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Italo Calvino |
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Pavese: Ser y Hacer | ||
A diez años de distancia de 1950, podemos intentar una definición de Pavese. El sentido de la labor poética y moral de Pavese reside en el trabajoso tránsito entre dos formas de ser en el mundo: partiendo de un dato de pasividad y anonimato existencial, llegar a conseguir que todo aquello que vivimos sea autoconstrucción, consciencia, necesidad. Una operación que podríamos llamar poética y moral. En cuanto a la poética, significará salir de una concepción de creación como abandono a la manifestación lírica, al place por componer, o por la exploración naturalista del mundo exterior; para llegar a través de un arduo camino de exclusiones y reducciones a imágenes que sean centros de experiencias insustituibles, expresiones absolutas en todos los niveles. Como alternativa de creación, esto supondría profundizar y profundizar en la cotidianidad de imágenes grises, de presencias sin rostros, de tosco y descuidado hablar, tal como se manifiesta en la antipoética ciudad industrial, en el antipoético Piamente campesinos y popular, para conseguir un espacio y un color propios, un sistema de relaciones que cobre entidad, un lenguaje calibrado, en una palabra, un estilo. Estilo (y hablar de estilo suena hoy como una palabra que ha envejecido, ya que el concepto de estilo es una de las cosas que parecen haber muerto en estos diez años, no sólo en la práctica, sino en la problemática literaria y artística) no significa la imposición de una forma de escribir o un gusto, sino la elección de un sistema de coordenadas esenciales para expresar nuestra relación con el mundo. Tanto en la expresión poética como en la conciencia moral, construir un estilo fue la tarea que Pavese se había propuesto y la operación que llevó a cabo, de reducción, selección y profundización, partiendo de una base que, tosca, sorda y negativa, fue común a ambos planos. Pavese no era un poeta ni por naturaleza ni por condición; la primera imagen de sí mismo que nos revelan sus escritos de juventud, y que sirve de conjetura autobiográfica a las obras de su madurez es la de un joven cuya tarea no se distingue de la que podría ser común a su edad, a su condición social y a su época si nos es por una obstinación en autodefinirse. Cuando consiguió expresar (es decir mirar desde afuera y sin lirismo) esta imagen de sí mismo, obtuvo una de las imágenes en las que mejor reconocemos hoy un sabor típico de aquel tiempo: una juventud que más que disfrutar el hecho de ser joven, lo padece, pandillas de jóvenes de ciudad que van a pie, solitarios y noctámbulos sin rumbo y a los que la falta de experiencia y de dinero, el no pertenecer a una sociedad definida y la falta de perspectivas parece conducirles a ciegas por un vacío insípido e incoloro. Jun to a este aspecto, existe en Pavese otro que consiste en un anhelo de cómo se debería ser, pero que se manifiesta siempre con una cierta imprecisión voluntarista: el hombre práctico que sabe componérselas, que conoce los males y los bienes de la vida, desde el primo de los Mares del Sur hasta Amelio el motociclista o las mujeres decididas y un poco masculinas, o el mundo de la política obrera clandestina; siempre se trata de un dato exterior, de una meta que alcanzar y también un homenaje a la literatura de la épica actica, desde Defoe, Melville y Whitman hasta esos duros provincianos de Middle West, que podría ser también el Piamonte. Lo que Pavese quiere representar realmente es el camino de quien aún está por conquistar este rigor, este estilo; y Quizás no sea en la aplicación práctica donde hará esta conquista sino en la forma de ser. Es posible que el verdadero ideal pavesiano sea el de quien tiene toda la triste sabiduría del que sabe y la segura autosuficiencia del que hace, como Clelia, la modista de Tra donne sole (Entre mujeres solas). Pero en general en las narraciones de Pavese, aprender quiere decir también y sobre todo aprender a sufrir, aprender a comportarse frente a las heridas que se reciben; y quien no aprende esto, sucumbe. Por lo demás, lo que la literatura puede enseñarnos no son los medios prácticos, los resultados que hay que obtener, sino sólo las actitudes. Lo demás no es algo que puede aprenderse de la literatura sino de la vida. Pero no podemos negar que también en el plano del ejemplo práctico, de la lección de vida, la imagen de Pavese nos ayuda. Se habla demasiado de un Pavese a la luz de su gesto extremo y demasiado poco de él a la luz de la batalla, ganada día a día, a su propio instinto de autodestrucción. Pavese consiguió aplicar la moral de sus clásicos, la moral del hacer, también a su propia vida, al trabajo propio y a su participación en el trabajo de los demás. Para mí, que lo conocí en los últimos cinco años de su vida, Pavese sigue siendo el hombre de minuciosa