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POESÍA
Los poetas
 
MIJAÍL LÉRMONTOV
 
El puñal

¡Mi querido puñal damasquinado,
amigo noble y frío!
En su país, sombrío,
te forjó un georgiano
y te afiló en la lucha un cherques fiero.

Una mano más blanca que los lirios
como recuerdo, a mi partida,
te ciñó a mi cintura.
Por vez primera
humedeció tu filo
en vez de sangre
perla de dolor
una brillante lágrima.

Con velada tristeza
se fijaron en mí sus ojos negros;
como tu acero ante la viva llama
los vi empañarse y fulgurar después
llenos de húmedo brillo.

Compañero de viaje,
muda prenda de amor,
ejemplo vivo para el caminante:
sí, seré como tú, impasible, fuerte,
de acero como tú, mi buen amigo.

La muerte del poeta

Murió el Poeta, esclavo del honor,
por los vanos rumores difamado.
Con el plomo en el pecho,
sediento de venganza,
cayó inclinando la orgullosa frente.
Sucumbió el corazón ante el oprobio
de mezquinas injurias.
Haciendo frente a la opinión del mundo
él solo, como siempre... fue vencido.
¡Muerto!... Decid, ¿por qué eleváis ahora
un vano coro de alabanzas,
de tardíos elogios?
Se ha cumplido el designio de la suerte.
¿No habéis sido vosotros ya hace tiempo
los que ibais a la caza
de sus audaces, de sus libres dones;
los que por divertiros atizasteis
su fuego apenas escondido?
¿Entonces? ¡Alegraos!... No ha podido
resistir vuestros últimos ultrajes.
Como una llama se ha apagado
su genio milagroso,
como corona de lozanas flores.
A sangre fría, su asesino
ha descargado el golpe:
su corazón está vacío,
late sin alterarse,
en su mano no tiembla la pistola.
¿Os extraña?... De lejos

ha llegado a nosotros
—igual que tantos fugitivos
a la caza de honores, dignidades—,
llevado de la mano de la suerte.
Despectivo se burla
de nuestra lengua y nuestros usos...
¡Respetad nuestras glorias, comprended
este instante sangriento,
sobre quién osa levantar la mano!

Ha muerto,
le ha encerrado la tumba;
igual que su cantor
desconocido, amable,
ha sido presa de la ciega envidia;
el cantor que el Poeta ha celebrado
y que fue como él
abatido por mano despiadada.
¿Por qué dejó aquel mundo
de tranquilos placeres, de sincera amistad,
para entrar en el círculo ambicioso
que sofoca el espíritu, las ardientes pasiones?

¿Por qué tendió la mano
a bajos detractores,
por qué creyó en palabras, en juramentos falsos,
él, que desde tan joven
conocía a los hombres?
Quitando su corona,
le ciñeron la frente
de laureles tejidos con espinas;
sus puntas escondidas
ensangrentaban su gloriosa frente...
Sus últimos instantes
fueron envenenados
por infames rumores maldicentes.
Murió
con su sed de venganza no extinguida,
con secreto despecho
de traicionadas esperanzas...
Se apagaron los ecos
de sus mágicos cantos,
no volverán a oírse:
angosta, tenebrosa,
es la morada del Poeta,
y un sello para siempre ha cerrado sus labios.

¡Oh, vosotros, altivos descendientes
de padres conocidos por su infamia,
que con serviles pies hollasteis los vestigios
de linajes heridos por la suerte
con los juegos crueles del destino!
¡Vosotros, turba de ambiciosos
que rodeáis el trono,
verdugos de la gloria,
la libertad y el genio!
¡Os halláis escondidos
entre las sombras de la ley;
ante vosotros
callan los tribunales, la verdad!
Pero hay también, malvados,
un Tribunal divino,
un Juez terrible, que os espera
inaccesible al son del oro,
que sabe desde siempre
los pensamientos y las obras.
Serán vanas entonces las calumnias,
no os servirán de escudo.
¡Y vuestra sangre negra, toda,
no bastará para lavar
la sangre justa del Poeta!

La Patria

¡Amo a mi patria con extraño amor
que no lo vencerán razonamientos!
Ni la gloria con sangre conseguida,
ni la paz de arrogante confianza,
ni las viejas leyendas
renuevan en mi pecho el entusiasmo.

