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Mijail Bakunin Dios y el estado |
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¿Quiénes tienen razón, los idealistas o
los materialistas? Una vez planteada así
la cuestión, vacilar se hace imposible.
Sin duda alguna los idealistas se
engañan y/o los materialistas tienen
razón. Sí, los hechos están antes que
las ideas; el ideal, como dijo Proudhon,
no más que una flor de la cual son
raíces las condiciones materiales de
existencia. Toda la historia inelectual
y moral, política y social de la
humanidad es un reflejo de su historia
económica.
Todas las ramas de la ciencia moderna,
concienzuda y seria, convergen a la
proclamación de esa grande, de esa
fundamental y decisiva verdad: el mundo
social, el mundo puramente humano, la
humanidad, en una palabra, no es otra
cosa que el desenvolvimiento último y
supremo -para nosotros al menos
relativamente a nuestro planeta-, La
manifestación más alta de la animalidad.
Pero como todo desenvolvimiento implica
necesariamente una negación, la de la
base o del punto de partida, la
humanidad es al mismo tiempo y
esencialmente una negación, la negación
reflexiva y progresiva de la animalidad
en los hombres; y es precisamente esa
negación tan racional como natural, y
que no es racional más que porque es
natural, a la vez histórica y lógica,
fatal como lo son los desenvolvimientos
y las realizaciones de todas las leyes
naturales en el mundo, la que constituye
y crea el ideal, el mundo de las
convicciones intelectuales y morales,
las ideas.
Nuestros primeros antepasados, nuestros
adanes y vuestras evas, fueron, si no
gorilas, al menos primos muy próximos al
gorila, omnívoros, animales inteligentes
y feroces, dotados, en un grado
infinitamente más grande que los
animales de todas las otras especies, de
dos facultades preciosas: la facultad
de pensar y la facultad, la necesidad de
rebelarse.
Estas dos facultades, combinando su
acción progresiva en la historia,
representan propiamente el "factor", el
aspecto, la potencia negativa en el
desenvolvimiento positivo de la
animalidad humana, y crean, por
consiguiente, todo lo que constituye la
humanidad en los hombres.
La Biblia, que es un libro muy
interesante y a veces muy profundo
cuando se lo considera como una de las
más antiguas manifestaciones de la
sabiduría y de la fantasía humanas que
han llegado hasta nosotros, expresa esta
verdad de una manera muy ingenua en su
mito del pecado original. Jehová, que de
todos los buenos dioses que han sido
adorados por los hombres es ciertamente
el más envidioso, el más vanidoso, el
más feroz, el más injusto, el más
sanguinario, el más déspota y el más
enemigo de la dignidad y de la libertad
humanas, que creó a Adán y a Eva por no
sé qué capricho (sin duda para engañar
su hastío que debía de ser terrible en
su eternamente egoísta soledad, para
procurarse nuevos esclavos), había
puesto generosamente a su disposición
toda la Tierra, con todos sus frutos y
todos los animales, y no había puesto a
ese goce completo más que un límite. Les
había prohibido expresamente que tocaran
los frutos del árbol de la ciencia.
Quería que el hombre, privado de toda
conciencia de sí mismo, permaneciese un
eterno animal, siempre de cuatro patas
ante el Dios eterno, su creador su amo.
Pero he aquí que llega Satanás, el
eterno rebelde, el primer librepensador
y el emancipador de los mundos.
Avergúenza al hombre de su ignorancia de
su obediencia animales; lo emancipa e
imprime sobre su frente el sello de la
libertad y de la humanidad, impulsándolo
a desobedecer y a comer del fruto de la
ciencia.
Se sabe lo demás. El buen Dios, cuya
ciencia innata constituye una de las
facultades divinas, habría debido
advertir lo que sucedería; sin embargo,
se enfureció terrible y ridículamente:
maldijo a Satanás, al hombre y al mundo
creados por él, hiriéndose, por decirlo
así, en su propia creación, como hacen
los niños cuando se encolerizan; y no
contento con alcanzar a nuestros
antepasados en el presente, los maldijo
en todas las generaciones del porvenir,
inocentes del crimen cometido por
aquéllos. Nuestros teólogos católicos y
protestantes hallan que eso es muy
profundo y muy justo, precisamente
porque es monstruosamente inicuo y
absurdo. Luego, recordando que no era
sólo un Dios de venganza y de cólera,
sino un Dios de amor, después de haber
atormentado la existencia de algunos
millares de pobres seres humanos y de
haberlos condenado a un infierno eterno,
tuvo piedad del resto y para salvarlo,
para reconciliar su amor eterno y divino
con su cólera eterna y divina siempre
ávida de víctimas y de sangre, envió al
mundo, como una víctima expiatoria, a su
hijo único a fin de que fuese muerto por
los hombres. Eso se llama el misterio de
la redención, base de todas las
religiones cristianas. ¡Y si el divino
salvador hubiese salvado siquiera al
mundo humano! Pero no; en el paraíso
prometido por Cristo, se sabe, puesto
que es anunciado solemnemente, que o
habrá más que muy pocos elegidos. El
resto, la inmensa mayoría de las
generaciones presentes y del porvenir,
arderá eternamente en el infierno. En
tanto, para consolarnos, Dios, siempre
justo, siempre bueno, entrega la tierra
al gobierno de los Napoleón III, de los
Guillermo I, de los Femando de Austria y
de los Alejandro de todas las Rusias.
Tales son los cuentos absurdos que se
divulgan y tales son las doctrinas
monstruosas que se enseñan en pleno
siglo XIX, en todas las escuelas
populares de Europa, por orden expresa
de los gobiernos. ¡A eso se llama
civilizar a los pueblos! ¿No es evidente
que todos esos gobiernos son los
envenenadores sistemáticos, los
embrutecedores interesados de las masas
populares?
Me he dejado arrastrar lejos de mi
asunto, por la cólera que se apodera de
mí siempre que pienso en los innobles y
criminales medios que se emplean para
conservar las naciones en una esclavitud
eterna, a fin de poder esquilmarlas
mejor, sin duda alguna. ¿Qué significan
los crímenes de todos los Tropmann del
mundo en presencia de ese crimen de lesa
humanidad que se comete diariamente, en
pleno día, en toda la superficie del
mundo civilizado, por aquellos mismos
que se atreven a llamarse tutores y
padres de pueblos? Vuelvo al mito del
pecado original.
Dios dio la razón a Satanás y reconoció
que el diablo o había engañado a Adán y
a Eva prometiéndoles la ciencia y la
libertad, como recompensa del acto de
desobediencia que les había inducido a
cometer; porque tan pronto como hubieron
comido del fruto prohibido, Dios se dijo
a sí mismo (véase la Biblia): "He aquí
que el hombre se ha convertido en uno de
nosotros, sabe del bien y del mal;
impidámosle, pues, comer del fruto de la
vida eterna, a fin de que no se, haga
inmortal como nosotros."
Dejemos ahora a un lado la parte
fabulesca de este mito y consideremos su
sentido verdadero. El sentido es muy
claro. El hombre se ha emancipado, se ha
separado de la animalidad y se ha
constituido como hombre; ha comenzado su
historia y su desenvolvimiento
propiamente humano por un acto de
desobediencia y de ciencia, es decir,
por la rebeldía y por el pensamiento.
Tres elementos o, si queréis, tres
principios fundamentales, constituyen
las condiciones esenciales de todo
desenvolvimiento humano, tanto colectivo
como individual, en la historia: 1º
la animalidad humana; 2º el
pensamiento, y 3º la rebeldía.
A la primera orresponde propiamente
la economía social y privada; la
segunda, la ciencia, y a la
tercera, la libertad.
Los idealistas de todas las escuelas,
aristócratas y burgueses, teólogos y
metafísicos, políticos y moralistas,
religiosos, filósofos o poetas ,sin
olvidar los economistas liberales,
adoradores desenfrenados de lo ideal,
como se sabe-, se ofenden mucho cuando
se les dice que el hombre, con toda su
inteligencia magnffica, sus ideas
sublimes y sus aspiraciones infinitas,
no es, como todo lo que existe en el
mundo, más que materia, más que un
producto de esa vil materia.
Podríamos responderles que la materia de
que hablan los materialistas -materia
espontánea y eternamente móvil, activa,
productiva; materia química u
orgánicamente determinada, y manifestada
por las propiedades o las fuerzas
mecánicas, físicas, animales o
inteligentes que le son inherentes por
fuerza- no tiene nada en común con la
vil materia de los idealistas. Esta
última, producto de su falsa
abstracción, es efectivamente un ser
estúpido, inanimado, inmóvil, incapaz de
producir la menor de las cosas, un
caput mortum, una rastrera
imaginación opuesta a esa bella
imaginación que llaman Dios, ser
supremo ante el que a materia, la
materia de ellos, despojada por ellos
mismos de todo lo que constituye la
naturaleza real, representa
necesariamente la suprema Nada. Han
quitado a la materia la inteligencia, la
vida, todas las cualidades
determinantes, las relaciones activas o
las fuerzas, el movimiento mismo sin el
cual la materia no sería siquiera
pesada, no dejándole más que la
imponderabilidad y la inmovilidad
absoluta en el espacio; han atribuido
todas esas fuerzas, propiedades y
maniestaciones naturales, al ser
imaginario creado por su fantasía
abstractiva; después, tergiversando los
papeles, han llamado a ese producto de
su imaginación, a ese fantasma, a ese
Dios que es la Nada: "Ser supremo". Por
consiguiente han declarado que el ser
real, la materia, el mundo, es la Nada.
Después de eso vienen a decimos
gravemente que esa materia es incapaz de
reducir nada, ni aun de ponerse en
movimento por sí misma, y que, por
consiguiente, ha debido ser creada por
Dios.
En otro escrito he puesto al desnudo los
absurdos verdaderamente repulsivos a que
se es llevado fatalmente por esa
imaginación de un Dios, sea personal,
sea creador y ordenador de los mundos;
sea impersonal y considerado como una
especie de alma divina difundida en todo
el universo, del que constituiría el
principio etemo; o bien como idea
indefinida y divina, siempre presente y
activa en el mundo y manifestada siempre
por la totalidad de seres materiales y
finitos. Aquí me limitaré a hacer
resaltar un solo punto.
Se concibe perfectamente el
desenvolvimiento sucesivo del mundo
material, tanto como de la vida
orgánica, animal, y de la inteligencia
históricamente progresiva, individual y
social, del hombre en ese mundo. Es un
movimiento por completo natural de lo
simple a lo compuesto, de abajo arriba o
de lo inferíor a lo superior; un
movimiento conforme a todas nuestras
experiencias diarías, y, por
consiguiente, conforme también a nuestra
lógica natural, a las propias leyes de
nuestro espíritu, que, no conformándose
nunca y no pudiendo desarrollarse más
que con la ayuda de esas mismas
experiencias, no es, por decirlo así,
más que la reproducción mental,
cerebral, o su resumen reflexivo.
El sistema de los idealistas nos
presenta completamente lo contrario. Es
el trastorno absoluto de todas
experiencias humanas y de ese buen
sentido universal y común que es
condición esencial de toda entente
humana y que, elevándose de esa
verdad tan simple tan
unánimemente reconocida de que dos más
dos son cuatro, hasta las
consideraciones científicas más sublimes
y más complicadas, no admitiendo por
otra parte nunca nada que no sea
severamente confirmado por la
experiencia o por la observación de las
cosas o de los hechos, constituye la
única base seria de los conocimientos
humanos.
En lugar de seguir la vía natural de
abajo arriba, e lo inferior a lo
superior y de lo relativamente simple a
lo lo complicado; en lugar de acompañar
prudente, racionalmente, el movimiento
progresivo y real del mundo llamado
inorgánico al mundo orgánico, vegetal,
después animal, y después
específicamente humano; de la materia
química o del ser químico a la materia
viva o al ser vivo, y del ser vivo al
ser pensante, los idealistas,
obsesionados, cegados e impulsados por
el fantasma divino que han heredado de
la teología, toman el camino
absolutamente contrario. Proceden de
arriba a abajo, de lo superior a lo
inferior, de lo complicado a lo simple.
Comienzan por Dios, sea como persona,
sea como sustancia o idea divina, y el
primer paso que dan es una terrible
voltereta de las alturas sublimes del
eterno ideal al fango del mundo
material; de la perfección absoluta a la
imperfección absoluta; del pensamiento
al Ser, o más bien del Ser supremo a la
Nada. Cuándo, cómo y por qué el ser
divino, etemo, infinito, lo Perfecto
absoluto, probablemente hastiado de sí
mismo, se ha decidido al salto
mortale desesperado; he ahí lo que
ningún idealista, ni teólogo, ni
metafísico, ni poeta ha sabido
comprender jamás él mismo ni explicar a
los profanos.
Todas las religiones pasadas y presentes
y todos los sistemas de filosofía
transcendentes ruedan sobre ese único o
inicuo misterio. Santos hombres,
legisladores inspirados, profetas,
Mesías, buscaron en él la vida y no
hallaron más que la tortura y la muerte.
Como la esfinge antigua, los ha
devorado, porque no han sabido
explicarlo. Grandes filósofos, desde
Heráclito y Platón hasta Descartes,
Spinoza, Leibnitz, Kant, Fichte,
Schelling y Hegel, sin hablar de los
filósofos hindúes, han escrito montones
de volúmenes y han creado sistemas tan
ingeniosos como sublimes, en los cuales
dijeron de paso muchas bellas y grandes
cosas y descubrieron verdades
inmortales, pero han dejado ese
misterio, objeto principal de sus
investigaciones trascendentes, tan
insondable como lo había sido antes de
ellos. Pero puesto que los esfuerzos
gigantes -como de los más admirables
genios que el mundo conoce y que durante
treinta siglos al menos han emprendido
siempre de nuevo ese trabajo de Sísifo-
no han culminado sino en la mayor
incomprensión aún de ese misterio,
¿podremos esperar que nos será
descubierto hoy por las especulaciones
rutinarias de algún discípulo pedante de
una metafísica artificiosamente
recalentadas y eso en una época en que
todos los espíritus vivientes y serios
se han desviado de esa ciencia
explicable, surgida de una transacción,
históricamente explicable sin duda,
entre la irracionalidad de la fe y la
sana razón científica?
Es evidente que este terrible misterio
es inexplicable, es decir, que es
absurdo, porque lo absurdo es lo único
que no se puede explicar. Es evidente
que el que tiene necesidad de él para su
dicha, para su vida, debe renunciar a su
razón y, volviendo, si puede, a la
ingenua, ciega, estúpida, repetir con
Tertuliano y con todos los creyentes
sinceros estas palabras que resumen la
quintaesencia misma de la teología:
Credoquia absurdum. Entonces toda
discusión cesa, y no queda más que la
estupidez triunfante de la fe. Pero
entonces se promueve también otra
cuestión: ¿Cómo puede nacer en un
hombre inteligente e instruido la
necesidad de creer en ese misterio?
Que la creencia en Dios creador,
ordenador y juez, maldiciente, salvador
y bienhechor del mundo se haya
conservado en el pueblo, y sobre todo en
las poblaciones rurales, mucho más aún
que en el proletariado de las ciudades,
nada más natural. El pueblo
desgraciadamente, es todavía muy
ignorante; y es mantenido en su
ignorancia por los esfuerzos
sistemáticos de todos los gobiernos, que
consideran esa ignorancia, no sin razón,
como una de las condiciones más
esenciales de su propia potencia.
Aplastado por su trabajo cotidiano,
privado de ocio, de comercio
intelectual, de lectura, en fin, de casi
todos los medios y de una buena parte de
los estimulantes que desarrollan la
reflexión en los hombres, el pueblo
acepta muy a menudo, sin crítica y en
conjunto las tradiciones religiosas que,
envolviéndolo desde su nacimiento en
todas las circunstancias de su vida, y
artificialmente mantenidas en su seno
por una multitud de envenenadores
oficiales de toda especie, sacerdotes y
laicos, se transforman en él en una
suerte de hábito mental moral, demasiado
a menudo más poderoso que su buen
sentido natural.
Hay otra razón que explica y que
legitima en cierto modo las
creencias absurdas del pueblo. Es la
situación miserable a que se encuentra
fatalmente condenado por la organización
económica de la sociedad en los países
más civilizados de Europa. Reducido,
tanto intelectual y moralmente como en
su condición material al mínimo de una
existencia humana, encerrado en su vida
como un prisionero en su prisión, sin
horizontes, sin salida, sin porvenir
mismo, si se cree a los economistas, el
pueblo debería tener el alma
singularmente estrecha y el instinto
achatado de los burgueses para no
experimentar la necesidad de salir de
ese estado; pero para eso no hay más que
tres medios, dos de ellos ilusorios y el
tercero real. Los dos primeros son el
burdel y la iglesia, el libertinaje del
cuerpo y el libertinaje del alma; el
tercero es la revolución social. De
donde concluyo que esta última
únicamente, mucho más al menos que todas
las propagandas teóricas de los
librepensadores, será capaz de destruir
hasta los mismos rastros de las
creencias religiosas y de los hábitos de
desarreglo en el pueblo, creencias y
hábitos que están más íntimamente
ligados de lo que se piensa; que,
sustituyendo los goces a la vez
ilusorios y bruales de ese libertinaje
corporal y espiritual, por los goces tan
delicados como reales de la humanidad
pleamente realizada en cada uno de
nosotros y en todos, la revolución
social únicamente tendrá el poder de
cerrar al mismo tiempo todos los
burdeles y todas las iglesias.
Hasta entonces, el pueblo, tomado en
masa, creerá, y si no tiene razón para
creer, tendrá al menos el derecho.
