LOS
FINES
DEL
HOMBRE
«Ahora
bien,
yo
digo:
el
hombre,
y en
general
todo
ser
racional
existe
como
fin
en
sí,
y no
simplemente
como
medio
cuya
voluntad
puede
ser
usada
por
éste
o
por
el
otro
a su
antojo;
en
todas
sus
acciones,
tanto
en
las
que
conciernen
a sí
mismo
como
en
las
que
conciernen
a
otros
seres
racionales,
debe
siempre
ser
considerado
al
mismo
tiempo
como
fin.»
KANT:
Fundamentos
de
la
metafísica
de
las
costumbres
«[La
ontología]
nos
ha
permitido
simplemente
determinar
los
fines
últimos
de
la
realidad
humana,
sus
posibles
fundamentales
y el
valor
que
tiene.»
J.
P.
SARTRE:
El
ser
y la
nada
«El
hombre
es
una
invención
de
la
que
la
arqueología
de
nuestro
pensamiento
muestra
con
facilidad
la
fecha
reciente.
Y
quizá
el
fin
próximo.»
M.
FOUCAULT:
Las
palabras
y
las
cosas
Todo
coloquio
filosófico
tiene
necesariamente
una
significación
política.
Y no
sólo
por
lo
que
desde
siempre
une
la
esencia
de
lo
filosófico
a la
esencia
de
lo
político.
Esencial
y
general,
este
alcance
político
entorpece,
sin
embargo,
su a
priori,
lo
agrava
de
alguna
manera
y lo
determina
cuando
el
coloquio
filosófico
se
anuncia
también
como
coloquio
internacional.
Este
es
el
caso
aquí.
La
posibilidad
de
un
coloquio
filosófico
internacional
puede
ser
interrogada
ad
infinitum,
según
diferentes
vías
y en
múltiples
niveles
de
generalidad.
En
su
mayor
extensión,
a la
que
volveré
una
vez
más,
enseguida,
una
posibilidad
tal
implica
que,
contrariamente
a la
esencia
de
la
filosofía,
al
menos
tal
como
siempre
se
ha
representado
a sí
misma,
se
han
constituido
nacionalidades
filosóficas.
En
un
momento
dado,
en
tal
contexto
histórico,
político
y
económico,
estos
grupos
nacionales
han
juzgado
posible
y
necesario
organizar
encuentros
internacionales,
presentarse
en
ellos
o
hacerse
representar
en
su
identidad
nacional,
tal
como
al
menos
se
les
presume
por
parte
de
los
organizadores
del
coloquio,
determinar
sus
diferencias
propias
o
poner
en
contacto
sus
diferencias
respectivas.
Una
puesta
en
contacto
semejante
no
se
puede
practicar,
si
es
que
al
menos
se
hace,
más
que
en
la
medida
en
que
se
presuponen
identidades
filosóficas
nacionales,
ya
se
definan
en
el
orden
del
contenido
doctrinal
de
un
cierto
«estilo»
filosófico
o
simplemente
de
la
lengua,
incluso
de
la
unidad
de
la
institución
universitaria,
con
todo
lo
que
implican
aquí
la
lengua
y la
institución.
Pero
la
puesta
en
contacto
de
las
diferencias
es
también
la
complicidad
prometida
de
un
elemento
común:
el
coloquio
no
puede
tener
lugar
más
que
en
un
medio
o
más
bien
en
la
representación
que
deben
hacerse
todos
los
participantes
de
un
cierto
éter
transparente
que
aquí
no
sería
otra
cosa
sino
lo
que
se
llama
la
universalidad
del
discurso
filosófico.
Con
estas
palabras
designo
menos
un
hecho
que
un
proyecto
que
está
ligado,
por
esencia
(sería
necesario
decir
por
la
esencia,
por
el
pensamiento
del
ser
y de
la
verdad),
a un
cierto
grupo
de
lenguas
y de
«culturas».
Pues
es
preciso
que
a la
pureza
diáfana
de
este
elemento
suceda
o
haya
sucedido
algo.
¿Cómo
comprender
de
otra
manera
que
parezcan
posibles
y
necesarios
los
coloquios
internacionales,
que
tienen
como
objetivo
reparar,
superar,
borrar
o
simplemente
poner
en
contacto
entre
sí
diferencias
filosóficas?
Inversamente,
y
sobre
todo,
¿cómo
comprender
que
algo
como
un
encuentro
filosófico
internacional
sea
en
el
mundo
algo
extremadamente
raro?
El
filósofo
lo
sabe
y
puede
decirse
hoy
que
este
hecho
extremadamente
reciente
e
insólito,
inimaginable
hace
sólo
un
siglo,
se
convierte
en
un
fenómeno
frecuente
-yo
incluso
diría
de
una
facilidad
desconcertante-
en
ciertas
sociedades,
pero
de
una
rareza
no
menos
notable
en
la
mayor
parte
del
mundo.
Por
una
parte,
tratándose
del
pensamiento,
que
quizá
repugna
a
esta
prisa
y a
esta
volubilidad,
parece
que
lo
inquietante
se
refiere
más
bien
a la
fiebre
de
los
coloquios
y a
la
multiplicación
de
intercambios
organizados
o
improvisados.
No
es
menos
importante
que,
por
otra
parte,
las
sociedades,
las
lenguas,
las
culturas,
las
organizaciones
políticas
o
nacionales
con
las
que
ningún
intercambio
es
posible
bajo
la
forma
de
un
coloquio
filosófico
internacional
lo
sean
en
número
y
atención
considerables.
Esta
imposibilidad
no
es
preciso
apresurarse
a
interpretarla.
No
se
refiere
esencialmente
a
una
prohibición
procedente
expresamente
de
una
instancia
político-ideológica.
En
los
casos
en
que
existe
una
prohibición,
hay
todo
tipo
de
posibilidades
de
que
la
discrepancia
que
sanciona
no
sea
irreductible.
Existe
la
probabilidad
de
que
esa
discrepancia
haya
tomado
ya
sentido
en
el
orbe
occidental
de
la
metafísica
o de
la
filosofía,
que
ya
haya
sido
formulada
en
los
conceptos
políticos
tomados
a
esta
reserva
metafísica
y
que
la
posibilidad
de
un
tal
coloquio
haya
aparecido
desde
este
momento.
Sin
esto,
ninguna
prohibición
expresa
podría
ser
articulada.
También,
hablando
del
no-coloquio,
no
hacía
yo
alusión
a
una
barrera
ideológico-política
que
vendría
a
cuadricular
con
fronteras
o
con
cortinas
un
campo
ya
filosófico.
Pensaba
inicialmente
en
todos
estos
lugares
culturales,
lingüísticos,
políticos,
etc.,
donde
la
organización
de
un
coloquio
filosófico
simplemente
carecería
de
sentido,
donde
no
tendría
ningún
sentido
suscitarlo
ni
menos
prohibirlo.
Si
me
permito
traer
a
colación
esta
evidencia
es
porque
un
coloquio
que
ha
escogido
como
tema
el
anthropos,
el
discurso
sobre
el
anthropos,
la
antropología
filosófica
debe
sentir
pesar
sobre
sus
fronteras
el
peso
insistente
de
esta
diferencia:
es
de
un
tipo
totalmente
distinto
al
de
las
discrepancias
internas
o
intrafilosóficas
a
las
que
aquí
podría
darse
libre
curso.
Más
allá
de
estas
fronteras,
lo
que
yo
llamaría
el
espejismo
filosófico
consistirá
tanto
en
percibir
filosofía
-una
filosofía
más
o
menos
construida
y
adulta-,
como
en
percibir
un
desierto.
Ahora
bien,
este
otro
espacio
no
es
ni
filosófico
ni
desértico,
es
decir,
inculto.
Si
recuerdo
esta
evidencia,
es
también
por
otra
razón:
la
multiplicación
inquieta
y
atareada
de
coloquios
en
Occidente
es,
sin
duda,
el
efecto
de
esta
diferencia
de
un
orden
totalmente
distinto
de
la
que
acabo
de
decir
que
pesa,
con
una
presión
sorda,
creciente
y
amenazante
sobre
el
recinto
de
la
colocución
occidental.
Esta,
sin
duda,
se
esfuerza
por
interiorizar
esta
diferencia,
por
dominarla,
si
así
se
puede
decir,
resistiéndose
de
ella.
El
interés
por
la
universalidad
del
anthropos
es
un
signo
de
ello
sin
duda.
Querría
ahora,
siempre
a
título
de
preámbulo,
precisar
en
otra
dirección
la
que
me
parece
ser
una
de
las
implicaciones
políticas
generales
de
nuestro
coloquio.
Siempre
guardándome
de
apreciar
precipitadamente
tal
hecho,
librándolo
simplemente
a la
reflexión
de
cada
uno,
yo
señalaré
aquí
lo
que
liga
la
posibilidad
de
un
coloquio
internacional
a la
forma
de
la
democracia.
Digo
a la
forma
y a
la
forma
de
la
democracia.
Es
preciso
que
la
democracia
sea
aquí
la
forma
de
la
organización
política
de
la
sociedad.
Esto
significa
al
menos
que:
1.
La
identidad
filosófica
nacional
transige
con
una
no
identidad,
que
no
excluye
una
diversidad
relativa
y la
llegada
al
lenguaje
de
esa
diversidad,
en
su
momento
como
minoría.
Es
evidente
que
los
filósofos
que
están
aquí
presentes
no
se
identifican
unos
con
otros
en
su
pensamiento
(¿por
qué
habría
de
haber
aquí
varios?)
en
mayor
medida
que
son
mandatarios
de
algún
discurso
nacional
unánime.
En
cuanto
al
hecho
de
que
la
totalidad
de
esta
diversidad
sea
exhaustivamente
representada,
esto
no
puede
ser
sino
problemático
y
depende
por
una
parte
de
los
discursos
que
se
sostienen
aquí.
2.
Los
filósofos
aquí
presentes
no
asumen
la
política
oficial
de
sus
países
en
mayor
medida
que
se
identifican
entre
ellos.
Permítaseme
hablar
aquí
en
mi
propio
nombre.
No
lo
haré
además
más
que
en
la
medida
en
que
el
problema
que
se
me
ha
planteado
conduce
en
verdad
a
una
generalidad
esencial,
y es
en
la
forma
de
esta
generalidad
en
la
que
deseo
enunciarlo.
Cuando
fui
invitado
a
este
encuentro,
mi
duda
no
pudo
suspenderse
más
que
en
el
momento
en
que
tuve
la
seguridad
de
que
podría
testimoniar
aquí
mismo
sobre
mi
acuerdo
y
hasta
cierto
punto
mi
solidaridad
con
los
que,
en
este
país,
luchaban
contra
lo
que
era
la
política
oficial
de
sus
países
en
ciertas
partes
del
mundo,
sobre
todo
en
el
Vietnam.
Es
evidente
que
un
gesto
semejante
-y
que
se
me
autorice
a
hacerlo-
significa
que,
no
más
que
yo
mismo,
los
que
acogen
mi
discurso
no
se
identifican
con
la
política
de
su
país
y no
se
sienten
justificados
para
asumirla,
al
menos
en
tanto
que
participantes
en
este
coloquio.
