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Ford se sentó muy erguido como un enorme pescado dando boqueadas, soltando un aliento más fétido que el chorro de una ballena

Muchas gente adoraba a Ford. La mayoría de esa gente, por supuesto, eran mujeres. Pero algunos hombres sentían simpatía hacia él cuando lo conocían, y muchos de ellos se pasaban la vida intentando ser como él. Me refiero a personas que, como H. G. Wells, lo habían conocido en una buena époque y lo habían visto mal tratado.

Yo no lo conocí en una buena époque, aunque en la época de la Transatlantic Review se habló muy bien en el momento y también más adelante. Casi todo el mundo miente y las mentiras no son importantes. Había gente a la que adorábamos por sus mentiras y esperábamos ilusionados a que empezaran a contarnos algunas de las mejores. Ford, sin embargo, mentía sobre las cosas que dejaban cicatrices. Mentía sobre dinero y sobre aspectos importantes del día a día, y lo defendía con su palabra. Cuando la suerte no lo acompañaba, a veces, daba respuestas más o menos claras. Si ganaba dinero o su suerte mejoraba, se volvía imposible. Intenté ser justo con él y no ser severo ni juzgarlo, sino tan sólo llevarme bien con él; pero el pensar o el escribir sobre él con exactitud resultaba más cruel que cualquier juicio.

Tras conocer a Ford en el estudio de Ezra, cuando mi mujer y yo regresamos de Canadá con un bebé de seis meses y encontramos el apartamento en los altos del aserradero, en la misma calle en que vivía Ezra, y nos mudamos en pleno invierno, Ezra me dijo que debía ser amable con Ford y pasar por alto sus mentiras.

-Siempre miente cuando está cansado, Hem -me dijo Ezra- Esta noche no ha estado nada mal. Tendrías que entender que miente cuando está cansado. Una noche estaba muy cansado y me contó con todo lujo de detalles que cruzó la parte suroeste de Estado Unidos en los primeros tiempos con un puma.

-¿Ha estado alguna vez en el suroeste?

-Claro que no. Pero no es esa la cuestión, Hem. Estaba cansado.

Ezra me contó que Ford, incapaz de conseguir el divorcio de su primera esposa, cuando era Ford Madox Hueffer, se había marchado a Alemanis, donde tenía parientes. Al parecer se quedó allí hasta convencerse de que se había convertido en ciudadano alemás y de que había obtenido un divorcio en Alemania que era válido. A su regreso a Inglaterra, su primera esposa no se conformó con esa solución y Ford se vio cruelmente perseguido y muchos de sus amigos se comportaron mal con él. Entraron muchos otros aspectos en juego, fue más complicado y se vieron implicadas personas muy interesantes, todas ellas menos interesantes hoy en día. Cualquier hombre capaz de convencerse a sí mismo de que se había divorciado y después se le había perseguido por un error tan simple merecía cierta compasión. Quise preguntarle a Ezra si Ford había estado cansado durante todo ese período, pero seguro que debió de estarlo.

-¿Fue ése el motivo por el cual se cambió el nombre y dejó de llamarse Hueffer? -pregunté.

-Hubo muchos motivos. Se lo cambió después de la guerra.

Ford había fundado la Transatlantic Review. En el pasado había dirigido The English Review en Londres, antes de la guerra y antes de sus problemas domésticos, y Ezra me dijo que había sido una publicación excelente y que Ford había hecho un trabajo espléndido. Ahora, bajo un nombre distinto, estaba empezando de nuevo. Había otra señora Ford, una mujer joven, australiana, morena y muy agradable llamada Stella Bowen, que era una pintora dedicada y ternían una hija que se llamaba Julie, una niña grande para su edad, muy rubia y muy educada. Era una criatura guapa y Ford me dijo que tenía prácticamente las mismas facciones y el mismo tono de piel que tenía él a su edad.

Sentía una aversión física del todo irracional hacia Ford, que no se basaba sólo en su mal aliento, pues descubrí que podía aliviarlo si intentaba mantenerme siempre a barlovento de él. Desprendía otro olor muy característico que no tenía nada que ver con ese aliento que casi me impedía estar con él en una habitación cerrada. Ese olor solía aumentar cuando mentía y tenía un matiz dulzón y acre. Tal vez fuera el olor que despedía cuando estaba cansado. Siempre que fuera posible, intentaba verlo al aire libre, y cuando iba a verlo a la prensa manual de Bill Bird, en el Quai d'Anjou de la île Saint-Louis, donde editaba su revista, para leer manuscritos por él, siempre sacaba los manuscritos a la calle y me sentaba en el muro de Quai, a la sombra de los enormes árboles, a leerlos. De todos modos los habría leído ahí afuera, porque se estaba bien en el Quai y la luz era buena, pero siempre tenía que salir del local a toda prisa cuando entra Ford.


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© Helios Buira

San Cristóbal - Ciudad Autónoma de Buenos Aires 2017

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