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ABELARDO CASTILLO

AGUAFUERTES

Gardel y los sueños
Tomado del número 458 (agosto 1988) - de Cuadernos Hispanoamericanos

Como pasa con Yrigoyen, con el negro Falucho, con Juan Moreira, con Perón (el lector sabrá hacerse cargo de los matices ideológicos), como a pasado con casi ningún argentino y sí con una mujer, con Eva Perón, Gardel fue menos un hombre que un sueño colectivo. Escribir que es un mito parece una vulgaridad de mal programa de tangos; pero si los mitos son tradiciones alegóricas que tienen por fundamento un hecho real, no hay más remedio que aceptar a Gardel en la suburbana iglesia de nuestra teogonía nacional. Sociólogos, biógrafos, periodistas, han escrito sobre días y sus viajes. Más de mil discos fonográficos registran su voz, y hasta los cambios que el tiempo impuso a su voz, su caudalosa iconografía es infinitamente más confiable que la de San Martín o Monteagudo. Y, sin embargo, lo único que se sabe con seguridad es que Gardel existió: todo lo demás son sueños, exaltaciones de testigos improbables o fantásticos, sensibleras mentiras de amigos que nunca lo conocieron.

Hubo un Gardel físico, impar, como todo hombre, más bien proclive a la gordura, tal vez algo misógino y nacido en Francia el 11 de diciembre de 1890, a las dos de la mañana en L'Hospita de la Grave, hijo de Berthe Gardes, planchadora, y de padre desconocido. En algún lugar del trayecto entre Toulouse y los baldíos de Buenos Aires o Montevideo, Gardel dejó de llamarse Charles Romualde y se llamó Carlos; su apellido, que debió pronunciarse «gard» se volvió agudo y la ese final se licuó en ele. El tango, mientras tanto, comenzaba a recorrer algo así como un camino inverso: salió de los quilombos y las casas de baile del Bajo, abandonó el Barrio del Mondongo abjurando de su linaje africano, y entró en los varietésafrancesados y en las casas decentes, donde se leía a Samain y a Verlaine. Gardel, por suepuesto, no tuvo nada que ver con esto; hacia 1910, ya era un morocho rioplatense que cantaba estilos y cifras camperas. Cuando finalmente el tango y el se encontraron, esa música comenzó a ser el tango, el tango cantado, casi el único que los argentinos conocemos como tango. Un poco después, Gardel era Gardel y también el otro. Un artista de fría inteligencia que, más que en los corralones del Abasto, cantaba en San Juan de Puerto Rico, en Maracaibo, en Cartagena y que, como lo atestiguan sus cartas prefería quedarse en Estado Unidos y ganar treinta mul dólares por película a regresar a su Buenos Aires querido. Y hacía bien, me dirán, eso es humano, o lo único que faltaba es que el zorzal, el morocho, el bronce que sonríe, se muriera de hambre. Justamente es humano. Humano y hasta demasiado humano, nietzscheanamente hablando, y lo que yo quiero insinuar es que el otro Gardel, el que a la memoria agradecida y candorosa de los argentinos le importa, no es el humano. Es su doble, su avatar mitológico, el único real al finde cuentas, porque su fantasma está tejido con lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros. Este Gardel ya no es más francés, si alguna vez se aceptó que lo fuera, sino porteño, a lo sumo, uruguayo. Y se admite a la Banda Oriental en su genealogía sólo porque de esa tierra, que es ésta, provienen ciertos atributos nacionales sin los cuales seríamos menos argentinos: los Treinta y Tres Orientales, Artigas, la gringa y los canillitas de Florencio Sánchez, la prosa de Horacio Quiroga, la marcialidad bochinchera de La Cumparsita, quizás el Geniol. Este otro Gardel, ajeno para siempre a las humillaciones de los regímenes dietéticos y a la caída del pelo, resplandece desde hace medio siglo con su inalterable donjuanismo secreto, su generosidad intacta, su lágrima perfecta en la garganta. Este Gardel soporta sin deterioro las cursilerías de los tangófilos, el desdén un poco tilingo de Borges, las interpretaciones afiebradas de los sociólogos. Este Gardel, por otra parte, es el que cantaba. A quien le importa que levantara las cejas al hacerlo, a quien le importa que en alguna cita, poniéndole una mano en la frente a la agónica Margarita, que está tuberculosa, le diga con una especie de objetiva perplejidad «Fiebre, ¿eh?» ¿O a continuación no va a cantar sus ojos se cerraron? Y acá debo interpolar una observación y el recuerdo de una imagen. La observación es ésta: para significar la indiferencia inhumana de lo real, nuestro mayor prosista ha escrito: «La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la plaza Constitución habían renovado no sé que aviso de cigarrillos rubios» Medio centenar de palabras y uno duda seriamente de este viudo. Gardel, lacónico, canta lo mismo así: Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando. La imagen que iba a recordar es la de esa escena y parece pintada por Goya. Gardel sentado y dos figuras cadavéricas detrás, todo hecho de sombras y de grises. Y uno siente que Gardel no canta, que Gardel es cantado por su voz.  Toda cosa o hecho del universo admite una teoría: Hegel confundió esto con la racionalidad de lo real. También se teoriza sobre Gardel; se lo ideologizó. Pero puede demostrarse o no, que la imagen del muchacho marginal, crecido en el mercado, que asciende hasta el frac y llega a cantarle al príncipe de Savoia y a Eduardo de Windsor, encubre una metáfora conformista, fomentada (no por él, claro) para adormecer a nuestro pueblo, el sueño que soñó Gardel no cede. Aunque se exhumen cartas donde Gardel diga fríamente de Razzano que «es un tipo de incomparable armadura de cemento» y que cierto negocio «tiene tantas posibilidades de hacerse como Razzano de cantar.» o de Isabelita, aquella novia que se quedó en el barrio: «recibí cuatro líneas con protestas de amor y esas tonterías, pero mi resolución es inquebrantable; prefiero no ganar un peso más, a tratar con esa gente» por más que haya existido un imperfecto Gardel de carne y hueso, el de generaciones de argentinos sigue siendo otro. El de la sonrisa de Gioconda varón, el que todavía en algún cine de pueblo (lo he presenciado yo, no lo copio ni lo invento) debe repetir la escena donde canta Sus ojos se cerraron, el de la milagrosa voz que le hizo decir a Caruso, si es que fue Caruso, aquello de la lágrimas en la garganta.

Que yo sepa, sólo Jorge Luis Borges se ha animado a decir que le disgusta la voz de Gardel. Le atribuye a esa voz las cualidades morales negativas de los malos poetas de tango, la culpa de entristecer la música valerosa y festiva de las milongas, responsabiliza, a un casi perfecto instrumento sonoro de la naturaleza, de lo que otros llamamos la historia natural. Denostar a Borges es fácil. Hay que admitirlo: mucho más fácil que oponerse a Gardel. Yo prefiero suponer que ha Borges le pasa con Gardel lo que a Sarmiento con Facundo: lo inquieta porque no lo comprende, y, sin saberlo, lo admira. Yo prefiero imaginar que la realidad, como la música, admite variaciones, que hay mundos paralelos, espacios fuera del tiempo y del espacio. Me gustaría oírlo a Gardel, en esa historia, cantando con su voz dotada las milongas de Borges. Bien mirado, es casi lo único que les falta a esos dos.


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© Helios Buira

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