Hay una categoría de gentes que, si no
cree, debe menos aparentar que cree. Son
todos los atormentadores, todos los
opresores y todos los explotadores de la
humanidad. Sacerdotes, monarcas, hombres
de Estado, hombres de guerra,
financistas públicos y privados,
funcionarios de todas las especies,
policías, carceleros y verdugos,
monopolizadores, capitalistas,
empresarios y propietarios, abogados,
economistas, políticos de todos los
colores, hasta el último comerciante,
todos repetirán al unísono estas
palabras de Voltaire:
Si Dios no existiese habría que
inventario. Porque, comprenderéis,
es precisa una religión para el pueblo.
Es la válvula de seguridad.
Existe, en fin, una categoría bastante
numerosa de almas honestas, pero
débiles, que, demasiado inteligentes
para tomar en serio los dogmas
cristianos, los rechazan en detalle,
pero no tienen ni el valor, ni la
fuerza, ni la resolución necesarios para
rechazarlos totalmente. Dejan a vuestra
crítica todos los absurdos particulares
de la religión, se burlan de todos los
milagros, pero se aferran con
desesperación al absurdo principal,
fuente de todos los demás, al milagro
que explica y legitima todos los otros
milagros: a la exisncia de Dios. Su Dios
no es el ser vigoroso y poente, el Dios
brutalmente positivo de la teología. Es
un ser nebuloso, diáfano, ilusorio, de
tal modo ilusorio que cuando se cree
palparle se transforma en Nada; es un
milagro, un ignis fatuus que ni
calienta ni ilumina. Y, sin embargo,
sostienen y creen que si desapareciese,
desaparecería todo con él. Son almas
inciertas, enfermizas, desorientadas en
la civilización actual, que no
pertenecen ni al presente ni al
porvenir, pálidos fantasmas eternamente
suspendidos entre el cielo y la tierra,
y que ocupan entre la política burguesa
y el socialismo del proletariado
absolutamente la misma posición. No se
sienten con fuerza ni para pensar hasta
el fin, ni para querer, ni para
resolver, y pierden su tiempo y su labor
esforzándose siempre por conciliar lo
inconciliable. En la vida pública se
llaman socialistas burgueses.
Ninguna discusión con ellos ni contra
ellos es posible. Están demasiado
enfermos.
Pero hay un pequeño número de hombres
ilustres, de los cuales nadie se
atreverá a hablar sin respeto, y de los
cuales nadie pensará en poner en duda ni
la salud vigorosa, ni la fuerza de
espíritu, ni la buena fe. Baste citar
los nombres de Mazzini, de Michelet, de
Quinet, de John Stuart Mill. Almas
generosas y fuertes, grandes corazones,
grandes espíritus, grandes escritores y,
el primero, resucitador heroico y
revolucionario de una gran nación, son
todos los apóstoles del idealismo y los
adversarios apasionados del
materialismo, y por consiguiente también
del socialismo, en filosofía como en
política.
Es con ellos con quienes hay que
discutir esta cuestión.
Comprobemos primero que ninguno de los
hombres ilustres que acabo de mencionar,
ni ningún otro pensador idealista un
poco importante de nuestros días, se ha
ocupado propiamente de la parte lógica
de esta cuestión. Ninguno ha tratado de
resolver filosóficamente la posibilidad
del salto mortale divino de las
regiones eternas y puras del espíritu al
fango del mundo material. ¿Tienen temor
a abordar esa insoluble contradicción y
desesperan de resolverla después que han
fracasado los más grandes genios de la
historia, o bien a han considerado como
suficientemente resuelta ya? Es su
secreto. El hecho es que han dejado a un
lado la demostración teórica de la
existencia de un Dios, y que no han
desarrollado más que las razones y las
consecuencias prácticas de ella. Han
hablado de ella todos como de un hecho
universalmente aceptado y como tal
imposible de convertirse en objeto de
una duda cualquiera, limitándose, por
toda prueba, a constatar la antigüedad y
la universalidad misma de la creencia en
Dios.
Esta unanimidad imponente, según la
opinión de muchos hombres y escritores
ilustres, y para no citar sino los más
renombrados de ellos, según la opinión
elocuentemente expresada de Joseph de
Maistre y del gran patriota italiano
Giuseppe Mazzini, vale más que todas las
demostraciones de la ciencia; y si la
idea de un pequeño número de pensadores
consecuentes y aun muy poderosos, pero
aislados, le es contraria, tanto peor,
dicen ellos, para esos pensadores y para
su lógica, porque el consentimiento
general, la adopción universal y antigua
de una idea han sido considerados en
todos los tiempos como la prueba más
victoriosa de su verdad. El sentimiento
de todo el mundo, una convicción que se
encuentra y se mantiene siempre y en
todas partes, no podría engañarse. Debe
tener su raíz en una necesidad
absolutamente inherente a la naturaleza
misma del hombre. Y puesto que ha sido
comprobado que todos los pueblos pasados
y presentes han creído y creen en la
existencia de Dios, es evidente que los
que tienen la desgracia de dudar de
ella, cualquiera que sea la lógica que
los haya arrastrado a esa duda, son
excepciones anormales, monstruos.
Así, pues, la antigüedad y la
universalidad de una creencia
serían, contra toda la ciencia y contra
toda lógica, una prueba suficiente e
irreductible de su verdad. ¿Y por qué?
Hasta el siglo de Copérnico y de
Galileo, todo el mundo había creído que
el Sol daba vueltas alrededor de la
Tierra. ¿No se engañó todo el mundo?
¿Hay cosa más antigua y más universal
que la esclavitud? La antropofagia
quizá. Desde el origen de la sociedad
histórica hasta nuestros días hubo
siempre y en todas partes explotación
del trabajo forzado de las masas,
esclavas, siervas o asalariadas, por
alguna minoría dominante; la opresión de
los pueblos por la iglesia y por el
estado. ¿Es preciso concluir que esa
explotación y esa opresión sean
necesidades absolutamente inherentes a
la existencia misma de la sociedad
humana?. He ahí ejemplos que muestran
que la argumentación de los abogados del
buen Dios no prueba nada.
Nada es en efecto tan universal y tan
antiguo como lo inicuo y lo absurdo, y,
al contrario, son la verdad la justicia
las que, en el desenvolvimiento de las
sociedades humanas, son menos
universales y más jóvenes; lo que
explica también el fenómeno histórico
consante de las persecuciones inauditas
de que han sido y continúan siendo
objeto aquellos que las proclaman,
primero por parte de los representantes
oficiales, patentados e interesados de
las creencias "universales" y
"antiguas", y a menudo por parte también
de aquellas mismas masas populares que,
después de haberlos atormentado,
acaban siempre por adoptar y hacer
triunfar sus ideas.
Para nosotros, materialistas y
socialistas revolucionarios, no hay nada
que nos asombre ni nos espante en ese
fenómeno histórico. Fuertes en nuestra
conciencia, nuestro amor a la verdad, en
esa pasión lógica que constituye por sí
una gran potencia, y al margen de la
cual no hay pensamiento; fuertes en
nuestra pasión por la justicia y en
nuestra fe inquebrantable en el triunfo
de la humanidad sobre todas las
bestialidades teóricas prácticas;
fuertes, en fin, en la confianza y en el
apoyo mutuos que se prestan el pequeño
número de los que cornparten nuestras
convicciones, nos resignamos por
nosotros mismos a todas las
consecuencias de ese feórneno histórico,
en el que vemos la manifestación de una
ley social tan natural, tan necesaria y
tan invariable como todas las demás
leyes que gobiernan el mundo.
Esta ley es una consecuencia lógica,
inevitable, del origen animal de
la sociedad humana; ahora bien, frente a
todas las pruebas científicas,
psicológicas, hisóricas que se han
acumulado en nuestros días, tanto como
frente a los hechos de los alemanes,
conquistas de Francia, que dan hoy una
demostración tan brillante de ello, no
es posible, verdaderamente, dudar de la
realidad de ese origen. Pero desde el
momento que se acepta ese origen animal
del hombre, se explica todo. La historia
se nos aparece, entonces, como la
negación revolucionaria, ya sea lenta,
apática, adormecida, ya sea apasionada y
poderosa del pasado. Consiste
precisamente en la negación progresiva
de la animaliad primera del hombre por
el desenvolvimiento de su humanidad. El
hombre, animal feroz, primo del gorila,
ha partido de la noche profunda del
instinto animal para llegar a la luz del
espíritu, lo que explica de una manera
completamente natural todas sus
divagaciones pasadas, y nos consuela en
parte de sus errores presentes. Ha
partido de la esclavitud animal y
después de atravesar su esclavitud
divina, término transitorio entre su
animalidad y su humanidad, marcha hoy a
la conquista y a la realización de su
libertad humana. De donde resulta que la
antigüedad de una creencia, de una idea,
lejos de probar algo en su favor, debe,
al contrario, hacémosla sospechosa.
Porque detrás de nosotros está nuestra
animalidad y ante nosotros la humanidad,
y la luz humana, la única que puede
calentarnos e iluminamos, la única que
puede emanciparnos, nos hace dignos,
libres, dichosos, y la realización de la
fraternidad entre nosotros no está al
principio, sino, relativamente a la
época en que vive, al fin de la
historia. No miremos, pues, nunca atrás,
rniremos siempre hacia adelante, porque
adelante está nuestro sol y nuestra
salvación; y si es permitido, si es útil
y necesario volver nuestra vista al
estudio de nuestro pasado, no es más que
para comprobar lo que hemos sido y lo
que no debemos ser más, lo que hemos
creído y pensado, y lo que no debemos
creer ni pensar más, lo que hemos hecho
y lo que no debemos volver a hacer.
Esto por lo que se refiere a la
antigüedad. En cuanto a la
universalidad de un error, no prueba
más que una cosa: la similitud, si no la
perfecta identidad de la naturaleza
humana en todos los tiempos y bajo todos
los climas. Y puesto que se ha
comprobado que los pueblos de todas las
épocas de su vida han creído, y creen
todavía, en Dios, debemos concluir
simplemente que la idea divina, salida
de nosotros mismos, es un error
históricamente necesario en el
desenvolvimiento de la humanidad, y
preguntarnos por qué y cómo se ha
producido en la historia, por qué la
inmensa mayoría de la especie humana la
acepta aún como una verdad.
En tanto que no podamos darnos cuenta de
la manera cómo se produjo la idea de un
mundo sobrenatural y divino y cómo ha
debido fatalmente producirse en el
desenvolvimiento histórico de la
conciencia humana, podremos estar
científicamente convencidos del absurdo
de esa idea, pero no llegaremos a
destruirla nunca en la opinión de la
mayoría. En efecto: no estaremos en
condiciones de atacarla en las
profundidades mismas del ser humano,
donde ha nacido, y, condenados una lucha
estéril, sin salida y sin fin, deberemos
contentamos siempre con combatirla sólo
en la superficie, en sus innumerables
manifestaciones, cuyo absurdo, apenas
derribado por los golpes del sentido
común, renacerá inmediatamente bajo una
forma nueva no menos insensata. En tanto
que persista la raíz de todos los
absurdos que atormentan al mundo, la
creencia en Dios permanecerá
intacta, no cesará de echar nuevos
retoños. Es así como en nuestros días,
en ciertas regiones de la más alta
sociedad, el espiritismo tiende a
instalarse sobre las ruinas del
cristianismo.
No es sólo en interés de las masas, sino
también en de la salvación de nuestro
propio espíritu debemos forzarnos en
comprender la génesis histórica de la
dea de Dios, la sucesión de las causas
que desarrollaron produjeron esta idea
en la conciencia de los hombres.
Podremos decirnos y creernos ateos: en
tanto que no hayamos comprendido esas
causas, nos dejaremos dominar más o
menos por los clamores de esa conciencia
universal de la que no habremos
sorprendido el secreto; y, vista la
debilidad natural del individuo, aun del
más fuerte ante la influencia
onmipotente del medio social que lo
rodea, corremos siempre el riesgo de
voler a caer tarde o temprano, y de una
manera o de otra, en el abismo del
absurdo religioso. Los ejemplos e esas
conversiones vergonzosas son frecuentes
en la sociedad actual.
He señalado ya la razón práctica
principal del poder ejercido aún hoy por
las creencias religiosas sobre las
masas. Estas disposiciones místicas no
denotan tanto en sí una aberración del
espíritu como un profundo descontento
del corazón. Es la protesta instintiva y
apasionada del ser humano contra las
estrecheces, las chaturas, los dolores y
las verguenzas de una existencia
miserable. Contra esa enfermedad, he
dicho, no hay más que un remedio: la
revolución social.
Entre tanto, otras veces he tratado de
exponer las causas que presidieron el
nacimiento y el desenvolviento histórico
de las alucinaciones religiosas en la
conciencia del hombre. Aquí no quiero
tratar esa cuestión de la existencia de
un Dios, o del origen divino del mundo y
del hombre, más que desde el punto de
vista de su utilidad moral y social, y
sobre la razón teórica de esta creencia
no diré más que pocas palaras, a fin de
explicar mejor mi pensamiento.
Todas las religiones, con sus dioses,
sus semidioses y sus profetas, sus
mesías y sus santos, han sido creadas
por la fantasía crédula de los hombres,
no llegados aún al pleno
desenvolvimiento y a la plena posesión
de sus facultades intelectuales; en
consecuencia de lo cual, el cielo
religioso no es otra cosa que un milagro
donde el hombre, exaltado por la
ignorancia y la fe, vuelve a encontrar
su propia imagen, pero agrandada y
trastrocada, es decir, divinizada.
La historia de las religiones, la
del nacimiento, de la grandeza y de la
decadencia de los dioses que se
sucedieron en la creencia humana, no es
nada más que el desenvolvimiento de la
inteligencia y de la conciencia
colectiva de los hombres. A medida que,
en su marcha históricamente regresiva,
descubrían, sea en sí mismos, sea en la
naturaleza exterior, una fuerza, una
cualidad o un defecto cualquiera, lo
atribuían a sus dioses, después de
haberlos exagerado, ampliado
desmesuradamente, como lo hacen de
ordinario los niños, por un acto de su
fantasía religiosa. Gracias a esa
modestia y a esa piadosa generosidad de
los hombres creyentes y crédulos, el
cielo se ha enriquecido con los despojos
de la tierra y, por una consecuencia
necesaria, cuanto más rico se volvía el
cielo, más miserable se volvía la
tierra. Una vez instalada la divinidad,
fue proclamada naturalmente la causa, la
razón, el árbitro y el dispenador
absoluto de todas las cosas: el mundo no
fue ya nada, la divinidad lo fue todo; y
el hombre, su verdadero creador, después
de. haberla sacado de la nada sin darse
cuenta, se arrodilló ante ella, la adoró
y se proclamó su criatura y su esclavo.
El cristianismo es, precisamente, la
religión por excelencia, porque expone y
manifiesta, en su plenitud, la
naturaleza, la propia esencia de todo
sistema religioso, que es el
empobrecimiento, el sometimiento, el
aniquilamiento de la humanidad en
beneficio de la divinidad.
Siendo Dios todo, el mundo real y el
hombre no son nada. Siendo Dios la
verdad, la justicia, el bien, lo bello,
la potencia y la vida, el hombre es la
mentira, la iniquidad, el mal, la
fealdad, la impotencia y la muerte.
Siendo Dios el amo, el hombre es el
esclavo. Incapaz de hallar por sí mismo
la justicia, la verdad y la vida eterna,
no puede llegar a ellas más que mediante
una revelación divina. Pero quien dice
revelación, dice reveladores, mesías,
profetas, sacerdotes y legisladores
inspirados por Dios, mismo; y una vez
reconocidos aquéllos como representantes
de la divinidad en la Tierra, como los
santos institutores de la humanidad,
elegidos por Dios mismo para dirigirla
por la vía de la salvación, deben
ejercer necesariamente un poder
absoluto. Todos los hombres les deben
una obediencia ilimitada y pasiva,
porque contra la razón divina no hay
razón humana y contra la justicia de
Dios no hay justicia terrestre que se
mantengan. Esclavos de Dios, los hombres
deben serlo también de la iglesia y del
Estado, en tanto que este último es
consagrado por la iglesia. He ahí lo
que el cristianismo comprendió mejor que
todas las religiones que existen o que
han existido, sin exceptuar las antiguas
religiones orientales, que, por lo
demás, no han abarcado más que pueblos
concretos y privilegiados, mientras que
el cristianismo tiene la pretensión de
abarcar la humanidad entera; y he ahí lo
que, de todas las sectas cristianas,
sólo el catolicismo romano ha proclamado
y realizado con una consecuencia
rigurosa. Por eso el cristianismo es la
religión absoluta, la religión última, y
la iglesia apostólica y romana la única
consecuente, legítima y divina.
Que no parezca mal a los metafísicos y a
los idealistas religiosos, filósofos,
políticos o poetas: la idea de Dios
implica la abdicación de la razón humana
y de la justicia humana, es la negación
más decisiva de la libertad humana y
lleva necesariamente a la esclavitud los
hombres, tanto en la teoría como en la
práctica.
A menos de querer la esclavitud y el
envilecimiento de los hombres, como lo
quieren los jesuitas, como lo quieren
los monjes, los pietistas o los
metodistas protestantes, no podemos, no
debemos hacer la menor concesión ni al
dios de la teología ni al de la
metafísica porque en ese alfabeto
místico, el que comienza por decir A
deberá fatalmente acabar diciendo Z, y
el que quiere adorar a Dios debe, sin
hacerse ilusiones pueriles, renunciar
bravamente a su libertad y a su
humanidad.
Si Dios existe, el hombre es esclavo;
ahora bien, el hombre puede y debe ser
libre: por consiguiente, Dios no existe.
Desafío a quienquiera que sea a salir de
ese círculo, y ahora, escojamos.