Y
sin
embargo,
habría
una
cierta
ingenuidad
o
una
cierta
ceguera
interesada
en
dejarse
tranquilizar
por
la
imagen
o la
apariencia
de
una
tal
libertad.
Sería
ilusorio
creer
que
la
inocencia
política
se
ha
restaurado
y
que
las
malas
complicidades
se
han
roto
desde
el
momento
en
que
las
oposiciones
pueden
expresarse
en
el
mismo
país,
no
sólo
por
medio
de
la
voz
de
los
ciudadanos,
sino
también
por
la
de
los
ciudadanos
extranjeros,
y
desde
el
momento
en
que
las
diversidades
incluso
las
oposiciones,
pueden
ponerse
libremente
en
contacto
discursivo
entre
sí.
Que
una
declaración
de
oposición
a
cierta
política
oficial
sea
autorizada,
autorizada
por
las
autoridades,
significa
también
que,
en
esta
misma
medida,
no
perturba
el
orden,
no
molesta.
Se
podría
entender
esta
última
expresión,
«no
molesta»,
en
todos
sus
sentidos.
Es
lo
que
quería
traer
a
colación
para
comenzar
al
hablar
de
la
forma
de
la
democracia
como
medio
político
de
todo
coloquio
internacional
de
filosofía.
Y es
también
la
razón
por
lo
que
proponía
poner
el
acento
sobre
forma,
tanto
como
sobre
democracia.
Tal
es,
en
su
principio
más
general
y
más
esquemático,
la
pregunta
que
se
me
ha
impuesto
durante
la
preparación
de
este
encuentro,
desde
la
invitación
y la
deliberación
que
ha
seguido
hasta
la
aceptación
y
luego
la
redacción
de
este
texto
que
fecho
exactamente
en
el
mes
de
abril
de
1968:
estas
semanas
fueron
también,
recordemos,
las
de
la
apertura
de
las
negociaciones
de
paz
en
el
Vietnam
y
del
asesinato
de
Martin
Luther
King.
Un
poco
más
tarde,
en
el
momento
en
que
mecanografiaba
este
texto,
las
universidades
de
París
eran,
por
primera
vez
a
petición
de
un
rector,
invadidas
por
las
fuerzas
del
orden,
reocupadas
luego
por
los
estudiantes
en
la
sacudida
que
ustedes
conocen.
Este
horizonte
histórico
y
político
requeriría
un
largo
análisis.
He
creído
simplemente
que
debía
señalar,
fechar
y
hacerles
a
ustedes
partícipes
de
las
circunstancias
históricas
en
las
que
he
preparado
esta
comunicación.
Me
parece
que
pertenecen
con
derecho
pleno
al
campo
y a
la
problemática
de
nuestro
coloquio.
HUMANISMO
- O
METAFÍSICA
Se
hará
también
de
manera
completamente
natural
la
transición
entre
este
preámbulo
y el
tema
de
esta
comunicación,
tal
como
se
me
ha
impuesto
más
bien
que
elegido.
¿En
qué
lugar
está
Francia
en
lo
que
respecta
al
hombre?
La
cuestión
«del
hombre»
se
plantea
de
manera
muy
actual
en
Francia,
de
acuerdo
con
caminos
altamente
significativos
y en
una
estructura
histórico-filosófica
original.
Lo
que
a
partir
de
ciertos
indicios
llamaré,
pues,
Francia,
durante
el
tiempo
de
esta
exposición
será
sólo
el
lugar
no
empírico
de
un
movimiento,
de
una
estructura
y de
una
articulación
de
la
cuestión
«del
hombre».
Sería
luego
posible
y
necesario
sin
duda
-pero
sólo
entonces-
poner
en
relación
rigurosamente
este
lugar
con
cualquiera
otra
instancia
que
defina
algo
como
Francia.
¿Así
pues,
donde
está
Francia
en
lo
que
respecta
al
hombre?
Después
de
la
guerra,
bajo
el
nombre
de
existencialismo,
cristiano
o
ateo,
y
junto
con
un
personalismo
fundamentalmente
cristiano,
el
pensamiento
que
dominaba
en
Francia
se
tenía
por
esencialmente
humanista.
Incluso
si
no
se
quisiera
resumir
el
pensamiento
sartreano
bajo
el
slogan
« el
existencialismo
es
un
humanismo»,
debemos
reconocer
que
en
El
ser
y la
nada,
El
esbozo
de
una
teoría
de
las
emociones,
etc.;
el
concepto
capital,
el
tema
de
última
instancia,
el
horizonte
y el
origen
irreductibles
son
lo
que
se
llama
«la
realidad
humana».
Se
trata
como
es
sabido,
de
una
traducción
del
Dasein
heideggeriano.
Traducción
monstruosa
en
tantos
aspectos,
pero
por
ello
más
significativa.
Que
esta
traducción
propuesta
por
Corbin
haya
sido
adoptada,
que
haya
reinado
a
través
de
la
autoridad
de
Sartre,
da
mucho
que
pensar
en
cuanto
a la
lectura
o a
la
no
lectura
de
Heidegger
en
esta
época,
y en
cuanto
al
interés
que
había
entonces
en
leerlo
o no
leerlo
de
la
misma
manera.
Ciertamente,
la
noción
de
«realidad
humana»
traducía
el
proyecto
de
pensar
a
costa
de
nuevos
gastos,
si
puede
decirse
así,
el
sentido
del
hombre,
la
humanidad
del
hombre.
Si
se
sustituyó
la
noción
de
hombre,
con
toda
su
herencia
metafísica,
con
el
motivo
o la
tentación
sustancialistas
que
allí
se
hallan
inscritos,
por
la
noción
neutra
e
indeterminada
de
«realidad
humana»,
fue
también
para
suspender
todas
las
presuposiciones
que
desde
siempre
constituían
el
concepto
de
la
unidad
del
hombre.
Era,
pues,
también
una
reacción
contra
cierto
humanismo
intelectualista
o
espiritualista
que
había
dominado
la
filosofía
francesa
(Brunschvicg,
Alain,
Bergson,
etc).
Y
esta
neutralización
de
toda
tesis
metafísica
o
especulativa,
en
cuanto
a la
unidad
del
anthropos,
podría
ser
considerada
en
ciertos
aspectos
como
la
herencia
fiel
de
la
fenomenología
transcendental
de
Husserl
y de
la
ontología
fundamental
de
Ser
y el
Tiempo
(la
única
obra
de
Heidegger
parcialmente
conocida
entonces,
junto
con
Qué
es
la
metafísica
y
Kant
y el
problema
de
la
metafísica).
Y
sin
embargo,
a
pesar
de
esta
neutralización
pretendida
de
las
presuposiciones
metafísicas[i],
es
preciso
reconocer
que
la
unidad
del
hombre
no
es
interrogada
en
sí
misma.
No
sólo
el
existencialismo
es
un
humanismo
sino
que
el
suelo
y el
horizonte
de
lo
que
Sartre
llama
su
«ontología
fenomenológica»
(es
el
subtítulo
de
Ser
y la
nada)
siguen
siendo
la
unidad
de
la
realidad-humana.
En
tanto
describe
las
estructuras
de
la
realidad-humana,
la
ontología
fenomenológica
es
una
antropología
filosófica.
Cualesquiera
que
sean
las
rupturas
señaladas
por
esta
antropología
hegeliano-husserliano-heideggeriana
con
respecto
a
las
antropologías
clásicas,
no
se
ha
interrumpido
una
familiaridad
metafísica
con
lo
que,
tan
naturalmente,
pone
en
contacto
el
nosotros
del
filósofo
con
el
«nosotros-hombres»,
con
el
nosotros
en
el
horizonte
de
la
humanidad.
Aunque
el
tema
de
la
historia
esté
muy
presente
en
el
discurso
de
esta
época,
se
practica
poco
la
historia
de
los
conceptos;
y,
por
ejemplo,
la
historia
del
concepto
de
hombre
no
es
interrogada
nunca.
Todo
ocurre
como
si
el
signo
«hombre»
no
tuviera
ningún
origen,
ningún
límite
histórico,
cultural,
lingüístico.
Ni
siquiera
ningún
límite
metafísico.
En
el
final
de
El
Ser
y la
nada,
cuando
Sartre
plantea,
de
manera
programática,
la
pregunta
sobre
la
unidad
del
ser
(lo
que
quiere
decir,
en
este
contexto,
de
la
totalidad
de
lo
que
es),
cuando
da a
esta
cuestión
el
título
de
«metafísica»
para
distinguirla
de
la
ontología
fenomenológica
que
describía
la
especifidad
esencial
de
las
regiones,
es
evidente
que
esta
unidad
metafísica
del
ser,
como
totalidad
del
en
sí y
del
para
sí,
es
precisamente
la
unidad
de
la
realidad
humana
y
sus
proyectos.
El
ser
en
sí y
el
ser
para
sí
eran
ser;
y
esta
totalidad
de
lo
que
es,
en
la
que
se
integraban,
se
ataba
a sí
misma,
se
ponía
en
relación
y se
aparecía
a sí
misma
como
el
proyecto
esencial
de
la
realidad-humana[ii].
Lo
que
así
se
había
llamado,
de
manera
pretendidamente
neutra
e
indeterminada,
no
era
otra
cosa
que
la
unidad
metafísica
del
hombre
y de
Dios,
la
relación
del
hombre
con
Dios,
el
proyecto
de
hacerse
Dios
como
proyecto
constituyente
de
la
realidad
humana.
El
ateísmo
no
cambia
nada
en
esta
estructura
fundamental.
El
ejemplo
de
la
tentativa
sartreana
verifica
notablemente
esta
proposición
de
Heidegger
según
la
que
«todo
humanismo
sigue
siendo
metafísica»,
siendo
la
metafísica
el
otro
nombre
de
la
onto-teología.
Definido
así,
el
humanismo
o el
antropologismo
era
en
esta
época
una
especie
de
suelo
común
de
los
existencialismos,
cristianos
o
ateos,
de
la
filosofía,
espiritualista
o
no,
de
los
valores,
de
los
personalismos,
de
derecha
o de
izquierda,
del
marxismo
de
estilo
clásico.
Y si
se
toman
sus
indicaciones
sobre
el
terreno
de
las
ideologías
políticas,
el
antropologismo
era
el
lugar
común,
desapercibido
e
incontestado,
del
marxismo,
del
discurso
social-demócrata
o
demócrata-cristiano.
Esta
concordia
profunda
se
apoyaba,
en
la
expresión
filosófica,
sobre
lecturas
antropológicas
de
Hegel
(interés
por
la
Fenomenología
del
espíritu
tal
como
es
leída
por
Kojéve),
de
Marx
(privilegio
concedido
a
los
Manuscritos
del
44),
de
Husserl
(del
que
se
subraya
el
trabajo
descriptivo
y
regional,
pero
a
quien
se
niegan
las
cuestiones
trascendentales),
de
Heidegger
de
quien
no
se
conocen
o no
se
retiene
más
que
un
proyecto
de
antropología
filosófica
o de
analítica
existencial
(Sein
und
Zeit).
