Este nuestro clima
“¿Qué le parece a
usted nuestro
clima?” Y lo
preguntan algunos
como si se tratara
de algo suyo,
propio, de algo que
han hecho ellos. Y
¿no será, siquiera
en parte, así?
Porque hay allá, en
mi nativa tierra
vizcaína, quienes
parecen creer que
son ellos los que
han hecho el hierro
de nuestras
montañas. Y en
Bilbao, en mi
Bilbao, se cree, y
con razón, que es
Bilbao, que son los
bilbaínos los que
han hecho la ría y
que la ría, madre de
Bilbao, es a la vez
su hija. Y así es,
pues, todo hombre
que de veras lo sea
hace de su madre su
hija y la patría o,
mejor la matria,
nuestra tierra
matriz, tiene que
ser nuestra si hemos
de merecerla. Y si
ella ha de mere
cernos.
¿Que le parece a
usted nuestro
clima?” Clima quiere
decir inclinación, y
la inclinación es
aquí, en esta
afortunada isla de
Fuerteventura,
admirable, ¡Qué
escuela de sosiego!
¡Qué sanatorio! ¡Qué
fuente de calma!
En esta apartada
isla la luna brilla
más pura y se
respira mejor. Es
decir, menos D. Juan
Tenorio. Don Juan
Tenorio se aburriría
como una daca—que
hace aquí las veces
de ostra—en esta
isla. Aquí no hay
campo para Don Juan
Tenorio. Aquí no hay
más tenorios que los
camellos en esta
época del celo,
cuando sacan su
vejiga de la boca.
Aquí no se
comprenden
tenoriadas. Y no es
que el linaje humano
no se propague y
multiplique aquí,
no. Aquí hay
hombres. Lo que no
creo que haya es ni
muchos machos con
pantalones ni muchos
eunucos con ellos.
Bajo este clima
prospera la
humanidad; pero una
humanidad recatada y
resignada, enjuta y
sobria; una
humanidad muy poco
teatral. Y es que el
clima no es teatral.
¿No ha oído usted el
trueno? Anoche, a
eso de las doce y
media”... Así me
preguntaban hace
pocos días. Y no; no
oí el trueno, y eso
que dicen que fué
tremendo. Pero,
¿cómo puede ser
tremendo un true no
aquí, junto a esta
mar, tan dulcemente
arrulladora?
Pantanosa e
insalubre...” ¡Qué
más quisieran aquí
sino que hubiese
pantanos! No; nada
de pantanos. Aquí no
se estanca más que
la tierra. En ella
hay lo que llaman gabias,
cuadrados con
rebordes, para que
el agua de riego se
endique en ellos;
pero... ¿pantanos?
Pero este clima,
¡este clima! Y ¡cómo
se duerme! ¡Es una
bendición, una
verdadera bendición!
En mi vida he
dormido mejor. ¡En
mi vida he digerido
mejor mis íntimas
inquietudes! Estoy
digiriendo el gofio de
la historia.
¡Qué razón tenía el
amigo Gil Roldán
cuando me dijo en
Tenerife, allí, en
medio del
maravilloso paisaje
de La Laguna—tengo
que rehacer lo que
de él dije en mi Por
tierras de Portugal
y de España—que
este paisaje de
Fuerteventura es un
paisaje bíblico!
Evangélico más bien.
Este es un clima
evangélico. Aquí se
funden y se derriten
en el lecho del alma
las parábolas, las
metáforas y las
paradojas
evangélicas.
(Metáfora, parábola
y paradoja son todo
el estilo
evangélico, son toda
la esencia del
Evangelio, de la
Buena Nueva.)
En estas mañanas,
cuando el sol, al
salir de la mar, me
da, recién nacido,
un beso en la
frente, tomo mi
Nuevo Testamento
griego, lo abro al
azar y leo. Y en
este clima las
viejas parábolas,
las parábolas
eternas, me suenan a
algo enteramente
nuevo. Sí; éste es
un paisaje
evangélico. Y es,
sobre todo, un
celaje evangélico.
¡Ah! ¡Pobre
Fuerteventura! ¡Qué
lección la de tu
noble y resignada
pobreza!
¡Aquel camello,
aquel camello
sacando agua de una
noria, al pie de una
palmera! En el
fondo, el paisaje de
Betancuria.
¡Y aún quieren,
Fuerteventura,
robarte tu pobreza!
En Las Palmas oímos
un cantar que dice:
Ni en Puerto Cabras
hay cabras,
ni en la Oliva hay
un olivo,
ni pájaros en la
Pájara,
ni en la Antigua hay
nada antiguo.
Y no es verdad,
porque en Puerto
Cabras, aquí, hay
cabras—y en su mar
cabrillas—que lamen
las piedras y se
mantienen; y si en
la Oliva no vi un
olivo, en la Pájara
hay pájaros, y hay
algo antiguo en la
Antigua. ¿Antiguo?
¡Más que antiguo!
Porque en la Antigua
hay, como en toda la
isla, un clima
prehistórico.
Pero ¿es
prehistórico este
clima? Porque el
clima mismo, sin
duda, que dividió a
los antiguos
guanches majoreros,
a los guanches de la
Fuerteventura
anterior a
Betancourt, en dos
reinos, divididos
por la pared que
separaba la
península
meridional, la de
Jandía, del resto de
la isla, es el clima
mismo que hizo la
historia
prehistórica—pase la
paradoja de esta
isla afortunada. ¿O
ha cambiado el
clima? ¿Es que el
pastor pacífico ha
destruido el
arbolado? O ¿es que
el clima no está
sujeto a historia?
(Nuevo Mundo.
Madrid, 16-V-1924.) |