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Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amistad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quién, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco de Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético.

Ezra fundó un institución llamada Bel Esprit, asociándose con Miss Natalie Barney había sido amiga de Rémy de Gourmont (eso fue antes de mis tiempos), y tenía en su casa un salón donde recibía en cierto día de la semana y en su jardín un templete griego. Muchas mujeres, americanas, y francesas, provistas de dinero suficiente, tenían sus salones, y pronto comprendí que eran unos lugares excelentes para que yo me guardara de poner en ellos los pies. Pero creo que Miss Barney era la única con un templete griego en su jardín.

Ezra me mostró el folleto que anunciaba Bel Esprit, y Miss Barney le había permitido usar una viñeta del templete griego para la portada. El proyecto de Bel Esprit consistía en que cada cual aportaría una parte de sus ingresos, y entre todos constituiríamos un fondo con el que sacaríamos a Mr. Eliot fuera de su banco, Ezra calculó que la cosa progresaría en línea recta y labraríamos un porvenir para todo el mundo.

Yo metí un poco de cizaña en la cosa al referirme siempre a Eliot, fingiendo que le confundía con el Comandante Douglas, un economista cuyas ideas entusiasmaron grandemente a Ezra. Pero Ezra comprendió que a pesar de todo mi corazón latía como los buenos y que yo estaba imbuído de Bel Esprit, por mucho que a Ezra le irritara oírme solicitar de mis amigos fondos para sacar al Comandante Eliot del banco, y oír a alguien replicar de qué diablos estaba haciendo un comandante en un banco, y que si le habían dado el retiro, no se comprendía que no tuviera una pensión, o que por lo menos no hubiera recibido una indemnización al retirarse.

En casos tales, yo explicaba a mis amigos que todo aquello no venía a cuento. Uno estaba dotado de Bel Esprit o no lo estaba. Si tienes Bel Esprit, harás lo que puedas para que el Comandante salga del banco. Si no lo tienes, peor para tí. ¿Comprendes por lo menos el significado del templete griego? ¿No? Ya me parecía a mí. Adiós, muy buenas. Te metes tu dinero donde te convenga. No lo aceptamos aunque nos lo implores de rodillas.

Mi actividad como agente de Bel Esprit fue muy enérgica, y por entonces mis sueños más felices aquellos en que veía al Comandante salir a grandes zancadas por la puerta del banco, transformado en hombre libre. No logro acordarme de cómo se cascó por fin el Bel Esprit, pero me parece que tiene alguna relación con el hecho de que el Comandante publicó The Waste Land y el poema le ganó el premio Dial, y poco después una dama con título financió para Eliot una revista llamada The Cristerion, y ni Ezra ni yo tuvimos que preocuparnos más por él. Creo que el templete se encuentra todavía en su jardín. Para mí fue una decepción eso de que no hubiéramos logrado sacar al Comandante de su banco mediante la operación única del Bel Esprit, según yo visualizaba en mis sueños con lo que tal vez se hubiera venido a vivir en el templete griego, por donde podríamos dejarnos caer de vez en cuando, Ezra y yo, a coronarle de laurel. Yo conocía un lugar donde había laureles muy hermosos, y hubiera podido ir a cortar una ramas y traerlas en bicicleta, y hubiéramos podido coronarle cada vez que se sientiera solo, o cada vez que a Ezra le fuera posible revisar los manuscritos o las pruebas de otro poema tan grande como The Waste Land. Para mí, la empresa aquella resultó moralmente perniciosa, como han resultado tantas otras cosas, porque me metí en el bolsillo el dinero que había destinado a sacar al Comandante del banco, y me lo llevé a Enghien y lo aposté en los caballos que saltaban bajo la influencia de estimulantes. En dos reuniones hípicas, los caballos estimulados por los que yo apostaba dejaron atrás a los animales sin estímulo o poco estimulados, salvo en una carrera en la que nuestro angelito querido se estimuló hasta tal punto que antes de salir arrojó a su jockey al suelo y se escapó, y dio una vuelta entera al circuito del steeplechase, saltando hermosamente en su soledad, tal como uno salta a veces en sueños. Cuando lo cazaron y lo volvieron a montar, arrancó en cabeza y, como dicen los franceses, hizo una carrera honrosa, pero el dinero fue para otro.

Me hubiera sentido más dichoso si el dinero de la apuesta hubiera ido a parar al Bel Esprit, que había dejado de existir. Pero me consolé pensando que con las apuestas acertadas, hubiera podido contribuir al Bel Esprit con una suma mayor que mi primera intención. De todos modos, todo salió bien, ya que empleamos el dinero en ir a España.


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© Helios Buira

San Cristóbal - Ciudad Autónoma de Buenos Aires 2017

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