Desde
luego,
lo
que
aquí
destaco,
son
los
rasgos
dominantes
de
un
periodo.
Este
periodo
no
se
agota
en
estos
rasgos
dominantes.
Y no
se
puede
decir
de
manera
absolutamente
rigurosa
que
haya
comenzado
después
de
la
guerra;
todavía
menos
que
hoy
este
cumplido.
Sin
embargo,
creo
que
el
empirismo
de
la
división
se
justifica
aquí
en
la
medida
en
que
permite
sólo
la
lectura
de
un
motivo
dominante
y en
el
que
se
apoya
en
indicios
lo
bastante
incontestables
para
quienquiera
que
se
aproxime
a un
periodo
semejante.
Luego
esa
división
es
provisional,
y
vamos
en
un
instante
a
reinscribir
esta
secuencia
en
el
tiempo
y en
el
espacio
de
una
totalidad
mayor.
Para
señalar
en
caracteres
gruesos
los
rasgos
de
oposición
entre
este
periodo
y el
siguiente,
en
el
que
nos
encontramos
nosotros
y
que
también
está
probablemente
conociendo
una
mutación,
es
necesario
recordar
que
en
el
curso
de
los
diez
años
que
han
seguido
a la
guerra
no
reinaba
todavía
el
motivo
todopoderoso
de
lo
que
hoy
se
denomina,
cada
vez
más
e
incluso
de
manera
indefectible,
las
ciencias
llamadas
humanas,
señalando
con
esta
expresión
una
cierta
distancia,
pero
todavía
una
distancia
respetuosa.
Por
el
contrario,
la
actual
puesta
en
tela
de
juicio
del
humanismo
es
contemporánea
de
la
extensión
dominante
y
fascinante
de
las
ciencias
humanas
en
el
interior
del
campo
filosófico.
EL
RELEVO
DEL
HUMANISMO
Por
una
de
sus
caras,
la
lectura
antropologista
de
Hegel,
de
Husserl
o de
Heidegger
era
un
contrasentido,
acaso
el
más
grave.
Es
esta
lectura
la
que
proporcionaba
sus
mejores
fuentes
conceptuales
al
pensamiento
francés
de
posguerra.
Ahora
bien,
primeramente,
la
Fenomenología
del
espíritu,
que
no
se
leía
sino
desde
hacía
poco
tiempo
en
Francia,
no
se
interesa
en
algo
que
se
pudiera
llamar
simplemente
el
hombre.
Ciencia
de
la
experiencia
de
la
conciencia,
ciencia
de
las
estructuras
de
la
fenomenalidad
del
espíritu
que
se
relaciona
consigo
mismo,
se
distingue
rigurosamente
de
la
antropología.
En
la
Enciclopedia,
la
sección
titulada
Fenomenología
del
espíritu
viene
después
de
la
Antropología
y
excede
muy
ampliamente
sus
límites.
Lo
que
es
verdad
de
la
Fenomenología
lo
es a
fortiori
del
sistema
de
la
Lógica.
Igualmente,
en
segundo
lugar,
la
crítica
del
antropologismo
es
uno
de
los
motivos
inaugurales
de
la
fenomenología
trascendental
de
Husserl.
Esta
crítica
es
explícita
y
llama
al
antropologismo
por
su
nombre
desde
los
Prolegómenos
a la
lógica
pura[iii].
Su
objetivo
será
luego
no
sólo
el
antropologismo
empírico,
sino
el
antropologismo
transcendental[iv].
Las
estructuras
transcendentales
descritas
después
de
la
reducción
fenomenológica
no
son
las
de
este
ser
intramundano
llamado
«hombre».
No
están
esencialmente
ligadas
ni a
la
sociedad,
ni a
la
cultura,
ni
al
lenguaje,
ni
incluso
al
«alma»,
a la
psyche
del
hombre.
Y de
la
misma
manera
que
se
puede,
según
Husserl,
imaginar
una
conciencia
sin
alma
(seelenloses)[v],
igualmente
-y a
fortiori-
se
puede
imaginar
una
conciencia
sin
hombre.
Es
entonces
sorprendente
y
muy
significativo
que
en
el
momento
en
que
la
autoridad
del
pensamiento
husserliano
se
introduce
y se
instala
en
Francia
después
de
la
guerra,
se
convierte
incluso
en
una
especie
de
moda
filosófica,
la
crítica
del
antropologismo
se
queda
totalmente
desapercibida
o en
todo
caso
sin
efecto.
Uno
de
los
caminos
más
paradójicos
de
este
desconocimiento
interesado
pasa
por
una
lectura
reduccionista
de
Heidegger.
Es
porque
se
ha
interpretado
la
analítica
del
Dasein
en
términos
estrechamente
antropológicos
por
lo
que
se
limita
o se
critica
a
veces
a
Husserl
a
partir
de
Heidegger
y se
deja
caer
en
la
fenomenología
todo
lo
que
no
sirve
a la
descripción
antropológica.
Esta
vía
es
muy
paradójica
porque
sigue
un
camino
de
lectura
que
también
fue
el
de
Husserl.
Es,
en
efecto,
como
una
desviación
antropologista
de
la
fenomenología
trascendental
como
Husserl
ha
interpretado
precipitadamente
Sein
und
Zeit
[vi].
Ahora
bien,
en
tercer
lugar,
inmediatamente
después
de
la
guerra
y
luego
de
la
aparición
de
El
ser
y la
nada,
Heidegger
recordaba,
en
su
Carta
sobre
el
humanismo,
a
quien
todavía
no
había
podido
saberlo,
a
quien
no
había
podido
ni
siquiera
tener
en
cuenta
desde
los
primeros
párrafos
de
Sein
und
Zeit,
que
la
antropología
y el
humanismo
no
eran
el
medio
de
su
pensamiento
y el
horizonte
de
sus
preguntas.
Contra
el
humanismo
se
dirige
incluso
la
«destrucción»
de
la
metafísica
o de
la
ontología
clásica[vii].
Después
de
la
ola
humanista
y
antropologista
que
ha
recubierto
la
filosofía
francesa;
¿se
habría
podido
creer
entonces
que
el
reflujo
anti-humanista
y
anti-antropologista
que
siguió,
y en
el
que
estamos
nosotros,
iba
a
redescubrir
la
herencia
de
los
pensamientos
que
así
habían
sido
desfigurados
o
más
bien
aquellos
en
los
que
se
había
reconocido
demasiado
deprisa
la
figura
del
hombre?
¿No
se
iba
a
operar
una
vuelta
a
Hegel,
a
Husserl,
a
Heidegger?
¿No
íbamos
a
emprender
una
lectura
más
rigurosa
de
sus
textos
y a
arrancar
su
interpretación
a
los
esquemas
humanistas
y
antropologistas?
No
ha
habido
nada
de
eso,
y es
la
significación
de
un
fenómeno
como
ese
lo
que
yo
quería
ahora
interrogar.
La
crítica
del
humanismo
y
del
antropologismo,
que
es
uno
de
los
motivos
dominantes
y
conductores
del
pensamiento
francés
actual,
lejos
de
buscar
sus
fuentes
o
sus
fiadores
en
la
crítica
hegeliana,
husserliana
o
heideggeriana
del
mismo
humanismo
o
del
mismo
antropologismo,
parece
al
contrario,
por
un
gesto
a
veces
mas
implícito
que
sistemáticamente
articulado,
amalgamar
a
Hegel,
Husserl
y
-de
forma
difusa
y
ambigua-
Heidegger,
con
la
vieja
metafísica
humanista.
Me
sirvo
a
propósito
de
esta
palabra
«amalgama»
que
une
en
su
uso
la
referencia
alquimica,
que
aquí
es
primaria,
a la
referencia
estratégica
o
táctica
en
el
dominio
de
la
ideología
política.
Antes
de
intentar
interpretar
este
fenómeno
de
cariz
paradójico,
es
necesario
tomar
ciertas
precauciones.
En
principio
esta
amalgama
no
excluye
que
se
hayan
hecho
ciertos
progresos
en
Francia
en
la
lectura
de
Hegel,
de
Husserl
o de
Heidegger,
ni
que
estos
progresos
hayan
conducido
a
volver
a
poner
en
tela
de
juicio
la
insistencia
humanista.
Pero
estos
progresos
y
esta
puesta
en
tela
de
juicio
no
ocupan
la
delantera
de
la
escena,
y
esto
debe
ser
significativo.
Inversa
y
simétricamente,
en
aquellos
que
practican
la
amalgama,
los
esquemas
de
la
mala
interpretación
antropologista
del
tiempo
de
Sartre
todavía
funcionan
y
son
a
veces
esos
esquemas
los
que
exigen
el
rechazo
de
Hegel,
de
Husserl
y de
Heidegger
en
las
tinieblas
de
la
metafísica
humanista.
Muy
a
menudo,
de
hecho,
los
que
denuncian
el
humanismo
al
mismo
tiempo
que
la
metafísica
se
han
quedado
en
esta
primera
lectura
de
Hegel,
Husserl
y
Heidegger,
y se
podría
destacar
más
de
un
signo
de
ello
en
numerosos
textos
recientes.
Lo
cual
hace
pensar
que,
en
ciertos
aspectos
y al
menos
en
esta
medida,
se
han
quedado
en
la
misma
orilla.
Pero
importa
poco,
para
la
cuestión
que
yo
querría
plantear,
que
este
o
aquel
autor
haya
leído
mal
o no
haya
simplemente
leído
éste
o
aquel
texto,
o
que
siga,
en
lo
tocante
a
los
pensamientos
que
cree
haber
sobrepasado
o
trastocado,
manteniéndose
en
un
gran
estado
de
ingenuidad.
Por
ello
no
se
hará
aquí
mención
de
tal
o
cual
nombre
de
autor
o de
tal
o
cual
título
de
obra.
Lo
que
debe
interesarnos,
más
allá
de
las
justificaciones
muy
a
menudo
insuficientes
de
hecho,
es
esta
especie
de
justificación
profunda,
de
necesidad
subterránea
que
hace
aparecer
la
pertenencia
de
las
críticas
o de
las
de-limitaciones,
husserliana,
heideggeriana
del
humanismo
metafísico
a la
esfera
de
eso
mismo
que
critican
o
de-limitan.
En
una
palabra,
haya
sido
este
derecho
explícito
o
no,
haya
sido
articulado
o no
(y
más
de
un
indicio
hace
pensar
que
no
lo
ha
sido),
¿qué
nos
autoriza
hoy
a
considerar
como
esencialmente
antrópico
o
antropocéntrico
todo
lo
que,
en
la
metafísica
o en
los
límites
de
la
metafísica,
ha
creído
poder
criticar
o
delimitar
el
antropologismo?
¿Qué
es
el
relevo
del
hombre
en
los
pensamientos
de
Hegel,
de
Husserl
y de
Heidegger?
EL
FIN-PRÓXIMO
DEL
HOMBRE.
