Inicio - Presentación - Axiomas - Pinturas - Textos - Entrevistas


DIVULGACIÓN CULTURAL

Volver a Filosofía

FILOSOFÍA
 
FRIEDRICH NIETZSCHE
 

El drama musical griego  - La visión dionisíaca del mundo - Sócrates y la tragedia -

Genealogía de la moral - Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral - 

Los que quieren «mejorar» la humanidad - Reseña sobre su obra y su vida - La mujer griega

 

Por Guadalupe de la Torre

Nietzsche, la verdad sufriente

“Si la felicidad fuera realmente deseable para el hombre, el idiota sería el ejemplar más bello de la humanidad”, escribió cierta vez Friedrich Nietzsche, con la misma pasión y arbitrariedad con la que vivió cada momento de su vida. La afirmación pone en evidencia no sólo su espíritu trasgresor sino además, una de sus grandes preocupaciones (y quizá frustraciones): la felicidad.

“¿Acaso nuestra búsqueda tiene como fin la tranquilidad, la paz, la felicidad?”, se preguntó en otra ocasión, a lo que respondió: “No: lo que buscamos es solamente la verdad, aunque sea la más terrible y repelente”. Para terminar profetizando: “Si quieres la paz del alma y la felicidad, crece;
si quieres ser un secuaz de la verdad, busca”.

Nietzsche, hijo y nieto de predicadores luteranos, luchó toda su vida por creer, pero no pudo. Su condición de seguidor inclaudicable de la verdad, lo llevó por el camino de la búsqueda, y en él sólo encontró infelicidad.

Solitario y torturado, de no haber sido un filósofo brillante, su vida habría merecido ser atendida por la tensión con que fue vivida. Enfermizo, irritable y polémico, no estuvo exento de furibundas y frustradas historias de amor. Pero Nietzsche fue, fundamentalmente, un pensador.

Uno de sus tantos pecados fue creer en él en demasía. “¿Por qué soy tan sagaz?”, decía de sí mismo. Su otro gran pecado fue ir en contra de la corriente.

En el siglo XIX, según sus hombres más lúcidos, había resuelto los grandes problemas del hombre. La evolución de la imprenta, el telégrafo, el ferrocarril, los grandes barcos, el industrialismo, anunciaban al mundo que se estaba entrando en el paraíso; paraíso que se vería materializado en el nuevo siglo, el XX.

A ese paraíso, suponían algunos, se arribaría masivamente. Las reivindicaciones sociales estaban a la orden del día y la revolución constituía un horizonte posible.

Nietzsche vino a aguar la fiesta. Desnudó la hipocresía del mundo, dijo a los gritos aquello que muchos no se atrevían a decir ni en voz baja y lanzó su gran idea del Superhombre. Es decir, el individuo y no la masa, según él, sería el salvador del mundo.

Durante décadas se ha querido personificar en Nietzsche al filósofo pesimista, al “nihilista”. Pero se debe reconocer que el impulso original de su filosofía es el “decir sí” a la vida, de cualquier manera y en cualquier circunstancia. La felicidad, afirma, no está en creer sino en saber. Saber
todo es casi imposible, por eso el hombre es infeliz. Sin embargo, bien vale el intento, parece decirnos.

Muchas de sus teorías fueron criticadas por sus contemporáneos. Algunas de ellas, ni siquiera discutidas. Entre estas últimas, pasó inadvertida su propuesta de que el pensador del futuro debía unir el activismo europeo-americano con la contemplatividad “asiática”. Esta mezcla conduciría hacia la solución de los enigmas del mundo, preconizó.

Un siglo después de su muerte, gran parte del mundo se afana por unir la racionalidad occidental con la espiritualidad oriental, en un intento por alcanzar la perdida armonía.

Su vida

Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en Prusia. Su padre, un destacado pastor y orador protestante, murió cuando él tenía 5 años. Fue educado por su madre, en una casa donde vivían además su abuela, dos tías y una hermana. Estudió Filología Clásica en las universidades de Bonn y Leipzig y, antes de obtener el título de doctor, fue nombrado catedrático de Filología Clásica en la Universidad de Basilea, en 1869. Tenía 24 años.


Nietzsche estuvo profundamente influido por las ideas filosóficas de Sócrates, Platón y Aristóteles y por el pensamiento del filósofo alemán Arthur Schopenhauer. No soslayó tampoco la impronta de Charles Darwin con su teoría de la evolución.

Escritor polémico y prolífico, su obra se caracteriza por un afilado uso del idioma y una prosa rica en imágenes y de belleza intrínseca. Entre sus trabajos filosóficos más importantes se pueden señalar: El origen de la tragedia (1872), La gaya ciencia (1882), Así hablaba Zaratustra (1883-
1891), Más allá del bien y el mal (1886), La genealogía de la moral (1889), El anticristo (1896), La voluntad de poder (1901) y la que es considerada su autobiográfica, Ecce homo (1908).
Si bien rehuyó los excesos en la comida y la bebida, su salud siempre fue delicada. Muchos estudiosos han querido atribuir sus problemas de visión y persistentes jaquecas a un temprano contagio de sífilis. En 1878, a los 34 años, abandonó la docencia y se dedicó a escribir. En 1889 sufrió una crisis nerviosa, que algunos caracterizaron como ataque epileptoide, de la que nunca se recuperó. Murió en Weimar, el 25 de agosto de 1900, según sus allegados, “completamente loco”.


Subir

© Helios Buira

Barrio de San Nicolás - Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Mi correo: buzon@heliosbuira.com

Este Sitio se aloja en REDCOMEL Un Servidor Argentino