¿Es necesario recordar cuánto y cómo
embrutecen y corrompen las religiones a
los pueblos? Matan en ellos la razón,
ese instrumento principal de la
emancipación humana, y los reducen a la
imbecilidad, condión esencial de su
esclavitud. Deshonran el trabajo humano
y hacen de él un signo y una fuente de
serviumbre. Matan la noción y el
sentimiento de la justicia humana,
haciendo inclinar siempre la balanza del
lado de los pícaros triunfantes, objetos
privilegiados de la gracia divina. Matan
la altivez y la dignidad, no protegiendo
más que a los que se arrastran y a los
que se humillan. Ahogan en el corazón de
los pueblos todo sentimiento de
fraternidad humana, llenándolo de
crueldad divina.
Todas las religiones son crueles, todas
están fundadas en la sangre, porque
todas reposan principalmente sobre la
idea del sacrificio, es decir, sobre la
inmolación perpetua de la humanidad a la
insaciable venganza de la divinidad. En
ese sangriento misterio, el hombre es
siempre la víctima, y el sacerdote,
hombre tambien, pero hombre privilegiado
por la gracia, es el divino verdugo. Eso
nos explica por qué los sacerdotes de
todas las religiones, los mejores, los
más humanos, los más suaves, tienen casi
siempre en el fondo de su corazón -y si
no en el corazón en su imaginación, en
espíritu (y ya se sabe la influencia
formidable que una otro ejercen sobre el
corazón de los hombres)- por qué hay,
digo, en los sentimientos de. todo
sacerdote algo de cruel y de
sanguinario.
Todo esto, nuestros ilustres idealistas
contemporáneos lo saben mejor que nadie.
Son hombres sabios e conocen la historia
de memoria; y como son al mismo tiempo
hombres vivientes, grandes almas
penetradas por un amor sincero y
profundo hacia el bien de la humanidad,
han maldito y zaherido todos estos
efectos, todos estos crímenes de la
religión con una elocuencia sin igual.
Rechazan con indignación toda
solidaridad con el Dios de las
religiones positivas y con sus
representantes pasados y presentes sobre
la Tierra.
El Dios que adoran o que creen adorar se
distingue precisamente de los dioses
reales de la historia, en que no es un
Dios positivo, ni determinado de ningún
modo, ya sea teológico, ya sea
metafísicamente. No es ni el ser supremo
de Robespierre y de Rousseau, ni el Dios
panteísta de Spinoza, ni siquiera el
Dios a la vez trascendente e inmanente y
muy equívoco de Hegel. Se cuidan bien de
darle una determinación positiva
cualquiera, sintiendo que toda
determinación lo sometería a la acción
disolvente de la crítica. No dirán de él
si es un Dios personal o impersonal, si
ha creado o si no ha creado el mundo; no
hablarán siquiera de su divina
providencia. Todo eso podría
comprometerlos. Se ontentarán con decir:
"Dios" y nada más. Pero, ¿qué es su
Dios? No es siquiera una idea, es una
aspiración.
Es el nombre genérico de todo lo que les
parece de, bueno, bello, noble, humano.
Pero, ¿por qué dicen entonces: "hombre"?
¡Ah! es que el rey Guillermo de Prusia y
Napoleón III y todos sus semejantes son
igualmente hombres; y he ahí lo que más
les embaraza. La humildad real nos
presenta el conjunto de todo lo que hay
de más sublime, de más bello y de todo
lo que hay de más vil y de más
monstruoso en el mundo. ¿Cómo salir de
ese atolladero? Llaman a lo uno
divino y a lo otro bestial,
representándose la dividad y la
animalidad como los dos polos entre los
cuales se coloca la humanidad. No
quieren o no pueden emprender que esos
tres términos no forman más que uno y
que si se los separa se los destruye.
No están fuertes en lógica, y se diría
que la desprecian. Es eso lo que los
distingue de los metafísicos y deísias,
y lo que imprime a sus ideas el carácter
de un idealismo práctico, sacando mucho
menos sus inspiraciones del
desenvolvimiento severo de un pensaento,
que de las experiencias, casi diré de
las emociones, tanto históricas y
colectivas como individuales de la vida.
Eso da a su propaganda una apariencia de
riqueza y de potencia vital, pero una
apariencia solamente porque la vida
misma se hace estéril cuando es
paralizada por una contradicción lógica.
La contradicción es ésta: quieren a Dios
y quieren a la humanidad. Se obstinan en
poner juntos esos dos términos, que, una
vez separados, no pueden encontrarse de
nuevo más que para destruirse
recíprocamente. Dicen de un tirón: "Dios
y la libertad del hombre"; "Dios y la
dignidad, la justicia, la igualdad, la
fraternidad y la prosperidad de los
hombres", sin preocuparse de la lógica
fatal conforme a la cual, si Dios existe
todo queda condeado a la no-existencia.
Porque si Dios existe es necesariamente
el amo eterno, supremo, absoto, y si amo
existe el hombre es esclavo; pero si es
esclayo, no hay para él ni justicia ni
igualdad ni fratemidad ni prosperidad
posibles. Podrán, contrariamente al buen
sentido y a todas las experiencias de la
historia, reventarse a su Dios animado
del más tierno amor por la libertad
humana: un amo, haga lo que quiera y por
liberal que quiera mostrarse, no deja de
ser un amo y su existencia implica
necesariamente la esclavitud de todo lo
que se encuentra por debajo de él.
Por consiguiente, si Dios existiese, no
habría para él más que un solo medio de
servir a la libertad huma-
a: dejar de existir.
Como celoso amante de la libertad humana
y considerándolo como la condicióin
absoluta de todo lo que adoramos y
respetamos en la humanidad, doy vuelta a
la frase de Voltaire y digo: si Dios
existiese realmente, habría que hacerlo
desaparecer.
La severa lógica que me dicta estas
palabras es demasiado evidente para que
tenga necesidad de desarrollar más esta
argumentación. Y me parece imposible que
los hombres ilustres a quienes mencioné,
tan célebres y tan justamente
respetados, no hayan sido afecados por
ella y no se hayan percatado de la
contradicción en que caen al hablar de
Dios y de la libertad humana a la vez.
Para que lo hayan pasado por alto, a
sido preciso que hayan pensado que esa
inconsecuencia o que esa negligencia
lógica era necesaria prácticamente
para el bien mismo de la humanidad.
Quizá también, al hablar de la libertad
como de una cosa que es para ellos muy
respetable y muy querida, la comprenden
de distinto modo a como nosotros la
entendemos, nosotros, materialistas y
socialistas revolucionarios . En efecto;
no hablan de ella sin añadir
inmediatamente otra palabra, la de
autoridad, una palabra y una cosa
que detestamos de todo corazón.
¿Qué es la autoridad? ¿Es el poder
inevitable de las leyes naturales que se
manifiestan en el encadenamiento y en la
sucesión fatal de los fenómenos, tanto
del mundo físico como del mundo social?
En efecto; contra esas leyes, la
rebeldía no sólo está prohibida, sino
que es imposible. Podemos desconocerlas
o no conocerlas siquiera, pero no
podemos desobedecerlas, porque
constituyen la base y las condiciones
mismas de nuestra existencia; nos
envuelven, nos penetran, regulan todos
nuestros movimientos, nuestros
pensamientos y nuestros actos; de manera
que, aun cuando las queramos
desobedecer, no hacemos más que
manifestar su omnipotencia.
Sí, somos absolutamente esclavos de esas
leyes. Pero no hay nada de humillante en
esa esclavitud. Porque la esclavitud
supone un amo exterior, un legislador
que se encuentre al margen de aquel a
quien ordena; mientras que estas leyes
no están fuera de nosotros, nos son
inherentes, constituyen nuestro ser,
todo nuestro ser, tanto corporal como
intelectual y moral; no vivimos, no
respiramos, no obramos, no pensamos, no
queremos sino mediante ellas. Fuera de
ellas no somos nada, no somos. ¿De dónde
procedería, pues, nuestro poder y
nuestro querer rebelamos contra ellas?.
Frente a las leyes naturales no hay para
el hombre más que una sola libertad
posible: la de reconocerlas y de
aplicarlas cada vez más, conforme al fin
de la emanción o de la humanización,
tanto colectiva como individual que
persigue. Estas leyes, una vez
reconocidas, ejercen una autoridad que
no es discutida por la masa de los
hombres. Es preciso, por ejemplo, ser
loco o teólogo, o por lo menos un
metafísico, un jurista, o un economista
burgués para rebelarse contra esa ley
según a cual dos más dos suman cuatro.
Es preciso tener fe para imaginarse que
no se quemará uno en el fuego y que no
se ahogará en el agua, a menos que se
recurra a algún subterfugio fundado aun
sobre alguna otra ley natural. Pero esas
rebeldías, o más bien esas tentativas
esas locas imaginaciones de una rebeldía
imposible no forman más que una
excepción bastante rara; porque, en
general, se puede decir que la masa de
los hombres, en su vida cotidiana, se
deja gobernar de una manera casi
absoluta por el buen sentido, lo que
equiale a decir por la suma de las leyes
generalmente reconocidas.
La gran desgracia es que una gran
cantidad de leyes naturales ya constadas
como tales por la ciencia, permanezcan
desconocidas para las masas populares,
gracias a los cuidados de esos gobiernos
tutelares que no existen, como se sabe,
más que para el bien de los pueblos...
Hay otro inconveniente: la mayor parte
de las leyes naturales inherentes al
desenvolvimiento de la sociedad humana,
y que son también necesarias,
invariables, fatales, como las leyes que
gobiernan el mundo físico, no han sido
debidamente comprobadas y reconocidas
por la ciencia misma.
Una vez que hayan sido reconocidas
primero por la ciencia y que la ciencia,
por rnedio de un amplio sistema de
educación y de instrucción populares,
las hayan hecho pasar a la conciencia de
todos, la cuestión de la libertad estará
perfectamente resuelta. Los autoritarios
más recalcitrantes deben reconocer que
entonces no habrá necesidad de
organización política ni de dirección ni
de legislación, tres cosas que, ya sea
que emanen de la voluntad del soberano,
ya que resulten de los votos de un
parlamento elegido por sufragio
universal y aun cuando estén conformes
con el sistema de las leyes naturales
-lo que no tuvo lugar jamás y no tendrá
jamás lugar-, son siempre igualmente
funestas y contrarias a la libertad de
las masas, porque les impone un sistema
de leyes exteriores y, por consiguiente,
despóticas.
La libertad del hombre consiste
únicamene en esto, que obedece a las
leyes naturales, porque las ha
reconocido él mismo como tales y
no porque le hayan sido impuestas
exteriormente por una voluntad extraña,
divina o humana cualquiera, colectiva o
individual.
Suponed una academia de sabios,
compuesta por los representantes más
ilustres de la ciencia; suponed que esa
academia sea encargada de la
legislación, de la organización de la
sociedad y que, sólo inspirándose en el
puro amor a la verdad, no le dicte más
que leyes absolutamente conformes a los
últimos descubrimientos de la ciencia. Y
bien, yo pretendo que esa legislación y
esa organización serán una
monstruosidad, y esto por dos razones:
La primera, porque la ciencia humana es
siempre imperfecta necesariamente y,
comparando lo que se ha descubierto con
lo que queda por descubrir, se puede
decir que está todavía en la cuna. De
suerte que si quisiera forzar la vida
práctica de los hombres, tanto colectiva
como individual, a conformarse
estrictamente, exclusivamente con los
últimos datos de la ciencia, se
condenaría a la sociedad y a los
individuos a sufrir el martirio sobre el
lecho de Procusto, que acabaría pronto
por dislocarlos y por sofocarlos, pues
la vida es siempre infinitamente más
amplia que la ciencia.
La segunda razón es ésta: una sociedad
que obedeciere a la legislación de una
academia científica, no porque hubiere
comprendido su carácter racional por sí
misma (en cuyo caso la existencia de la
academia sería inútil), sino porque una
legislación tal, emanada de esa
academia, se impondría en nombre de una
ciencia venerada sin comprenderla,
sería, no una sociedad de hombres, sino
de brutos. Sería una segunda edición de
esa pobre república del Paraguay que se
dejó gobemar tanto tiempo por la
Compañía de Jesús. Una sociedad
semejante no dejaría de caer bien pronto
en el más bajo grado del idiotismo.
Pero hay una tercera razón que hace
imposible tal gobierno: es que una
academia científica revestida de esa
soberanía digamos que absoluta, aunque
estuviére compuesta por los hombres más
ilustres, acabaría infaliblemente y
pronto por corromperse moral e
intelecalmente. Esta es hoy, ya, con los
pocos privilegios que se les dejan, la
historia de todas las academias. El
mayor genio científico, desde el momento
en que se convierte en académico, en
sabio oficial, patentado, cae
inevitablemente y se adormece. Pierde su
espontaneidad, su atrevimiento
revolucionario, y esa energía incómoda y
salvaje que caracteriza la naturaleza de
los grandes genios, llamados siempre a
destruir los mundos caducos y a echar
los fundamentos de mundos nuevos. Gana
sin duda en cortesía, sabiduría
utilitaria y práctica, lo que pierde en
potencia de pensamiento. Se corrompe, en
una palabra.
Es propio del privilegio y de toda
posición privilegiada el matar el
espíritu y el corazón de los hombres. El
hombre privilegiado, sea política, sea
económicarnente, es un hombre
intelectual y moralmente depravado. He
ahí una ley social que no admite ninguna
excepción, y que se aplica tanto a las
naciones enteras como a las clases, a
las compañías como a los individuos. Es
la ley de la igualdad, condición suprema
de la libertad y de la humanidad. El
objetivo principal de este libro es
precisamente desarrollarla y demostrar
la verdad en todas las manifestaciones
de la vida humana.
Un cuerpo científico al cual se haya
confiado el gobierno de la sociedad,
acabará pronto por no ocuparse
absolutamente nada de la ciencia, sino
de un asunto distinto; y ese asunto,
como sucede con todos los poderes
establecidos, será el de perpetuarse a
sí mismo, haciendo que la sociedad
confiada a sus cuidados se vuelva cada
vez más estúpida, y por consiguiente más
necesitada de su gobierno y de su
dirección.
Pero lo que es verdad para las academias
científicas es verdad igualmente para
todas las asambleas constituyentes y
legislativas, aunque hayan salido del
sufragio universal. Este puede renovar
su composición, es verdad, pero eso no
impide que se forme en unos pocos años
un cuerpo de políticos, privilegiados de
hecho, o de derecho, y que, al dedicarse
exclusivamente a la dirección de los
asuntos públicos de un país, acaban
formar una especie de aristocracia o de
oligarquía política. Ved si no los
Estados Unidos de América y Suiza.
Por tanto, nada de legislación exterior
y de legislación interior, pues por otra
parte una es inseparable de la otra, y
ambas tienden al sometimiento de la
sociedad y al embrutecimiento de los
legisladores mismos.
¿Se desprende de esto que rechazo toda
autoridad? Lejos de mí ese pensamiento.
Cuando se trata de zapatos, prefiero la
autoridad del zapatero; si se trata de
una casa, de un canal o de un
ferrocarril, consulto la del arquitecto
o del ingeniero. Para esta o la otra,
ciencia especial me dirijo a tal o cual
sabio. Pero no dejo que se impongan a mí
ni el zapatero, ni el arquitecto ni el
sabio. Les escucho libremente y con todo
el respeto que merecen su inteligencia,
su carácter, su saber, pero me reservo
mi derecho incontesable de crítica y de
control. No me contento con conultar una
sola autoridad especialista, consulto
varias; comparo sus opiniones, y elijo
la que me parece más justa. Pero no
reconozco autoridad infalible, ni aun en
cuestiones especiales; por consiguiente,
no obstane el respeto que pueda tener
hacia la honestidad y la sinceridad de
tal o cual individuo, no tengo fe
absoluta en nadie. Una fe semejante
sería fatal a mi razón, la libertad y al
éxito mismo de mis empresas; me
ransformaría inmediatamente en un
esclavo estúpido y en un instrumento de
la voluntad y de los intereses ajenos.
Si me inclino ante la autoridad de los
especialistas si me declaro dispuesto a
seguir, en una cierta medida durante
todo el tiempo que me parezca necesario
sus indicaciones y aun su dirección, es
porque esa autoridad no me es impuesta
por nadie, ni por los homres ni por
Dios. De otro modo la rechazaría con
honor y enviaría al diablo sus consejos,
su dirección y su ciencia, seguro de que
me harían pagar con la pérdida de mi
libertad y de mi dignidad los fragmentos
de verdad humana, envueltos en muchas
mentiras, que podrían darme.
Me inclino ante la autoridad de
los hombres especiales porque me es
impuesta por la propia razón. Tengo
conciencia de no poder abarcar en todos
sus detalles y en sus desenvolvimientos
positivos más que una pequefía parte de
la ciencia humana. La más grande
inteligencia no podría abarcar el todo.
De donde resulta para la ciencia tanto
como para la industria, la necesidad de
la división y de la asociación del
trabajo. Yo recibo y doy, tal es la vida
humana. Cada uno es autoridad dirigente
y cada uno es dirigido a su vez. Por
tanto no hay autoridad fija y constante,
sino un cambio continuo de
autoridad y de subordinación mutuas,
pasajeras y sobre todo voluntarias.