Reconsideraremos
inicialmente,
en
el
orden
del
discurso
hegeliano
que
todavía
sostiene
con
tantos
hilos
el
lenguaje
de
nuestra
época,
las
relaciones
entre
la
antropología
por
una
parte,
la
fenomenología
y la
lógica
por
otra[viii].
Una
vez
que
se
ha
evitado
rigurosamente
la
confusión
de
una
lectura
simplemente
antropológica
de
la
Fenomenología
del
espíritu,
hay
que
reconocer
que
las
relaciones
entre
antropología
y
fenomenología
no
son,
según
Hegel,
simplemente
exteriores.
Con
todo
lo
que
inducen,
los
conceptos
hegelianos
de
verdad,
de
negatividad
y de
Aufhebung
impiden
que
así
sea.
En
la
tercera
parte
de
la
Enciclopedia,
que
trata
de
la
filosofía
del
espíritu,
la
primera
sección
(«La
filosofía
del
espíritu»)
inscribe
la
fenomenología
del
espíritu
entre
la
antropología
y la
psicología.
La
Fenomenología
del
espíritu
sucede
a la
Antropología
y
precede
a la
Psicología.
La
Antropología
trata
del
espíritu
-que
es
la
«verdad
de
la
naturaleza»-
en
tanto,
que
alma
o
espíritu-naturaleza
(Seele
o
Naturgeist).
El
desarrollo
del
alma,
tal
como
ha
sido
retrazado
por
la
antropología,
pasa
por
el
alma
natural
(natürliche
Seele),
por
el
alma
sensible
(fühlende
Seele),
por
el
alma
real
o
efectiva
(wirkline
Seele).
Este
desarrollo
se
cumple,
se
consigue
y
actúa
sobre
la
conciencia.
El
último
párrafo
de
la
Antropología[ix]
define
la
forma
general
de
la
conciencia,
esa
de
la
que
procederá
la
Fenomenología
del
espíritu,
en
el
primer
capítulo
sobre
«La
certeza
sensible»[x].
La
conciencia,
lo
fenomenológico,
es,
pues,
la
verdad
del
alma,
es
decir,
de
lo
que
constituye
precisamente
el
objeto
de
la
antropología.
La
conciencia
es
la
verdad
del
hombre,
la
fenomenología
es
la
verdad
de
la
antropología.
«Verdad»
debe
entenderse
aquí
en
un
sentido
rigurosamente
hegeliano.
En
este
sentido
hegeliano
se
cumple
la
esencia
metafísica
de
la
verdad,
la
verdad
de
la
verdad.
La
verdad
es
aquí
la
presencia
o la
presentación
de
la
esencia
como
Gewesenheit,
del
Wesen
como
lo
que
ha
sido.
La
consciencia
es
la
verdad
del
hombre,
en
tanto
que
el
hombre
se
aparece
en
su
ser-pasado,
en
su
haber-sido,
en
su
pasado
sobrepasado
y
conservado,
retenido,
interiorizado
(erinnert)
y
relevado.
Aufheben,
es
relevar,
en
el
sentido
en
que
«relevar»
quiere
decir
a la
vez
desplazar,
elevar,
reemplazar
y
promover
en
un
solo
y
mismo
movimiento.
La
conciencia
es
la
Aufbeben
del
alma
o
del
hombre,
la
fenomenología
es
el
«relevo»
de
la
antropología.
Ya
no
es,
pero
sigue
siendo,
una
ciencia
del
hombre.
En
este
sentido
todas
las
estructuras
descritas
por
la
fenomenología
del
espíritu
-como
todo
lo
que
las
articula
sobre
la
Lógica-
son
las
estructura,
de
lo
que
ha
tomado
el
relevo
del
hombre.
El
hombre
permanece
ahí
en
su
relieve.
Su
esencia
reposa
en
la
fenomenología.
Esta
relación
equívoca
de
relevo/relevancia
señala,
sin
duda,
el
fin
del
hombre,
el
hombre
pasado,
pero
al
mismo
tiempo
el
cumplimiento
del
hombre,
la
apropiación
de
su
esencia.
Es
el
fin
del
hombre
acabado.
El
fin
de
la
finitud
del
hombre,
la
unidad
de
lo
finito
y lo
infinito,
lo
finito
como
rebasamiento
de
sí
mismo,
estos
temas
esenciales
de
Hegel
se
reconocen
en
el
final
de
la
Antropología
cuando
la
conciencia
es
designada
al
fin
como
«relación
infinita
consigo
mismo».
El
relevo
o la
relevancia
del
hombre
es
su
telos
o su
eskhaton.
La
unidad
de
estos
dos
fines
del
hombre,
la
unidad
de
su
muerte,
de
su
acabamiento,
de
su
cumplimiento
está
envuelta
en
el
pensamiento
griego
del
telos,
en
el
discurso
sobre
el
telos,
que
también
es
discurso
sobre
el
eidos,
sobre
la
ousia
y
sobre
la
aletheia.
Un
discurso
semejante
en
Hegel,
como
en
toda
la
metafísica,
coordina
indisocialmente
la
teleología
a
una
escatología,
a
una
teología
y a
una
ontología.
El
pensamiento
delfín
del
hombre
está
entonces
ya
prescrito
siempre
en
la
metafísica,
en
el
pensamiento
de
la
verdad
del
hombre.
Lo
que
hoy
es
difícil
de
pensar,
es
un
fin
del
hombre
que
no
esté
organizado
por
una
dialéctica
de
la
verdad
y de
la
negatividad,
un
fin
del
hombre
que
no
sea
una
teleología
en
primera
persona
del
plural.
El
nosotros
que
en
la
Fenomenología
del
espíritu
articula
entre
ellas
la
conciencia
natural
y la
conciencia
filosófica
asegura
la
proximidad
consigo
mismo
del
existente
fijo
y
central
por
el
cual
se
produce
esta
reapropiación
circular.
El
nosotros
es
la
unidad
del
saber
absoluto
y de
la
antropología,
de
Dios
y
del
hombre,
de
la
onto-teo-teleología
y
del
humanismo.
El
ser
y la
lengua
-el
grupo
de
lenguas-
que
gobierna
o
que
abre,
tal
es
el
nombre
de
lo
que
asegura
este
paso
por
el
nosotros
entre
la
metafísica
y el
humanismo[xi].
Acabamos
de
percibir
la
necesidad
que
une
el
pensamiento
del
phainesthai
al
pensamiento
del
telos.
Se
puede
leer
en
la
misma
apertura
la
teleología
que
gobierna
la
fenomenología
trascendental
de
Husserl.
A
pesar
de
la
crítica
del
antropologismo,
«humanidad»
es
todavía
aquí
el
nombre
del
ser
al
que
se
anuncia
el
telos
transcendental,
determinado
como
Idea
(en
el
sentido
kantiano)
o
incluso
como
Razón.
Es
el
hombre
como
animal
racional
quien,
en
su
determinación
metafísica
más
clásica,
designa
el
lugar
de
despliegue
de
la
razón
teleológica,
es
decir,
la
historia.
Para
Husserl,
como
para
Hegel,
la
razón
es
historia
y no
hay
más
historia
que
la
de
la
razón.
Esta
«funciona
en
cada
hombre,
por
muy
primitivo
que
sea
todavía,
en
tanto
que
animal
racional»
(Origen
de
la
geometría).
Cada
tipo
de
humanidad
y de
forma
de
sociedad
humana
«tiene
una
raíz
en
el
componente
esencial
de
lo
universal
humano,
raíz
en
la
cual
se
anuncia
una
Razón
teleológica
que
atraviesa
de
parte
a
parte
toda
la
historicidad.
Así
se
indica
una
problemática
original
que
se
conecta
con
la
totalidad
de
la
historia
y en
el
sentido
total
que,
en
última
instancia,
le
da
su
unidad»
(ibíd)[xii].
La
fenomenología
transcendental
sería
el
cumplimiento
último
de
esta
teleología
de
la
razón
que
atraviesa
la
humanidad[xiii].
Así,
bajo
la
autoridad
de
los
conceptos
fundadores
de
la
metafísica,
que
Husserl
despierta,
restaura,
si
es
preciso
haciéndoles
revestirse
de
un
índice
o
comillas
fenomenológicas,
la
crítica
del
antropologismo
empírico
no
es
más
que
la
afirmación
de
un
humanismo
transcendental.
Y,
entre
estos
conceptos
metafísicos
que
constituyen
la
fuente
esencial
del
discurso
de
Husserl,
el
de
fin
o de
telos
desempeña
un
papel
decisivo.
Se
podría
mostrar
que
en
todas
las
etapas
de
la
fenomenología,
y
notoriamente
cada
vez
que
el
recurso
a la
«Idea
en
el
sentido
kantiano»
es
necesaria,
la
infinidad
del
telos,
la
infinidad
del
fin
rige
los
poderes
de
la
fenomenología.
El
fin
del
hombre
(como
límite
antropológico
factual)
se
anuncia
en
el
pensamiento
desde
el
fin
del
hombre
(como
apertura
determinada
o
infinidad
de
un
telos).
El
hombre
es
lo
que
tiene
relación
con
su
fin,
en
el
sentido
fundamentalmente
equívoco
de
esta
palabra.
Desde
siempre.
El
fin
transcendental
no
puede
aparecerse
y
mostrarse
más
que
a
condición
de
la
mortalidad,
de
una
relación
con
la
finitud
como
origen
de
la
idealidad.
El
nombre
del
hombre
siempre
se
ha
inscrito
en
la
metafísica
entre
estos
dos
fines.
No
tiene
sentido
más
que
en
esta
situación
escato-teleológica.
LEYÉNDONOS
A
partir
de
esta
situación
es
como
se
alza
el
«nosotros»
que
de
una
manera
o de
otra
siempre
ha
debido
remitir
a
sí-mismo
en
la
lengua
de
la
metafísica
y en
el
discurso
filosófico.
¿Qué
hay
de
ese
nosotros,
para
terminar,
en
el
texto
que,
mejor
que
otro
cualquiera,
nos
ha
dado
a
leer
la
complicidad
esencial,
historial,
de
la
metafísica
y
del
humanismo
bajo
todas
sus
formas?
¿Qué
hay
de
este
nosotros
en
el
texto
de
Heidegger?
Esta
pregunta
es
la
más
difícil,
y no
haremos
más
que
iniciarla.
No
se
trata
aquí
de
cerrar
todo
el
texto
de
Heidegger
en
un
cierre
que
él
mejor
que
nadie
ha
delimitado.
Lo
que
une
el
humanismo
y la
metafísica
como
ontoteología
se
ha
hecho
legible
como
tal
a
partir
de
Sein
und
Zeit,
de
la
Carta
sobre
el
humanismo
y de
textos
ulteriores.
Remitiéndonos
a
esta
adquisición,
tratando
de
tenerla
en
cuenta,
querría
comenzar
a
dibujar
las
formas
de
la
muestra
que
guardan
uno
sobre
la
otra
la
humanidad
del
hombre
y el
pensamiento
del
ser,
un
cierto
humanismo
y la
verdad
del
ser.
