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La plaza de los Vosgos - El "Pere Lachaise"  - Este nuestro clima -
 

Miguel de Unamuno

 

El"Pere Lachaise"

 

Aquí, en París, en la llamada Ciudad Lumbre—Ville Lumière—, ni desde el alto de la Torre Eiffel se ve ni la mar, ni el desierto—este otro mar de tierra, este mar petrificado o empedernido—, ni a montaña, inmensa oleada petrificada también. Ni a se va primitiva. Grandes perspectivas urbanas, si; la que va desde el Arco de la Estrella a la Plaza de la Concordia, la de los Inválidos, la del Panteón… Pero todo es histórico; todo esto nació por el hombre y con el hombre; antes que el hombre se ira ¿Yacerán un día sus ruinas en un desierto o las cubrirá la selva?

“Aquí decapitaron a Luis XVI”—me dicen. O:—desde aquí se tocó a matanza en la San Bartolomé”. —O... y dijo:— “Llévenme, por Dios, donde no aya ocurrido nada histórico, nada humano; llévenme a algo anterior a la historia y que, por lo, sera posterior a ella; a algo prehistórico y trashistórico. ¡sáquenme de esto, déjenme respirar eternidad!”

En Salamanca, en mi Salamanca, cuando salía de paseo, de peregrinación casi cotidiana, por la solea da y aireada carretera de Zamora, veía a lo lejos, sustentando el cielo, dibujando el horizonte, la augusta cumbre de Gredos, el pico de Almanzor, embozado en nieve, y que a las veces se confunde con las nubes que sobre él reposan. En Madrid, desde la Residencia de Estudiantes, donde tantas horas de intensa vida he vivido, contemplaba a lo lejos las crestas del Guadarrama. Cuando no había nieve, distinguíaselas de las nubes y del cielo.


per lo repós etern, per lo color més blau,


como dijo de los picachos que rodean Barcelona, vista desde la mar, Aribau, en su oda famosa; de las nubes fugitivas se las distinguía a esas crestas por su reposo eterno, y del cielo, por su color más azul. En Palencia, donde tengo un segundo hogar, el de mi hijo mayor, en subiendo al Cristo del Otero, henchíame la vista de la solemnidad del páramo, de la estepa, donde, como grandes barcos anclados, se destacan las iglesias de las aldeas de Tierra de Campos. En Fuerteventura veía cada mañana, al despertarme, desde la cama, salir el sol de su inmensa cama de agua, de la mar consola dora. Pero aquí, en esta Ciudad Lumbre, ni montaña, ni desierto, ni mar...

El río, el Sena—o, como se dice en francés, la Sena—, el río, pintoresco a trechos, es un canal, está aprisionado entre pretiles. Los árboles que a trechos le flanquean son pobres árboles prisioneros, con las raíces bajo losas. Me recuerda algo a mi ría natal, a la ría de mi Bilbao nativo, al Nervión; pero el Nervión es ría, llega a él la marea, el pulso de la mar, y la Sena es río, no se alza y se baja cada día.

Cuando un día, aquí en el hotel—un recogido hotel familiar—, manifestaba esto a los compañeros de comedor, la bonne que nos servía, Mlle. Pauline, toda sorprendida, me interrogó: Et le bois de Boulogne, monsieur?—¿Y el bosque de Bolonia, señor?—. Ciertamente que el bosque de Bolonia no es la selva virgen ni mucho menos, pero a falta de otra cosa... Y hasta se pueden ver en él más fieras enjauladas. Como, a falta de la mar, se pueden ver en el Jardín de Plantas unas focas, y a falta de un Nilo, un hipopótamo.

Para el que haya vivido junto al Nilo, acaso un hipopótamo se lo evoque mejor que una reproducción en pequeño de él, como para el que se ha criado junto al mar, una concha le dice más que un estanque. Y un rizo de cabellera dice más que un retrato en miniatura.

Mlle. Pauline, la buena bonne de mi hotel de destierro, va los domingos, muy endomingada, al bosque de Bolonia y ve los estanques que hacen de lagos, con sus cisnes, y ve las espesuras de árboles domesticados y sueña en la naturaleza. Es fácil que la selva le pareciese artificial.

¿Y que es naturaleza y qué arte? Pero, dejémonos de filosofías. Aunque... ¿dejarnos de ellas? ¿No es acaso todo esto, en el fondo, filosofía? ¿No es acaso filosofía toda esta mi morriña de lo eterno, de la montana, del desierto, de la mar? ¿Y no es acaso París, no es acaso la ciudad la que ha hecho la montaña, el desierto y la mar? El montañés puro, el serrano, el hijo del desierto y el marino, ¿no sienten como nosotros, los criados en ciudades mayores o menores, aunque estén al pie de una montaña, junto a un desierto o al borde de la mar, no sienten como nosotros la eternidad de la montaña, del desierto y de la mar? Es la ciudad, es la historia la que da eternidad a la naturaleza. Como son las calles henchidas de muchedumbre las que dan majestad a los cementerios. Y si nó, id aquí al del Padre Lachaise.

El cementerio del Padre Lachaise es uno de los lugares de París de donde más lejos está la eternidad. Aquel montón de ruinas—ruinas desde que las descubren—, aquel terrible escenario de la feria de vanidades; es la historia hecha arqueología, petrificada, pero lo menos eterno que cabe pensar. Es el tiempo detenido, pero el tiempo detenido no es la eternidad. En el cementerio del Padre Lachaise hasta se olvida uno de que pueda haber montañas, de que pueda haber desiertos, de que pueda existir la mar.

Ser enterrado en la cima de una montaña, en la cumbre de Gredos; en medio de un desierto, en un punto vago de aquel páramo palentino, la tierra de Jorque Manrique, el que cantó:


...nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir
...


o ser sepultado, no enterrado—porque no es en tierra—, en el fondo de la mar, bajo las olas silenciosas—las olas sólo cantan al chocar con la tierra—; ¡pero en un cementerio así!... Ser sepultado en algo eterno; eterno aunque se dure sólo siglos. ¡Pero en un teatro!...

El cementerio del Padre Lachaise es, a su modo, una especie de bosque de Bolonia. Un bosque de pequeños y, la mayor parte de ellos, mezquinos mausoleos. Y allí se ve todo menos la majestad de la muerte. Es esta vez un cementerio del arte, pues los más de los monumentos funerarios son como obras de arte, obras muertas. ¡Aquello sí que es un desierto! El cementerio del Padre Lachaise adquiriría grandeza si un terremoto lo arrasara y se convirtiese en un montón de piedras informes cubriendo la tierra que guarda los huesos de los que por aquí pasaron soñando la vida que pasa y añorando la que queda.


(Caras y Caretas. Buenos Aires, 20-XII-1924.)


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© Helios Buira

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