El"Pere Lachaise"
Aquí, en París, en
la llamada Ciudad
Lumbre—Ville
Lumière—, ni
desde el alto de la
Torre Eiffel se ve
ni la mar, ni el
desierto—este otro
mar de tierra, este
mar petrificado o
empedernido—, ni a
montaña, inmensa
oleada petrificada
también. Ni a se va
primitiva. Grandes
perspectivas
urbanas, si; la que
va desde el Arco de
la Estrella a la
Plaza de la
Concordia, la de los
Inválidos, la del
Panteón… Pero todo
es histórico; todo
esto nació por el
hombre y con el
hombre; antes que el
hombre se ira
¿Yacerán un día sus
ruinas en un
desierto o las
cubrirá la selva?
“Aquí decapitaron a
Luis XVI”—me dicen.
O:—desde aquí se
tocó a matanza en la
San Bartolomé”.
—O... y dijo:—
“Llévenme, por Dios,
donde no aya
ocurrido nada
histórico, nada
humano; llévenme a
algo anterior a la
historia y que, por
lo, sera posterior
a ella; a algo
prehistórico y
trashistórico.
¡sáquenme de esto,
déjenme respirar
eternidad!”
En Salamanca, en mi
Salamanca, cuando
salía de paseo, de
peregrinación casi
cotidiana, por la
solea da y aireada
carretera de Zamora,
veía a lo lejos,
sustentando el
cielo, dibujando el
horizonte, la
augusta cumbre de
Gredos, el pico de
Almanzor, embozado
en nieve, y que a
las veces se
confunde con las
nubes que sobre él
reposan. En Madrid,
desde la Residencia
de Estudiantes,
donde tantas horas
de intensa vida he
vivido, contemplaba
a lo lejos las
crestas del
Guadarrama. Cuando
no había nieve,
distinguíaselas de
las nubes y del
cielo.
per lo repós etern,
per lo color més
blau,
como dijo de los
picachos que rodean
Barcelona, vista
desde la mar, Aribau,
en su oda famosa; de
las nubes fugitivas
se las distinguía a
esas crestas por su
reposo eterno, y del
cielo, por su color
más azul. En
Palencia, donde
tengo un segundo
hogar, el de mi hijo
mayor, en subiendo
al Cristo del Otero,
henchíame la vista
de la solemnidad del
páramo, de la
estepa, donde, como
grandes barcos
anclados, se
destacan las
iglesias de las
aldeas de Tierra de
Campos. En
Fuerteventura veía
cada mañana, al
despertarme, desde
la cama, salir el
sol de su inmensa
cama de agua, de la
mar consola dora.
Pero aquí, en esta
Ciudad Lumbre, ni
montaña, ni
desierto, ni mar...
El río, el Sena—o,
como se dice en
francés, la Sena—,
el río, pintoresco a
trechos, es un
canal, está
aprisionado entre
pretiles. Los
árboles que a
trechos le flanquean
son pobres árboles
prisioneros, con las
raíces bajo losas.
Me recuerda algo a
mi ría natal, a la
ría de mi Bilbao
nativo, al Nervión;
pero el Nervión es
ría, llega a él la
marea, el pulso de
la mar, y la Sena es
río, no se alza y se
baja cada día.
Cuando un día, aquí
en el hotel—un
recogido hotel
familiar—,
manifestaba esto a
los compañeros de
comedor, la bonne que
nos servía, Mlle.
Pauline, toda
sorprendida, me
interrogó: Et
le bois de Boulogne,
monsieur?—¿Y el
bosque de Bolonia,
señor?—. Ciertamente
que el bosque de
Bolonia no es la
selva virgen ni
mucho menos, pero a
falta de otra
cosa... Y hasta se
pueden ver en él más
fieras enjauladas.
Como, a falta de la
mar, se pueden ver
en el Jardín de
Plantas unas focas,
y a falta de un Nilo,
un hipopótamo.
Para el que haya
vivido junto al Nilo,
acaso un hipopótamo
se lo evoque mejor
que una reproducción
en pequeño de él,
como para el que se
ha criado junto al
mar, una concha le
dice más que un
estanque. Y un rizo
de cabellera dice
más que un retrato
en miniatura.
Mlle. Pauline, la
buena bonne de
mi hotel de
destierro, va los
domingos, muy
endomingada, al
bosque de Bolonia y
ve los estanques que
hacen de lagos, con
sus cisnes, y ve las
espesuras de árboles
domesticados y sueña
en la naturaleza. Es
fácil que la selva
le pareciese
artificial.
¿Y que es naturaleza
y qué arte? Pero,
dejémonos de
filosofías.
Aunque... ¿dejarnos
de ellas? ¿No es
acaso todo esto, en
el fondo, filosofía?
¿No es acaso
filosofía toda esta
mi morriña de lo
eterno, de la
montana, del
desierto, de la mar?
¿Y no es acaso
París, no es acaso
la ciudad la que ha
hecho la montaña, el
desierto y la mar?
El montañés puro, el
serrano, el hijo del
desierto y el
marino, ¿no sienten
como nosotros, los
criados en ciudades
mayores o menores,
aunque estén al pie
de una montaña,
junto a un desierto
o al borde de la
mar, no sienten como
nosotros la
eternidad de la
montaña, del
desierto y de la
mar? Es la ciudad,
es la historia la
que da eternidad a
la naturaleza. Como
son las calles
henchidas de
muchedumbre las que
dan majestad a los
cementerios. Y si nó,
id aquí al del Padre
Lachaise.
El cementerio del
Padre Lachaise es
uno de los lugares
de París de donde
más lejos está la
eternidad. Aquel
montón de
ruinas—ruinas desde
que las descubren—,
aquel terrible
escenario de la
feria de vanidades;
es la historia hecha
arqueología,
petrificada, pero lo
menos eterno que
cabe pensar. Es el
tiempo detenido,
pero el tiempo
detenido no es la
eternidad. En el
cementerio del Padre
Lachaise hasta se
olvida uno de que
pueda haber
montañas, de que
pueda haber
desiertos, de que
pueda existir la
mar.
Ser enterrado en la
cima de una montaña,
en la cumbre de
Gredos; en medio de
un desierto, en un
punto vago de aquel
páramo palentino, la
tierra de Jorque
Manrique, el que
cantó:
...nuestras vidas
son los ríos
que van a dar en la
mar,
que es el morir...
o ser sepultado, no
enterrado—porque no
es en tierra—, en el
fondo de la mar,
bajo las olas
silenciosas—las olas
sólo cantan al
chocar con la
tierra—; ¡pero en un
cementerio así!...
Ser sepultado en
algo eterno; eterno
aunque se dure sólo
siglos. ¡Pero en un
teatro!...
El cementerio del
Padre Lachaise es, a
su modo, una especie
de bosque de
Bolonia. Un bosque
de pequeños y, la
mayor parte de
ellos, mezquinos
mausoleos. Y allí se
ve todo menos la
majestad de la
muerte. Es esta vez
un cementerio del
arte, pues los más
de los monumentos
funerarios son como
obras de arte, obras
muertas. ¡Aquello sí
que es un desierto!
El cementerio del
Padre Lachaise
adquiriría grandeza
si un terremoto lo
arrasara y se
convirtiese en un
montón de piedras
informes cubriendo
la tierra que guarda
los huesos de los
que por aquí pasaron
soñando la vida que
pasa y añorando la
que queda.
(Caras y Caretas.
Buenos Aires, 20-XII-1924.) |