Esa misma razón me impide, pues,
reconocer una autoridad fija, constante
y universal, porque no hay hombre
universal, hombre que sea capaz de
abarcar con esa riqueza de detalles (sin
la cual la aplicación de la ciencia a la
vida no es posible), todas las ciencias,
todas las ramas de la vida social. Y si
una tal universalidad pudiera realizarse
en un solo hombre, quisiera
prevalerse de ella para imponemos su
autoridad, habría que expulsar a ese
hombre de la sociedad, porque su
autoridad reduciría inevitablemente a
todos los demás a la esclavitud y a la
imbecilidad. No pienso que la sociedad
deba maltratar a los hombres de genio
como ha hecho hasta el presente. Pero no
pienso tampoco que deba engordarlos
demasiado, ni concederles sobre todo
privilegios o derechos exclusivos de
ninguna especie; y esto por tres
razones: primero, porque sucedería a
menudo que se tomaría a un charlatán por
un hombre de genio; luego, porque, por
este sistema de privilegios, podría
transformar en un charlatán a un hombre
de genio, desmoralizarlo y embrutecerlo,
y en fin, porque se daría uno a sí mismo
un déspota.
Resumo. Nosotros reconocemos, pues, la
autoridad absoluta de la ciencia, porque
la ciencia no tiene otro objeto que la
reproducción mental, reflexiva y todo lo
sistemática que sea posible, de las
leyes naturales inherentes a la vida
tanto material como intelectual y moral
del mundo físico y del mundo social;
esos dos mundos no constituyen en
realidad más que un solo y mismo mundo
natural. Fuera de esa autoridad, la
única legítima, porque es racional y
está conforme a la naturaleza humana,
declaramos que todas las demás son
mentirosas, arbitrarias, despóticas y
funestas.
Reconocemos la autoridad absoluta de la
ciencia. pero rechazamos la infabilidad
y la universalidad de los representantes
de la ciencia. En nuestra iglesia -séame
permitido servirme un momento de esta
expresión que por otra parte detesto; la
iglesia y el Estado mis dos bestias
negras-, en nuestra iglesia, como en la
iglesia protestante, nosotros tenemos un
jefe, un Cristo invisible, la ciencia; y
como los protestantes, consecuentes aún
que los protestantes, no quieren sufrir
ni papas ni concilios, ni cónclaves de
cardenales infalibles, ni obispos, ni
siquiera sacerdotes, nuestro Cristo se
distingue del Cristo protestante y
cristiano en que este último es un ser
personal, y el nuestro es impersonal; el
Cristo cristiano, realizado ya en un
pasado eterno, se presenta como un ser
perfecto, mienras que la realización y
el perfeccionamiento de nuestro Cristo,
de la ciencia, están siempre en el
porvenir, lo que equivale a decir que no
se realizarán jamás. No
reconociendo la autoridad absoluta más
que ciencia absoluta, no
comprometemos de ningún momento nuestra
libertad.
Entiendo por las palabras "ciencia
absoluta", la única verdaderamente
universal que reproduciría idealmente el
universo, en toda su extensión y en
todos sus detalles infinitos, el sistema
o la coordinación de todas las leyes
naturales que se manifiestan en el
desenvolviento incesante de los mundos.
Es evidente que esta ciencia, objeto
sublime de todos los esfuerzos del
espítu humano, no se realizará nunca en
su plenitud absoluta. Nuestro Cristo
quedará, pues, eternamente inacabado, lo
cual debe rebajar mucho el orgullo de
sus presentantes patentados entre
nosotros. Contra ese Dios hijo, en
nombre del cual pretenderían imponernos
autoridad insolente y pedantesca,
apelaremos al Dios padre, que es el
mundo real, la vida real de lo cual El
no es más que una expresión demasiado
imperfecta y de quien nosotros somos los
representantes inmediatos, los seres
reales, que viven, trabajan, combaten,
aman, aspiran, gozan y sufren.
Pero aun rechazando la autoridad
absoluta, universal e infalible de los
hombres de ciencia, nos inclinamos
voluntariamente ante la autoridad
respetable, pero relativa, muy pasajera,
muy restringida, de los representantes
de las ciencias especiales, no exigiendo
nada mejor que consultarles en cada caso
y muy agradecidos por las indicaciones
preciosas que quieran darnos, a
condición de que ellos quieran
recibirlas de nosotros sobre cosas y en
ocasiones en que somos más sabios que
ellos; y en general, no pedimos nada
mejor que ver a los hombres dotados de
un gran saber, de una gran experiencia,
de un gran espíritu y de un gran corazón
sobre todo, ejercer sobre nosotros una
influencia natural y legítima,
libremente aceptada, y nunca impuesta en
nombre de alguna autoridad oficial
cualquiera que sea, terrestre o celeste.
Aceptamos todas las autoridades
naturales y todas las influencias de
hecho, ninguna de derecho; porque toda
autoridad o toda influencia de derecho,
y como tal oficialmente impuesta, al
convertirse pronto en una opresión y en
una mentira, nos impondría
infaliblemente, como creo haberío
demostrado suficientemente, la
esclavitud y el absurdo.
En una palabra, rechazamos toda
legislación, toda autoridad y toda
influencia privilegiadas, patentadas,
oficiales y legales, aunque salgan del
sufragio universal, convencidos de que
no podrán actuar sino en provecho de una
minoría dominadora y explotadora, contra
los intereses de la inmensa mayoría
sometida.
He aquí en qué sentido somos realmente
anarquistas.
Los idealistas modernos entienden la
autoridad de una manera completamente
diferente. Aunque libre de las
supersticiones tradicionales de todas
las religiones as existentes, asocian,
sin embargo, a esa idea de autoridad un
sentido divino, absoluto. Esta autoridad
no es la de una verdad milagrosamente
revelada, ni la de una verdad rigurosa y
científicamente demostrada. La fundan
sobre un poco de argumentación casi
filosófica, y sobre mucha fe vagamente
religiosa, sobre mucho sentimiento
ideal, abstractamente poético. Su
religión es como un último ensayo de
divinización de lo que constituye la
humanidad en los hombres. Eso es todo lo
contrario de la obra que nosotros
realizamos. En vista de la libertad
humana, de la dignidad humana y de la
prosperidad humana, creemos deber quitar
al cielo los bienes que ha robado a la
tierra, para devolverlos a la tierra;
mientras que esforzándose por cometer un
nuevo latrocinio religiosamente heroico,
ellos querrían al contrario, restituir
de nuevo al cielo, a ese divino ladrón
hoy desenmascarado -pasado a su vez a
saco por la impiedad audaz y por el
análisis científico de los
librepensadores-, todo lo que la
humanidad contiene de más grande, de más
bello, de más noble.
Les parece, sin duda, que, para gozar de
una mayor autoridad entre los hombres,
las ideas y las cosas humanas deben ser
investidas de alguna sanción divina.
¿Cómo se anuncia esa sanción? No por un
milagro o en las religiones positivas,
sino por la grandeza o por la santidad
misma de las ideas y de las cosas: lo
que es grande, lo que es bello, lo que
es noble, lo que es justo, es reputado
divino. En este nuevo culto religioso,
todo hombre que se inpispira en estas
ideas, en estas cosas, se transforma en
un sacerdote, inmediatamente consagrado
por Dios mismo. ¿Y la prueba? Es la
grandeza misma de las ideas que expresa,
y de las cosas que realiza: no tiene
necesidad de otra. Son tan santas que no
pueden haber sido inspiradas más que por
Dios.
He ahí, en pocas palabras, toda su
filosofía: filosofía de sentimientos, no
de pensamientos reales, una especie e
pietismo metafísico. Esto parece
inocente, pero no lo es, y la doctrina
muy precisa, muy estrecha y muy seca que
se oculta bajo la ola intangible de esas
formas poéticas, conduce a los mismos
resultados desastrosos que todas las
religiones positivas; es decir, a la
negación más completa de la libertad y
de la dignidad humanas.
Proclamar como divino todo lo que haya
de grande, justo, noble, bello en la
humanidad, es reconocer, implícitamente,
que la humanidad habría sido incapaz por
sí misma de producirlo; lo que equivale
a decir que abandonada a sí misma su
propia naturaleza es miserable, inicua,
vil y fea. Henos aquí vueltos a la
esencia de toda religión, es decir, a la
denigración de la humanidad para mayor
gloria de la divinidad. Y desde el
momento que son admitidas la
inferioridad natural del hombre y su
incapacidad profunda para elevarse por
sí, fuera de toda inspiración divina,
hasta las ideas justas y verdaderas, se
hace necesario admitir también todas las
consecuencias ideológicas, políticas y
sociales de las religiones positivas.
Desde el momento que Dios, el ser
perfecto y supremo se pone frente a la
humanidad, los intermediarios divinos,
los elegidos, los inspirados de Dios
salen de la tierra para ilustrar,
dirigir y para gobernar en su nombre a
la especie humana especie humana.
¿No se podría suponer que todos los
hombres son igualmente inspirados por
Dios? Entonces no habría necesidad de
intermediarios, sin duda. Pero esta
suposición es imposible, porque está
demasiado contradicha por los hechos.
Sería preciso entonces atribuir a la
inspiración divina todos los absurdos y
los errores que se manifiestan, y todos
los horrores, las torpezas, las
cobardías y las tonterías que se cometen
en el mundo humano. Por consiguiente, no
hay en este mundo más que pocos hombres
divinamente inspirados. Son los grandes
hombres de la historia, los genios
virtusosos como dice el ilustre
ciudadano y profeta italiao Giuseppe
Mazzini. Inmediatamente inspirados por
Dios mismo y apoyándose en el
consentimiento universal, expresado por
el sufragio popular -Dio e Popo-,
están llamados a gobernar la sociedad
humana.
Henos aquí de nuevo en la iglesia y en
el Estado. Es verdad que en esa
organización nueva, establecida, como
todas las organizaciones políticas
antiguas, por la gracia de Dios,
pero apoyada esta vez, al menos en la
forma, a guisa de concesión necesaria al
espíritu moderno, y como en los
preámbulos de los decretos imperiales de
Napoleón III, sobre la voluntad
(ficticia) del pueblo; la
iglesia no se llamará ya iglesia, se
llamará escuela. Pero sobre los bancos
de esa escuela no se sentarán solamente
los niños: estará el menor eterno, el
escolar reconocido incapaz para siempre
de sufrir sus exámenes, de elevarse a la
ciencia de sus maestros y de pasarse sin
su disciplina: el pueblo. El Estado no
se llamará ya monarquía, se llamará
república, pero no dejará de ser Estado,
es decir, una tutela oficial y
relarmente establecida por una minoría
de hombres competentes, de hombres de
genio o de talento, virtuosos, para
vigilar y para dirigir la conducta de
ese gran incorregible y niño terrible:
el Pueblo. Los profesores de la escuela
y los funcionarios del Estado se harán
republicanos; pero no serán por eso
menos tutores, pastores, y el pueblo
permanecerá siendo lo que ha sido
eternamente hasta aquí: un rebaño.
Cuidado entonces con los esquiladores;
porque allí donde hay un rebaño, habrá
necesariamente también esquiladores y
aprovechadores del rebaño.
El pueblo, en ese sistema, será el
escolar y el pupilo eterno. A pesar de
su soberanía completamente ficticia,
continuará sirviendo de instrumento a
pensamientos, a voluntades y por
consiguiente también a intereses que no
serán los suyos. Entre esta situación y
la que llamamos de libertad, de
verdadera libertad, hay un abismo.
Habrá, bajo formas nuevas, la antigua
opresión y la antigua esclavitud, y allí
donde existe la esclavitud, están la
miseria, el embrutecimiento, la
verdadera materialización de la
sociedad, tanto de las clases
privilegiadas ,como de las
masas.
Al divinizar las cosas humanas, los
idealistas llegan siempre al triunfo de
un materialismo brutal. Y esto por
una razón muy sencilla: lo divino se
evapora y sube hacia su patria, el
cielo, y en la tierra queda solamente lo
brutal.
Si, el idealismo en teoría tiene por
consecuencia necesaria el materialismo
más brutal en la práctica; o, sin duda,
para aquellos que lo predican de buena
fe -el resultado ordinario para ellos es
ver atacado, de esterilidad todos sus
esfuerzos-, sino para los que se
esfuerzan por realizar sus preceptos en
la vida, para la sociedad entera, en
tanto ésta se deja dominar por las
doctrinas idealistas.
Para demostrar este hecho general y que
puede parecer extraño al principio, pero
que se explica generalmente cuando se
reflexiona más, las pruebas
históricas no faltan.
Comparad las dos últimas civilizaciones
del mundo antiguo, la civilización
griega y la civilización romana. ¿Cuál
es la civilización más materialista, la
más natural por su punto de partida y la
más humana e ideal en sus resultados? La
civilización griega.
¿Cuál es al contrario la más
abstractamente ideal en su punto de
partida que sacrifica la libertad
material del hombre a la libertad ideal
del ciudadano, representada por la
abstracción del derecho jurídico, y el
desenvolvimiento natural de la sociedad
a la abstracción del Estado, y cuál es
la más brutal en sus consecuencias. La
civilización romana, sin duda. La
civilización griega, como todas las
civilizaciones antiguas, comprendida la
de Roma, ha sido exclusivamente nacional
y ha tenido por base la esclavitud. Pero
a pesar de estas dos grandes faltas
históricas, no ha concebido menos y
realizado la idea de la humanidad, y
ennoblecido y realmente idealizado la
vida de los hombres; ha transformado los
rebaños humanos en asociaciones libres
de hombres libres; ha creado las
ciencias, las artes, una poesía, una
filosofía inmortales y las primeras
nociones el respeto humano por la
libertad. Con la libertad política y
social ha creado el libre pensamiento. Y
al final de la Edad Media, en la época
del Renacimiento, ha bastado que algunos
griegos emigrados aportasen algunos de
sus libros inmortales a Italia para que
resucitaran la vida, la libertad, el
pensamiento, la humanidad, enterrados en
el sombrío calabozo del catolicismo. La
emancipación humana, he ahí el nombre de
la civilización griega. ¿Y el nombre de
la civilización romana? Es la conquista
con todas sus brutales consecuencias. ¿Y
su última palabra? La omnipotencia de
los Césares. Es el envilecimiento y la
esclavitud de las naciones y de los
hombres.
Y hoy aún, ¿qué es lo que mata, qué es
lo que aplasta brutalmente,
materialmente, en todos los países de
Europa, la libertad y la humanidad? Es
el triunfo del principio cesarista o
romano.
Comparad ahora dos civilizaciones
modernas: la civilización italiana y la
civilización alemana. La primera
representa, sin duda, en su carácter
general, el materialismo; la segunda
representa, al contrario, todo lo que
hay de más abstracto, de más puro y de
más trascendente en idealismo. Veamos
cuáles son los frutos prácticos de una y
de otra.
Italia ha prestado ya inmensos servicios
a la causa de la emancipación humana.
Fue la primera que resucitó y que aplicó
ampliamente el principio de la libertad
en Europa y que dio a la humanidad sus
títulos de nobleza: la industria, el
comercio, la poesía, las artes, las
ciencias positivas, el libre
pensamiento. Aplastada después por tres
siglos de despotismo imperial y papas, y
arrastrada al lodo por su burguesía
dominante, aparece hoy, es verdad, muy
decaída en comparación con lo que ha
sido. Y sin embargo, ¡qué diferencia si
se la compara con Alemania! En Italia, a
pesar de esa decadencia, que esperamos
pasajera, se puede vivir y respirar
humanamente, libremente, rodeado de un
pueblo que parece haber nacido para la
libertad. Italia -aun su burguesía-
puede mostrados con orgullo hombres como
Mazzini y Garibaldi. En Alemania se
respira la atmósfera de una inmensa
esclavitud política y social.
filosóficamente explicada y aceptada por
un gran pueblo con una resignación y una
buena voluntad reflexivas. Sus héroes
-hablo siempre de la Alemania presente,
no de la Alemania del porvenir; de la
Alemania nobiliaria, burocrática,
política y burguesa, no de la Alemania
proletaria- son todo lo contrario de
Mazzini y de Garibaldi: son hoy
Guillermo I, el feroz e ingenuo
representante del dios protestante, son
los señores Bismarck y Moltke, los
generales Manteufel Werder. En todas sus
relaciones internacionales, Alemania
desde que existe, ha sido lenta,
sistemáticamente invasora,
conquistadora, ha estado siempre
dispuesta a extender sobre los pueblos
vecinos su propio sometimiento
voluntario; y después que se ha
constituido en potencia unitaria, se
convirtió en una amenaza, en un peligro
para la libertad de toda Europa. El
nombre de Alemania, hoy, es la
servilidad brutal y triunfante.
Para mostrar cómo el idealismo teórico
se transforma incesante y fatalmente en
materialismo práctico, no hay más que
citar el ejemplo de todas las iglesias
cristianas, y naturalmente, y ante todo,
el de la iglesia apostólica y romana.
¿Qué hay de más sublime, en el sentido
ideal, de más desinteresado, de más
apartado de todos los intereses de esta
tierra que la doctrina de Cristo
predicada por esa iglesia, y qué hay de
más brutalmente materialista que la
práctica constante de esa misma iglesia
desde el siglo octavo, cuando comenzó a
constituirse como potencia? ¿Cuál ha
sido y cuál es aún el objeto principal
de todos sus litigios contra los
soberanos de Europa? Los bienes
temporales, las rentas de la iglesia,
primero, y luego la potencia temporal,
los privilegios políticos de la iglesia.
