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ABELARDO CASTILLO

AGUAFUERTES

El ángel al revés
Tomado del número 458 (agosto 1988) - de Cuadernos Hispanoamericanos

Arlt se ha puesto de moda. Arlt, si viviera, se reiría con malignidad de las monografías universitarias que se escriben en su nombre, de los profesores norteamericanos que vienen a la Argentina a estudiar su obra, de las traducciones de sus novelas. Hacia 1960, la editorial Losada comenzó cautelosamente a reeditar su narrativa; en 1968, se publicaron sus dramas. Y aunque todavía no existe edición anotada y completa de su obra, vamos camino a tenerla. El golpe de gracia, como siempre, lo dio nuestro esnobismo cultural: hace unos meses los diarios porteños divulgaron que los italianos habían descubierto «al Dostoyevski argentino». Italia no es todavía Francia, pero es Europa. Cuando algún francés note que más o menos en la época en que Jean-Paul Sartre fundaba el existencialismo ateo en el Café de Flore, Roberto Arlt, en la redacción de El Mundo o de Crítica, entre un aguafuerte y el refrito de una noticia policial, redactaba capítulos de novela que se llamarían, por ejemplo, «Ser a través del crimen»; cuando un europeo descubra que el Calígula, de Camus, y El desierto entra en la ciudad, son casi simultáneos, el desastre será total: Arlt será sagrado. Lo convertiremos en una especie de embalsamado, o algún crítico con escarapela decidirá que es nuestro Escritor Nacional. Haremos de él lo que gracias. a las politiquerías de Lugones, hicimos de José Hernández: un amanuense del Dios Patrio, un autor para encuadernar en cuero de vaca y regalarlo en las embajadas. Ya hay cinta en tecnicolor de alguna de sus obras, ya hay plaza con su nombre. Mañana fundaremos una biblioteca municipal y, a fuerza de incluirlo en los programas oficiales acabaremos por olvidar que fue un hombre. De ese hombre voy a hablar, de lo que ese hombre pensaba sobre la vida.

Yo quiero ser feliz. Esta fórmula patéticamente infantil, cifra la obsesión central de su vida y de su obra. Explícitamente o ha dicho: «...¿de qué modo debo vivir yo para ser completamente dichoso(...)?. ¿de qué modo se puede vivir feliz, dentro o fuera de la ley?» Pero no hay escritor que en algún momento de su vida, deje de descubrir que la felicidad no existe sobre la Tierra; que, la que con candor llamamos felicidad, son meramente unas ilusionarias hilachas de alegría, de amor, o mejor un minuto de satisfacción o de vanidad por una obra que durante ese minuto, creímos incorruptible. Porque para el hombre que escribe, la única cosa parecida a la felicidad se da como una caricatura de la dicha, sólo en relación con su obra. Jean Genet ese delincuente angélico, ese «degenerado» purísimo cuyo parentesco con Arlt (como el de Arlt con Celine) también descubrirá un día de estos un francés, Jena Genet lo ha escrito: «...esa imbecilidad que es la materia básica de la vida: abrir una puerta, prender un cigarrillo. Sólo hay unos cuantos destellos en la vida de un hombre. Todo lo demás es oscuro».

No me asombra: esa especie de idiotez esencial es lo único de Arlt que vieron sus contemporáneos. Que yo sepa, nadie, excepto Leopoldo Marechal, advirtió la terrible inocencia de aquel formidable resentido que era capaz (no importa si lo hizo o no, dejo esa precisiones a los biógrafos letrinescos) de escupirle la cara a un portero, por el mero hecho de ser normal, o de execrar a los jorobados, a los bizcos, a los contrahechos por su infelicidad de ser distintos. ¿Cómo? ¿Es posible ser un gran escritor y ser humanamente hablando una «mala persona»? Y además ¿cómo hablar de inocencia en un hombre que es capaz de escribir El jorobadito o páginas como las del asesinato de la Bizca?. Sin embargo es así. No tengo espacio acá, ni voluntad para demostrar que todo gran creador es al mismo tiempo el más puro y el más perverso de los seres; pero cualquiera que se haya esforzado en comprender por qué se hace y de qué se hace una gran literatura, sabe que es así. Y si no lo sabe, tanto peor, no hay explicación que se lo explique.

