La plaza de los
Vosgos
Cuando mi amigo
conoció mi hastío de
los bulevares, la
tristeza que me
había producido esta
muchedumbre que
circula entre autos
y tranvías, el mareo
de esta circulación
de la corriente
urbana, me llevó a
un remanso, a un
rincón provinciano.
Porque para rincones
provincianos, los de
París; para hasta
aldeas, las que en
medio de París se
encuentran. Mi amigo
me llevó a la Plaza
de los Vosgos. Y me
enternecí al entrar
en ella. Me acordé
de mi Salamanca y de
su Plaza Mayor. Y de
la Plaza Mayor de
Madrid. Aunque esta
de los Vosgos, de
París, es acaso más
provinciana, mucho
más provinciana que
las de Madrid y
Salamanca.
¡Estas plazas con
soportales,
recogidas, familia
res, íntimas! ¡Estas
plazas en cuyo
centro juegan los
niños, y los mayores
están al servicio de
ellos!
En la de los Vosgos,
donde vivió Víctor
Hugo, se alza en el
centro un Luis XIII
a caballo, que como
es de mármol tiene
el caballo que
sostenerse sobre un
tronco de árbol
cortado, en el que
apoya su vientre;
¡cosa horrible! Al
desdichado escultor
no se le ocurrió
otro artificio para
resolver un problema
de estética. Pero
nadie hace caso allí
de Luis XIII.
Como por la Plaza de
los Vosgos no pasan
autos, los niños
pueden jugar en ella
sin cuidado. Y
juegan con pequeños
autos de juguete, y
un niño levanta un
palo, haciendo de
guardia municipal,
para interrumpir el
curso de un auto de
juguete.
¡Y aquellos
soportales! Son más
pobres, más
aldeanos, más
estrechos, más bajos
de techo que los de
la Plaza Mayor de
Salamanca y mucho
más que los de la
Plaza Nueva de
Bilbao, que siendo
mucho menor y más
mezquina que las
otras dos plazas
españolas, tiene,
sin embargo, unos
sopor tales
espléndidos.
Soportales aquellos
de mi Plaza Nueva de
Bilbao, donde
amamanté mis
primeros ensueños
filosóficos, donde
forjaba, a mis
veinte años,
sistemas
metafísicos. Sentado
en un rincón de los
soporta les de la
Plaza de los Vosgos,
donde vivió y soñó
Víctor Hugo, me
acordaba de aquellos
soportales de mi
Plaza Nueva de
Bilbao, donde,
mientras
fuera—dentro de la
plaza—caía la
llovizna, el sirimiri que
allí se dice, iba yo
hilando el lino de
mis ensueños
trascendentales.
Hilo no menos sutil
ni menos fugitivo
que el de aquellas
hebras de agua que
sobre mi plaza
hilaban las nubes de
mis montañas vascas,
de la mar de mi
golfo de Vizcaya.
También aquí, en
París, hilo lino de
ensueños. Y lino
líquido. Aquí rumio
mis recuerdos, aquí
vuelvo a vivir mi
vida, aquí busco la
vida que se me fué.
Esta Ciudad Lumbre—Ville
Lumière—me
alumbra mi pasado. Y
por eso, en los
soportales de la
Plaza de los Vosgos,
volvían a mí las
tardes, ya remotas,
en que bajo los
soportales de la
Plaza Nueva de
Bilbao discutía con
mis amigos de la
niñez, ¡cuántos de
ellos se han ido ya
para no vol ver!, de
todo lo humano y de
todo lo divino y aun
algo más, y cuando
más tarde, hace poco
todavía, bajo los
soportales de la
Plaza de Salamanca,
nos decíamos,
indignados, de la
abyección en que se
le ha sumido a
nuestra patria.
Sentado allí, en un
mezquino bar de
los soporta les de
la Plaza de los
Vosgos, más un cabaret que
no un bar,
entre unos obreros,
recordaba mientras
me servían un
refresco, la tarde
en que leí bajo los
soportales de la
Plaza Mayor de
Salamanca el
telegrama en que se
anunciaba que se me
había deportado a
Fuerteventura. Y por
asociación de ideas,
ya que Víctor Hugo
vivió y soñó en esa
provinciana y
recatada Plaza de
los Vosgos,
recordaba el
destierro del poeta
de los Castigos en
la isla de
Guernesey, de donde
lanzó sus rayos
contra la
podredumbre del
Segundo Imperio, el
de Napoleón el
Chico, el que
pereció en Sedán.
Sólo que Hugo tuvo
que estarse años en
esa isla, que vi al
pasar, de lejos,
acercándonos a
Cherburgo.
Hugo, el que vivió y
soñó en la Plaza de
los Vosgos, levantó
un monumento poético
de eterna memoria a
Nuestra Señora de
París, a ese
portentoso monumento
que es la catedral
de Francia. Y aun
que entre las fechas
de erección de
Nuestra Señora de
París y de la Plaza
de los Vosgos median
siglos, un común
espíritu, una misma
tradición los
enlaza. Hay algo de
eclesiástico,
diríamos mejor de
conventual, en la
Plaza de los Vosgos;
podría pasar muy
bien por un enorme
claustro de
convento. Un
claustro vivificado
por los niños que
allí juegan, por
esos niños a quienes
tanto quiso el que
escribió sobre el
arte de ser abuelo.
Y es que la Plaza de
los Vosgos tiene
abolengo.
¡Abolengo! Esta
palabra, en
castellano, es un
substantivo, y nadie
lo usa como
adjetivo, ya que
como adjetivo se
usan realengo y
otras. Y, sin
embargo, nos está
haciendo falta un
adjetivo que sea a
abuelo lo que
paternal es a padre.
¿O es que nada hay
que decir del amor
abolengo? Ancestral
es un término culto,
pedantesco—para mi
guste,
insoportable—, y que
quiere decir otra
cosa.
La Plaza de los
Vosgos tiene
abolengo. Es una
plaza para que lejos
del tráfago de los
bulevares y de las
avenidas tomen el
sol en ella—los días
que se puede, que
aquí no son
muchos—los niños y
los ancianos, los
nietos y los
abuelos, asistidos
por algunas nodrizas
y niñeras, mientras
los padres y las
madres atienden a
sus faenas. La Plaza
de los Vosgos es un
lugar para que los
abuelos vayan a
pasearse bajo sus
soportales en los
días de lluvia—¡que
aquí son tantos!—y a
recordar su niñez;
es un claustro de
memorias. La Plaza
de los Vosgos nos
recuerda la época en
que la ciudad era
una casa, una sola
casa, una familia.
No hay, además, en
ella ningún
sumidero—¡horror!,
¡horror!,
¡horror!—del
Metropolitano, ni
pasan por ella auto
buses ni tranvía
alguno. La Plaza de
los Vosgos es de
abolengo.
(Caras y Caretas.
Buenos Aires, 1925.) |