Desde hace muchos
años, gran parte de
la ciudadanía se da
cuenta de que la
Corte Suprema de
Justicia bate todos
los records de
malicia e ignominia
en la vida política
nacional. Y no les
faltan razones:
desde los inicios de
nuestra vida
republicana la CSJ
ha sido un factor
permanente de
injusticias y
sumisión de la
democracia a los
poderes políticos y
económicos más
recalcitrantes.
Aunque el texto
original de la
Constitución
Nacional de 1853
estableció que dicha
Corte debía
integrarse con 9
jueces y dos
fiscales, eso nunca
se concretó. Apenas
pudo instalarse 10
años después, en
1863, y su primera
sentencia se limitó
a rechazar un
recurso de queja por
defectos de forma.
Toda una señal para
el futuro.
Tras la batalla de
Pavón, en la que la
Provincia de Buenos
Aires venció e
impuso condiciones a
la hasta entonces
Confederación
Argentina, Bartolomé
Mitre dispuso que el
número de jueces de
la Corte lo
estableciera el
Congreso, que
decidió que fueran 5
y no 9 los
magistrados. Número
que duró casi un
siglo, hasta que en
1960 y durante la
presidencia de
Arturo Frondizi se
aumentó a 7. Seis
años después, el
dictador Onganía los
volvió a 5. En 1990
Carlos Menem dispuso
que mejor fueran 9.
En 2006 con Néstor
Kirchner se volvió a
5. Y en 2015
Mauricio Macri abrió
la ventana y la
redujo a 4 amigos.
Hasta ahora.
Pero lo sabroso de
la historia no está
solamente en el
número de jueces,
porque la Argentina
constitucional
fue casi siempre una
república con
gobiernos
oligárquicos y sin
participación
popular. Después de
Mitre otro
presidente, Julio
Argentino Roca,
designó en 1903 al
juez Antonio
Bermejo para
presidir la Corte
Suprema, cargo que
ejerció durante 26
años hasta su muerte
en 1929, siendo así
el funcionario que
más tiempo ocupó
cargo tan relevante
y cuya influencia en
la Corte durante las
tres primeras
décadas del siglo 20
fue decisiva, a tal
punto que jamás hubo
votos en disidencia
y además se
practicaron todo
tipo de violaciones
a los derechos
humanos en la
represión al
naciente movimiento
obrero.
Un año después, con
el derrocamiento de
Hipólito Yrigoyen en
1930 mediante el
primer Golpe de
Estado
cívico-militar,
encabezado por el
general e inmediato
dictador José Félix
Uriburu, se
inició la primera de
las 6 dictaduras del
siglo 20, todas
legitimadas por las
respectivas Cortes
Supremas a partir de
que los miembros de
esa Corte uriburista
dictaron la primera
acordada
convalidando el
derrocamiento de
autoridades
constitucionales.
Con lo que dieron
origen a la llamada
“Doctrina de los
gobiernos de facto”,
que validó el
procurador general
en ese gobierno,
Horacio Rodríguez
Larreta, quien el 10
de septiembre de
1930, y junto con
los integrantes de
aquella Corte –José
Figueroa Alcorta,
Roberto Repetto,
Ricardo Guido
Lavalle y Antonio
Sagarna–
“legalizaron” el
derrocamiento de
Yrigoyen.
De ahí en adelante
cada dictadura se
valió de Cortes
Supremas de Justicia
designadas por los
sucesivos gobiernos
militares. Y así
medio siglo después,
en 1955, los autores
del Golpe de Estado
que derrocó a Juan
Domingo Perón y
ocupó los tres
poderes y todos los
gobiernos
provinciales, removieron
por primera vez en
la historia
argentina a todos
los miembros de una
Corte Suprema.
El dictador Eduardo
Lonardi nombró por
decreto 5 jueces
amigos para esa
Corte, que entre sus
primeras
acordadas restableció
la Doctrina de los
gobiernos de facto.
Y en junio de 1956
Pedro Eugenio
Aramburu abolió
mediante una
proclama la
Constitución
Nacional de 1949 y
retrocedió 104 años
al reimponer el
texto de 1853.
Dos años más tarde,
en 1958, al asumir
la presidencia
Arturo Frondizi
renunciaron los 5
supremos que había
designado la
autollamada
"Libertadora" y en
1960 el Congreso
amplió el número de
integrantes de la
Corte a 7.
