Nuestra
única
posesión:
la
existencia
desnuda.
Mientras
esperábamos
a
ducharnos,
nuestra
desnudez
se
nos
hizo
patente:
nada
teníamos
ya
salvo
nuestros
cuerpos
mondos
y
lirondos
(incluso
sin
pelo);
literalmente
hablando,
lo
único
que
poseíamos
era
nuestra
existencia
des
nuda.
¿Qué
otra
cosa
nos
quedaba
que
pudiera
ser
un
nexo
material
con
nuestra
existencia
anterior?
Por
lo
que
a mí
se
refiere,
tenía
mis
gafas
y mi
cinturón,
que
posteriormente
tuve
que
cambiar
por
un
pedazo
de
pan.
A
los
que
teníamos
braguero
les
estaba
reservada
todavía
una
sorpresa
más.
Por
la
tarde,
el
prisionero
veterano
que
estaba
a
cargo
de
nuestro
barracón
nos
dio
la
bienvenida
con
un
discursito
en
el
que
nos
aseguró
bajo
su
palabra
de
honor
qué,
personalmente,
colgaría
"de
aquella
viga"
-y
señaló
hacia
ella-
a
cualquiera
que
hubiera
cosido
dinero
o
piedras
preciosas
a su
braguero.
Y
orgullosamente
explicó
que,
como
veterano
que
era,
las
leyes
del
campo
de
daban
derecho
a
hacerlo.
Con
los
zapatos
hubo
también
sus
más
y
sus
menos.
Aunque
se
suponía
que
los
conservaríamos,
los
que
poseían
un
par
medio
decente
tuvieron
que
entregarlos
y a
cambio
les
dieron
unos
zapatos
que
no
les
servían.
Pero
los
que
estaban
en
verdadera
dificultad
eran
los
prisionesros
que
habían
seguido
el
consejo
aparentemente
bien
intencionado
que
les
dieron
(en
la
antesala)
los
prisioneros
veteranos
y
habían
cortado
las
botas
altas
y
untado
después
jabón
en
los
bordes
para
ocultar
el
sabotaje.
Los
hombres
de
las
SS
parecían
estar
esperándolo.
Todos
los
sospechosos
de
tal
delito
pasaron
a
una
pequeña
habitación
contigua.
Al
cabo
de
un
rato
volvimos
a
oír
los
azotes
del
látigo
y
los
gritos
de
los
hombres
torturados.
Esta
vez
el
castigo
fue
bastante
tiempo. |