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La plaza de los Vosgos - El "Pere Lachaise"  - Este nuestro clima -
 

Miguel de Unamuno

 

Este nuestro clima

 

“¿Qué le parece a usted nuestro clima?” Y lo preguntan algunos como si se tratara de algo suyo, propio, de algo que han hecho ellos. Y ¿no será, siquiera en parte, así? Porque hay allá, en mi nativa tierra vizcaína, quienes parecen creer que son ellos los que han hecho el hierro de nuestras montañas. Y en Bilbao, en mi Bilbao, se cree, y con razón, que es Bilbao, que son los bilbaínos los que han hecho la ría y que la ría, madre de Bilbao, es a la vez su hija. Y así es, pues, todo hombre que de veras lo sea hace de su madre su hija y la patría o, mejor la matria, nuestra tierra matriz, tiene que ser nuestra si hemos de merecerla. Y si ella ha de mere cernos.

¿Que le parece a usted nuestro clima?” Clima quiere decir inclinación, y la inclinación es aquí, en esta afortunada isla de Fuerteventura, admirable, ¡Qué escuela de sosiego! ¡Qué sanatorio! ¡Qué fuente de calma!

En esta apartada isla la luna brilla más pura y se respira mejor. Es decir, menos D. Juan Tenorio. Don Juan Tenorio se aburriría como una daca—que hace aquí las veces de ostra—en esta isla. Aquí no hay campo para Don Juan Tenorio. Aquí no hay más tenorios que los camellos en esta época del celo, cuando sacan su vejiga de la boca. Aquí no se comprenden tenoriadas. Y no es que el linaje humano no se propague y multiplique aquí, no. Aquí hay hombres. Lo que no creo que haya es ni muchos machos con pantalones ni muchos eunucos con ellos. Bajo este clima prospera la humanidad; pero una humanidad recatada y resignada, enjuta y sobria; una humanidad muy poco teatral. Y es que el clima no es teatral.

¿No ha oído usted el trueno? Anoche, a eso de las doce y media”... Así me preguntaban hace pocos días. Y no; no oí el trueno, y eso que dicen que fué tremendo. Pero, ¿cómo puede ser tremendo un true no aquí, junto a esta mar, tan dulcemente arrulladora?

Pantanosa e insalubre...” ¡Qué más quisieran aquí sino que hubiese pantanos! No; nada de pantanos. Aquí no se estanca más que la tierra. En ella hay lo que llaman gabias, cuadrados con rebordes, para que el agua de riego se endique en ellos; pero... ¿pantanos?

Pero este clima, ¡este clima! Y ¡cómo se duerme! ¡Es una bendición, una verdadera bendición! En mi vida he dormido mejor. ¡En mi vida he digerido mejor mis íntimas inquietudes! Estoy digiriendo el gofio de la historia.

¡Qué razón tenía el amigo Gil Roldán cuando me dijo en Tenerife, allí, en medio del maravilloso paisaje de La Laguna—tengo que rehacer lo que de él dije en mi Por tierras de Portugal y de España—que este paisaje de Fuerteventura es un paisaje bíblico! Evangélico más bien. Este es un clima evangélico. Aquí se funden y se derriten en el lecho del alma las parábolas, las metáforas y las paradojas evangélicas. (Metáfora, parábola y paradoja son todo el estilo evangélico, son toda la esencia del Evangelio, de la Buena Nueva.)

En estas mañanas, cuando el sol, al salir de la mar, me da, recién nacido, un beso en la frente, tomo mi Nuevo Testamento griego, lo abro al azar y leo. Y en este clima las viejas parábolas, las parábolas eternas, me suenan a algo enteramente nuevo. Sí; éste es un paisaje evangélico. Y es, sobre todo, un celaje evangélico.

¡Ah! ¡Pobre Fuerteventura! ¡Qué lección la de tu noble y resignada pobreza!

¡Aquel camello, aquel camello sacando agua de una noria, al pie de una palmera! En el fondo, el paisaje de Betancuria.

¡Y aún quieren, Fuerteventura, robarte tu pobreza! En Las Palmas oímos un cantar que dice:


Ni en Puerto Cabras hay cabras,
ni en la Oliva hay un olivo,
ni pájaros en la Pájara,
ni en la Antigua hay nada antiguo
.


Y no es verdad, porque en Puerto Cabras, aquí, hay cabras—y en su mar cabrillas—que lamen las piedras y se mantienen; y si en la Oliva no vi un olivo, en la Pájara hay pájaros, y hay algo antiguo en la Antigua. ¿Antiguo? ¡Más que antiguo! Porque en la Antigua hay, como en toda la isla, un clima prehistórico.

Pero ¿es prehistórico este clima? Porque el clima mismo, sin duda, que dividió a los antiguos guanches majoreros, a los guanches de la Fuerteventura anterior a Betancourt, en dos reinos, divididos por la pared que separaba la península meridional, la de Jandía, del resto de la isla, es el clima mismo que hizo la historia prehistórica—pase la paradoja de esta isla afortunada. ¿O ha cambiado el clima? ¿Es que el pastor pacífico ha destruido el arbolado? O ¿es que el clima no está sujeto a historia?


(Nuevo Mundo. Madrid, 16-V-1924.)


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© Helios Buira

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