En 1966 un nuevo
golpe de estado
derrocó al
presidente Arturo
Illia y por segunda
vez en una década
los golpistas
destituyeron a todos
los miembros de la
Corte. El dictador
Juan Carlos Onganía
los redujo otra vez
a 5, y designó una
nueva Corte
adicta que volvió a
justificar la
Doctrina de los
gobiernos de facto y
–escándalo
mayor– aceptó que el
llamado “Estatuto de
la Revolución
Argentina” tuviera
supremacía sobre la
Constitución
Nacional.
En 1973, cuando
Héctor J. Cámpora
asumió la
presidencia,
renunciaron todos
los miembros de la
CSJ de la dictadura
de entonces, al
mando de Alejandro
Lanusse. Y tres años
después, cuando el
24 de marzo de 1976
la junta militar
encabezada por
Videla y Massera dio
un nuevo Golpe de
Estado, por tercera
vez en dos décadas
se destituyó a todos
los miembros de la
Corte. Y más aún:
esa vez todos los
jueces del país
fueron puestos en
comisión y a fines
de ese año un tercio
habían sido
cesanteados.
En Marzo de 1976 el
nuevo dictador Jorge
Rafael Videla
designó una Corte
adicta de 5 miembros
que juraron
"acatamiento a los
objetivos básicos de
la Junta Militar".
Durante esa
dictadura
(1976-1983)
integraron la CSJ:
Alejandro Rossi,
Adolfo Gabrielli y
Elías Guastavino
(todos esos años) y
en otros años
Federico Videla
Escalada, Alejandro
Caride, Horacio
Heredia, Pedro J.
Frías, Emilio
Daireaux y César
Black. Todos los
jueces de esa última
Corte dictatorial no
sólo convalidaron el
terrorismo de Estado
y la desaparición de
30.000 compatriotas,
sino que rechazaron
más de 15.000
recursos de habeas
corpus.
En 1983 el
presidente radical
Raúl Alfonsín
designó 5 miembros
en la Corte Suprema,
por primera vez con
acuerdo del Senado,
de mayoría
peronista.
En 1989, apenas
elegido, Carlos
Menem aumentó el
número de cortesanos
a 9, pero los
conflictos fueron
tan frecuentes que
entre 1990 y 1994
nombró otros 10
jueces para la CSJ
hasta que logró
imponer una Corte
sumisa y carente de
vergüenza, que se
conoció como
"mayoría
automática".
La Reforma
Constitucional de
1994 estableció el
acuerdo del Senado
para designar jueces
de la Corte en
“sesión pública” y
no más en sesión
“secreta”. E impuso
los 75 años como
límite de edad para
integrarla.
La crisis de 2001,
con la atronadora
consigna "Que se
vayan todos" forzó a
que la Cámara de
Diputados iniciara
juicio político a
todos los miembros
de la CSJ. Y tras
otro escándalo, en
2003 y apenas asumir
el mando, el
presidente Néstor
Kirchner decidió
acusar a 4
magistrados, de los
que tres renunciaron
y el cuarto fue
destituido por el
Senado. Kirchner
estableció por
decreto un
procedimiento
público y con
participación
ciudadana para la
designación de los
nuevos miembros de
la Corte, lo que dio
lugar a la que acaso
fue la mejor
integración, con los
jueces Eugenio
Zaffaroni, Elena
Highton y Carmen
Argibay.
En total, desde
Francisco de las
Carreras –primer
presidente de la CSJ
entre 1862 y 1870–
la República
Argentina ha
tenido hasta hoy 113
jueces en la Corte
Suprema de Justicia,
posible récord
mundial y, claro,
todos de familias de
la oligarquía y casi
todos porteños.
Durante 8 años
presidenta de la
Nación (2007-2015)
Cristina Fernández
fue la única que no
designó jueces en
esa Corte. Después
de ella llegó el
circo macrista que
introdujo dos jueces
nombrados por
decreto, eludiendo
el acuerdo del
Senado en "sesión
pública", como
ordena la
Constitución.
Como se advierte
fácil, y con
poquísimas
excepciones, la
Corte Suprema de
Justicia tiene, en
la Argentina, una
riquísima tradición
de desvergüenza.
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