laboriosidad en el estudio, en el trabajo de creación, en el trabajo de la empresa editorial; el hombre para el que cada gesto, cada hora, tenían su función y daban su fruto, el hombre cuyo laconismo e insociabilidad eran una defensa para su ser y para su hacer; su nerviosismo era el de quien está dominado por una fiebre de actividad, y sus ocios, sus paseos parsimoniosos pero llenos de meditación eran los de un hombre que sabe trabajar duro. Este Pavese no es menos verdadero que el otro, el Pavese negativo y desesperado, y no sólo está limitado a los recuerdos de los amigos y a una actividad ajena a las páginas escritas; también era el hombre que «hacía», que escribía libros; y esos libros de su madurez llevan este sello de victoria e incluso de felicidad, aunque fuera siempre amarga. Hay también una visión de la felicidad de Pavese, de una difícil felicidad que nace con el mismo impulso que le sumerge en el dolor hasta que el desnivel es tan grande el trabajoso equilibrio se rompe. La lección de la autoconstrucción pavesiana (tal y como la recibimos de sus libros y de su trayectoria humana) que podía haber aspirado a una conquista práctica, a una transformación de los términos de la propia lucha, a una victoria, en suma, sobre la negatividad, cumple su verdadera función en el ámbito de la conciencia interior de lo vivido, en la conquista de vivir una situación en lugar de ser vivido por ésta incluso en el caso de que esa situación sea inmutable. La verdadera conquista pavesiana es la de la conciencia, a pesar de que tengamos que reconocer que es la única, y a pesar de que por los datos que tenemos de su vida y de su muerte tengamos que sacar la conclusión de que para él nada había cambiado en los términos de su drama. Su moral, su «estilo» no fue para él una coraza exterior contra el dolor sino un férreo caparazón interior para poder contener el dolor como el fuego en el horno. Todo el programa de su obra y de su vida está ya decidido en una de las primeras páginas de su diario (20 de abril de 1936) «La lección es ésta: construir en el arte, y construir en la vida, pregonar lo voluptuoso desde el arte como desde la vida; ser trágicamente» Este es el tema de la obra de creación de Pavese y de su investigación teórica; y éste es también el tema del diario: contraposición entre el vivir trágico y el vivir voluptuoso ¿Qué significa el vivir voluptuoso? Tratemos de definirlo con sus mismas palabras: es considerar los estados del ánimo como un fin en sí mismos... es abandonarse a la sinceridad, anularse en algo absoluto... es vivir a saltos, sin continuidad y sin principios... ¿Y qué significa «ser trágicamente»? La definición que Pavese nos da en esa página parece referirse solamente a la frialdad utilitaria del poeta, que da sentido a su estado de ánimo aceptándolo en vista de su universalización poética (la forma en que se le presentaba al joven la empresa de lograr con éxito una obra de poesía resulta ahora de un heroísmo sobrehumano, un prodigio de concentración moral) pero podemos naturalmente ampliar el concepto: ser trágicamente significa hacer del drama individual una fuerza concentrada que impregne de uno mismo todo tipo de acción (en lugar de gastarlo como moneda fraccionaria), de obra, de hacer humano, significa transformar el fuego de una tensión existencial en un obrar histórico, hacer del sufrimiento o de la felicidad privada, que son imágenes de nuestra muerte ( toda felicidad individual, desde el momento que implica su fin, tiene su contrapartida de dolor), elementos de comunicación y de metamorfosis, es decir, fuerzas vitales. Si comparamos el diario de Pavese con otro importante documento contemporáneo de un itinerario interior, el diario de André Gide, podemos observar que el experimento de éste se mueve en un sentido diametralmente opuesto. Gide parte de un aspecto de singularidad individual perfectamente construida en su caparazón de cultura y de razón, de clasicismo, en una palabra, para alcanzar una identificación con el flujo espontáneo de la vida, para adquirir un estado de identificación desde donde eventualmente sea posible captar cualquier aspecto de la variedad del mundo, donde la sinceridad no pueda ser dolorosa y donde ni siquiera el dolor desgaste. La de Gide y la de Pavese son las dos vías que la literatura moderna propone a nuestra actitud cognoscitiva y práctica. La primera, de identificación con el todo, de abandono al fluir vital y cósmico; la segunda, de selección y reducción máxima, de transposición de los valores del ser en el hacer, de la vida en la obra, de la existencia en la historia. Pavese pertenece a una época de la cultura mundial que tiende a integrar la experiencia existencial con la ética de la historia. una época que, al parecer, la muerte del escritor piamontés marcó su límite cronológico. De hecho tenemos que reconocer que estos diez años, aunque el éxito de Pavese ha seguido difundiéndose, las