Es preciso hacer justicia a esa iglesia,
que ha sido la primera en descubrir en
la historia moderna la verdad
incontestable, pero muy poco cristiana,
de que la riqueza yel poder económico y
la opresión política de las masas son
los dos términos inseparables del reino
de la idealidad divina sobre la tierra:
la riqueza que consolida y aumenta el
poder que descubre y crea siempre nuevas
fuentes de riquezas, y ambos que
aseguran mejor que el martirio y la fe
de los apóstoles, y mejor que la gracia
divina, el éxito de la propaganda
cristiana. Es una verdad histórica que
las iglesias protestantes no desconocen
tampoco. Hablo naturalmente de las
iglesias independientes de Inglaterra,
de Estados Unidos y de Suiza, no de las
iglesias sometidas de Alemania. Estas no
tienen iniciativa propia; hacen lo que
sus amos, sus soberanos temporales, que
son al mismo tiempo sus jefes
espirituales, les ordenan hacer. Se sabe
que la propaganda protestante, la de
Inglaterra y la de Estados Unidos sobre
todo, se relaciona de una manera
estrecha con la propaganda de los
intereses materiales, comerciales, de
esas dos grandes naciones; y se sabe
también que esta última propaganda no
tiene por objeto de ningún modo el
enriquecimiento y la prosperidad
material de los países en los que
penetra, en compañía de la palabra de
Dios, sino más bien la explotación de
esos países, en vista del
enriquecimiento y de la prosperidad
material creciente de ciertas clases,
muy explotadoras y muy piadosas a la
vez, en su propio país.
En una palabra, no es difícil probar,
con la historia en la mano, que la
iglesia, que todas las iglesias,
cristianas y no cristianas, junto a su
propaganda espiritualista, y
probablemente para acelerar y consolidar
su éxito, no han descuidado jamás la
organización de grandes compañías para
la explotación económica de las masas,
del trabajo de las masas bajo la
protección con la bendición directas y
especiales de una divinidad cualquiera;
que todos los Estados que, en su origen,
como se sabe, no han sido, con todas sus
instituciones políticas y jurídicas y
sus clases dominantes y priviegiadas,
nada más que sucursales temporales de
esas iglesias, no han tenido igualmente
por objeto principal mas que esa misma
explotación en beneficio de las minorías
laicas, indirectamente legitimadas por
la igleia; y que en general la acción
del buen Dios y de todos los idealistas
divinos sobre la tierra ha culminado por
siempre y en todas partes, en la
fundación del materialismo próspero del
pequeño número sobre el idealismo
fanático y constantemente excitado de
las masas.
Lo que vemos hoy es una prueba nueva.
Con excepción de esos grandes corazones
y de esos grandes espíritus extraviados
que he nombrado, ¿quiénes son hoy los
defensores más encarnizados del
idealismo? Primeramente todas las cortes
soberanas. En Francia fueron Napoleón
III y su esposa Eugenia; son todos sus
ministros de otro tiempo, cortesanos y
ex-mariscales, desde Rouher y Bazaine
hasta Fleury y Pietri; son los hombres y
las mujeres de ese mundo imperial, que
han idealizado también y salvado a
Francia. Son esos periodistas y esos
sabios: los Cassagnac, los Girardin, los
Duvemois, los Veuillot, los Leverrier,
los Dumas. Es en fin la negra falange de
los y de las jesuitas de toda túnica; es
toda la nobleza y toda la alta y media
burguesía de Francia. Son los
doctrinarios liberales y los liberales
sin doctrina: los Guizot, los Thiers,
los Jules Favre, los Jules Simon, todos
defensores encamizados de la explotación
burguesa. En Prusia, en Alemania, es
Guillermo I, el verdadero demostrador
actual del buen Dios sobre la tierra;
son todos los generales, todos sus
oficiales pomerianos y de los otros,
todo su ejército que, fuerte en su fe
religiosa, acaba de conquistar Francia
de la manera ideal que se sabe. En Rusia
es el zar y toda su corte; son los
Muravief y los Berg, todos los
degolladores y los piadosos
convertidores de Polonia. En todas
partes, en una palabra, el idealismo,
religioso o filosófico -el uno no es
sino la traducción más o menos libre del
otro-, sirve de bandera a la fuerza
sanguinaria y brutal, a la explotación
material desvergonzada; mientras que, al
contrario, la bandera del materialismo
teórico, la bandera roja de la igualdad
económica y de la justicia social, ha
sido levantada por el idealismo práctico
de las masas oprimidas y hambrientas,
que tienden a realizar la más grande
libertad y el derecho humano de cada uno
en la fraternidad de todos los hombres
sobre la tierra.
¿Quiénes son los verdaderos idealistas
-no los idealistas de la abstracción,
sino de la vida; no del cielo,
sino de la tierra- y quiénes son los
materialistas?
Es evidente que el idealismo teórico o
divino tiene condición esencial el
sacrificio de la lógica, de la razón
humana, la renunciación a la ciencia. Se
ve, por otra parte, que al defender las
doctrinas idealistas se halla uno
forzosamente arrastrado al partido de
los opresores y de los explotadores de
las masas populares. He ahí dos grandes
razones que parecían deber bastar para
alejar del idealismo todo gran espíritu,
todo gran corazón. ¿Cómo es que nuestros
ilustres idealistas contemporáneos, a
quienes, ciertamente, no es el espíritu,
ni el corazón, ni la buena voluntad lo
les falta, y que han consagrado su
existencia entera al servicio de la
humanidad, cómo es que se obstinan en
permanecer en las filas de los
representantes de una doctrina en lo
sucesivo condenada y deshonrada?
Es preciso que sean impulsados a ello
por una razón muy poderosa. No pueden
ser ni la lógica ni la ciencia, porque
la ciencia y la lógica han pronunciado
su veredicto contra la doctrina
idealista. No pueden ser tampoco los
intereses personales, porque esos
hombres infinitamente por encima de todo
lo que tiene nombre de interés personal.
Es preciso que sea una poderosa razón
moral. ¿Cuál? No puede haber más una:
esos hombres ilustres piensan, sin duda,
que las teorías o las creencias
idealistas son esencialmente necesarias
para la dignidad y la grandeza moral del
hombre, y que las teorías materialistas,
al contrario, lo rebajan al nivel de los
animales.
¿Y si la verdad fuera todo lo contrario?
Todo desenvolvimiento, he dicho, implica
la negación del punto de partida. El
punto de partida, según la escuela
materialista, es material, y la negación
debe ser necesariamente ideal. Partiendo
de la totalidad del mundo real, o de lo
que se llama abstractamente la materia,
se llega lógicamente a la idealización
real, es decir, a la humanización, a la
emancipación plena y entera de la
sociedad. Al contrario, y por la misma
razón, siendo ideal el punto de partida
de la escuela idealista, esa escuela
llega forzosamente a la materialización
de sociedad, a la organización de un
despotismo brutal y de una explotación
inicua e innoble, bajo la forma de la
iglesia y del Estado. El
desenvolvimiento histórico del hombre,
según la escuela materialista, es una
ascensión progresiva; en el sistema
idealista, no puede haber más que una
caída continua.
En cualquier cuestión humana que se
quiera considerar, se encuentra siempre
esa misma contradicción esencial entre
las dos escuelas. Por tanto, como hice
observar ya, el materialismo parte de la
animalidad para constituir la humanidad;
el idealismo parte de la divinidad para
constituir la esclavitud y condenar a
las masas a una animalidad sin salida.
El materialismo niega el libre albedrío
y llega a la constitución de la
libertad; el idealismo, en nombre de la
dignidad humana,.proclama el libre
albedrío y sobre las ruinas de toda
libertad funda la autoridad. El
materialismo rechaza el principio de
autoridad porque lo considera, con mucha
razón, como el corolario de la
animalidad y, al contrario, el triunfo
de la humanidad, que según él es el fin
y el sentido principal de la historia,
no es realizable más que por la
libertad. En una palabra, en toda
cuestión hallaréis a los idealistas en
flagrante delito siempre de materialismo
práctico, mientras que, al contrario,
veréis a los materialistas perseguir y
realizar las aspiraciones, los
pensamientos más ampliamente ideales.
La historia, en el sistema de los
idealistas, he dicho ya, no puede ser
más que una caída continua. Comienzan
con una caída terrible, de la cual no se
vuelven a levantar jamás: por el
salto mortale divino de las regiones
sublimes de la idea pura, absoluta, a la
materia. observad aun en qué materia: no
en una materia eternamente activa y
móvil, llena de propiedades y fuerzas,
de vida y de inteligencia, tal como se
presenta a nosotros en el mundo real;
sino en la materia abstracta,
empobrecida, reducida a la miseria
absoluta por el saqueo en regla de esos
prusianos del pensamiento, es decir, de
esos teólogos y metafísicos que la
desproveyeron de todo para dárselo a su
emperador, a su Dios; en esa materia
que, privada de toda propiedad, de toda
acción y de todo movimiento propios, no
representa ya, en oposición a la idea
divina, más que la estupidez, la
impenetrabilidad, la inercia y la
inmovilidad absolutas.
La caída es tan terrible que la
divinidad, la persona o la idea divina,
se aplasta, pierde la conciencia de sí
misma y no se vuelve a encontrar jamás.
¡Y en esa situación desesperada, es
forzada aún a hacer milagros! Porque
desde el momento en que la materia es
inerte, todo movimiento que se produce
en el mundo, aun en el material, es un
milagro, no puede ser sino el efecto de
una intervención divina, de la acción de
Dios sobre la materia. Y he ahí que esa
pobre divinidad, desgraciada y casi
anulada por su caída, permanece algunos
millares de siglos en ese estado de
desvanecimiento, después se despierta
lentamente, esforzándose siempre en vano
por recuperar algún vago recuerdo de sí
misma; y cada movimiento que hace con
ese fin en la materia se transforma en
una creación, en una formación nueva, en
un milagro nuevo. De este modo pasa por
todos los grados de la materialidad y de
la bestialidad; primero gas, cuerpo
químico simple o compuesto, mineral, se
difunde luego por la tierra como
organisrno vegetal y animal, después se
concentra en el hombre. Aquí parece
volver a encontrarse a sí misma, porque
en cada ser humano arde una chispa
angélica, una partícula de su propio ser
divino, el alma inmortal.
¿Cómo ha podido llegar a alojarse una
cosa absolutamente inmaterial en una
cosa absolutamente material?, ¿cómo ha
podido el cuerpo contener, encerrar,
paralizar, limitar el espíritu puro? He
ahí una de esas cuestiones que sólo la
fe, esa afirmación apasionada estúpida
de lo absurdo, puede resolver. Es el más
grande de los milagros. Aquí, no tenemos
sino que constatar los efectos, las
consecuencias prácticas de ese milagro.
Después de millares de siglos de vanos
esfuerzos para volver a sí misma, la
divinidad, perdida y esparcida en la
materia que anima y que pone en
movimiento, encuentra un punto de apoyo,
una especie de hogar para su propio
recogimiento. Es el hombre, es su alma
mortal aprisonada singularmente en un
cuerpo mortal. Pero cada hombre
considerado individualmente es
infinitamente restringido, demasiado
pequeño para encerrar la inmensidad; no
puede contener más que una pequena
partícula, inmortal como el todo, pero
infinitamente más pequeña que el todo.
Resulta de ahí que el ser divino, el ser
absolutamente inmaterial, el espíritu,
es divisible como la materia. He ahí un
misterio del que es preciso dejar la
solución a la fe.
Si Dios entero puede alojarse en cada
hombre, entonces cada hombre sería Dios.
Tendríamos una inmensa cantidad de
dioses, limitado cada cual por todos los
otros y, sin embargo, siendo infinito
cada uno; contradicción que implicaría
necesariamente la destrucción mutua de
los hombres, la imposibilidad de que
hubiese más que uno. En cuanto a las
partículas, esto es otra cosa: nada más
racional, en efecto, que a partícula sea
limitada por otra, y que sea más pequeña
que el todo. Sólo que aquí se presenta
otra contradicción. Ser limitado, ser
más grande o más pequeño, son atributos
de la materia, no del espíritu. Del
espíritu tal como lo entienden los
materialistas, sí, sin duda, porque,
según los materialistas, el espíritu
real no es más que el funcionamiento del
organismo por completo material del
hombre; y entonces la grandeza o la
pequeñez del espíritu dependen en
absoluto de la mayor o menor perfección
material del organismo humano. Pero
estos mismos atributos de limitación y
de grandeza relativa no pueden ser
atribuidos al espíritu tal como lo
entienden los idealistas, al espíritu
absolutamente inmaterial, al espíritu
que existe fuera de toda materia. En él
no puede haber ni más grande ni más
pequeño, ni ningún límite entre los
espíritus, porque no hay más que un
espíritu: Dios. Si se añade que las
partículas infinitamente pequeñas y
limitadas que constituyen las almas
humanas son al mismo tiempo inmortales,
se colmará la contradicción. Pero ésta
es una cuestión de fe. Pasemos a otra
cosa.
He ahí, pues, a la divinidad desgarrada,
y arrojada por partes infinitamente
pequeñas en una inmensa cantidad de
seres de todo sexo, de toda edad, de
todas las razas y de todos los colores.
Esa es una situación excesivamente
incómoda y desgraciada para ella porque
las partículas divinas se conocen unas a
otras poco, al principio de su
existencia humana, que comienzan por
devorarse mutuamente. Por tanto, en
medio de este estado de barbarie y de
brutalidad por completo animal, las
partículas divinas, las almas humanas,
conservan como un vago recuerdo de su
divinidad primitiva, son invenciblemente
arrastradas hacia su Todo; se buscan, lo
buscan. Esa es la divinidad misma,
difundida y perdida en el mundo
material, que se busca en los hombres
está de tal modo destruida por esa
multitud de prisiones humanas en que se
encuentra repartida, que al buscarse
comete un montón de tonterías.
Comenzando por el fetichismo, se busca y
se adora a sí misma, tan pronto en una
piedra, como en un trozo de madera, o en
un trapo. Es muy probable también que no
hubiese salido nunca del trapo si la
otra divinidad que no se ha dejado
caer en la materia, y que se ha
conservado en el estado de espíritu puro
en las alturas sublimes del ideal
absoluto, o en las regiones celestes, no
hubiese tenido piedad de ella.
He aquí un nuevo misterio. Es el de la
divinidad que se escinde en dos mitades,
pero igualmente totales e infinitas
ambas, y de las cuales una -Dios padre-
se conserva en las puras regiones
inmateriales; mientras que la otra -Dios
hijo- se ha dejado caer en la materia.
Vamos a ver al momento establecerse
relaciones continuas de arriba a abajo y
de abajo a arriba entre estas dos
divinidades, separada una de otra; y
estas relaciones, consideradas como un
solo acto eterno y constante,
constituirán el Espíritu Santo.
Tal es, en su verdadero sentido
teológico y metafísico, el grande, el
terrible misterio. de la trinidad
cristiana. Pero dejemos lo antes posible
estas alturas y veamos lo que pasa en la
tierra.
Dios padre, viendo, desde lo alto de su
esplendor eterno, que ese pobre Dios
hijo, achatado y pasmado por su caída,
se sumergió y perdió de tal modo en la
que, aun llegado al estado humano, no
consigue encontrarse, se decide,
por fin, a ayudarlo. Entre esa inmensa
cantidad de partículas a la vez
inmortales, divinas e infinitamente
pequeñas en que el Dios hijo se diseminó
hasta el punto de no poder volver a
reconocerse, el Dios padre eligió las
que le agradaron más y las hizo sus
inspirados, sus profetas, sus "hombres
de genio virtuosos", los grandes
bienhechores y legisladores de la
humanidad: Zoroastro, Buda, Moisés,
Confucio, Licurgo, Solón, Sócrates, el
divino Platón, y Jesucristo, sobre todo,
la completa realización de Dios hijo, en
fin, recogida y concentrada en una sola
persona humana; todos los apóstoles, San
Pedro, San Pablo y San Juan, sobre todo;
Constantino el Grande, Mahoma; después
Carlomagno, Gregorio Vll, Dante; según
unos Lutero también, Voltaire y
Rousseau, Roespierre y Dantón, y muchos
otros grandes y santos personajes
históricos de los que es imposible
recapitular todos los nombres, pero
entre los cuales, como ruso, ruego que
no se olvide a San Nicolás.
Henos aquí, pues, llegados a la
manifestación de Dios sobre la tierra.
Pero tan pronto como Dios aparece, el
hombre se anula. Se dirá que no se anula
del todo, puesto que él mismo es una
partícula de Dios. ¡Perdón! Admito que
una partícula, una parte de un todo
determinado, limitado, por pequeña que
sea la parte, sea una cantidad, un
tamaño positivo. Pero una parte, una
partícula de lo infinitamente grande,
comparada con él, es, necesariamente,
infinitamente pequeña. Multiplicad los
millones y millones por millones y
millones; su producto, en comparación
con lo infinitamente grande, será
infinitamente pequeño, lo infinitamente
pequeño es igual a cero. Dios es todo,
por consiguiente el hombre y todo el
mundo real con él, el universo, no son
nada. No saldréis de ahí.
Dios aparece, el hombre se anula; y
cuanto más grande se hace la divinidad,
más miserable se vuelve la humanidad. He
ahí toda la historia de todas las
religiones; he ahí el efecto de todas
las inspiraciones y de todas las
legislaciones divinas. En historia el
nombre de Dios es la terrible maza
histórica con la cual los hombres
divinamente inspirados, los grandes
"genios virtuosos" han abatido la
libertad, la dignidad, la razón y
la prosperidad de los hombres.
Hemos tenido primeramente la caída de
Dios. Tenemos ahora una caída que nos
interesa mucho más: la
del hombre, causada por la sola
aparición o manifestación de Dios en la
tierra.
Ved, pues, en qué error profundo se
encuentran nuestros queridos e ilustres
idealistas. Hablándonos de Dios, creen,
quieren elevarnos, emanciparnos,
ennoblecernos y, al contrario, nos
aplastan y nos envilecen. Con el nombre
de Dios se imaginan poder establecer la
fraternidad entre los hombres, y, al
contrario, crean el orgullo, el
desprecio; siembran la discordia, el
odio, la guerra, fundan la esclavitud.
