Permiso para volar
Hubo un lugar en la
hermosa Buenos Aires
de 1960 que era el
trampolín para
lanzarse a la
creatividad plena.
Un sitio que estaba
a la vanguardia de
todas las
expresiones
artísticas a nivel
mundial. Donde, en
su bello auditorio,
que tenía unas 250
butacas, debutaron
Almendra y Les
Luthiers (todavía
bajo el nombre de I
Musicisti), entre
otros. Ese lugar,
ubicado en la calle
Florida 936, fue el
Instituto Di Tella.
Nació el 22 de julio
de 1958, durante el
gobierno de Arturo
Frondizi. Por sus
modernas salas de
exposición pasó lo
mejor de la plástica
argentina e
internacional del
momento y brillaron
personalidades como
Marta Minujín, con
su célebre Menesunda;
Federico Manuel
Peralta Ramos,
Dalila Puzzovio, los
integrantes de la
Nueva Figuración:
Rómulo Macció y Luis
Felipe Noé; el
genial Jorge de la
Vega; Clorindo
Testa; Renata
Schussheim; Antonio
Berni y su Juanito
Laguna; Libero Badíi;
el innovador Gyula
Kosice, el mendocino
Julio Le Parc;
Rogelio Pérez Celis;
Antonio Seguí; el
elenco del TIM
Teatro; Susana
Salgado; Edgardo
Giménez; el gran
León Ferrari;
Roberto Jacoby;
Federico Klemm,
Oscar Masotta,
Griselda Gambaro,
Jorge Schussheim;
Marikena Monti;
Carlos Cutaia,
Norman Briski,
Marilú Marini, el
coreógrafo Oscar
Araiz y Rubén
Santantonín, entre
tantos otros y
otras. Allí se
realizaron los
primeros happenings
de la Argentina,
donde pasaba de
todo. En su cine se
exhibían las
películas que las
grandes
distribuidoras
“omitían”.
Todo aquel que
tuviese ganas de
expresarse y no
encontrara lugar en
los circuitos
tradicionales
llegaba al Di Tella,
este lugar mágico
financiado por la
empresa Siam,
fundada por el
empresario italiano
Torcuato Di Tella,
que se había
convertido para los
años 60 en una de
las más importantes
metalmecánicas de
América latina,
produciendo entre
otras cosas las
míticas heladeras
con manija de
bolita, las
motocicletas
Siambretta y el Siam
Di Tella, un
vehículo sedán
destinado a los
sectores medios que
fue adoptado por la
mayoría de los
taxistas de Buenos
Aires por aquellos
años. Era otro país
aquel en el que una
empresa decidía
devolver de una
manera original
parte de lo que esta
tierra generosa le
había brindado.
Había gente de
enorme talento
dirigiendo sus
centros, como Jorge
Romero Brest en
Artes Visuales;
Enrique Oteiza en la
dirección ejecutiva;
Ernesto Villanueva
en el Centro de
Experimentación
Audiovisual y nada
menos que Alberto
Ginastera en el
Centro
Latinoamericano de
Altos Estudios
Musicales, donde
dieron clínicas
Aaron Copland,
Xenakis y Luigi Nono.
También el Di Tella
recorrió el país de
la mano del
Espectáculo
Audiovisual Rodante.
Tanta creatividad,
tanta maravilla, no
podía más que enojar
a los inquisidores
civiles,
eclesiásticos y
militares que
acompañaban al
dictador Juan Carlos
Onganía en su
dictadura disfrazada
de “Revolución
Argentina”, que
decidieron
clausurarlo. Vaya
entonces nuestro
homenaje a aquel
proyecto maravilloso
y a una época de
esplendor de la
cultura argentina
que, una vez más, la
“culta” derecha
argentina intentó
eliminar. |