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Felipe Pigna

 
Borges y él

Georgie, como lo llamaban en su familia, nació en pleno centro porteño en 1899, en una casa con patio y aljibe, pero su infancia trascurrió en Palermo sin vereda de enfrente, en ese barrio poblado de compadritos duros y de cuchillos brillando en mitad de la noche. Jorgito a los 4 años sabía leer y escribir y a los 7 ya había escrito un ensayo en inglés sobre mitología griega. Recorrió Europa junto a sus padres y su hermana Norah y quedó particularmente interesado por aquella mitológica ciudad de Ginebra y por el rico mundo literario español. Llegó al país a los 22 años y reafirmó su pasión por los realistas franceses, los expresionistas y simbolistas, y su profunda admiración por Shakespeare, Schopenhauer, Nietzsche, Chesterton y los clásicos griegos.

Dentro de una Buenos Aires de arrabales míticos, Borges comenzó a bosquejar sus primeras poesías y junto con otros escritores, todos influidos por la novedad del ultraísmo, colaboró en revistas literarias y disfrutó, como quien contempla a un ídolo, de la compañía del escritor y filósofo Macedonio Fernández. Fundó la revista Proa, colaboró en Martín Fierro, La Prensa y luego en Crítica, Sur y El Hogar. A los 24 años publicó Fervor de Buenos Aires, al que siguieron los libros de ensayos Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza, entre otros. Es con Historia universal de la infamia, de 1935, que comenzó su etapa como narrador, donde reelaboró “Hombre de la esquina rosada”, relato emblemático de entonación orillera.

La particularidad de los textos borgeanos está en su maestría para crear relatos impecables a partir de especulaciones filosóficas, teológicas e incluso científicas. La mayoría de los cuentos comienzan con la mención a la lectura previa, necesaria e inseparable de la escritura –como bien sabía Pierre Menard–. A partir de la cita verídica o apócrifa de aquello que se leyó o se escuchó es que el Borges narrador comienza a arriesgar intrigas implacables, simétricas y fatales. Son cuentos que muestran que “al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”, representan la idea del tiempo como eterno retorno, un tiempo que disfruta al repetir la historia en la historia y que encuentra su exacerbación cuando la historia copia a la literatura, como sucede en “Tema del traidor y del héroe”. La narrativa de Borges es un gran artificio, un símbolo, construida a la manera de un ensayo en el que intervienen personajes reales y ficticios que se mueven como piezas de ajedrez en un tablero minuciosamente trazado, quizá desde el comienzo de los tiempos.

Borges fue director de la Biblioteca Nacional, profesor de literatura en la Universidad de Buenos Aires y brindó innumerables conferencias, entre ellas las maravillosas Siete noches del Teatro Coliseo. En 1961, compartió con Samuel Beckett el Premio Internacional de Literatura, otorgado por el Congreso Internacional de Editores en Formentor. Este reconocimiento ayuda al incremento de su fama que se va tornando mundial y aumenta aún más luego de la distinción con el Premio Cervantes, promoviendo la traducción de sus obras a más de veinticinco idiomas.

Pese a la ceguera que lo atormentaba desde 1955, Borges no detuvo su labor y reeditó la mayor parte de sus textos, tradujo a sus favoritos, continuó con sus ensayos literarios, dirigió seminarios y agradeció honores internacionales. Partió de este mundo el 14 de junio de 1986 pidiendo descansar eternamente en su querida Ginebra.


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© Helios Buira

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