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Un final bastante extraño
 

El modo con que acabaron las relaciones con Gertrude Stein fue bastante extraño. Nos habíamos hecho muy amigos y yo le había hecho varios favores en cosas prácticas, tales como lograr que su largo libro empezara a publicarse por entregas en la revista de Ford, y ayudar en la dactilografía del manuscrito y la corrección de las pruebas, y empezábamos a ser amigos más íntimos de lo que yo podía sensatamente desear. Nunca se saca gran cosa de que un hombre sea amigo de una mujer célebre, aunque puede ser agradable antes de que la relación se tuerza hacia la suerte o la desgracia, y por lo regular todavía se saca menos cuando se trata de escritoras totalmente ambiciosas. Una vez me excusé por haber pasado cierto tiempo sin visitar el 27 de la rue de Fleurus, alegando que no sabía si era probable que Miss Stein se encontrara en casa, y entonces ella me dijo:
-Pero hombre, Hemingway, aquí está usted en su casa. Lo digo con toda sinceridad, créame. Entre siempre que quiera, y la doncella -la mencionó por su nombre pero lo he olvidado- le atenderá, y usted se instala a sus anchas hasta que yo llegue.

No abusé del ofrecimiento, pero a veces me dejaba caer y la doncella me servía una copa y yo miraba los cuadros y si Miss Stein no aparecía, le daba las gracias a la doncella, dejaba una nota y me iba. Cuando Miss Stein y una compañera se disponían a emprender un viaje al sur de Francia en el coche de Miss Stein, ella me pidió que la visitara cierta tarde para despedirnos. Nos había invitado a que Hadley y yo fuéramos a verla al lugar de sus vacaciones, quedándonos en un hotel, pero nosotros teníamos otros planes y otros lugares donde queríamos ir. Naturalmente, no se dice esto con franqueza, sino que a uno le gustaría mucho ir con los amigos y hará todo lo posible y a última hora no hay manera. Empecé a dominar el sistema para no obedecer a las invitaciones. Tuve que aprenderlo. Mucho después, Picasso me dijo que cuando los ricos lo invitaban él aceptaba siempre porque así se ponían contentos, pero luego salía un obstáculo y no había manera. De todos modos él no lo decía por Miss Stein, sino por gente muy distinta.

Hacía un hermoso tiempo de primavera cuando bajé para mis adioses desde la place de l'Observatoire, atravesando el Petit-Luxembourg. Los castaños de Indias estaban en flor, y había muchos niños jugando en las sendas de gravilla mientras sus niñeras estaban sentadas en los bancos y vi muchas palomas torcaces en los árboles y además oía a otras que eran invisibles.

La doncella abrió la puerta sin que yo tocara el timbre, y me dijo que entrara y esperara. Miss Stein llegaría de un momento a otro. Era antes del mediodía, pero la chica me sirvió una copa de aguardiente, la puso en mi mano y me guiñó el ojo con alegría. el incoloro alcohol me sabía bien en la lengua, y lo tenía todavía en la boca cuando oí a alguien que hablaba dirigiéndose a Miss Stein, y nunca he oído a nadie dirigirse en tal forma a otra persona. A nadie, nunca, en ninguna parte.

Luego me alcanzó la voz de Miss Stein, defendiéndose y suplicando. Decía:
-Esto no, cielo. No hagas esto. No, por favor, no hagas esto. Haré todo lo que me pidas, pero no, cielo, esto no, por favor. No lo hagas. No cielo, por favor, no.
Tragué la bebida y dejé la copa en la mesa y salí disparado hacia la puerta. La doncella meneó el índice apuntándome y murmuró:
-No se marche. Estará con usted enseguida.
-Tengo que irme -dije.
Procuré no oír nada más mientras me alejaba, pero la cosa continuaba y el único modo de no oír era no estar allí. No era agradable oír a una y las respuestas de la otra eran peores.

Ya en el patio pedí a la doncella:
-Por favor, diga que nos encontramos en el patio. Que yo no pude entretenerme, porque un amigo había caído enfermo. Desee a la señora buen viaje de mi parte. Ya escribiré.
-C'est entendu, Monsieur. Qué lástima que tenga usted tanta prisa.

Y así acabó todo para mí, de un modo bastante estúpido, auqneu seguí haciendo pequeños recados, aparecí cuando se me requería, llevé a gentes que eran deseadas, y esperé mi despido, junto con la mayoría de los hombres amigos, cuando llegó la época en que nuevas amistades se introdujeron. Daba pena ver nuevos cuadros sin valor alguno al lado de los grandes lienzos, pero a mí, ya no me importaba. No me importaba un comino. Ella se peló con todos los que la queríamos excepto con Juan Gris y con éste no pudo pelearse porque se había muerto. Además me parece que a él no le hubiera importado porque ya nada le importaba según se ve por sus últimos cuadros.

Finalmente, ella se peleó también con los nuevos amigos, pero nosotros ya no seguíamos de cerca la situación. Llegó a parecerse a un emperador romano, lo cual está muy bien si a uno le gusta que las mujeres se parezcan a emperadores romanos. Pero Picasso la había retratado, y yo me acordaba muy bien de ella cuando se parecía a una mujer friulana.

Por fin, todo el mundo, o casi todo el mundo se reconcilió con ella para no parecer pedante o resentido. Pero yo nunca pude reconciliarme de verdad, no pude reconciliarme ni de corazón ni de cabeza. Esto, que la cabeza no sea capaz de reconciliarse es lo peor que puede pasar. Sólo muchos años después caí en la cuenta de que esa gente podía odiarse a gusto porque habían aprendido a escribir diálogos guiándose por esa novela que empezaba con la frase del dueño del garaje. Pero aquel caso era más complicado todavía.


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© Helios Buira

San Cristóbal - Ciudad Autónoma de Buenos Aires 2017

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