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La plaza de los Vosgos - El "Pere Lachaise"  - Este nuestro clima -
 

Miguel de Unamuno

 

La plaza de los Vosgos

Cuando mi amigo conoció mi hastío de los bulevares, la tristeza que me había producido esta muchedumbre que circula entre autos y tranvías, el mareo de esta circulación de la corriente urbana, me llevó a un remanso, a un rincón provinciano. Porque para rincones provincianos, los de París; para hasta aldeas, las que en medio de París se encuentran. Mi amigo me llevó a la Plaza de los Vosgos. Y me enternecí al entrar en ella. Me acordé de mi Salamanca y de su Plaza Mayor. Y de la Plaza Mayor de Madrid. Aunque esta de los Vosgos, de París, es acaso más provinciana, mucho más provinciana que las de Madrid y Salamanca.

¡Estas plazas con soportales, recogidas, familia res, íntimas! ¡Estas plazas en cuyo centro juegan los niños, y los mayores están al servicio de ellos!

En la de los Vosgos, donde vivió Víctor Hugo, se alza en el centro un Luis XIII a caballo, que como es de mármol tiene el caballo que sostenerse sobre un tronco de árbol cortado, en el que apoya su vientre; ¡cosa horrible! Al desdichado escultor no se le ocurrió otro artificio para resolver un problema de estética. Pero nadie hace caso allí de Luis XIII.

Como por la Plaza de los Vosgos no pasan autos, los niños pueden jugar en ella sin cuidado. Y juegan con pequeños autos de juguete, y un niño levanta un palo, haciendo de guardia municipal, para interrumpir el curso de un auto de juguete.

¡Y aquellos soportales! Son más pobres, más aldeanos, más estrechos, más bajos de techo que los de la Plaza Mayor de Salamanca y mucho más que los de la Plaza Nueva de Bilbao, que siendo mucho menor y más mezquina que las otras dos plazas españolas, tiene, sin embargo, unos sopor tales espléndidos.

Soportales aquellos de mi Plaza Nueva de Bilbao, donde amamanté mis primeros ensueños filosóficos, donde forjaba, a mis veinte años, sistemas metafísicos. Sentado en un rincón de los soporta les de la Plaza de los Vosgos, donde vivió y soñó Víctor Hugo, me acordaba de aquellos soportales de mi Plaza Nueva de Bilbao, donde, mientras fuera—dentro de la plaza—caía la llovizna, el sirimiri que allí se dice, iba yo hilando el lino de mis ensueños trascendentales. Hilo no menos sutil ni menos fugitivo que el de aquellas hebras de agua que sobre mi plaza hilaban las nubes de mis montañas vascas, de la mar de mi golfo de Vizcaya.

También aquí, en París, hilo lino de ensueños. Y lino líquido. Aquí rumio mis recuerdos, aquí vuelvo a vivir mi vida, aquí busco la vida que se me fué. Esta Ciudad Lumbre—Ville Lumière—me alumbra mi pasado. Y por eso, en los soportales de la Plaza de los Vosgos, volvían a mí las tardes, ya remotas, en que bajo los soportales de la Plaza Nueva de Bilbao discutía con mis amigos de la niñez, ¡cuántos de ellos se han ido ya para no vol ver!, de todo lo humano y de todo lo divino y aun algo más, y cuando más tarde, hace poco todavía, bajo los soportales de la Plaza de Salamanca, nos decíamos, indignados, de la abyección en que se le ha sumido a nuestra patria.

Sentado allí, en un mezquino bar de los soporta les de la Plaza de los Vosgos, más un cabaret que no un bar, entre unos obreros, recordaba mientras me servían un refresco, la tarde en que leí bajo los soportales de la Plaza Mayor de Salamanca el telegrama en que se anunciaba que se me había deportado a Fuerteventura. Y por asociación de ideas, ya que Víctor Hugo vivió y soñó en esa provinciana y recatada Plaza de los Vosgos, recordaba el destierro del poeta de los Castigos en la isla de Guernesey, de donde lanzó sus rayos contra la podredumbre del Segundo Imperio, el de Napoleón el Chico, el que pereció en Sedán. Sólo que Hugo tuvo que estarse años en esa isla, que vi al pasar, de lejos, acercándonos a Cherburgo.

Hugo, el que vivió y soñó en la Plaza de los Vosgos, levantó un monumento poético de eterna memoria a Nuestra Señora de París, a ese portentoso monumento que es la catedral de Francia. Y aun que entre las fechas de erección de Nuestra Señora de París y de la Plaza de los Vosgos median siglos, un común espíritu, una misma tradición los enlaza. Hay algo de eclesiástico, diríamos mejor de conventual, en la Plaza de los Vosgos; podría pasar muy bien por un enorme claustro de convento. Un claustro vivificado por los niños que allí juegan, por esos niños a quienes tanto quiso el que escribió sobre el arte de ser abuelo. Y es que la Plaza de los Vosgos tiene abolengo.

¡Abolengo! Esta palabra, en castellano, es un substantivo, y nadie lo usa como adjetivo, ya que como adjetivo se usan realengo y otras. Y, sin embargo, nos está haciendo falta un adjetivo que sea a abuelo lo que paternal es a padre. ¿O es que nada hay que decir del amor abolengo? Ancestral es un término culto, pedantesco—para mi guste, insoportable—, y que quiere decir otra cosa.

La Plaza de los Vosgos tiene abolengo. Es una plaza para que lejos del tráfago de los bulevares y de las avenidas tomen el sol en ella—los días que se puede, que aquí no son muchos—los niños y los ancianos, los nietos y los abuelos, asistidos por algunas nodrizas y niñeras, mientras los padres y las madres atienden a sus faenas. La Plaza de los Vosgos es un lugar para que los abuelos vayan a pasearse bajo sus soportales en los días de lluvia—¡que aquí son tantos!—y a recordar su niñez; es un claustro de memorias. La Plaza de los Vosgos nos recuerda la época en que la ciudad era una casa, una sola casa, una familia. No hay, además, en ella ningún sumidero—¡horror!, ¡horror!, ¡horror!—del Metropolitano, ni pasan por ella auto buses ni tranvía alguno. La Plaza de los Vosgos es de abolengo.


(Caras y Caretas. Buenos Aires, 1925.)


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