Naturalmente,
no
se
tratará
de
esta
falsificación
que
consistiría,
contra
las
puestas
en
guardia
más
explícitas
de
Heidegger,
en
hacer
de
esta
muestra
un
dominio
o
una
relación
óntica
en
general.
Lo
que
aquí
nos
va a
preocupar
concierne
más
bien
a un
privilegio
más
sutil,
más
escondido,
más
indesarraigable
que,
como
en
el
caso
de
Hegel
o de
Husserl,
nos
reconduce
a la
posición
del
nosotros
en
el
discurso.
Una
vez
que
se
ha
renunciado
a
poner
el
nosotros
en
la
dimensión
metafísica
del
«nosotros-los-hombres»,
una
vez
que
se
ha
renunciado
a
cargar
el
nosotros-hombres
de
las
determinaciones
metafísicas
de
lo
propio
del
hombre
(zoon
logon
ekon,
etc.),
resta
que
el
hombre
-y
yo
incluso
diría,
en
un
sentido
que
se
aclarará
en
un
instante,
lo
propio
del
hombre-,
el
pensamiento
de
lo
propio
del
hombre
es
inseparable
de
la
cuestión
o de
la
verdad
del
ser.
Lo
es
sobre
los
senderos
heideggerianos
por
lo
que
nosotros
podremos
llamar
una
suerte
de
imantación.
De
esta
imantación,
no
puedo
aquí
más
que
indicar
su
título
y
algunos
efectos.
Para
descubrirla
en
la
profundidad
continua
en
que
se
ejerce,
la
distinción
entre
tal
o
cual
periodo
del
pensamiento
heideggeriano,
entre
los
textos
anteriores
y
los
textos
posteriores
a la
llamada
Kehre,
tiene
menos
pertinencia
que
nunca.
Pues
por
una
parte
la
analítica
existencial
ya
había
desbordado
el
horizonte
de
una
antropología
filosófica:
el
Dasein
no
es
simplemente
el
hombre
de
la
metafísica.
Y
por
otra
parte,
inversamente,
en
la
Carta
sobre
el
humanismo,
y
más
allá
de
ella,
la
imantación
de
lo
«propio
del
hombre»
no
dejará
de
dirigir
todos
los
caminos
del
pensamiento.
Esto
es
al
menos
lo
que
yo
quería
sugerir,
y
reagruparé
los
efectos
o
los
indicios
de
esta
imantación
bajo
el
concepto
general
de
proximidad.
En
el
juego
de
una
cierta
proximidad,
proximidad
a sí
y
proximidad
del
ser,
vamos
a
ver
constituirse
contra
el
humanismo
y
contra
el
antropologismo
metafísicos,
otra
insistencia
del
hombre,
que
reemplaza,
releva,
suple
lo
que
destruye
según
vías
en
las
que
estamos
nosotros,
de
las
que
salimos
apenas
-quizá-
y
que
siguen
estando
ahí
para
ser
interrogadas.
¿Qué
hay
sobre
la
proximidad?
Abramos
inicialmente
Sein
und
Zeit
en
el
punto
en
que
la
cuestión
del
ser
se
plantea
en
su
«estructura
formal»
(§
2).
Nuestra
comprensión
«vaga
y
corriente»
del
sentido
de
la
palabra
«ser»
o
«es»
se
encuentra
reconocida
como
un
hecho
(Faktum):
«En
tanto
que
investigación
(Suchen),
el
acto
de
cuestionar
necesita
dejarse
antes
conducir
por
lo
que
es
investigado.
El
sentido
del
ser
debe,
pues,
de
una
cierta
manera
sernos
ya
disponible.
Como
ha
sido
indicado,
nosotros
nos
movemos
siempre
ya
en
un
entendimiento
del
ser.
Es a
partir
de
ello
como
surge
la
cuestión
expresa
del
sentido
del
ser
y la
tendencia
hacia
el
concepto
del
ser.
No
sabemos
lo
que
quiere
decir
«ser».
Pero
en
el
momento
en
que
preguntamos
«qué
es
el
ser?»
tenemos
un
conocimiento
del
«es»
sin
poder
fijar
conceptualmente
lo
que
quiere
decir
el
«es».
No
conocemos
siquiera
el
horizonte
a
partir
del
que
deberíamos
asir
y
fijar
ese
sentido.
Este
entendimiento
corriente
y
vago
del
ser
es
un
factum.
He
subrayado
el
nosotros
y el
siempre
ya.
Están,
pues,
determinados
en
correspondencia
con
este
conocimiento
de
«ser»
o de
«es».
En
ausencia
de
cualquier
otra
determinación
o
presuposición,
el
«nosotros»
es
al
menos
lo
que
se
abre
a un
conocimiento
semejante,
lo
que
es
ya
siempre
accesible
y
aquello
por
lo
que
este
factum
puede
ser
reconocido
como
tal.
Es
claro
que
este
nosotros,
por
sencillo,
por
discreto,
por
borrado
que
esté,
inscribe
la
estructura
llamada
formal
de
la
cuestión
del
ser
en
el
horizonte
de
la
metafísica
y
más
ampliamente
en
el
medio
lingüístico
indoeuropeo
a
cuya
posibilidad
está
esencialmente
ligado
el
origen
de
la
metafísica.
En
estos
límites
es
donde
el
factum
puede
ser
entendido
y
acreditado;
en
estos
límites
-determinados,
o
sea,
materiales-
es
donde
puede
sostener
la
llamada
formalidad
de
la
cuestión.
Resta
decir
que
el
sentido
de
estos
«límites»
no
nos
es
dado
más
que
desde
la
cuestión
del
sentido
del
ser.
No
pretendamos
saber
lo
que
quiere
decir,
por
ejemplo,
«medio
lingüístico
indoeuropeo».
Cuando
esta
«estructura
formal
de
la
cuestión
del
ser»
es
planteada
por
Heidegger,
se
trata
entonces,
como
es
sabido,
de
reconocer
el
ser*
ejemplar
(exemplarische
Seiende)
que
constituirá
el
texto
privilegiado
para
una
lectura
del
sentido
del
ser.
Recuerdo
que
la
estructura
formal
de
la
cuestión,
de
toda
cuestión,
según
Heidegger,
debería
comportar
tres
instancias:
el
Gefragte,
lo
que
es
preguntado,
aquí
el
sentido
del
ser;
el
Enfragte,
que
es
lo
preguntado
en
tanto
que
es
propiamente
enfocado
por
una
pregunta,
el
sentido
del
ser
en
tanto
que
cuestionado;
por
fin
el
Befragte,
lo
interrogado,
el
ser
que
se
interroga,
al
que
se
planteará
la
pregunta
del
sentido
del
ser.
Se
trata
así,
pues,
de
la
elección
o
del
reconocimiento
de
este
ser
ejemplar
interrogado
con
respecto
al
sentido
del
ser:
«Sobre
qué
ser
debe
ser
leído
(abgelesen)
el
sentido
del
ser,
a
partir
de
qué
ser
la
apertura
del
ser
tomará
su
punto
de
partida?
¿El
punto
de
partida
es
arbitrario
o
bien
algún
ser
posee
un
privilegio
(Vorrang)
en
la
elaboración
de
la
cuestión
del
ser?
Cuál
es
este
ser
ejemplar
y en
qué
sentido
tiene
un
privilegio?»
¿Qué
dictará
la
respuesta
a
esta
pregunta?
¿En
qué
medio
de
evidencia,
de
certeza
o al
menos
de
conocimiento
se
debería
desplegar?
Antes
incluso
que
el
método
fenomenológico
sea
reivindicado
(§
7),
al
menos
en
un
«concepto
provisional»,
como
el
método
de
esta
elaboración
de
la
cuestión
del
ser,
la
determinación
de
este
ser
ejemplar
es
«fenomenológica»
en
su
principio.
Está
gobernada
por
el
principio
de
los
principios
de
la
fenomenología,
el
principio
de
la
presencia
y de
la
presencia
en
la
presencia
para
sí,
tal
como
se
manifiesta
al
ser
y en
el
ser
que
somos
nosotros.
En
esta
presencia
para
sí,
esta
absoluta
proximidad
del
ser
(que
cuestiona)
a sí
mismo,
esta
familiaridad
consigo
mismo
del
ser
presto
a
entender
el
ser,
lo
que
interviene
en
la
determinación
del
factum,
lo
que
motiva
la
elección
del
ser
ejemplar,
del
texto,
del
buen
texto
para
la
hermenéutica
del
sentido
del
ser.
Es
la
proximidad
consigo
mismo
del
ser
cuestionante
lo
que
lo
hace
elegir
como
ser
interrogado
por
privilegio.
La
proximidad
consigo
mismo
de
quien
pregunta
autoriza
la
identidad
del
que
pregunta
y de
lo
interrogado.
Nosotros,
que
estamos
próximos
a
nosotros
mismos,
nos
interrogamos
sobre
el
sentido
del
ser.
Leamos
este
protocolo
de
lectura:
«Siendo
la
cuestión
del
ser
explícitamente
planteada
y
conducida
a
una
plena
transparencia
ante
sí,
la
elaboración
de
esta
pregunta
requiere,
como
hemos
explicado,
una
explicitación
del
modo
según
el
cual
el
ser
debe
ser
enfocado,
el
conocimiento
y el
asimiento
conceptual
de
su
sentido,
la
preparación
de
la
posibilidad
de
una
elección
correcta
del
ser
ejemplar,
la
elaboración
de
una
vía
de
acceso
auténtica
a
este
ser.
El
enfoque,
el
conocimiento,
el
asimiento
conceptual,
la
elección,
la
vía
de
acceso
son
rasgos
constitutivos
del
acto
de
preguntar
y
así
los
modos
de
ser
de
un
ser
determinado,
de
este
ser
que
nosotros,
los
que
preguntamos,
somos
(eines
bestimmten
Seieden,
des
Seieden,
das
wir,
die
Fragenden,
je
selbst
sind).
Elaboración
de
la
pregunta
del
ser
quiere
decir
entonces:
elucidación
de
un
ser
-del
que
pregunta-
en
su
ser.
El
preguntar
de
esta
pregunta
(Das
Frägen
dieser
Frage)
está
determinado
esencialmente,
como
modo
de
ser
de
un
ser,
por
lo
que
en
él
es
preguntado
(gefvargt)
por
el
ser.
A
este
ser
que
somos
nosotros
y
que
en
su
ser
tiene,
entre
otras
posibilidades,
la
de
preguntar,
le
asignamos
el
término
de
Dasein
(fassen
wir
terminologisch
als
Dasein).
La
posición
expresa
y
lúcida
de
la
cuestión
del
sentido
del
ser
requiere
una
explicitación
anterior
y
apropiada
de
un
ser
(el
Dasein)
respecto
a su
ser»
Sin
duda,
esta
proximidad,
esta
identidad
o
esta
presencia
ante
sí
del
«ser
que
somos
nosotros»
-del
que
pregunta
y de
lo
interrogado
no
tiene
la
forma
de
la
conciencia
subjetiva,
como
en
la
fenomenología
transcendental.
Sin
duda,
esta
proximidad
también
es
todavía
anterior
a lo
que
el
predicado
metafísico
«humano»
podría
nombrar.
