Borges y él
Georgie, como lo
llamaban en su
familia, nació en
pleno centro porteño
en 1899, en una casa
con patio y aljibe,
pero su infancia
trascurrió en
Palermo sin vereda
de enfrente, en ese
barrio poblado de
compadritos duros y
de cuchillos
brillando en mitad
de la noche. Jorgito
a los 4 años sabía
leer y escribir y a
los 7 ya había
escrito un ensayo en
inglés sobre
mitología griega.
Recorrió Europa
junto a sus padres y
su hermana Norah y
quedó
particularmente
interesado por
aquella mitológica
ciudad de Ginebra y
por el rico mundo
literario español.
Llegó al país a los
22 años y reafirmó
su pasión por los
realistas franceses,
los expresionistas y
simbolistas, y su
profunda admiración
por Shakespeare,
Schopenhauer,
Nietzsche,
Chesterton y los
clásicos griegos.
Dentro de una Buenos
Aires de arrabales
míticos, Borges
comenzó a bosquejar
sus primeras poesías
y junto con otros
escritores, todos
influidos por la
novedad del
ultraísmo, colaboró
en revistas
literarias y
disfrutó, como quien
contempla a un
ídolo, de la
compañía del
escritor y filósofo
Macedonio Fernández.
Fundó la revista Proa,
colaboró en Martín
Fierro, La Prensa y
luego en Crítica,
Sur y El
Hogar. A los 24
años publicó Fervor de
Buenos Aires, al que
siguieron los libros
de ensayos Inquisiciones y El
tamaño de mi
esperanza,
entre otros. Es con Historia
universal de la
infamia, de
1935, que comenzó su
etapa como narrador,
donde reelaboró
“Hombre de la
esquina rosada”,
relato emblemático
de entonación
orillera.
La particularidad de
los textos borgeanos
está en su maestría
para crear relatos
impecables a partir
de especulaciones
filosóficas,
teológicas e incluso
científicas. La
mayoría de los
cuentos comienzan
con la mención a la
lectura previa,
necesaria e
inseparable de la
escritura –como bien
sabía Pierre Menard–.
A partir de la cita
verídica o apócrifa
de aquello que se
leyó o se escuchó es
que el Borges
narrador comienza a
arriesgar intrigas
implacables,
simétricas y
fatales. Son cuentos
que muestran que “al
destino le agradan
las repeticiones,
las variantes, las
simetrías”,
representan la idea
del tiempo como
eterno retorno, un
tiempo que disfruta
al repetir la
historia en la
historia y que
encuentra su
exacerbación cuando
la historia copia a
la literatura, como
sucede en “Tema del
traidor y del
héroe”. La narrativa
de Borges es un gran
artificio, un
símbolo, construida
a la manera de un
ensayo en el que
intervienen
personajes reales y
ficticios que se
mueven como piezas
de ajedrez en un
tablero
minuciosamente
trazado, quizá desde
el comienzo de los
tiempos.
Borges fue director
de la Biblioteca
Nacional, profesor
de literatura en la
Universidad de
Buenos Aires y
brindó innumerables
conferencias, entre
ellas las
maravillosas Siete
noches del Teatro
Coliseo. En 1961,
compartió con Samuel
Beckett el Premio
Internacional de
Literatura, otorgado
por el Congreso
Internacional de
Editores en
Formentor. Este
reconocimiento ayuda
al incremento de su
fama que se va
tornando mundial y
aumenta aún más
luego de la
distinción con el
Premio Cervantes,
promoviendo la
traducción de sus
obras a más de
veinticinco idiomas.
Pese a la ceguera
que lo atormentaba
desde 1955, Borges
no detuvo su labor y
reeditó la mayor
parte de sus textos,
tradujo a sus
favoritos, continuó
con sus ensayos
literarios, dirigió
seminarios y
agradeció honores
internacionales.
Partió de este mundo
el 14 de junio de
1986 pidiendo
descansar
eternamente en su
querida Ginebra. |