expliqué a la portera. -Tal vez ahora está más tranquilo. -Tal vez ya tenga él una provisión. -Pobre Monsieur Dunning -dijo ella. Los amantes de la poesía que Ezra había organizado acudieron al fin en auxilio de Dunning. Mi propia intervención y la de la portera no había sido más que fracasos. El tarro de supuesto opio que se había rajado lo guardé, envuelto en papel de parafina y cuidadosamente atado, en una vieja bota de montar. Cuando, unos años después, Evan Shipman me ayudó a recoger mis cosas de aquel piso que dejaba definitivamente, encontramos el viejo par de botas de montar, pero el tarro ya no estaba. No sé por qué me bombardearía Dunning con botellas de leche, a no ser que se acordara de mi incredulidad en la noche en que murió por primera vez, o que fuera una innata repugnacia por mi persona. Pero me acuerdo de la inmensa felicidad que la frease «Monsieur Dunning est monté sur le toit et refuse categoriquement de descendre» comunicó a Evan Shipman. Vio en ella una virtud simbólica. Yo no sé. Tal vez Dunning me tomó por un agente del mal o de la policía. Yo sólo sé que Ezra procuró favorecer a Dunning como favorecía a tanta gente y siempre deseé que Dunning fuera un porta tan bueno como Ezra creía. Para ser poeta disparó una botella de leche con puntería muy buena. Pero Ezra, que era un poeta muy grande, también jugaba muy bien al tenis. Evan Shipman, que era un poeta muy bueno y realmente no sentía ninguna necesidad de que sus poemas se publicaran, decidió que el caso de Dunning debía seguir envuelto en el misterio. -En nuestras vidas no hay bastante misterio verdadero, Hem -me dijo una vez- En estos tiempos, lo que más falta nos hace son el escritor realmente desprovisto de ambición y el poema inédito realmente bueno. Claro que está el problema de comer. Nunca he visto nada escrito sobre Evan Shipman y esta parte de París, ni sobre sus poemas inéditos, y es por ello que me parece tan importante incluirlo en este libro. |
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© Helios Buira
San Cristóbal - Ciudad Autónoma de Buenos Aires 2017
Mi correo: yo@heliosbuira.com