El
Da
del
Dasein
no
puede
ser
determinado
en
presencia
próxima
más
que
desde
una
relectura
de
la
cuestión
del
ser
que
lo
interpela.
No
obstante,
el
proceso
de
liberación
o de
elaboración
de
la
cuestión
del
ser,
en
tanto
que
cuestión
del
sentido
del
ser,
se
define
como
explicitación
o
como
interpretación
explicitante.
La
lectura
del
texto
Dasein
es
una
hermenéutica
de
desvelamiento
o de
desenvolvimiento
(cfr.
§
7).
Si
se
la
mira
de
cerca,
es
la
oposición
fenomenológica
«implícito/explícito»
lo
que
permite
a
Heidegger
rechazar
la
objeción
de
círculo
vicioso,
círculo
que
consistiría
en
determinar
en
principio
un
ser
en
su
ser,
luego
en
plantear
la
cuestión
del
ser
a
partir
de
esta
predeterminación
ontológica
(pág.
7).
Este
estilo
de
lectura
explicitante
practica
una
puesta
al
día
continua,
algo
que
se
parece,
al
menos,
a la
toma
de
conciencia,
sin
ruptura,
sin
desplazamiento,
sin
cambio
de
terreno.
Por
otra
parte,
lo
mismo
que
el
Dasein
-el
ser
que
somos
nosotros
mismos-
sirve
de
texto
ejemplar,
de
buena
«lección»
para
la
explicitación
del
sentido
del
ser,
igualmente
el
nombre
del
hombre
sigue
siendo
la
ligadura
o el
hilo
conductor
paleonímico
que
vincula
la
analítica
del
Dasein
a la
totalidad
del
discurso
tradicional
de
la
metafísica.
De
donde
el
estatus
extraño
de
estas
frases
o
paréntesis.
«En
tanto
que
comportamientos
del
hombre,
las
ciencias
tienen
el
estilo
de
ser
de
este
ser
(el
hombre).
Asignamos
a
este
existente
el
término
de
Dasein
(Dieses
Seinende
fassen
wir
terminologisch
als
Dasein)»
O
esta
otra:
«Como
la
de
toda
ontología,
la
problemática
de
la
ontología
griega
debe
tomar
su
hilo
conductor
en
el
ser
mismo.
El
ser,
es
decir,
el
ser
del
hombre
(Das
Dasein,
d.h.
das
seis
des
Menschen)
está
comprendido
tanto
en
la
“definición”
vulgar
como
en
la
«definición»
filosófica
como
zoon
logos
ekon,
el
ser
vivo
cuyo
ser
es
esencialmente
determinado
por
el
“poder
del
habla”
(del
discurso:
Redenkönnen)»
(pág.
25).
Igualmente,
una
«ontología
completa
del
Dasein»
se
ha
planteado
como
la
condición
previa
de
una
«antropología
filosófica»
(pág.
17).
Vemos,
pues,
que
el
Dasein,
si
no
es
el
hombre,
no
es,
sin
embargo,
otra
cosa
que
el
hombre.
Es,
como
vamos
a
ver,
una
repetición
de
la
esencia
del
hombre
que
permite
remontar
conceptos
metafísicos
de
la
humanitas.
Es
la
sutileza
y el
equívoco
de
este
gesto
lo
que
evidentemente
ha
autorizado
todas
las
desviaciones
antropologistas
en
la
lectura
de
Sein
und
Zeit,
sobre
todo
en
Francia.
El
valor
de
proximidad,
es
decir,
de
presencia
en
general,
decide
pues,
la
orientación
esencial
de
esta
analítica
del
Dasein.
Este
motivo
de
la
proximidad
se
encuentra
ciertamente
atrapado
en
una
oposición
que
de
ahora
en
adelante
no
cesará
de
gobernar
el
discurso
de
Heidegger.
El
quinto
párrafo
de
Sein
und
Zeit
parece,
en
efecto,
no
contradecir,
sino
limitar
y
contener
lo
que
ya
se
había
conseguido,
a
saber,
que
el
Dasein
«que
somos
nosotros»
constituía
el
ser
ejemplar
para
la
hermenéutica
del
sentido
del
ser
en
razón
de
su
proximidad
consigo
mismo,
de
nuestra
proximidad
con
nosotros
mismos,
con
ese
ser
que
somos
nosotros.
Heidegger
señala
entonces
que
esta
proximidad
es
óntica.
Ontológicamente,
es
decir,
en
cuanto
al
ser
de
este
ser
que
somos
nosotros,
la
distancia,
por
el
contrario,
es
todo
lo
grande
posible.
«El
Dasein
en
verdad
no
es
solamente
lo
que
nos
es
ónticamente
(ontich)
próximo
o
incluso
lo
más
próximo,
somos
nosotros.
Sin
embargo,
a
pesar,
o
más
bien,
en
razón
de
esto,
es
ontológicamente
(ontologisch)
lo
más
lejano»[xiv].
La
analítica
del
Dasein,
tanto
como
el
pensamiento
que,
más
allá
de
la
Kehre,
perseguirá
la
cuestión
del
ser,
se
mantendrán
en
el
espacio
que
separa
y
relaciona
la
una
a la
otra
una
proximidad
semejante
y
una
distancia
tal.
El
Da
del
Dasein
y el
Da
del
Sein
significarán
tanto
lo
próximo
como
lo
lejano.
Del
otro
lado
del
cierre
común
del
humanismo
y de
la
metafísica,
el
pensamiento
de
Heidegger
será
guiado
por
el
motivo
del
ser
como
presencia
-entendida
en
un
sentido
más
originario
que
en
las
determinaciones
metafísicas
y
ónticas
de
la
presencia
o de
la
presencia
en
presente-
y
por
el
motivo
de
la
proximidad
del
ser
a la
esencia
del
hombre.
Todo
ocurre
como
si
fuera
necesario
reducir
la
distancia
ontológica
reconocida
en
Sein
und
Zeit
y
hablar
de
la
proximidad
del
ser
a la
esencia
del
hombre.
Para
sostener
esta
última
proposición,
algunas
referencias
indicativas
a la
Carta
sobre
el
humanismo.
No
insistiré
sobre
el
tema
principal
y
bien
conocido
de
este
texto:
la
unidad
de
la
metafísica
y
del
humanismo[xv].
Toda
puesta
en
tela
de
juicio
del
humanismo
que
no
se
acerque
inicialmente
a la
radicalidad
arqueológica
de
las
preguntas
esbozadas
por
Heidegger
y
que
no
despliegue
las
indicaciones
que
da
él
sobre
la
génesis
del
concepto
y
del
valor
del
hombre
(recuperación
de
la
paideia
griega
en
la
cultura
romana,
cristianización
de
la
humanitas
latina,
renacimiento
del
helenismo
en
el
siglo
XIV
y en
el
XVIII
etc.),
toda
posición
meta-humanista
que
no
se
mantenga
en
la
apertura
de
estas
preguntas
sigue
siendo
históricamente
regional,
periódica
y
periférica,
jurídicamente
secundaria
y
dependiente,
por
más
que
pueda
además
conservar
como
tal
cierto
interés
y
cierta
necesidad.
Resta
decir
que
el
pensamiento
del
ser,
el
pensamiento
de
la
verdad
del
ser
en
el
nombre
de
la
cual
Heidegger
de-limita
el
humanismo
y la
metafísica,
sigue
siendo
un
pensamiento
del
hombre.
En
la
cuestión
del
ser,
tal
como
está
planteada
a la
metafísica,
el
hombre
y el
nombre
del
hombre
no
están
desplazados.
Todavía
menos
desaparecen.
Se
trata,
por
el
contrario,
de
una
especie
de
reevaluación
o de
revalorización
de
la
esencia
y de
la
dignidad
del
hombre.
Lo
que
se
amenaza
en
la
extensión
de
la
metafísica
y de
la
técnica
-se
sabe
según
qué
necesidad
esencial
Heidegger
las
asocia
una
a la
otra-
es
la
esencia
del
hombre,
que
aquí
se
debería
pensar
antes
y
más
allá
de
sus
determinaciones
metafísicas:
«La
devastación
del
lenguaje
que
se
extiende
por
todas
partes
con
rapidez
no
atañe
sólo
a la
responsabilidad
de
orden
estético
y
moral
que
se
asume
en
cada
uno
de
los
usos
que
se
hace
de
la
palabra.
Proviene
de
una
puesta
en
peligro
de
la
esencia
del
hombre
(Gefährdung
des
Wesens
des
Menschen)»...
«Es
así
solamente,
a
partir
del
ser,
cómo
comienza
a
ser
superada
la
ausencia
de
patria
(die
Ueberwindung
der
Heimatlosigkeit)
en
la
cual
se
pierden
no
sólo
los
hombres,
sino
también
la
esencia
del
hombre
(das
Wesen
des
Menschen).
Esta
esencia
es,
pues,
lo
que
se
trata
de
reinstaurar:
«Pero
si
un
día
debe
el
hombre
llegar
a la
proximidad
del
ser
(in
die
Nähe
des
Seins),
le
es
primero
preciso
aprender
a
existir
en
lo
que
no
tiene
nombre
(im
Namenlosen).
Debe
saber
reconocer
tanto
la
tentación
de
la
publicidad
como
la
impotencia
de
la
existencia
privada.
Antes
de
hablar
(bevor
er
spricht),
el
hombre
debe
dejarse
reivindicar
(reclamar:
wieder
ansprechen)
por
el
ser
y
dejarse
prevenir
del
peligro
de
no
tener,
bajo
esta
reivindicación
(Anspruch),
nada
o
poca
cosa
que
decir.
Solamente
entonces
se
restituye
a la
palabra
(dem
Wort)
la
riqueza
inestimable
de
su
esencia
y al
hombre
el
abrigo
(Behausung)
para
habitar
en
la
verdad
del
ser.
¿Pero
no
hay
en
esta
reivindicación
(Anspruch)
del
ser
sobre
el
hombre,
como
en
la
tentativa
de
preparar
al
hombre
a
esta
reivindicación,
un
esfuerzo
que
concierne
al
hombre?
Cuál
es
la
orientación
de
la
preocupación,
si
no
la
de
reinstaurar
al
hombre
en
su
esencia
(den
Menschen
wieder
in
sein
Wesen
zurückzubringen).
¿Esto
significa
otra
cosa
que
hacer
al
hombre
(homo)
humano
(humanus)?
Así
la
humanitas
sigue
estando
en
el
corazón
de
un
pensamiento
tal,
puesto
que
el
humanismo
consiste
en
esto:
reflexionar
y
velar
(Sinnen
und
Sorgen)
para
que
el
hombre
sea
humano
y no
inhumano
(unmenschlich),
es
decir,
fuera
de
su
esencia.
Ahora
bien,
¿en
qué
consiste
la
humanidad
del
hombre?
Reposa
en
su
esencia»[xvi].
