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Víctor E. Frankl

 
Estación Auschwitz - La primera selección - Desinfección - Nuestra única posesión: -
 
Primera fase: Internamiento en el campo
 
Tomado del libro El hombre en busca de sentido
 

Desinfección

Esperamos en un cobertizo que parecía ser la antesala de la cámara de desinfección. Los hombres de las SS aparecieron y extendieron una manta sobre la que teníamos que echar todo lo que llevábamos encima: relojes y joyas. Todavía había entre nosotros unos cuantos ingenuos que preguntaron, para regocijo de los más avezados que actuaban de ayudantes, si no podían conservar su anillo de casados, una medalla o un amuleto de oro. Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo anterior de mi chaqueta y dije: "Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya sé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo evitarlo, tengo que conservar el manuscrito a toda costa: contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?" Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro, se fue dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta a mi pregunta, una palabra que estaba siempre presente en el vocabulario de los internados en el campo: "¡Mierda!" Y en ese momento toda la verdad se hizo presente ante mí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida anterior.

De pronto se produjo cierto revuelo entre mis compañeros de viaje, que hasta ese momento permanecían de pie con los rostros pálidos, asustados, debatiéndose sin esperanza. Otra vez oíamos gritar, dando órdenes, a aquellas voces roncas. A empujones, nos condujeron a la antesala inmediata de los baños. Allí nos agrupamos en torno a un SS que esperóa hasta que todos hubimos llegado. Entonces dijo: "Os daré dos minutos y mediré el tiempo por mi reloj. En estos dos minutos os desnudareis por completo y dejaréis en el suelo, junto a vosotros, todas vuestras ropas. No podéis llevar nada con vosotros a excepción de los zapatos, el cinturón, las gafas, y en todo caso el braguero. Empiezo a contar: ¡ahora!"

Con una rapidez impensable la gente se fue desnudando. Según pasaba el tiempo, cada vez se ponían más nerviosos y tiraban torpemente de su ropa interior, sin acertar con los cinturones ni con los cordones de los zapatos. Fue entonces cuando oímos los primeros estallidos del látigo; las correas de cuero azotaron los cuerpos desnudos. A continuación nos empujaron a otra habitación para afeitarnos: no se conformaron solamente con rasurar nuestras cabezas, sino que no dejaron ni un sólo pelo en nuestros cuerpos. Seguidamente pasamos a las duchas, donde nos volvieron a alinear. A duras penas nos reconocimos, pero, con gran alivio, algunos constataban que de las duchas salía agua de verdad.


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