Porque con Dios vienen necesariamente
los diferentes grados de inspiración
divina; la humanidad se divide en muy
inspirados, menos inspirados y en no
inspirados de ningún modo. Todos son
igualmente nulos ante Dios, es verdad;
pero comparados entre sí, los unos son
más grandes que los otros; y no
solamente de hecho -lo que no sería
nada, porque una desigualdad de hecho se
pierde por sí misma en la
colectividad, cuando no encuentra nada,
ninguna ficción o institución legal a a
cual pueda engancharse-; no, los unos
son más grandes que los otros por el
derecho divino de la inspiración: lo que
constituye de inmediato una desigualdad
fija, constante, petrificada. Los más
inspirados deben ser escuchados y
obedecidos por los menos inspirados. He
ahí al fin el -principio de autoridad
bien establecido, y con él las dos
instituciones fundamentales de la
esclavitud: la Iglesia y el
Estado.
De todos los despotismos el de los
doctrinarios o de los inspirados
religiosos es el peor. Son tan celosos
de la gloria de su Dios y del triunfo de
su idea, que no les queda corazón ni
para la libertad, ni para la dignidad,
ni aun para los sufrimientos de los
hombres vivientes, de los hombres
reales. El celo divino, la preocupación
por la idea acaban por desecar en las
almas más tiernas, en los corazones más
solidarios, las fuentes del amor humano.
Considerando todo lo que es, todo lo que
se hace en el mundo, desde el punto
vista de la eternidad o de la idea
abstracta, tratan con desdén las cosas
pasajeras; pero toda la vida de los
hombres reales, de los hombres de carne
y hueso, no está compuesta más que de
cosas pasajeras; ellos mismos no son más
que seres que pasan y que, una vez
pasados, son reemplazados por otros
igualmente pasajeros, pero que no
vuelven jamás en persona. Lo que hay de
permanente o de relativamente eterno en
los hombres reales, es el hecho de la
humanidad que, al desenvolverse
constantemente, pasa, cada vez más rica,
de una generación a otra. Digo
relativamente eterno, porque una vez
destruido nuestro planeta -y puede por
menos de perecer tarde o temprano, pues
do lo que ha comenzado debe
necesariamente terminar-, una vez
descompuesto nuestro planeta, para
servir sin duda de elemento a alguna
formación nueva en el sistema del
universo, el único realmente eterno,
¿quién sabe lo que pasará con todo
nuestro desenvolvimiento humano? Por
consiguiente, como el momento de esa
disolución está inmensamente lejos de
nosotros, podemos considerar a la
humanidad como eterna, dada en relación
a la vida humana, tan corta. Pero este
mismo hecho de la humanidad progresiva
no es real y viviente más que en tanto
que se manifiesta y se realiza en
tiempos determinados, en lugares
determinados, en hombres realmente
vivos, y no en su ideal general.
La idea general es siempre una
abstracción y por eso mismo, en cierto
modo, una negación de la vida real. En
mi Apéndice Consideraciones
filosóficas he comprobado esta
propiedad del pensamiento humano, y por
consiguiente, también de la ciencia, de
no poder aprehender y nombrar en los
hechos reales más que su sentido
general, sus relaciones generales, sus
leyes generales; en una palabra, lo que
es permanente en sus transformaciones
continuas, pero jamás su aspecto
material, individual, y, por decirlo
así, palpitante de realidad y de vida,
pero por eso mismo fugitivo, no la
realidad misma; el pensamiento de la
vida, no la vida. He ahí su límite, el
único límite verdaderamente
infranqueable para ella, porque está
fundado sobre la natulareza misma del
pensamiento humano, que es el único
órgano de la ciencia.
Sobre esta naturaleza se fundan tres
derechos incontestables y la gran misión
de la ciencia, pero también su
impotencia vital y su acción malhechora
siempre que, por sus representantes
oficiales, patentados, se atribuye el
derecho de gobernar la vida. La missión
de la ciencia es ésta: Al constatar las
relaciones geneales de las cosas
pasajeras y reales y al reconocer las
leyes generales inherentes al
desenvolvimiento de los fenómenos, tanto
del mundo físico como del mundo social,
planta, por decirlo así, los jalones
inmutables de la marcha progresiva de la
humanidad, indicando a los hombres las
condiciones generales cuya observación
rigurosa es necesaria y cuya ignorancia
u olvido serán siempre fatales. En una
palabra, la ciencia es la brújula de la
vida, pero no es la vida. La ciencia es
inmutable, impersonal, general,
abstracta, insensible, como las leyes de
que no es más que la reproducción ideal,
reflexiva o mental, es decir, cerebral
(para recordamos que la ciencia misma no
es más que un producto material de un
órgano material, de la organización
material del hombre, del cerebro).
La vida es fugitiva, pasajera, pero
también palpitante de realidad y de,
individualidad, de sensibilidad, de
sufrimientos, de alegrías, de
aspiraciones, de necesidades y de
pasiones. Es ella la que espontáneamente
crea las cosas y todos los seres reales.
La ciencia no crea nada, constata y
reconoce solamente las creaciones de la
vida. Y siempre que los hombres de
ciencia, saliendo de su mundo abstracto,
se mezclan a la creación viviente en el
mundo real, todo lo que proponen o lo
que crean es pobre, ridículamente
abstracto, privado de sangre y de vida,
muerto nonato, semejante al
humunculus creado por Wagner, el
discípulo pedante del inmortal doctor
Fausto. Resulta de ello que la ciencia
tiene por misión única esclarecer la
vida, no gobernarla.
El gobiemo de la ciencia y de los
hombres de ciencia aunque se llamen
positivistas, discípulos de Auguste
Comte, o discípulos de la escuela
doctrinaria del comunismo alemán, no
puede ser sino impotente, ridículo,
inhumano y cruel, opresivo, explotador,
malhechor. Se puede decir que los
hombres de ciencia, como tales,
lo que he dicho de los teólogos y de los
metafísicos: no tienen ni sentido ni
corazón para los seres índividuales y
vivientes. No se les puede hacer
siquiera un reproche por ello, porque es
la consecuencia natural de su oficio. En
tanto que hombres de ciencia no se
preocupan, no pueden interesarse más que
por las generalidades, por las leyes...
[Faltan tres páginas del mantis
criíto de Bakunin]
... no son exclusivamente hombres de
ciencia, son también más o menos hombres
de la vida.
Pero no hay que fiarse demasiado, y si
se puede estar seguro poco más o menos
de que ningún sabio se atreverá a tratar
hoy a un hombre como se trata a un
conejo, es de temer siempre que el
gobierno de los sabios, si se le deja
hacer, querrá someter a los hombres
vivos a experiencias científicas, sin
duda menos crueles pero que no serían
menos desastrosas para sus víctimas
humanas. Si los sabios no pueden hacer
experiencias sobre el cuerpo de los
hombres, no querrán nada mejor que
hacerlas sobre el cuerpo social, y he
ahí lo que hay que impedir a toda cosa.
En su organización actual, monopolistas
de la ciencia y que quedan, como tales,
fuera de la vida social, los sabios
forman ciertamente una casta aparte que
ofrece mucha analogía con la casta de
los sacerdotes. La abstracción
científica es su Dios, las
individualidades vivientes y reales son
las víctimas, y ellos son los
inmoladores consagrados y patentados.
La ciencia no puede salir de la esfera
de las abstracciones. Bajo este aspecto,
es infinitamente inferior al arte, -el
cual tampoco tiene propiamente que ver
más que con los tipos generales y las
situaciones generales, pero que, por un
artificio que le es propio, sabe
encarnar en formas que aunque no sean
vivas, en el sentido de la vida real, no
provocan menos en nuestra imaginación el
sentimiento o el recuerdo de esa vida;
individualiza en cierto modo los tipos y
las aciones que concibe y, por esas
individualidades sin carne y sin hueso,
y como tales permanentes e inmortales,
que tiene el poder de crear, nos
recuerda las individualidades vivientes,
reales, que aparecen y que desaparecen
ante nuestros ojos. El arte es, pues, en
cierto modo la vuelta de la abstracción
a la vida. La ciencia es, al contrario,
la inmolación perpetua de la vida
fugitiva, pasajera, pero real, sobre el
altar de las abstracciones eternas.
La ciencia es tan poco capaz de
aprehender la individualidad de un
hombre como la de un conejo. Es decir,
es tan indiferente para una como para
otra. No es que ignore el principio de
la individualidad. La concibe
perfectamente como principio, pero no
como hecho. Sabe muy bien que todas las
especies animales, comprendida la
especie humana, no tienen existencia
real más que en un número indefinido
de individuos que nacen y que mueren,
haciendo lugar a individuos nuevos
igualmente pasajeros. Sabe que a medida
que se eleva de las especies animales a
las especies superiores, el principio de
la individualidad se determina más, los
individuos aparecen más completos y más
libres. Sabe en fin que el hombre, el
último y el más perfecto animal de esta
tierra, presenta la individualidad más
completa y más digna de consideración, a
causa de su capacidad de concebir y de
concretar, de personificar en cierto
modo en sí mismo, y en su existencia
tanto social como privada, la ley
universal. Sabe, cuando no está viciada
por el doctrinalismo teológico,
metafísico, político o jurídico, o aun
por un orgullo estrictamente científico,
y cuando no es sorda a los instintos y a
las aspiraciones espontáneas de la vida,
sabe (y ésa es su última palabra), que
el respeto al hombre es la ley suprema
de la humanidad, y que el grande, el
verdadero fin de la historia, el único
legítimo, es la humanización y la
emancipación, es la libertad , la
prosperidad real, la felicidad de cada
individuo que vive en sociedad. Porque,
al fin de cuentas, a menos de volver a
caer en la ficción liberticida del bien
público representado por el Estado,
ficción fundada siempre sobre la
inmolación sistemática de las masas
populares, es preciso reconocer que la
libertad y la prosperidad colectivas no
son reales más que cuando representan la
suma de las libertades y de las
prosperidades individuales.
La ciencia sabe todo eso, pero no va, no
puede ir más allá. Al constituir la
abstracción su propia naturaleza, puede
muy bien concebir el principio de la
individualidad real y viva, pero no
puede tener nada que ver con individuos
reales y vivientes. Se ocupa de los
individuos en general, pero no de Pedro
o de Santiago, no de tal o cual otro
individuo, que no existen, que no pueden
existir para ella. Sus individuos no
son, digámoslo aún, más que
abstracciones.
Por consiguiente, no son esas
individualidades abstractas, sino los
individuos reales, vivientes, pasajeros,
los que hacen la historia. Las
abstracciones no tienen piernas para
marchar, no marchan más que cuando son
llevadas por hombres reales. Para esos
seres reales, compuestos no sólo de
ideas sino realmente de carne y sangre,
la ciencia no tiene corazón. Los
considera a lo sumo como carne de
desenvolvimiento intelectual y social.
¿Qué le importan las condiciones
particulares y la suerte fortuita de
Pedro y de Santiago? Se haría ridícula,
abdicaría, se aniquilaría si quisiese
ocuparse de ellas de otro modo que como
de un ejemplo en apoyo de sus teorías
eternas. Y sería ridículo querer que lo
hiciera, porque no es ésa su misión. No
puede percibir lo concreto; no puede
moverse más que en abstracciones. Su
misión es ocuparse de la situación y de
las condiciones generales de la
existencia y del desenvolvimiento, sea
de la especie humana en general, sea de
tal raza, de tal pueblo, de tal clase o
categoría de individuos; de las causas
generales de su prosperidad o de su
decadencia, y de los medios generales
para hacerlos avanzar en toda suerte
de progresos. Siempre que realice amplia
y racionalmente esa labor, habrá
cumplido todo su deber, y sería
verdaderamente ridículo e injusto
exigirle más.
Pero sería igualmente ridículo, sería
desastroso confiarle una misión que es
incapaz de ejecutar. Puesto que su
propia naturaleza la obliga a ignorar la
existencia y la suerte de Pedro y de
Santiago, no hay que permitirle, ni a
ella ni a nadie en su nombre, gobernar a
Pedro y a Santiago. Porque sería muy
capaz de tratarlos poco más o menos que
como trata a los conejos. O más bien,
continuaría ignorándolos; pero sus
representantes patentados, hombres de
ningún modo abstractos, sino al
contrario muy vivientes, que tienen
intereses muy reales, cediendo a la
influencia perniciosa que ejerce
fatalmente el privilegio sobre los
hombres, acabarían por esquilmarlos en
nombre de la ciencia como los han
esquilmado hasta aquí los sacerdotes,
los políticos de todos los colores y los
abogados, en nombre de Dios, del estado
y del derecho jurídico.
Lo que predico es, pues, hasta un cierto
punto, la rebelión de la vida contra
la ciencia, o más bien contra el
gobierno de la ciencia. No para
destruir la ciencia -eso sería un crimen
de lesa humanidad-, sino para ponerla en
su puesto, de manera que no pueda volver
a salir de él. Hasta el presente toda la
historia humana no ha sido más que una
inmolación perpetua y sangrienta de
millones de pobres seres humanos a una
abstracción despiadada cualquiera: Dios,
patria, poder el estado, honor nacional,
derechos históricos, derechos jurídicos,
libertad política, bien público. Tal ha
sido hasta hoy el movimiento natural,
espontáneo y fatal de las sociedades
humanas. No podemos hacer nada ahí,
debemos aceptarlo en cuanto al pasado,
como aceptamos todas las fatalidades
naturales. Es preciso creer que, ésa era
la única ruta posible para la educación
de la especie humana. Porque no hay que
engañarse: aun cediendo la parte más
grande a los artificios maquiavélicos de
las clases gobernantes, debemos
reconocer que ninguna minoría hubiese
sido bastante poderosa para imponer
todos esos terribles sacrificios a las
masas, si no hubiese habido en esas
masas mismas un movimiento vertiginoso,
espontáneo, que las llevase a
sacrificarse siempre de nuevo a una de
esas abstracciones devoradoras que, como
los vampiros de la historia, se
alimentaron siempre de sangre humana.
Que los teólogos, los políticos y los
juristas hallen eso muy bien, se
concibe. Sacerdotes de esas
abstraeciones, no viven más que de esa
continua inmolación de las masas
populares. Que la metafísica dé también
su consentimiento a ello, no debe
asombramos tampoco. No tiene otra misión
que la de legitimar y racionalizar todo
lo posible lo que es inicuo y absurdo.
Pero que la ciencia positiva misma haya
mostrado hasta aquí idénticas
tendencias, he ahí lo que debemos
constatar y deplorar. No ha podido
hacerlo más que por dos razones:
primero, porque, constituida al margen
de la vida popular, está representada
por un cuerpo privilegiado; y además
porque se ha colocado ella mísma, hasta
aquí, como el fin absoluto y último de
todo desenvolvimiento humano; mientras
que, mediante una crítica juiciosa, de
que es capaz y que en última instancia
se verá forzada a ejecutar contra sí
misma, habría debido comprender que es
realmente un medio necesario para la
realización de un fin mucho más elevado:
el de la completa humanización de la
situación real de todos los
individuos reales que nacen,
viven y mueren sobre la tierra.
La inmensa ventaja de la ciencia
positiva sobre la teología, la
metafísica, la política y el derecho
jurídico, consiste en esto: que en lugar
de las abstracciones mentirosas y
funestas predicadas por esas doctrinas,
plantea abstracciones verdaderas que
experimentan la naturaleza general o la
lógica misma de las cosas, sus
relaciones generales y las leyes
generales de su desenvolvimiento. He ahí
lo que la separa profundamente de todas
las doctrinas precedentes y lo que le
asegurará siempre una gran posición en
la sociedad humana. Constituirá en
cierto modo su conciencia colectiva.
Pero hay un aspecto por el que se asocia
absolutamente a todas esas doctrinas:
que no tiene y no puede tener por objeto
más que las abstracciones, y es forzada,
por su naturaleza misma, a ignorar los
individuos reales, al margen de los
cuales, aun las abstracciones más
verdaderas no tienen existencia real.
Para remediar este defecto radical, he
aquí la diferencia que deberá
establecerse entre la acción práctica de
las doctrinas precedentes y la ciencia
positiva. Las primeras se han prevalido
de la ignorancia de las masas para
sacrificarlas con voluptuosidad a sus
abstracciones, por lo demás siempre muy
lucrativas para sus representantes
corporales. La segunda, reconociendo su
incapacidad absoluta para concebir los
individuos reales e interesarse en su
suerte, debe definitiva y absolutamente,
renunciar al gobierno de la sociedad;
porque, si se mezclase en él, no podría
obrar de otro modo que sacrificando
siempre los hombres vivientes, que
ignora, a sus abstracciones que forman
el único objeto de sus preocupaciones
legítimas.
La verdadera ciencia de la historia, por
ejemplo, no existe todavía, y apenas si
se comienzan hoy a entrever las
condiciones inmensamente complicadas de
esa ciencia. Pero supongámosla en fin
realizada: ¿qué podrá darnos?
Reproducirá el cuadro razonado y fiel
del desenvolvimiento natural de las
condiciones generales, tanto materiales
como ideales, tanto económicas como
políticas, de las sociedades que han
tenido una historia. Pero ese cuadro
universal de la civilización, por
detallado que sea, no podrá nunca
contener más que apreciaciones generales
y por consiguiente abstractas. En
este sentido, los millares de millones
de individuos que han formado la
materia viva y sufriente de esa
historia -a la vez triunfal y lúgubre
desde el punto de vista de la inmensa
hecatombe de víctimas "aplastadas bajo
su carro", los millares de millones de
individuos oscuros, pero sin los cuales
no habría sido obtenido ninguno de los
grandes resultados abstractos de la
historia -y que, notadlo bien, no
aprovecharon jamás ninguno de esos
resultados- esos individuos no
encontrarán la más humilde plaza en la
historia. Han vivido, han sido
inmolados, en bien de la humanidad
abstracta; he ahí todo.