Una
vez
que
el
pensamiento
de
la
esencia
se
sustrae
a la
oposición
esencia/existencia,
la
proposición
según
la
cual
«el
hombre
ek-siste
no
es
una
respuesta
a la
cuestión
de
saber
si
el
hombre
es
real
o
no;
es
una
respuesta
a la
pregunta
que
se
refiere
a la
“esencia”
(Wesen)
del
hombre».
La
restauración
de
la
esencia
es
también
la
restauración
de
una
dignidad
y de
una
proximidad:
la
dignidad
co-rrespondiente
del
ser
y
del
hombre,
la
proximidad
del
ser
y
del
hombre.
«Lo
que
todavía
resta
decir
hoy,
y
por
primera
vez
podría
quizás
convertirse
en
el
impulso
(Anstoss)
que
encaminará
la
esencia
del
hombre
a
que,
por
el
pensamiento
(denkend),
esté
atenta
a la
dimensión
omnireinante
sobre
ella
de
la
verdad
del
ser.
Un
acontecimiento
semejante
no
podría
además
producirse
cada
vez
sino
por
la
dignidad
del
ser
y en
beneficio
de
este
ser
-aquí
que
asume
el
hombre
en
su
ek-sistencia
(nur
dem
Sein
zur
Würde
und
dem
Da-sein
zugunsten
geschehen,
das
der
Mensch
eksistierend
aussteht),
pero
no
en
provecho
del
hombre
para
que
brillen
por
su
actividad
civilización
y
cultura»
(págs.
68-69).
La
distancia
ontológica
del
Dasein
a lo
que
es
como
ek-sistencia
y al
Da
del
Sein,
esta
distancia
que
se
daba
inicialmente
como
proximidad
óntica
debe
ser
reducida
por
el
pensamiento
de
la
verdad
del
ser.
De
donde
el
dominio
en
el
discurso
de
Heidegger,
de
toda
una
metafórica
de
la
proximidad,
de
la
presencia
simple
e
inmediata,
asociando
a la
proximidad
del
ser
los
valores
de
vecindad,
de
abrigo,
de
casa,
de
servicio,
de
guardia,
de
voz
y de
escucha.
No
sólo
no
se
trata,
como
es
claro,
de
una
retórica
insignificante,
sino
que
se
podría
incluso,
a
partir
de
esta
metafórica
y
del
pensamiento
de
la
diferencia
óntico-ontológica,
explicitar
toda
una
teoría
de
la
metaforicidad
en
general[xvii].
Algunos
ejemplos
de
este
lenguaje
tan
seguramente
connotado
de
lo
que
lo
inscribe
en
un
cierto
paisaje.
«Pero
si
el
hombre
debe
llegar
un
día
a la
proximidad
del
ser
(in
die
Nähe
des
Seins),
debe
antes
aprender
a
existir
en
lo
que
no
tiene
nombre...»
«...la
proposición:
‘La
“sustancia”
del
hombre
es
la
ek-sistencia’
no
dice
otra
cosa
sino
esto:
la
manera
según
la
cual
el
hombre
en
su
propia
esencia
(in
seinem
eigenen
Wesen)
está
presente
ante
el
ser
(zum
Sein
anwest)
es
la
in-stancia
extática
en
la
verdad
del
ser.
Las
interpretaciones
humanistas
del
hombre
como
animal
racional,
como
«persona»,
como
ser
-espiritual-
dotado
de
un
alma
y de
un
cuerpo
no
se
tienen
por
falsas
por
esta
determinación
esencial
del
hombre,
ni
rechazadas
por
ella.
El
único
propósito
es
más
bien
que
las
más
altas
determinaciones
humanistas
de
la
esencia
del
hombre,
no
experimentan
todavía
la
dignidad
propia
del
hombre
(die
eigentliche
Würde
des
Menschen).
En
este
sentido,
el
pensamiento
que
se
expresa
en
Sein
und
Zeit
es
contra
el
humanismo.
Pero
esta
oposición
no
significa
que
tal
pensamiento
se
oriente
a lo
opuesto
de
lo
humano,
abogue
por
lo
inhumano,
defienda
la
barbarie
y
rebaje
la
dignidad
del
hombre.
Si
se
piensa
contra
el
humanismo,
es
porque
el
humanismo
no
sitúa
suficientemente
alta
la
humanitas
del
hombre...»
«“El
ser”
-no
es
ni
Dios
ni
un
fundamento
del
mundo.
El
Ser
está
más
alejado
de
todo
lo
que
es y
sin
embargo,
más
cerca
(näher)
del
hombre
que
cada
ser,
sea
un
peñasco,
un
animal,
una
obra
de
arte,
una
máquina,
un
ángel
o
Dios.
El
Ser
es
lo
que
hay
de
más
cercano
(Das
Sein
ist
das
Nächste).
Esta
proximidad,
no
obstante,
sigue
siendo
para
el
hombre
lo
que
hay
de
más
alejado.
El
hombre
se
ase
siempre,
y en
principio,
y
solamente,
a lo
que
es...»
«Es
porque
el
hombre
como
ek-sistente,
llega
a
estar
en
la
relación
en
la
cual
el
ser
se
destina
a sí
mismo
(schickt),
sosteniéndolo
extáticamente,
es
decir,
asumiéndolo
en
la
preocupación,
por
lo
que
él
desconoce
lo
más
próximo
(das
Nächste)
y se
ase
a lo
que
está
más
allá
de
lo
cercano
(das
Uebernächste).
Cree
incluso
que
es
lo
más
próximo.
Pero
más
próximo
que
lo
más
próximo
y al
mismo
tiempo
más
alejado
para
el
pensamiento
habitual
que
su
más
lejano
es
la
proximidad
misma:
la
verdad
del
ser...»
«Lo
único
(das
Einzige)
que
querría
alcanzar
el
pensamiento
que
intenta
expresarse
por
primera
vez
en
Sein
und
Zeit,
es
algo
sencillo
(etwas
Einfaches).
En
tanto
que
es
sencillo,
el
ser
sigue
siendo
misterioso,
la
proximidad
simple
(schlicht)
de
una
potencia
que
no
constriñe.
Esta
proximidad
despliega
su
esencia
(west)
como
el
lenguaje
mismo...»
«Pero
el
hombre
no
es
sólo
un
viviente
que,
además
de
otras
capacidades,
poseería
el
lenguaje.
El
lenguaje
es
más
bien
la
casa
del
ser
en
la
cual
el
hombre
habita
y de
esta
manera
ek-siste,
perteneciendo
a la
verdad
del
ser
cuya
custodia
asume
(hütend
gehört).»
Esta
proximidad
no
es
la
proximidad
ontica
y es
preciso
tener
en
cuenta
la
repetición
propiamente
ontológica
de
este
pensamiento
de
lo
próximo
y lo
lejano[xviii].
Resta
decir
que
el
ser
que
no
es
nada,
que
no
es
algo
un
que
es
existente,
no
puede
ser
dicho,
no
puede
decirse
más
que
en
la
metáfora
óntica.
Y la
elección
de
tal
o
cual
metáfora
es
necesariamente
significativa.
En
la
insistencia
metafórica
es
donde
se
produce
entonces
la
interpretación
del
sentido
del
ser.
Y si
Heidegger
ha
deconstruido
radicalmente
la
autoridad
del
presente
sobre
la
metafísica
es
para
conducirnos
a
pensar
la
presencia
de
lo
presente.
Pero
el
pensamiento
de
esta
presencia
no
hace
sino
metaforizar,
por
una
necesidad
profunda
y a
la
que
no
escapa
una
simple
decisión,
el
lenguaje
que
deconstruye[xix].
Así
es
como
el
predominio
acordado
a la
metáfora
fenomenológica,
a
todas
las
variedades
del
phainesthai,
de
la
brillantez,
del
alumbrado,
del
claro,
de
la
Lichtung
etc.,
se
abre
sobre
el
espacio
de
la
presencia
y la
presencia
del
espacio,
comprendidos
en
la
oposición
de
lo
próximo
y de
lo
alejado.
De
la
misma
manera
el
privilegio
reconocido
no
sólo
al
lenguaje,
sino
al
lenguaje
hablado
(voz,
escucha,
etc.)
está
en
consonancia
con
el
motivo
de
la
presencia
como
presencia
ante
uno
mismo[xx].
Lo
próximo
y lo
propio
se
piensan
aquí,
en
consecuencia,
antes
de
la
oposición
del
espacio
y el
tiempo,
según
la
apertura
de
un
espaciamiento
que
no
pertenece
ni
al
tiempo
ni
al
espacio,
y
disloca,
al
producirse,
toda
presencia
de
lo
presente.
Si,
así,
«el
ser
está
más
alejado
que
todo
lo
que
es
y,
sin
embargo,
más
próximo
del
hombre
que
cada
cosa
que
es»,
si
«el
ser
es
lo
que
hay
de
más
próximo»,
se
debe
entonces
poder
decir
que
el
ser
es
lo
próximo
del
hombre
y
que
el
hombre
es
lo
próximo
del
ser.
Lo
próximo
es
lo
propio;
lo
propio
es
lo
más
próximo
(prope,
proprius).
El
hombre
es
lo
propio
del
ser,
que
desde
muy
cerca
le
habla
al
oído,
el
ser
es
lo
propio
del
hombre,
tal
es
la
verdad
que
habla,
tal
es
la
proposición
que
da
el
aquí
de
la
verdad
del
ser
y la
verdad
del
hombre.
Esta
proposición
de
lo
propio
no
debe
ciertamente
ser
entendida
en
un
sentido
metafísico:
lo
propio
del
nombre
no
es
aquí
un
atributo
esencial,
el
predicado
de
una
sustancia,
un
carácter
entre
otros,
por
muy
fundamental
que
éste
sea,
de
un
ser,
objeto
o
sujeto,
llamado
hombre.
No
es
tampoco
en
este
sentido
en
el
que
se
puede
hablar
del
hombre
como
propio
del
ser.
La
propiedad,
la
co-propiedad
del
ser
y
del
hombre,
es
la
proximidad
como
inseparabilidad.
Pero
es
como
inseparabilidad
como
se
han
pensado
en
la
metafísica
enseguida
las
relaciones
del
ser
(sustancia
o
res)
y de
su
predicado
esencial.
Como
esta
co-propiedad
del
hombre
y
del
ser,
tal
como
es
pensada
en
el
discurso
de
Heidegger,
no
es
óntica,
no
pone
en
contacto
entre
sí a
dos
«seres»,
sino,
en
el
lenguaje,
el
sentido
del
ser
y el
sentido
del
hombre.
Lo
propio
del
hombre,
su
eigenheit,
su
«autenticidad»
es
relacionarse
con
el
sentido
del
ser,
entenderlo
y
cuestionarlo
(fragen)
en
la
ek-sistencia,
mantenerse
en
pie[xxi]
en
la
proximidad
de
su
luz:
«Das
Stehen
in
der
Lichtung
des
Seins
nenne
ich
die
Ek-sistenz
des
Menrchen.
Nur
dem
Menschen
eignet
diese
Art
zu
sein:
Estar
de
pie
en
el
claro
del
ser,
es
lo
que
yo
llamo
la
ek-sistencia
del
hombre.
