La
primera
selección
Creo
que
todos
los
que
formaban
parte
de
nuestra
expedición
vivían
con
la
ilusión
de
que
seríamos
liberados,
de
que,
al
final
todo
iba
a
salir
muy
bien.
No
nos
dábamos
cuenta
del
significado
que
encerraba
la
escena
que
expongo
a
continuación.
Hasta
la
tarde
no
comprendimos
su
sentido.
Nos
dijeron
que
dejáramos
nuestro
equipaje
en
el
tren
y
que
formáramos
dos
filas,
una
de
mujeres
y
otras
de
hombres,
y
que
desfiláramos
ante
un
oficial
de
la
SS.
Por
sorprendente
que
parezca,
tuve
el
valor
de
esconder
mi
macuto
debajo
del
abrigo.
Uno
a
uno,
los
hombres
pasamos
ante
el
oficial.
Me
daba
cuenta
del
peligro
que
corría
si
el
oficial
localizaba
mi
saco.
Lo
menos
que
haría
sería
derribarme
al
suelo
de
una
bofetada;
lo
sabía
por
propia
experiencia.
Instintivamente,
al
irme
aproximando
a él
me
enderecé
de
modo
que
no
se
diera
cuenta
de
mi
pesada
carga.
Ahora
lo
tenía
frente
a
frente.
Era
un
hombre
alto
y
delgado
y
llevaba
un
uniforme
impecable
que
le
sentaba
perfectamente.
¡Qué
contraste
con
nosotros,
todos
sucios
y
mugrientos
después
del
viaje!
Había
adoptado
una
actitud
de
aparente
descuido
sujetándose
el
codo
derecho
con
la
mano
izquierda.
Ninguno
de
nosotros
tenía
la
más
remota
idea
del
siniestro
significado
que
se
ocultaba
tras
aquel
pequeño
movimiento
de
su
dedo
que
señalaba
unas
veces
a la
izquierda
y
otras
a la
derecha,
pero
sobre
todo
a la
derecha.
Tocaba
mi
turno.
Alguien
me
susurró
que
si
nos
enviaban
a la
derecha
("desde
el
punto
de
vista
del
espectador")
significaba
trabajos
forzados,
mientras
que
la
dirección
a la
izquierda
era
para
los
enfermos
e
incapaces
de
trabajar,
a
quienes
enviaban
a
otros
campos.
No
podía
hacer
que
las
cosas
siguieran
su
curso,
como
así
sería
a
partir
de
entonces
muchas
veces
más.
El
macuto
me
pesaba
y me
obligaba
a
ladearme
hacia
la
izquierda,
pero
hice
un
esfuerzo
para
caminar
erguido.
El
hombre
de
la
SS
me
miró
de
arriba
abajo
y
pareció
dudar;
después
puso
sus
dos
manos
sobre
mis
hombros.
Intenté
con
todas
mis
fuerzas
parecer
distinguido:
me
hizo
girar
hasta
que
quedé
frente
al
lado
derecho
y
seguí
andando
en
aquella
dirección.
Por
la
tarde
nos
explicaron
la
significación
del
juego
del
dedo.
Se
trataba
de
la
primera
selección,
el
primer
veredicto
sobre
nuestra
existencia
o no
existencia.
Para
la
gran
mayoría
de
aquella
expedición,
cerca
de
un
90%,
significó
la
muerte;
la
sentencia
se
ejecutó
en
las
horas
siguientes.
Los
que
fueron
enviados
hacia
la
izquierda
marcharon
directamente
desde
la
estación
al
crematorio.
Dichos
edificios,
según
me
contó
un
prisionero
que
trabajaba
allí,
tenía
escrito
sobre
sus
puertas
en
varios
idiomas
europeos,
la
palabra
"baño".
Al
entrar,
a
cada
prisionero
se
le
daba
una
pastilla
de
jabón
y
después...
pero
gracias
a
Dios
no
necesito
relatar
lo
que
sucedía
después.
Muchos
han
escrito
ya
sobre
tanto
horror.
Los
que
nos
habíamos
salvado,
la
minoría
de
nuestra
expedición,
supo
aquella
tarde
la
verdad.
Pregunté
a
los
prisioneros
que
llevaban
allí
algún
tiempo
a
dónde
podrían
haber
enviado
a mi
amigo
y
colega
P.
"¿Lo
mandaron
hacia
la
izquierda?"
"Sí",
repliqué.
"Entonces
puede
verle
allí",
me
dijeron.
"¿Dónde?"
La
mano
señalaba
las
chimeneas
que
había
a
unos
cuantos
cientos
de
yardas
y
que
arrojaba
al
cielo
gris
de
Polonia
una
llamarada
de
fuego
que
se
disolvía
en
una
siniestra
nube
de
humo.
"Allí
es
donde
está
su
amigo,
elevándose
hacia
el
cielo",
fue
su
respuesta.
Pero
entonces
no
comprendía
lo
que
quería
decir
hasta
que
me
revelaron
la
verdad
con
toda
su
crudeza.
Pero
me
estoy
adelantando
al
contar
las
cosas.
Desde
un
punto
de
vista
psicológico,
teníamos
un
largo,
muy
largo
camino
por
delante
desde
que
pusimos
el
pie
en
la
estación
hasta
nuestra
primera
noche
en
el
campo.
Escoltados
por
los
guardias
de
las
SS
que
iban
cargadas
con
pesados
fusiles,
nos
hicieron
recorrer
a
paso
ligero
el
camino
que
desde
la
estación
atravesaba
la
alambrada
electrificada
y el
campo,
hasta
llegar
al
pabellón
de
desinfección;
para
aquellos
de
nosotros
que
habíamos
pasado
la
primera
selección,
fue
un
auténtico
baño.
Una
vez
más
se
vio
confirmada
nuestra
ilusión
de
salvarnos.
Los
hombres
de
las
SS
parecían
casi
casi
encantadores.
Pronto
supimos
porque
eran
amables
con
nosotros
mientras
teníamos
nuestros
relojes
de
pulsera
y
nos
podían
persuadir,
en
todos
los
tonos
y
maneras,
para
que
se
los
entregáramos-
¿Acaso
no
habíamos
perdido
ya
todo
lo
que
poseíamos?
¿Por
qué
no
habíamos
de
dar
nuestro
reloj
a
aquellas
personas
relativamente
agradables?
Tal
vez
algún
día
nos
lo
devolverían
con
creces.
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