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Juan Antonio Vallejo-Nágera

 

EL INCIDENTE

Era un día claro y soleado. Aun así hace frío en Japón a fines de noviembre. Uno de los grandes balcones del despacho del general Mashita, comandante en jefe del «Ejército del Este» japonés, lleva abiero una hora. El descenso de temperatura en la habitación no parece afectar al ilustre prisionero. Sujeto con cuerdas de los pies a los hombros contra el sillón, tiene la frente perlada de sudor.

Existen varios estímulos provocadores de la sudoración. Uno de ellos es el espanto. El general Mishita, independientemente del adiestramiento castrense para controlarlo, no tenía motivos reales de temor. Desde el principio se le comunicó que su secuestro, el más breve y extraño que se conoce, tendría una duración de sólo dos horas y que no sufriría ningún daño si se cumplían unas condiciones a las que no era difícil acceder. Lleva una hora con una daga rozándole el cuello. De todos modos no parece que el temor haya sido el motivo de su hiperhidrosis frontal; tampoco la rabia impotente ante el ultraje sufrido.

Tres de los secuestradores desatan el torso y brazos del general, para que con las manos aún aradas y sujeto al sillón de la cintura a los pies, pueda hace reverencias a los dos jefes del grupo que lo han sometido al humillante trauma del secuestro en el puesto de mando de su propio cuartel.

¿Se trata de un nuevo sarcasmo que añadir a la serie de imposiciones que vien siendo objeto? No.

El general Mashita realiza las reverencias ceremoniosamente y con sincero recogimiento. La cortesía protocolaria no va dirigida a sus captores, sino a las cabezas de estos, cuidadosamente colocadas en posición vertical en el suelo, sobre la mancha de sangre que manaba lentamente de ellas y se extiende por la moqueta, hasta confluir con los charcos mayores que rodean a los cadáveres decapitados y con una incisión tranversal en el abdomen.

Los raptores supervivientes, tres muchachos en los primeros años de universidad, no pueden dominar al fin la emoción y comienzan a llorar.

La reacción del general Mashita, todavía prisionero, los sorprende: «Llorad, llorad, deshaogaos.»

Les sobran motivos para necesitarlo. Han hecho por imposición de su jefe el «supremo sacrificio de RENUNCIAR a morir». Mishima se lo exigió para que en el subsiguiente juicio puedan dar testimonio y hacer proselitismo de sus motivaciones. Uno de ellos, Furu Koga, tuvo que pasar por el terrible trance de ser el ejecutor de la decapitación «kaishaku», del jefe reverenciado y de su mejor amigo.

Desatan al fin las piernas y pies del oficial, pero no las manos pues otro de los fines de su «abnegada» supervivencia es entregar sano y salvo al general, para impedir que éste, en un probable contagio emocional, o para lavar si honor ultrajado, se suicide. Mishima tenía un proceso mental implacablemente crítico y desmenuzador, y planificó el «INCIDENTE» (éste es el eufemismo con el que siempre se ha referido a él) durante muchos meses y hasta en los menores detalles.

El general hace un ruego: que le desaten las manos. «No podemos, nos hemos comprometidos a entregarle indemne» «Les prometo que no voy a intentar nada, pero no me sometan a la vergüenza de comparecer maniatado ante mis subordinados.» Los tres muchachos saben que la «vergüenza» es el mayor drama para un japonés. Cortan las últimas ligaduras y, tras abrir la puerta, salen con el general, más que sujeto, sostenido de cada brazo por un secuestrador. El tercero, ante ellos, porta solemnemente en alto la espada ensangrentada de Mishima. Luego extienden los brazos para ser esposados.

EL «INCIDENTE» ha terminado.


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© Helios Buira

San Cristóbal - Ciudad Autónoma de Buenos Aires 2017

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