Sólo
el
hombre
posee
como
propia
esta
manera
de
ser.»
Lo
que
se
sacude
quizá
hoy,
¿no
es
esta
seguridad
de
lo
próximo
esta
co-pertenencia
y
esta
co-propiedad
del
nombre
del
hombre
y
del
nombre
del
ser,
tal
como
habita
y se
habita
en
la
lengua
de
Occidente,
en
su
oikonomia,
tal
como
está
ahí
sumergida,
tal
como
está
inscrita
y
olvidada
según
la
historia
de
la
metafísica,
tal
como
se
despierta
también
por
la
destrucción
de
la
ontoteología?
Pero
esta
sacudida
-que
no
puede
venir
sino
de
un
cierto
afuera-
estaba
ya
exigida
en
la
estructura
misma
que
solicita.
Su
margen
estaba
en
su
propio
cuerpo
marcada.
En
el
pensamiento
y la
lengua
del
ser,
el
fin
del
hombre
ha
estado
prescrito
desde
siempre,
y
esta
prescripción
no
ha
hecho
nunca
más
que
modular
el
equívoco
del
fin,
en
el
juego
del
telos
y de
la
muerte.
En
la
lectura
de
este
juego,
se
puede
entender
en
todos
sus
sentidos
el
siguiente
encadenamiento:
el
fin
del
hombre
es
el
pensamiento
del
ser,
el
hombre
es
el
fin
del
pensamiento
del
ser,
el
fin
del
hombre
es
el
fin
del
pensamiento
del
ser.
El
hombre
es
desde
siempre
su
propio
fin,
es
decir,
el
fin
de
lo
suyo
propio.
El
ser
es
desde
siempre
su
propio
fin,
es
decir,
el
fin
de
lo
suyo
propio.
Ahora
querría,
para
concluir,
bajo
ciertos
títulos
muy
generales,
reunir
los
signos
que
parecen,
según
esta
necesidad
anónima
que
aquí
me
interesa,
señalar
los
efectos
de
este
estremecimiento
total
sobre
lo
que
por
comodidad,
con
las
comillas
o
precauciones
que
se
imponen,
he
llamado
al
comenzar
«Francia»
o el
pensamiento
francés.
1).
La
reducción
del
sentido.
La
atención
al
sistema
y a
la
estructura
en
lo
que
tiene
de
más
inédito
y de
más
fuerte,
es
decir,
en
lo
que
no
recae
enseguida
en
la
palabra
cultural
o
periodística
o,
en
el
mejor
de
los
casos,
en
la
más
pura
tradición
«estructuralista»
de
la
metafísica,
una
atención
tal,
que
es
rara,
no
consiste:
a)
ni
en
restaurar
el
motivo
clásico
del
sistema,
del
que
se
podría
mostrar
que
está
siempre
ordenado
al
telos,
a la
aletheia
y a
la
ousia,
tantos
valores
reunidos
en
los
conceptos
de
esencia
o de
sentido;
b)
ni
en
borrar
ni
en
destruir
el
sentido.
Se
trata
más
bien
de
determinar
la
posibilidad
del
sentido
a
partir
de
una
organización
«formal»
que
en
sí
misma
no
tiene
sentido,
lo
cual
no
quiere
decir
que
sea
el
no-sentido
o el
absurdo
angustioso
vagabundeando
alrededor
del
humanismo
metafísico.
Ahora
bien,
si
consideramos
que
la
crítica
del
antropologismo
por
los
últimos
grandes
metafísicos
(Hegel
y
Husserl
sobre
todo)
se
hacía
en
el
nombre
de
la
verdad
y
del
sentido,
si
consideramos
que
estas
«fenomenologías»
-que
eran
metafísicas-
tenían
como
motivo
esencial
una
reducción
al
sentido
(es
literalmente
el
propósito
husserliano),
se
concibe
que
la
reducción
del
sentido
-es
decir,
del
significado-
tome
inicialmente
la
forma
de
una
crítica
de
la
fenomenología.
Si
se
considera,
por
otra
parte,
que
la
destrucción
heideggeriana
del
humanismo
metafísico
se
produce
inicialmente
a
partir
de
una
pregunta
hermenéutica
sobre
el
sentido
o la
verdad
del
ser,
concebimos
que
la
reducción
del
sentido
se
opere
por
una
especie
de
ruptura
con
un
pensamiento
del
ser
que
tiene
todos
los
rasgos
de
un
relevo
(Aufhebung)
del
humanismo.
2).
La
apuesta
estratégica.
Una
sacudida
radical
no
puede
venir
más
que
de
afuera.
Esta
a
que
me
refiero
no
deriva,
pues,
más
que
otra
de
una
cierta
decisión
espontánea
del
pensamiento
filosófico
después
de
cierta
maduración
interior
de
su
historia.
Esta
sacudida
se
desarrolla
en
la
relación
violenta
del
todo
del
Occidente
con
su
otro,
ya
se
trate
de
una
relación
lingüística
(donde
se
plantea
inmediatamente
la
pregunta
de
los
límites
de
todo
lo
que
reconduce
a la
cuestión
del
sentido
del
ser),
o ya
se
trate
de
relaciones
etnológicas,
económicas,
políticas,
militares,
etc.
Lo
que
además
no
quiere
decir
que
la
violencia
militar
o
económica
no
sea
estructuralmente
solidaria
de
la
violencia
lingüística.
Pero
la
lógica
de
toda
relación
con
el
exterior
es
muy
compleja
y
sorprendente.
La
fuerza
y la
eficacia
del
sistema,
precisamente,
transforman
regularmente
las
transgresiones
en
«salidas
falsas».
Teniendo
en
cuenta
estos
efectos
de
sistema,
no
tenemos,
desde
el
adentro
donde
«estamos
nosotros»,
más
que
la
elección
entre
dos
estrategias:
1)
Intentar
la
salida
y la
deconstrucción
sin
cambiar
de
terreno,
repitiendo
lo
implícito
de
los
conceptos
fundadores
y de
la
problemática
original,
utilizando
contra
el
edificio
los
instrumentos
o
las
piedras
disponibles
en
la
casa,
es
decir,
también
en
la
lengua.
El
riesgo
aquí
es
confirmar,
consolidar,
o
relevar
sin
cesar
en
una
profundidad
siempre
más
segura
aquello
mismo
que
se
pretende
deconstruir.
La
explicitación
continua
hacia
la
apertura
corre
el
riesgo
de
hundirse
en
el
autismo
del
cierre.
2)
Decidir
cambiar
de
terreno,
de
manera
discontinua
e
irruptiva,
instalándose
brutalmente
fuera
y
afirmando
la
ruptura
y la
diferencia
absolutas.
Sin
hablar
de
todas
las
otras
formas
de
perspectivas
en
trompe-l’oeil
a
las
que
se
puede
dejar
tomar
un
desplazamiento
como
ese,
habitando
más
ingenuamente,
más
estrechamente
que
nunca
el
adentro
que
se
declara
desertar,
la
simple
práctica
de
la
lengua
reinstala
sin
cesar
el
«nuevo»
terreno
sobre
el
más
viejo
suelo.
Se
podría
mostrar
sobre
ejemplos
numerosos
y
precisos
los
efectos
de
una
reinstalación
semejante
o de
una
ceguera
como
esa.
Es
evidente
que
estos
efectos
no
bastan
para
anular
la
necesidad
de
un
«cambio
de
terreno».
Es
evidente
también
que
entre
estas
dos
formas
de
deconstrucción
la
elección
no
puede
ser
simple
y
única.
Una
nueva
escritura
debe
tejer
y
entrelazar
los
dos
motivos.
Lo
que
viene
a
decir
de
nuevo
que
es
necesario
hablar
varias
lenguas
y
producir
varios
textos
a la
vez.
Quería
sobre
todo
señalar
que
el
estilo
de
la
primera
deconstrucción
es
más
bien
el
de
las
cuestiones
heideggerianas,
el
otro
es
más
bien
el
que
domina
en
Francia
actualmente.
Hablo
a
propósito
en
términos
de
estilo
dominante:
porque
hay
también
rupturas
y
cambios
de
terreno
en
el
texto
de
tipo
heideggeriano;
porque
el
«cambio
de
terreno»
está
lejos
de
trastornar
todo
el
paisaje
francés
al
que
me
refiero;
porque
es
de
un
cambio
de
estilo,
lo
decía
Nietzsche,
de
lo
que
tenemos
necesidad
acaso;
y si
hay
estilo,
Nietzsche
nos
lo
recordó,
debe
ser
plural.
3)
La
diferencia
entre
el
hombre
superior
y el
superhombre.
Bajo
este
título
se
señalarían
a la
vez
el
recurso
a
Nietzsche
que
se
hace
en
Francia
cada
vez
más
insistente
cada
vez
más
riguroso,
y la
división
que
se
anuncia
quizá
entre
dos
relevos
del
hombre.
Se
sabe
cómo,
al
final
del
Zaratustra,
en
el
momento
del
«signo»,
cuando
das
Zeichen
kommt,
distingue
Nietzsche,
en
la
mayor
proximidad,
en
un
extraño
parecido
y
una
complicidad
última,
en
la
víspera
de
la
última
separación,
del
gran
Mediodía,
al
hombre
superior
(höherer
Mensch)
y al
superhombre
(übermensch).
El
primero
es
abandonado
a su
angustia
con
un
último
movimiento
de
piedad.
El
último
-que
no
es
el
último
hombre-
se
despierta
y
parte,
sin
volverse
hacia
lo
que
deja
tras
de
sí.
Quema
su
texto
y
borra
las
huellas
de
sus
pasos.
Su
risa
estallará
entonces
hacia
una
vuelta
que
ya
no
tendrá
la
forma
de
la
repetición
metafísica
del
humanismo
ni
sin
duda
en
mayor
medida,
«más
allá»
de
la
metafísica,
la
del
memorial
o de
la
custodia
del
sentido
del
ser,
la
de
la
casa
y de
la
verdad
del
ser.
Danzará,
fuera
de
la
casa,
esta
aktive
Vergezlichkeit,
este
«olvido
activo»
y
esta
fiesta
cruel
(grausam)
de
la
que
habla
la
Genealogía
de
la
moral.
Sin
duda
alguna,
Nietzsche
ha
apelado
a un
olvido
activo
del
ser:
no
habría
tenido
la
forma
metafísica
que
le
imputa
Heidegger.
¿Se
debe
leer
a
Nietzsche,
con
Heidegger,
como
el
último
de
los
grandes
metafísicos?
¿Debemos,
por
el
contrario
entender
la
cuestión
de
la
verdad
del
ser
como
el
último
coletazo
adormilado
del
hombre
superior?
¿Debemos
entender
la
vigilia
como
la
custodia
montada
junto
a la
casa
o
como
el
despertar
al
día
que
viene,
a la
víspera
de
éste
en
el
que
estamos?
¿Hay
una
economía
de
la
vigilia?
Estamos
quizá
entre
esas
dos
vigilias
que
también
son
dos
fines
del
hombre.
¿Pero
quién,
nosotros?
Jacques
Derrida
12
de
mayo
de
1968 |