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Romualdo Brughetti |
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El arte precolombino y nosotros | ||
América precolombina ha permanecido largo tiempo en el olvido: negada, destruida, aniquilada por propios y extraños. El hombre de Europa, que llegó a este continente con el descubrimiento, la conquista y la colonización, sustituyó bruscamente los monumentos, templos y palacios de los aborígenes por construcciones, en su suceder cronológico, derivadas de los estilos románico, gótico, plateresco, renacentista, barroco y neoclásico. Triunfante el movimiento de emancipación de los pueblos americanos, nuevas formas foráneas predominaron en nuestros jóvenes países. El gran arte, para los criollos, fue durante siglos, el creado por Grecia, Roma y el Renacimiento: el arte de las culturas prehispánicas se consideraba poco menos que perteneciente a razas inferiores. Pero en el curso del siglo XX, bajo la influencia de las corrientes plásticas modernas, América se ubica en un primer plano en la estimación de sus formas artísticas. Pueden o no interesarnos sus concepciones de la vida y del más allá; lo evidente es que un fuerte hechizo emana de sus formas, nacidas de una exigencia esencial del espíritu. El planteo que asciende de la imagen concebida en las etapas plásticas, que se concreta en la forma abstracta y en la idea significante, de elementos reales, de los períodos clásicos, se vincula con expresiones de las escuelas de vanguardia. Así, es legítimo el uso de términos cubismo teotihuacano, expresionismo y superrealismo aztecas (si se piensa en la Coatlicue máxima), primitivismo pictórico (aplicado al Paraíso de Tláloc), abstractismo (referente a los tejidos paracas y nazcas) o neocubismo (visible, por las fotografías, en las arquitecturas de Macchu Pichu) en la plenitud de sus planos superpuestos, de aristas remarcadas y en busca de la cuarta dimensión de esta corriente constructiva de la plástica (1). Artistas de la categoría estética de Pablo Picasso y Henry Matisse se han inspirado, o así lo parece, en el uso de las formas libres y arbitrarias, en el simultaneísmo Planista de las pinturas y tapices nazcas. Al escultor inglés Henry Moore le han servido de emulación antiguas formas mejicanas, en busca de una vitalidad propia para su arte. Los pintores de la escuela muralista mejicana moderna renovaron formas autóctonas del pasado de su país; lo prueba la obra de Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Rufino tamayo. Para la formulación de su doctrina plástica y metafísica del hombre americano, el uruguayo Joaquín Torres-García acudió a formas del altiplano andino y de la costa del antiguo Perú (2) Y si nos atenemos contemporáneamente a la tendencia que otorga primacía a la materia, de sugerencias informales, que antepone la energía vital a la idea e indaga en la subjetividad amorfa, la validez de las expresiones mágicas del arte prehispánico preclásico adquiere nueva vigencia en pintores y escultores actuales (3). Nuestra época ha reivindicado pues el arte de las culturas aborígenes de América y, simultáneamente, la crítica ha iniciado su valoración culta. A mi modo de ver, para dicha valoración, el método -aquí utilizado- permite investigar las constantes formales en sus conexiones con el mito, o sea: con una realidad que se torna sobrenatural en el pensamiento religioso que le dio vida, y resulta clarificador para el examen de las variaciones estilísticas de ese arte en su unidad y diversidad de caracteres, de formas y de valores, en la expresión de su forma-sustancia. Gracias a la validez de las doctrinas, experiencias y expresiones contemporáneas, el arte de la América precolombina integra hoy la conciencia estética universal.
(1) R. B. "Cuadro general del arte
americano, Cuadernos nº 19. París |
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© Helios Buira
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