posibilidades de influencia de su enseñanza en la literatura contemporánea parece que se ha reducido considerablemente. El camino de la conciencia literaria y artística hoy parece inclinarse totalmente hacia el lado de Gide. Pero es posible que diez años no sean una medida muy significativa: la historia de la literatura está llena de cuestiones que parecen haberse interrumpido y que se reanudan más tarde de forma inesperada, como si fueran citas aplazadas. Hoy los términos de la argumentación de Pavese parecen muy lejanos, incluso en sus elementos de investigación formal y sobre de obstinación ascética del estilo. Esto quiere decir solamente que su presencia volverá a sentirse dentro de poco a través de la perspectiva de alejamiento de la época; esto será suficiente para un replanteamiento en una nueva proximidad y podemos entonces ver más cosas, como siempre ocurre cuando conseguimos aproximarnos a un autor sacándolo de la contemporaneidad, iluminándolo con la luz de un tiempo que fue pero que ya no es el nuestro. En estos últimos años, la atención de los pavesianos se ha centrado más en la reconstrucción de su figura que en sus obras: el diario, las páginas inéditas que no quiso publicar, los ensayos y los testimonios biográficos. También mi disertación se resiente de esa polarización de intereses. Ha sido una fase necesaria, pero persistir en ella sería desequilibrar los motivos de interés por esta figura. Toda la fuerza de Pavese gravitaba en su obra, en todo aquello que a través de la experiencia existencial y cognoscitiva se concretó en la obra realizada. Por ello es hacia sus obras hacia donde tenemos que dirigir el foco de nuestra lente, sobre todo hacia aquellas que llevan el sello de Pavese más completo y maduro. Hacia sus novelas, por lo tanto. Y si hablo de sus novelas no es para poner en segundo plano dos libros únicos de la literatura italiana, que considero opuestos entre sí como poética, pero que son a la vez libros «totales» de Pavese: la colección de poesías Lavorare stanca y los Dialoghi con Leucó (Dialogos con Leucó) sino porque es en la narrativa, en la invención de un tipo de novela especial, donde Pavese ha puesto el máximo de sus energías. Las nueve novelas cortas de Pavese constituyen el ciclo narrativo más denso dramático y homogéneo de la Italia de hoy y al mismo tiempo ( lo digo para aquellos que consideran importante este factor) el más rico en el plano de la descripción de los ambientes sociales, de la Comedia Humana, en una palabra, de la crónica de una sociedad. Estos textos son sobre todo de una extraordinaria densidad, en los que nunca se acaba de encontrar nuevos planos, nuevos significados. Me parece que tres de estas novelas pueden situarse en una posición destacada: La casa in colina (La casa en la colina). Il diavolo sulle coline (El diablo en las colinas) y Tra donne sole (Entre mujeres solas) y que corresponden a una fase de plenitud literaria de Pavese, de 1947 a 1949. La casa in colina (La casa en la colina) es la reflexión que surge de la comparación entre historia y moral humana metahistórica; Il diavolo sulle colina (El diablo en las colinas) Es todo el conjunto de problemas morales y existenciales de Pavese convertidos en novela; Tra donne sole (Entre mujeres solas) Es un muestrario de actitudes ante la vida. Las tres constituyen tres ejemplos de novela de contenido, de novela yo diría hasta ideológica; en las tres hallamos un perfecto equilibrio entre tensión lírica y objetividad estructural, en el que triunfa la técnica pavesiana del laconismo reticente, de la comunicación directa, de saber implicar al lector en el esfuerzo cognoscitivo y valorativo de la realidad. Como habéis observado, no he incluido la última novela breve de Pavese La luna y falò (La luna y las fogatas); la razón es que hoy tengo algunas dudas de que en ella la condensación de lirismo, la verdad objetiva, y el conjunto de significados culturales se haya actualizado plenamente: también he querido aislar esas tres novelas breves de su madurez de las anteriores porque, pese al valor de su resultado, las considero como escalones de acercamiento a una forma de expresión total. Pavese demanda de nosotros una forma de lectura de la que por desgracia la literatura contemporánea nos da ocasiones más únicas que raras; Pavese quiere ser leído como se leen los grandes trágicos, que en cada relación, en cada movimiento de sus versos condensan una plenitud de movimientos interiores y de razones universales extremadamente compacta y perentoria. Lo que hemos perdido totalmente es la forma de involucrarnos en la realidad viviéndola y juzgándola; esto es en cambio, lo que a través de caminos laboriosos y solitarios, consiguió Pavese y es en esto donde reside el valor único que hoy posee en la literatura universal. |
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© Helios Buira
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