EL
INCIDENTE
Era
un
día
claro
y
soleado.
Aun
así
hace
frío
en
Japón
a
fines
de
noviembre.
Uno
de
los
grandes
balcones
del
despacho
del
general
Mashita,
comandante
en
jefe
del
«Ejército
del
Este»
japonés,
lleva
abiero
una
hora.
El
descenso
de
temperatura
en
la
habitación
no
parece
afectar
al
ilustre
prisionero.
Sujeto
con
cuerdas
de
los
pies
a
los
hombros
contra
el
sillón,
tiene
la
frente
perlada
de
sudor.
Existen
varios
estímulos
provocadores
de
la
sudoración.
Uno
de
ellos
es
el
espanto.
El
general
Mishita,
independientemente
del
adiestramiento
castrense
para
controlarlo,
no
tenía
motivos
reales
de
temor.
Desde
el
principio
se
le
comunicó
que
su
secuestro,
el
más
breve
y
extraño
que
se
conoce,
tendría
una
duración
de
sólo
dos
horas
y
que
no
sufriría
ningún
daño
si
se
cumplían
unas
condiciones
a
las
que
no
era
difícil
acceder.
Lleva
una
hora
con
una
daga
rozándole
el
cuello.
De
todos
modos
no
parece
que
el
temor
haya
sido
el
motivo
de
su
hiperhidrosis
frontal;
tampoco
la
rabia
impotente
ante
el
ultraje
sufrido.
Tres
de
los
secuestradores
desatan
el
torso
y
brazos
del
general,
para
que
con
las
manos
aún
aradas
y
sujeto
al
sillón
de
la
cintura
a
los
pies,
pueda
hace
reverencias
a
los
dos
jefes
del
grupo
que
lo
han
sometido
al
humillante
trauma
del
secuestro
en
el
puesto
de
mando
de
su
propio
cuartel.
¿Se
trata
de
un
nuevo
sarcasmo
que
añadir
a la
serie
de
imposiciones
que
vien
siendo
objeto?
No.
El
general
Mashita
realiza
las
reverencias
ceremoniosamente
y
con
sincero
recogimiento.
La
cortesía
protocolaria
no
va
dirigida
a
sus
captores,
sino
a
las
cabezas
de
estos,
cuidadosamente
colocadas
en
posición
vertical
en
el
suelo,
sobre
la
mancha
de
sangre
que
manaba
lentamente
de
ellas
y se
extiende
por
la
moqueta,
hasta
confluir
con
los
charcos
mayores
que
rodean
a
los
cadáveres
decapitados
y
con
una
incisión
tranversal
en
el
abdomen.
Los
raptores
supervivientes,
tres
muchachos
en
los
primeros
años
de
universidad,
no
pueden
dominar
al
fin
la
emoción
y
comienzan
a
llorar.
La
reacción
del
general
Mashita,
todavía
prisionero,
los
sorprende:
«Llorad,
llorad,
deshaogaos.»
Les
sobran
motivos
para
necesitarlo.
Han
hecho
por
imposición
de
su
jefe
el
«supremo
sacrificio
de
RENUNCIAR
a
morir».
Mishima
se
lo
exigió
para
que
en
el
subsiguiente
juicio
puedan
dar
testimonio
y
hacer
proselitismo
de
sus
motivaciones.
Uno
de
ellos,
Furu
Koga,
tuvo
que
pasar
por
el
terrible
trance
de
ser
el
ejecutor
de
la
decapitación
«kaishaku»,
del
jefe
reverenciado
y de
su
mejor
amigo.
Desatan
al
fin
las
piernas
y
pies
del
oficial,
pero
no
las
manos
pues
otro
de
los
fines
de
su
«abnegada»
supervivencia
es
entregar
sano
y
salvo
al
general,
para
impedir
que
éste,
en
un
probable
contagio
emocional,
o
para
lavar
si
honor
ultrajado,
se
suicide.
Mishima
tenía
un
proceso
mental
implacablemente
crítico
y
desmenuzador,
y
planificó
el
«INCIDENTE»
(éste
es
el
eufemismo
con
el
que
siempre
se
ha
referido
a
él)
durante
muchos
meses
y
hasta
en
los
menores
detalles.
El
general
hace
un
ruego:
que
le
desaten
las
manos.
«No
podemos,
nos
hemos
comprometidos
a
entregarle
indemne»
«Les
prometo
que
no
voy
a
intentar
nada,
pero
no
me
sometan
a la
vergüenza
de
comparecer
maniatado
ante
mis
subordinados.»
Los
tres
muchachos
saben
que
la
«vergüenza»
es
el
mayor
drama
para
un
japonés.
Cortan
las
últimas
ligaduras
y,
tras
abrir
la
puerta,
salen
con
el
general,
más
que
sujeto,
sostenido
de
cada
brazo
por
un
secuestrador.
El
tercero,
ante
ellos,
porta
solemnemente
en
alto
la
espada
ensangrentada
de
Mishima.
Luego
extienden
los
brazos
para
ser
esposados.
EL
«INCIDENTE»
ha
terminado. |