¿Habrá que reprocharle eso a la ciencia
de la historia? Sería ridículo e
injusto. Los individuos son
inapercibibles por el pensamiento, por
la reflexión, aun por la palabra humana,
que no es capaz de expresar más que
abstracciones; inapercibibles en el
presente lo mismo que en el pasado. Por
tanto, la ciencia social misma, la
ciencia del porvenir, continuará
ignorándolos forzosamente. Todo lo que
tenemos el derecho a exigir de ella es
que nos indique, con una mano firme y
fiel, las causas generales de los
sufrimientos individuales; entre
esas causas no olvidará, sin duda, la
inmolación y la subordinación, demasiado
habituales todavía, de los individuos
vivientes a las generalidades
abstractas; y que al mismo tiempo nos
muestre las condiciones generales
necesarias para la emancipación real de
los individuos que viven en la sociedad.
He ahí su misión, he ahí también sus
límites, más allá de los cuales la
acción de la ciencia social no podría
ser sino impotente y funesta. Porque más
allá de esos límites comienzan las
pretensiones doctrinarias y
gubenanentales de sus representantes
patentados, de sus sacerdotes. Y es
tiempo de acabar con todos los papas y
todos los sacerdotes: no los queremos ya
aunque se llamen demócratas-socialistas.
Otra vez más, la única misión de la
ciencia es iluminar la ruta. Pero sólo
la vida, liberada de todos los
obstáculos gubernamentales y
doctrinarios y devuelta a la
plenitud de su acción espontánea, puede
crear.
¿Cómo resolver esta antinomia?
Por una parte la ciencia es
indispensable a la organización racional
de la sociedad; por otra, incapaz de
interesarse por lo que es real y
viviente, no debe mezclarse en la
organización real o práctica de la
sociedad. Esta contradicción no puede
ser resuelta más que de un solo modo: la
liquidación de la ciencia como ser moral
existente al margen de la vida social de
todo el mundo, y representada, como tal,
por un cuerpo de patentados, y su
difusión entre las masas popuares.
Estando llamada la ciencia en lo
sucesivo a representar la conciencia
colectiva de la sociedad, debe almente
convertirse en propiedad de todo el
mundo. Por eso, sin perder nada de su
carácter universal -del que no podrá
jamás apartarse, bajo pena de cesar de
ser ciencia, y aun continuando
ocupándose exclusivamente de las causas
generales, de las condiciones reales y
de las relaciones generales,de los
individuos y de las cosas-, se fundirá
en la realidad con la vida inmediata y
real de todos los individuos humanos.
Este era un movimiento análogo a aquél
que ha hecho decir a los protestantes,
al comienzo de la Reforma religiosa, que
no había necesidad de sacerdotes, pues
el hombre se convertiría en adelante en
su propio sacerdote y gracias a la
intervención invisible, única, de
Jesucristo, había llegado a tragarse en
fin su propio Dios. Pero no se trata
aquí ya ni de nuestro señor Jesucristo,
ni del buen Dios, ni de la libertad
política, ni del derecho jurídico, todas
cosas reveladas, sea teológica, sea
metafísicamente, y todas igualmente
indigestas, como se sabe. El mundo de
las abstracciones científicas no es
revelado; es inherente al mundo real,
del cual no es más que la expresión y la
representación general o abstracta. En
tanto que forma una región separada,
representada especialmente por el cuerpo
de los sabios, ese mundo ideal nos
amenaza con ocupar, frente al mundo
real, el puesto del buen Dios y con
reservar a sus representantes patentados
el oficio de sacerdotes. Por esa razón,
por la instrucción general, igual para
todos y para todas, hay que disolver la
organización social separada de la
ciencia, a fin de que las masas, cesando
de ser rebaños dirigidos y esquilmados
por los pastores privilegiados, puedan
tomar en sus manos sus propios destinos
históricos.
Pero en tanto que las masas no hayan
llegado a ese grado de instrucción,
¿será necesario que se dejen gobernar
por los hombres de ciencia? ¡No lo
quiera Dios! Sería mejor que vivieran
sin la ciencia antes de dejarse
gobernar por los sabios. El gobierno
de los sabios tendría por primera
consecuencia hacer inaccesible al pueblo
la ciencia y sería necesariamente un
gobierno aristocrático, porque la
institución actual de la ciencia es una
institución aristocrática. ¡La
aristocracia de la inteligencia! Desde
el punto de vista práctico la más
implacable, desde el punto de vista
social la más arrogante y la más
insultante: tal sería el poder
constituido en nombre de la ciencia. Ese
régimen sería capaz de paralizar la vida
y el movimiento la sociedad. Los sabios,
siempre presuntuosos, siempre llenos de
suficiencia, y siempre impotentes,
querrían mezclarse en todo, y todas las
fuentes de la vida se secarían bajo su
soplo abstracto y sabio.
Una vez más, la vida, no la ciencia,
crea la vida; la acción espontánea del
pueblo mismo es la única que puede crear
la libertad popular. Sin duda, sería muy
bueno que la ciencia pudiese, desde hoy,
iluminar la marcha espontánea del pueblo
hacia su emancipación pero más vale la
ausencia de luz que una luz vertida con
parsimonia desde afuera con el fin
evidente de extraviar al pueblo. Por
otra parte, el pueblo no carecerá
absolutamente de luz. No en vano ha
recorrido la larga carrera histórica y
ha pagado sus errores con siglos de
sufrimientos horribles. El resumen
práctico de esas dolorosas experiencias
constituye una especie de ciencia
tradicional que, bajo ciertos aspectos,
equivale perfectamente a la ciencia
teórica. En fin, una parte de la
juventud estudiosa, aquellos de entre
los burgueses estudiosos que sienten
bastante odio contra la mentira, contra
la hipocresía, contra la iniquidad y
contra la cobardía de la burguesía, para
encontrar en sí el valor de volverle las
espaldas, y bastante pasión para abrazar
sin reservas la causa justa y humana del
proletariado, esos serán, como lo he
dicho ya, los instructores fraternales
del pueblo; aportándole conocimientos
que le faltan aún, harán perfectamente
inútil el gobierno de los sabios.
Si el pueblo debe preservarse del
gobierno de los sabios, con mayor razón
debe premunirse contra el de los
idealistas inspirados. Cuanto más
sinceros son esos creyentes y esos
poetas del cielo, más peligrosos se
vuelven. La abstracción científica, lo
he dicho ya, es una abstracción
racional, verdadera en su esencia,
necesaria a la vida de la que es
representación teórica, conciencia.
Puede, debe ser absorbida y digerida por
la vida. La abstracción idealista, Dios,
es un veneno corrosivo que destruye y
descompone la vida, que la falsea y la
mata. El orgullo de los idealistas, no
siendo personal, sino un orgullo divino,
es invencible e implacable. Puede, debe
morir, pero no cederá nunca, y en tanto
que le quede un soplo, tratará de
someter el mundo al talón de su Dios,
como los lugartenientes de Prusia, esos
idealistas prácticos de Alemania,
quisieran verlo aplastado bajo la bota
con espuelas de su rey. Es la misma fe
-los objetivos no son siquiera y
diferentes- y el mismo resultado de la
fe: la esclavitud.
Es al mismo tiempo el triunfo del
materialismo más craso y más brutal: no
hay necesidad de demostrarlo por lo que
se refiere a Alemania, porque habría que
estar verdaderamente ciego para no
verlo, en los tiempos que corren. Pero
creo necesario aun demostrarlo con
relación al idealismo divino.
El hombre, como todo el resto del mundo,
es un ser completamente material. El
espíritu, la facultad de pensar, de
recibir y de reflejar las diversas
sensaciones, tanto exteriores como
interiores, de recordarlas después de
haber pasado y de reproducirlas por la
imaginación, de compararlas y
distinguirlas, de abstraer
determinaciones comunes y de crear por
eso mismo generales o abstractas, a fin
de formar las ideas agrupando y
combinando las nociones según modos
diferentes, la inteligencia en una
palabra, el único creador de todo
nuestro mundo ideal, es una propiedad
del cuerpo animal y principalmente de la
organización completamente material del
cerebro.
Lo sabemos de una manera muy segura, por
la expencia universal, que no ha
desmentido nunca hecho alguno y que todo
hombre puede verificar a cada instante
de su vida. En todos los animales, sin
exceptuar las especies más inferiores,
encontramos un cierto grado de
inteligencia y vemos que en la serie de
las especies la inteligencia animal se
desarrolla tanto más cuanto más la
organización de una especie se aproxima
a la del hombre; pero que en el hombre
solamente llega a esa potencia de
abstracción que constituye propiamente
el pensamiento.
La experiencia universal, que en
definitiva es el único origen, la fuente
de todos nuestros conocimientos, nos
demuestra, pues: 1º), que toda
inteligencia está siempre asociada a un
cuerpo animal cualquiera, y 2º), que la
intensidad, la potencia de esa función
animal depende de la perfección relativa
de la organización animal. Este segundo
resultado de la experiencia universal no
es aplicable solamente a las diferentes
especies animales; lo comprobamos
igualmente en los hombres, cuyo poder
intelectual y moral depende, de una
manera demasiado evidente, de la mayor o
menor perfección de su organismo, como
raza, como nación, como clase y como
individuos, para que sea necesario
insistir demasiado sobre este punto.
Por otra parte, es cierto que ningún
hombre ha visto nunca ni podido
ver el espíritu puro, separado de toda
forma material, existiendo
independientemente de un cuerpo animal
cualquiera. Pero si nadie lo ha visto,
¿cómo han podido los hombres llegar a
creer en su existencia? Porque el hecho
de esa creencia es notorio y, si no
universal, como lo pretenden los
idealistas, al menos es muy general; y
como tal es digno de nuestra atención
respetuosa, porque una creencia general,
por tonta que sea, ejerce siempre una
influencia demasiado poderosa sobre los
destinos humanos para que esté permitido
ignorarla o hacer abstracción de ella.
El hecho de esa creencia histórica se
explica, por otra parte, de una manera
natural y racional. El ejemlo que nos
ofrecen los niños y los adolescentes,
incluso muchos hombres que han pasado la
edad de la mayoría, nos prueba que el
hombre puede ejercer largo tiempo sus
facultades mentales antes de darse
cuenta la manera cómo las ejerce, antes
de llegar a la conciencia clara de ese
ejercicio. En ese período del
funcionamiento del espíritu inconsciente
de sí mismo, de esa acción de la
inteligencia ingenua o creyente, el
hombre, obsesionado por el mundo
exterior e impulsado por ese aguijón
interior que se llama la vida, crea
cantidad de imaginaciones, de nociones y
de ideas, necesariamente muy imperfectas
al principio, muy poco conformes a la
realidad de las cosas y de los hechos
que se esfuerzan por expresar. Y como no
tiene la conciencia de su propia acción
inteligente, como no sabe todavía que es
él mismo el que ha producido y el que
continúa produciendo esas imaginaciones,
esas nociones, esas ideas, como ignora
su origen subjetivo, es decir,
humano, las considera naturalmente,
necesariamente, como seres objetivos,
como seres reales, en absoluto
independientes de él, que existen por sí
y en sí. Es así cómo los pueblos
primitivos, al salir lentamente de su
inocencia animal, han creado sus dioses
habiéndolos creado, no pensando que
fuesen ellos mismos los creadores
únicos, los han adorado; considerándolos
como seres reales, infinitamente
superiores ellos mismos, les han
atribuido la omnipotencia y se han
reconocido sus criaturas, sus esclavos.
A medida e las ideas humanas se
desenvolvían más, los dioses, que como
hice observar ya, no fueron nunca más
que la reverberación fantástica, ideal,
poética o la imagen trastornada, se
idealizaban también. Primero fetiches
groseros, se hicieron poco a poco
espíritus puros, con existencia fuera
del mundo visible, y en fin, a
continuación de un largo
desenvolvimiento histórico, acabaron por
confundirse en un solo ser divino,
espíritu puro, eterno, absoluto, creador
y amo de los mundos.
En todo desenvolvimiento, justo o falso,
real o imaginario, colectivo o
individual, es siempre el primer paso el
que cuesta, el primer acto el más
difícil. Una vez franqueado ese paso y
realizado ese primer acto, el resto
transcurre naturalmente, como una
consecuencia necesaria. Lo que era
difícil en el desenvolvimiento histórico
de esa terrible locura religiosa que
continúa obsesionándonos y
aplastándonos, era poner un mundo divino
tal cual, fuera del mundo real. Ese
primer acto de locura, tan natural desde
el punto de vista fisiológico y por
consiguiente necesario en la historia la
humanidad, no se realiza de un solo
golpe. Han sido necesarios no sé cuántos
siglos para desarrollar y para hacer
penetrar esa creencia en los hábitos
mentales de los hombres. Pero, una vez
establecida, se ha vuelto omnipotente,
como lo es necesariamente toda cura que
se apodera del cerebro humano.
Considerad un loco: cualquiera que sea
el objeto especial de su locura,
hallaréis que la idea oscura y fija que
le obsesiona le parece la más natural
del mundo, y al contrario, las
cosas naturales y reales que están en
contradicción con esa idea, le parecerán
locuras ridículas y odiosas. Y bien, la
religión es una locura colectiva, tanto
más poderosa cuanto que es una locura
tradicional y que su origen se pierde en
una antigüedad excesivamente lejana.
Como locura colectiva, ha penetrado en
todos los detalles, tanto públicos como
privados de la existencia social de un
pueblo, se ha encarnado en la sociedad,
se ha convertido por decirlo así en el
alma el pensamiento colectivos. Todo
hombre es envuelto desde su nacimiento
en ella, la mama con la leche de la
madre, la absorbe con todo lo que oye,
en todo lo ve. Ha sido tan alimentado,
tan envenenado, tan penetrado en todo su
ser por ella, que más tarde, por
poderoso que sea su espíritu natural,
tiene necesidad de hacer esfuerzos
inauditos para libertarse y no lo
consigue nunca de una manera completa.
Nuestros idealistas modernos son una
demostración de esto y nuestros
materialistas doctrinarios, los
comunistas alemanes, son otra. No han
sabido deshacerse de la religión del
Estado.
Una vez bien establecido el mundo
sobrenatural, el mundo divino en la
imaginación tradicional de los pueblos,
el desenvolvimiento de los diversos
sistemas religiosos ha seguido su curso
natural y lógico, siempre conforme, por
otra parte, al desenvolvimiento
contemporáneo y real de las relaciones
económicas y políticas que han sido en
todo tiempo, en el mundo de la fantasía
religiosa, la reproducción fiel y la
consagración divina. Es así como la
locura colectiva e histórica que se
llama religión se ha desarrollado desde
el fetichismo, pasando por todos los
grados del politeísmo, basta el
monoteísmo cristiano.
El segundo paso, en el desenvolvimiento
de las creencias religiosas y el más
difícil sin duda después del
establecimiento de un mundo divino
separado, fue precisamente esa
transición del politeísmo al monoteísmo,
del materialismo religioso de los
paganos a la fe espiritualista de los
cristianos. Los dioses paganos -y éste
fue su carácter principal-, eran ante
todo dioses exclusivamente nacionales.
Después, como eran numerosos,
conservaron necesariamente, más o menos,
un carácter material o, más bien, es
porque eran materiales por lo que fueron
tan numerosos, pues la diversidad es uno
de los atributos principales del mundo
real. Los dioses paganos no eran aún
propiamente la negación de las cosas
reales: no eran más que su exageración
fantástica.
Hemos visto cuánto costó esa transición
al pueblo judío, del que constituyó, por
decirlo así, toda la historia. Moisés y
los profetas se complacían en predicarle
el Dios único; el pueblo volvía a caer
en su idolatría primitiva, en la fe
antigua, comparativamente mucho más
natural, más cómoda en muchos buenos
dioses, más materiales, más humanos, más
palpables. Jehová mismo, su dios único,
el dios de Moisés y de los profetas, era
un dios excesivamente nacional aún,.que
no se servía, para recompensar y
castigar a sus fieles, a su pueblo
elegido, más que de argumentos
materiales, a menudo estúpidos y siempre
brutales y feroces. No parece que la fe
en su existencia haya implicado la
negación de la existencia de los dioses
primitivos.
El dios judío no renegaba de la
existencia de esos rivales, sólo que no
quería que su pueblo los adorase a su
lado, porque ante todo Jehová era un
dios muy envidioso y su primer
mandamiento fue éste:
"Soy el señor tu Dios y no adorarás a
otros dioses más que a mí."
Jehová no fue más que un esbozo primero,
muy material, muy grosero del idealismo
moderno. No era, por lo demás, sino un
dios nacional, como el dios ruso que
adoran los generales rusos súbditos del
zar y patriotas del imperio de todas las
Rusias, como el dios alemán que, sin
duda, van a proclamar bien pronto los
pietistas y los generales alemanes
súbditos de Guillemio I, en Berlín. El
ser supremo no puede ser un Dios
nacional, debe ser el de la humanidad
entera. El ser supremo no puede ser
tampoco un ser material, debe ser la
negación de toda materia, el espíritu
puro. Para la realización del culto del
ser supremo han sido necesarias dos
cosas: 1º) una realización de la
humanidad por la negación de las
nacionalidades y de los cultos
nacionales; 2º) un desenvolvimiento ya
muy avanzado de las ideas metafísicas
para espiritualizar al Jehová tan
grosero de los judíos.
