Desinfección
Esperamos
en
un
cobertizo
que
parecía
ser
la
antesala
de
la
cámara
de
desinfección.
Los
hombres
de
las
SS
aparecieron
y
extendieron
una
manta
sobre
la
que
teníamos
que
echar
todo
lo
que
llevábamos
encima:
relojes
y
joyas.
Todavía
había
entre
nosotros
unos
cuantos
ingenuos
que
preguntaron,
para
regocijo
de
los
más
avezados
que
actuaban
de
ayudantes,
si
no
podían
conservar
su
anillo
de
casados,
una
medalla
o un
amuleto
de
oro.
Nadie
podía
aceptar
todavía
el
hecho
de
que
todo,
absolutamente
todo,
se
lo
llevarían.
Intenté
ganarme
la
confianza
de
uno
de
los
prisioneros
de
más
edad.
Acercándome
a él
furtivamente,
señalé
el
rollo
de
papel
en
el
bolsillo
anterior
de
mi
chaqueta
y
dije:
"Mira,
es
el
manuscrito
de
un
libro
científico.
Ya
sé
lo
que
vas
a
decir:
que
debo
estar
agradecido
de
salvar
la
vida,
que
eso
es
todo
cuanto
puedo
esperar
del
destino.
Pero
no
puedo
evitarlo,
tengo
que
conservar
el
manuscrito
a
toda
costa:
contiene
la
obra
de
mi
vida.
¿Comprendes
lo
que
quiero
decir?"
Sí,
empezaba
a
comprender.
Lentamente,
en
su
rostro,
se
fue
dibujando
una
mueca,
primero
de
piedad,
luego
se
mostró
divertido,
burlón,
insultante,
hasta
que
rugió
una
palabra
en
respuesta
a mi
pregunta,
una
palabra
que
estaba
siempre
presente
en
el
vocabulario
de
los
internados
en
el
campo:
"¡Mierda!"
Y en
ese
momento
toda
la
verdad
se
hizo
presente
ante
mí e
hice
lo
que
constituyó
el
punto
culminante
de
la
primera
fase
de
mi
reacción
psicológica:
borré
de
mi
conciencia
toda
vida
anterior.
De
pronto
se
produjo
cierto
revuelo
entre
mis
compañeros
de
viaje,
que
hasta
ese
momento
permanecían
de
pie
con
los
rostros
pálidos,
asustados,
debatiéndose
sin
esperanza.
Otra
vez
oíamos
gritar,
dando
órdenes,
a
aquellas
voces
roncas.
A
empujones,
nos
condujeron
a la
antesala
inmediata
de
los
baños.
Allí
nos
agrupamos
en
torno
a un
SS
que
esperóa
hasta
que
todos
hubimos
llegado.
Entonces
dijo:
"Os
daré
dos
minutos
y
mediré
el
tiempo
por
mi
reloj.
En
estos
dos
minutos
os
desnudareis
por
completo
y
dejaréis
en
el
suelo,
junto
a
vosotros,
todas
vuestras
ropas.
No
podéis
llevar
nada
con
vosotros
a
excepción
de
los
zapatos,
el
cinturón,
las
gafas,
y en
todo
caso
el
braguero.
Empiezo
a
contar:
¡ahora!"
Con
una
rapidez
impensable
la
gente
se
fue
desnudando.
Según
pasaba
el
tiempo,
cada
vez
se
ponían
más
nerviosos
y
tiraban
torpemente
de
su
ropa
interior,
sin
acertar
con
los
cinturones
ni
con
los
cordones
de
los
zapatos.
Fue
entonces
cuando
oímos
los
primeros
estallidos
del
látigo;
las
correas
de
cuero
azotaron
los
cuerpos
desnudos.
A
continuación
nos
empujaron
a
otra
habitación
para
afeitarnos:
no
se
conformaron
solamente
con
rasurar
nuestras
cabezas,
sino
que
no
dejaron
ni
un
sólo
pelo
en
nuestros
cuerpos.
Seguidamente
pasamos
a
las
duchas,
donde
nos
volvieron
a
alinear.
A
duras
penas
nos
reconocimos,
pero,
con
gran
alivio,
algunos
constataban
que
de
las
duchas
salía
agua
de
verdad. |