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Felipe Pigna

 
Gardel y el gol olímpico
 

Como todos sabemos, Gardel, aficionado al fútbol, hincha de Racing en la Argentina, de Nacional en Uruguay y del Barça en Cataluña, no quiso asistir a la final del primer campeonato mundial, disputado en Uruguay en 1930. Visitó las dos concentraciones, les deseó suerte a ambos equipos, pero prefirió no presenciar el histórico match que terminaría con el triunfo de los orientales. El 11 de julio estuvo junto a sus guitarristas en la concentración argentina en el hotel La Barra de Santa Lucía, donde, según el diario La Razón, “llevó al campamento argentino la alegría de sus canciones”. El cronista le pidió al Zorzal un pronóstico para la final: “El fútbol es más difícil de acertar que las carreras y ya sabemos que en el hipódromo no acierta nadie. Sin aventurar un pronóstico diré solamente que los rioplatenses serán de los más difíciles y que si llegan a la final, habrá que tirar la monedita para saber quién gana. Ambos son buenos y juegan un fútbol maravilloso y artístico y ahora que veo a los nuestros tan alegres y decididos, cabe esperar que, ganando o perdiendo, lo sabrán hacer como buenos criollos, es decir, con todos los honores”.

Visitó a los muchachos del equipo uruguayo en el club Olimpia, donde compartió con ellos una comida, les contó más de veinte chistes subidos de tono –“verdes”, como se decía por entonces– y les regaló “Isla de flores” y “La uruguayita Lucía”. Se despidió en medio de abrazos y deseos de suerte para los “olímpicos”, a los que llamaba “los magos del balón”, apodo que le había puesto también a su amigo el catalán Samitier.

Paternoster, representando a todos los muchachos, le había preguntado a Gardel si se quedaba a ver el partido: “No, muchachos. Quise cantarles unos tangos y nada más. ¡No quiero que haya ganadores!”. Pero seis años antes sí había estado presente en un partidazo entre las dos selecciones rioplatenses. Fue el 2 de octubre de 1924 en la cancha de Sportivo Barracas. Carlitos concurrió con su guitarrista Guillermo Barbieri, hincha de Huracán, a ver el clásico rioplatense, Argentina vs. Uruguay, en este caso un amistoso. Barbieri convenció a Carlitos para que lo acompañara a ver al ídolo del club de Parque Patricios, Cesáreo Onzari, y no lo defraudaría. A los quince minutos hubo un corner para el equipo local. Se decidió que lo patease el puntero izquierdo de Huracán, el mismísimo Onzari. El referí pitó y el argentino clavó la pelota en el ángulo sin que nadie la tocara.

Los 30.000 espectadores que colmaban el estadio estallaron y Carlitos y sus compañeros festejaron el primer gol “olímpico”, llamado así por haberse concretado frente al campeón de las recientes Olimpíadas de París, conocidos desde entonces como “los olímpicos”. El encuentro terminó con un triunfo argentino por 2 a 1, a pesar de lo cual, a pedido de los organizadores, la Selección Uruguaya celebró su triunfo parisino recorriendo el contorno de la cancha en medio del aplauso de todo el público. A partir de entonces, este festejo pasó a llamarse “vuelta olímpica” en torno al campo de juego, que estrenaba en sus límites el primer alambrado entretejido que lo separaba de las tribunas, al que también, ya que estaban, llamaron alambrado olímpico. El gol de Onzari obligó a cambiar el reglamento y dar por válidos los goles hechos por un tiro directo desde el corner.

El primer gol olímpico convertido en un Mundial sería el del cubano José Magriñá frente a Rumania, en Toulouse, durante el campeonato disputado en Francia en 1938


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