Arlt, que apasionadamente buscaba la felicidad, sentía la fascinación y el horror de la desdicha. Odiando (o simulando odiar) a un contrahecho, conjuraba mágicamente su propia monstruosidad: la de su alma. Estar construido espiritualmente  como Arlt, equivale a ser un desdichado. En la época del país en que le tocó vivir, era lo mismo que ser un monstruo. El horror del cuerpo, la obsesión por la fealdad, el sentimiento irracional de vivir trabajados por la angustia, la elección de ser a-través del crimen, del dolor, de la revolución, vale decir, los temas del existencialismos sartreano, fueron descubiertos, vividos y hechos literatura (no digo bosquejados, sino hechos plenamente literatura) por un escritor argentinos que leía Rocambole y se jactaba de no haber terminado la escuela primaria. ¿Quién iba a entenderlo? Hay incluso situaciones novelísticas de Arlt que tienen un paralelismo sobrecogedor con las que inventará Sartre: personajes que con un cuchillo se claban la mano a una mesa, tipos que se suben a un árbol (en Sartre es una ventana) para ver a los hombres desde arriba o contemplar a una mujer desnuda como si fuera una mosca. Si tuviera espacio, yo podría explicar que no son meras coincidencias.

La Argentina de Arlt, por otra parte, era la de los tangos de Discépolo («en mi caída traté de hacerte a un lao», ¿no es la versión suburbana del amor entre Kierkeegard y Regina Olsen? era la época en que Carlos Astrada, también antes que Sartre, escribía su olvidado ensayo sobre el existencialismo; la época en que a Unamuno se lo consideraba casi un escritor argentino. Digo que esa Argentina era, y en rigor podría escribir que es. ¿Esto quiere decir que los argentinos somos existencialistas? No. Quiere decir que, en distintos lugares del mundo, algunos hombres, deslumbrados por el indiferente fulgor de la muerte, descubren a solas las mismas verdades. Entre nosotros, el primero fue Arlt. Visto así, el pensamiento y la obra de Arlt no parecen tan anacrónicos como lo imaginaron sus contemporáneos. Visto así, los anacrónicos fueron sus contemporáneos. Qué iban a entender los críticos de su época lo que había dejado de esa literatura desmesurada y mal escrita: «En realidad», escribió en el epílogo de Los lanzallamas, «uno no sabe que pensar de la gente. Si son idiotas enserio o si se toman a pecho la burda comedia que representan (...) como primera medida he resuelto no enviar ninguna obra más a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables: el señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etcétera». El orgullo del solo y la precaria felicidad de haber terminado un nuevo libro. La pequeña omnipotencia del jorobado, que, siquiera por un rato, ve a los demás desde su mirada. Después de esta caricatura de la dicha la soledad será mayor que antes. All l loved. I loved alone este grito de Edgar Allan Poe pudo haberlo proferido Arlt. Y en realidad lo hizo. «Estoy monstruosamente solo» dice Erdosain. El que es distinto o se siente distinto (para el caso es lo mismo: la diferencia está en lo que se hace con esa incapacidad de soportar el mundo, o en cuánto nos dura ya que en general desaparece hacia los treinta años con el matrimonio y un buen empleo), el monstruo, vive condenado a la soledad, está «maldito» y elige su rareza como un caparazón que lo aísla del mundo de los Otros: los iguales entre sí, los normales. De ahí su gesto de escupir, su formidable capacidad de desprecio. De ahí, cuando toca fondo, su amor feroz por los miserables. «¿Quiénes van a hacer la revolución, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te crees que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos?» (Los siete locos, pag. 19) Y aquí aparece, triunfalmente, como un ángel después de visitar los más corrompidos círculos de su infierno, el Arlt purísimo de que hablé. Su desesperación egotista se socializa o se cristianiza, si lo prefiere el manso lector. Arlt deja de angustiarse por la inutilidad de su propia vida y se erige en portavoz de los «pobres de la tierra» (también acá, como en un espejo anticipado, se refleja la parábola vital y filosófica de Sartre) La felicidad no existe, de acuerdo. Dios ha muerto o es un canalla; la vida humana personal no tiene sentido. De acuerdo. Pero hay que vivir y darle un sentido a la vida del hombre, y, si hace falta, hay que inventar de nuevo a Dios.

Nunca hasta hopy había escrito yo una palabra sobre Arlt, de pronto pienso que podría seguir esto con más facilidad que si hablara de mí mismo. Y eso es malo.

Termino: no sacralicemos a Arlt. Él detestaba los homenajes y a los eruditos de literatura. Dejemos que siga siendo lo que es: un mal ejemplo. Un resentido, un tipo que se reía de Ricardo Rojas, de Capdevila, de Wast, de Gálvez, de Larreta, incluso de Borges (lo justifica el hecho de que cuando Arlt murió, Borges no había escrito casi nada y acaso era realmente un poco cómico) un mal colega que aborrecía a casi todos sus contemporáneos, excepto Lynch, Quirogam Marechal y algún otro, y que por lo tanto tenía razón; en suma: Una especie de mala persona, un revolucionario, un desalmado que escupía metafóricamente o no sobre las buenas gentes, un escritor que quería ser feliz y debió conformarse con ser un genio.


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