Amo —no sé por qué—
de sus estepas el silencio frío,
el murmurar de sus inmensos bosques,
sus ríos desbordados, como mares...
Me gusta recorrer entre vaivenes
los estrechos caminos,
penetrando la sombra con la mirada lenta,
descubrir en sus bordes, anhelando posada,
los fuegos vacilantes de las tristes aldeas.
Amo el humo que forma una cortina
del rastrojo quemado,
los carros que en hilera
pasan la noche en la llanura;
y en la colina,
en medio del trigal que amarillea
un grupo blanco de abedules.
Miro con alegría que muchos desconocen
las eras con su trigo,
la casa campesina de tejado de paja,
de ventanas grabadas de madera.
En las fiestas contemplo largas horas
—en las noches cubiertas de rocío—
los bailes animados
de silbidos y alegre taconeo,
mientras escucho las palabras
de los borrachos campesinos.

La vela

Resplandece la vela solitaria
entre la bruma azul del mar...
¿Qué va buscando en un país lejano?
¿Qué abandonó en el suyo?

Las olas saltan, silba el viento
y la vela no busca
ni rechaza la dicha.

Bajo ella las olas son más claras
y sobre ella se extienden
los rayos dorados del sol;
mas la vela, rebelde,
busca la tempestad
como si en ella hubiera calma.

Primero de enero

A veces, rodeado de turbias multitudes,
cuando a través de mí, como a través de un sueño,
entre el rumor del baile y de la música
y en el brusco murmullo de frases aprendidas
fulguran las imágenes sin alma de los hombres
que por las conveniencias exhiben su careta.

Cuando mi fría mano roza apenas
—con el atrevimiento descuidado
de las bellezas de la corte—
con las manos ya frías, insensibles,
hundido en apariencia en sus vanos fulgores,
acaricio en el alma un viejo sueño,
los santos ecos del pasado.

Como si unos momentos pudiera adormecerme,
en el recuerdo del pasado
como un pájaro libre emprendo el vuelo.
Me veo niño, alrededor
los sitios tan queridos:
la casa señorial
en medio del jardín
con el invernadero abandonado;
cubre una verde red de hierbas
el estanque dormido;
tras el estanque el humo de la aldea,
allá en la lejanía se levanta
la niebla sobre el campo.
Yo voy por la avenida envuelta en sombra,
a través de las ramas
penetra un rayo de la tarde,
las hojas amarillas
gimen bajo los pasos temerosos.

Y una extraña tristeza
me oprime el corazón:
pienso en ella, amo y lloro,
pienso en los sueños de mi mente
—un fuego azul despide su mirada,
la sonrisa es de rosa
igual que el resplandor
de la aurora que nace tras el bosque—.

Así, señor de un encantado reino,
durante largas horas
permanezco callado
y hasta hoy guardo vivo su recuerdo
bajo las tempestades
de dolorosas dudas y pasiones;
como una fresca isla,
ingenuamente, en medio del mar
florece en húmedo desierto.
Cuando volviendo en mí reconozco el engaño
y el ruido de la turba
hace huir mis ensueños
—huéspedes no invitados a la fiesta—
deseo ardientemente
confundir su alegría
y arrojar a su rostro
versos de hierro audaces
llenos de rabia y de amargura.

Todo está silencioso

Todo está silencioso.
La luna llena brilla
sobre el estanque, entre los sauces.
En la orilla, las olas
están jugando con un frío rayo.

Nadie podrá alegrar en este exilio
mi rebelde nostalgia.
¿Amar?, he amado tres veces;
tres veces, y las tres sin esperanza.

Una hoja de roble

Una hoja de roble fue arrancada
de la rama nativa
y por la estepa se alejó rodando,
arrastrada por viento impetuoso.
Seca y marchita por los fríos,
por los calores y el dolor
llegó rodando hasta el Mar Negro.
Junto al Mar Negro crece una palmera.
Murmura en ella el viento, acariciando
sus verdes ramas al pasar.
En las ramas se mecen aves del paraíso
que cantan sus canciones a la Reina del Mar.
Al tronco de la palma se estrecha el caminante,
con profunda tristeza así le dice:

Soy una pobre hoja de roble.
Crecí en mi patria fría,
sola y sin meta ya hace tiempo
que vago por el mundo.
Me he secado, sin sombra;
me marchité sin sueño y sin descanso.
Recibe al extranjero
entre tus hojas de esmeralda,
sé muchos cuentos raros y asombrosos.

¿Y para qué te quiero? —responde la palmera.
Estás llena de polvo, amarillenta,
no haces pareja con mis hijas,
has visto muchas cosas... ¿qué me importan tus fábulas?
Hace ya tiempo que cansó mi oído
también el canto de los pájaros.
¡Márchate, caminante, que yo no te conozco!
Yo soy amada por el sol,
por él florezco y brillo.
He extendido mis ramas por el cielo
y el mar helado baña mis raíces.


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© Helios Buira

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