La primera condición fue cumplida por
los romanos de una manera muy negativa,
sin duda: por la conquista de la mayor
parte de los países conocidos de los
antiguos y por la destrucción de sus
instituciones nacionales. Gracias a
ellos el altar de un dios único y
supremo pudo establecerse sobre las
ruinas de otros millares de altares
nacionales. Los dioses de todas las
naciones vencidas, reunidos en el
Panteón, se anularon mutuamente. Ese fue
el primer esbozo, muy tosco y por
completo negativo, de la humanidad. En
cuanto a la segunda condición, la
espiritualización de Jehová, fue
realizada por los griegos mucho antes de
la conquista de su país por los romanos.
Ellos fueron los creadores de la
metafísica. Grecia, en su cuna
histórica, había encontrado un mundo
divino que se estableció definitivamente
en la fe tradicional de sus pueblos; ese
mundo le había sido legado y
materialmente aportado por el Oriente.
En su período instintivo, anterior a su
historia política, lo había desarrollado
y humanizado prodigiosamente por sus
poetas, y cuando comenzó propiamente su
historia tenía una religión hecha, la
más simpática y la más noble de todas
las religiones que hayan existido jamás,
en cuanto una religión, es decir, una
mentira, pueda ser noble y simpática.
Sus grandes pensadores -y ningún pueblo
los tuvo mayores que Grecia- al
encontrar el mundo divino establecido,
no sólo fuera del pueblo, sino también
en él mismo como hábito de sentir y de
pensar, lo tomaron necesariamente por
punto de partida. Fue ya mucho que no
hicieran teología, es decir, que no
perdieran el tiempo en reconciliar la
razón naciente con los absurdos de tal o
cual otro Dios, como lo hicieron en la
Edad Media los escolásticos. Dejaron a
los dioses fuera de sus especulaciones y
se asociaron directamente a la idea
divina, una, invisible, omnipotente,
eterna y absolutamente espiritualista,
pero no personal. Desde el punto de
vista del espiritualismo, los
metafísicos griegos fueron, mucho más
que los judíos, los creadores del dios
cristiano. Los judíos no han añadido más
que la brutal personalidad de su Jehová.
Que un genio sublime como el gran Platón
haya podido estar absolutamente
convencido de la realidad de la idea
divina, eso nos demuestra cuán
contagiosa es, cuán omnipotente es la
tradición de la locura religiosa, aun en
relación con los más grandes espíritus.
Por lo demás, no hay que, asombrarse,
pues aún en nuestros días, el mayor
genio que ha existido después de
Aristóteles y Platón, Hegel, a pesar de
la crítica por lo demás imperfecta y muy
metafísica de Kant, que había demolido
la objetividad o la realidad de las
ideas divinas, se ha esforzado por
reinstaurarlas de nuevo sobre su trono
trascendente o celeste. Es verdad que
procedió de una manera tan poco cortés
que ha matado definitivamente al buen
dios, ha quitado a esas ideas su corona
divina, mostrando a quien supo leerlo
que no fueron nunca más que una pura
creación del espíritu humano que
recorrió la historia en busca de sí
mismo. Para poner fin a todas las
locuras religiosas y al milagro divino,
no le hacía falta más que pronunciar una
gran definición que fue dicha después de
él, casi al mismo tiempo, por otros dos
grandes espíritus, sin ningún acuerdo
mutuo y sin que hubiesen nunca oído
hablar uno del otro: por Ludwig
Feuerbach, el discípulo y el demoledor
de Hegel, en Alemania, y por August
Comte, el fundador de la filosofía
positiva, en Francia. He aquí esa
definición:
"La metafísica se reduce a la
psicología."
Todos los sistemas de metafísica no han
sido más que la psicología humana que se
desarrolla en la historia.
Ahora ya no nos es difícil comprender
cómo han nacido las ideas divinas, cómo
han sido creadas sucesivamente por la
facultad abstractiva del hombre. Pero en
la época de Platón ese conocimiento era
imposible. El espíritu colectivo, y por
consiguiente también el espíritu
individual, aun el del mayor genio, no
estaba maduro para eso. Apenas había
dicho con Sócrates: "Conócete a ti
mismo". Ese conocimiento de sí mismo no
existía más que en el estado de
intuición; en realidad era nulo. Era
imposible que el espíritu humano
imaginase que era él el único creador
del mundo divino. Lo encontró ante él,
lo encontró como historia, como
sentimiento, como hábito de pensar, e
hizo necesariamente de él un objeto de
sus más elevadas especulaciones. Así es
como nació la metafísica y como las
ideas divinas, bases del espiritualismo,
fueron desarrolladas y perfeccionadas.
Es verdad que después de Platón hubo en
el desenvolvimiento del espíritu como un
movimiento inverso. Aristóteles, el
verdadero padre de la ciencia y de la
filosofía positiva, no negó el mundo
divino, sino que se ocupó de él lo menos
posible. Fue el primero que estudió como
un analista y un experimentador que era,
la lógica, las leyes del pensamiento
humano, y al mismo tiempo el mundo
físico, no en su esencia ideal,
ilusoria, sino en su aspecto real. Sus
seguidores, los griegos de Alejandría,
establecieron la primera escuela de
científicos positivos. Fueron ateos.
Pero su ateísmo quedó sin influencia en
sus contemporáneos. La ciencia tendió
más y más a aislarse de la vida. Después
de Platón la idea divina fue rechazada
de la metafísica misma; eso hicieron los
epicúreos y los escépticos, dos sectas
que contribuyeron mucho a depravar la
aristocracia humana pero que
permanecieron sin influencia alguna
sobre las masas.
Otra escuela infinitamente más
influyente sobre las asas se formó en
Alejandría. Fue la escuela de los
neoplatónicos. Confundiendo en una
mezcolanza impura las imaginaciones
monstruosas de Oriente con las ideas e
Platón, ellos fueron los verdaderos
preparadores y más tarde los
elaboradores de los dogmas cristianos.
Por consiguiente, el egoísmo personal y
grosero de Jehová, la dominación no
menos brutal y grosera de los romanos y
la ideal especulación metafísica de los
griegos, materializada por el contacto
del Oriente, tales fueron los tres
elementos históricos que constituyeron a
religión espiritualista de los
cristianos.
Para establecer sobre las ruinas de sus
altares tan numerosos el altar de un
dios único y supremo, amo del mundo, ha
sido preciso que fuera destruida primero
la existencia autónoma de las diferentes
naciones que imponían el mundo pagano o
antiguo. Es lo que hicieron brutalmente
los romanos que, al conquistar la mayor
parte del mundo conocido de los
antiguos, crean en cierto modo el primer
esbozo, sin duda por completo negativo y
burdo, de la humanidad.
Un dios que se levantaba así por encima
de todas las diferencias nacionales,
tanto materiales como sociales, de todos
los países, que era como su negación
directa debía ser necesariamente un ser
inmaterial y abstracto. Pero la fe tan
difícil en la existencia de un ser
semejante no ha podido nacer de
un solo golpe. Por tanto, como lo he
demostrado en el mencionado Apéndice
Consideraciones filosóficas, fue
largamente preparada y desarrollada por
la metafísica griega, la primera en
establecer de una manera filosófica la
noción de la idea divina, modelo
eternamente creador y siempre
reproducido por el mundo visible. Pero
la divinidad concebida y creada por la
filosofía griega era una divinidad
impersonal, pues ninguna metafísica, si
es consecuente y seria, se podía elevar,
o más bien rebajar, a la idea de un dios
personal. Ha sido preciso encontrar,
pues, un dios que fuese único y que
fuese muy personal a la vez. Se encontró
en la persona, muy brutal, muy egoísta,
muy cruel de Jehová, el dios nacional de
los judíos. Pero los judíos, a pesar de
ese espíritu nacional exclusivo que los
distingue aún hoy, se habían convertido
de hecho, mucho antes del nacimiento de
Cristo, en el pueblo más internacional
del mundo. Arrastrados en parte como
cautivos, pero mucho más aún por esa
pasión mercantil que constituye uno de
los rasgos principales de su carácter
nacional, se habían esparcido por todos
los países, llevando a todas partes el
culto a Jehová, al que se volvían tanto
más fieles cuanto más los abandonaba.
En Alejandría, ese Dios terrible de los
judíos conoció personalmente la
divinidad metafísica de Platón, ya muy
corrompida por el contacto con el
Oriente y que se corrompió más aún
después por el suyo. A pesar de su
exclusivismo nacional, envidioso y
feroz, no pudo resistir a la larga los
encantos de esa divinidad ideal e
impersonal de los griegos. Se casó con
ella, y de ese matrimonio nació el dios
espiritualista -no espiritual- de los
cristianos. Se sabe que los
neoplatónicos de Alejandría fueron los
principales creadores de la teología
cristiana.
Pero la teología no constituye todavía
la religión, como los elementos
históricos no bastan para crear la
historia. Yo llamo elementos históricos
a las disposiciones y condiciones
generales de un desenvolvimiento real
cualquiera: por ejemplo, en este caso,
la conquista de los romanos y el
encuentro del dios de los judíos con la
divinidad ideal de los griegos. Para
fecundar los elementos históricos, para
hacerles producir una serie de
transformaciones históricas nuevas, es
preciso un hecho vivo, espontáneo, sin
el cual harían podido quedar muchos
siglos aún en estado de elementos, sin
producir nada. Este hecho no faltó al
cristianismo: fue la propaganda, el
martirio y la muerte de Jesús.
No sabemos casi nada de ese grande y
santo personaje; todo lo que los
evangelios nos dicen es tan
contradictorio y tan fabuloso que apenas
podemos tomar de allí algunos rasgos
reales y vivientes. Lo que es cierto es
que fue el predicador del pobre pueblo,
el amigo, el consolador de los
miserables, de los ignorantes, de los
esclavos y de las mujeres, y que fue muy
amado por éstas. Prometió a todos los
que eran oprimidos, a todos los que
sufrían aquí abajo -y el número es
inmenso-, la vida eterna. Fue, como es
natural, crucificado por los
representantes de la moral oficial y del
orden público de la época. Sus
discípulos, y los discípulos de sus
discípulos, pudieron esparcirse, gracias
a la conquista de los romanos, que
habían destruido las barreras nacionales
y llevaron, en efecto, la propaganda del
evangelio a todos los países conocidos
de los antiguos. En todas partes fueron
recibidos con los brazos abiertos por
los esclavos y por las mujeres, las dos
clases más oprimidas, las que más
sufrían y naturalmente también las más
ignorantes del mundo antíguo. Si
hicieron algunos prosélitos en el mundo
privilegiado e instruido, no lo
debieron, en gran parte, mas que a la
influencia de las mujeres. Su propaganda
más amplia se ejerció casi
exclusivamente en el pueblo, tan
desgraciado como embrutecido por la
esclavitud. Ese fue el primer despertar,
la primera rebelión del proletariado.
El gran honor del cristianismo, su
mérito incontestable y todo el secreto
de su triunfo inaudito y por otra parte
en absoluto legítimo, fue el de haberse
dirigido a ese público doliente e
inmenso, a quien el mundo antiguo, que
constituía una aristocracia intelectual
y política estrecha y feroz, negaba
hasta los últimos atributos y los
derechos más elementales de la
humanidad. De otro modo no habría podido
nunca difundirse. La doctrina que
enseñaban los apóstoles de Cristo, por
consoladora que haya podido aparecer a
los desgraciados, era demasiado
repulsiva, demasiado absurda desde el
punto de vista de la razón humana, para
que los hombres ilustrados hubieran
podido aceptarla. ¡Con qué triunfo habla
el apóstol San Pablo del escándalo de
la fe y del triunfo de esa divina
locura rechazada por los poderosos y
los sabios del siglo, pero tanto más
apasionadamente aceptada por los
sencillos, por los ignorantes y por los
pobres de espíritu!
En efecto, era preciso un profundo
descontento de la vida, una gran sed del
corazón y una pobreza poco menos que
absoluta de espíritu para aceptar el
absurdo cristiano, el más atrevido y
monstruoso de todos los absurdos
religiosos.
No era sólo la negación de todas las
instituciones políticas, sociales y
religiosas de la antigüedad: era el
derrumbamiento absoluto del sentido
común y de toda razón humana. El ser
efectivamente existente, el mundo real,
fue considerado en lo sucesivo como la
nada; producto de la facultad abstracta
del hombre, la última, la suprema
abstracción, en la que esa facultad,
habiendo superado todas las cosas
existentes y hasta las determinaciones
más generales del ser real, tales como
las ideas del espacio y del tiempo, no
teniendo nada que superar ya, se reposa
en la contemplación de su vacío y de la
inmovilidad absoluta; esta abstracción,
este caput mortuum absolutamente
vacío de todo contenido, el verdadero
nada, Dios, es proclamado el único real,
eterno, omnipotente. El Todo real es
declarado nulo, y el nulo absoluto, es
declarado el Todo. La sombra se
convierte en el cuerpo y el cuerpo se
desvanece como una sombra.
Eso fue de una audacia y un absurdo
inauditos, el verdadero escándalo de
la fe, el triunfo de la
tontería creyente sobre el espíritu,
para las masas; y para algunos, la
ironía triunfante de un espíritu
fatigado, corrompido, desilusionado y
disgustado de la investigación honesta y
seria de la verdad; la necesidad de
aturdirse y de embrutecerse, necesidad
que se encuentra a menudo en los
espíritus extenuados: Credo quod
absurdum.
Creo lo absurdo; y no creo sólo lo
absurdo; creo precisamente y sobre todo
en ello porque es absurdo. Es así como
muchos espíritus distinguidos y
esclarecidos de nuestros días creen en
el magnetismo animal, en el espiritismo,
en las mesas móviles -y ¿por qué ir tan
lejos?-: creen en el cristianismo, en el
idealismo, en Dios.
La creencia del proletariado antiguo, lo
mismo que la de las masas modernas
después, era más robusta, de gusto menos
elevado y más sencillo. La propaganda
cristiana se había dirigido a su
corazón, no a su espíritu; a sus
aspiraciones eternas, a sus
sufrimientos, a su esclavitud, no a su
corazón que dormía aún y para la cual
las contradicciones lógicas, la
evidencia del absurdo, no podían
existir, por consiguiente. La sola
cuestión que le interesaba era saber
cuándo sonaría la hora de la liberación
prometida, cuándo llegaría el reino de
Dios. En cuanto a los dogmas teológicos,
no se preocupaba de ellos, porque no los
comprendía de ningún modo. El
proletariado convertido al cristiamo
constituía la potencia material
ascendente, no el pensamiento teórico.
En cuanto a los dogmas cristianos,
fueron elaborados, como se sabe, en una
serie de trabajos teológicos,
literarios, y en los concilios,
principalmente por los neoplatónicos
convertidos del Oriente. El espíritu
griego había caído tan bajo que en el
cuarto siglo de la Era Cristiana, época
del primer concilio, ya encontramos la
idea de un Dios personal, espíritu puro,
eterno absoluto, creador y señor supremo
del mundo, con existencia fuera del
mundo, unánimemente aceptada por todos
los padres de la Iglesia; y como
consecuencia lógica de este absurdo
absoluto, la creencia desde entonces
natural y necesaria en la inmaterialidad
y en la inmortalidad del alma humana,
alojada y aprisionada en un cuerpo
mortal, pero mortal sólo en parte;
porque en ese cuerpo mismo hay una parte
que, aun siendo corporal, es inmortal
como el alma y debe resucitar como el
alma. ¡Tan difícil ha sido, aun para los
padres de la Iglesia, representarse el
espíritu puro al margen de toda forma
corporal!
Es preciso observar que, en general, el
carácter de o razonamiento teológico y
metafísico también, es tratar de
explicar un absurdo por otro.
Ha sido una dicha para el cristianismo
haber hallado el mundo de los esclavos.
Tuvo otra dicha: la invasión de los
bárbaros. ¡Los bárbaros eran buenas
gentes, llenas de fuerza natural y sobre
todo animadas e impulsadas por una gran
necesidad y por una gran capacidad de
vivir; bandidos a toda prueba, capaces
de devastarlo todo y de arrasarlo todo,
lo mismo que sus sucesores, los alemanes
actuales; mucho menos sistemáticos y
pedantes en su bandolerismo que estos
últimos, mucho menos morales, menos
sabios; pero por el contrario, mucho más
independientes y más altivos, capaces de
ciencia y no incapaces de libertad, como
los burgueses de la Alemania moderna.
Pero con todas estas grandes cualidades,
no eran nada más que bárbaros, es decir,
tan indiferentes como los esclavos
antiguos -de los cuales muchos, por lo
demás, pertenecían a su raza- con
respecto a todas las cuestiones de la
teología y de la metafísica. De suerte
que una vez rota su repugnancia
práctica, no fue difícil convertirlos
teóricamente al cristianismo.
Durante diez siglos consecutivos, el
cristianismo, armado de la omnipotencia
de la Iglesia y del Estado, y sin
concurrencia alguna de parte de unos o
de otros, pudo depravar, bastardear y
falsear el espíritu de Europa. No tuvo
concurrentes, puesto que fuera de la
Iglesia no había pensadores, ni aun
gentes instruidas. Si se levantaron
herejías en su seno, no atacaron nunca
más que los desenvolvimientos teológicos
prácticos del dogma fundamental, no el
dogma mismo. La creencia en Dios,
espíritu puro y creador del mundo, y la
creencia en la inmaterialidad del alma
permanecieron intactas. Esta doble
creencia se convirtió en la base ideal
de toda la civilización occidental y
oriental de Europa, y penetró, se
encarnó en todas las instituciones, en
todos los detalles de la vida, tanto
pública como privada de todas las clases
como de las masas.
¿Se puede uno asombrar, después de esto,
que se haya mantenido esa creencia hasta
nuestros días, y que continúe ejerciendo
su influencia desastrosa aun sobre
espíritus escogidos como Mazzini,
Michelet, Quinet, y tantos otros? Hemos
visto que el primer ataque fue promovido
contra ella por el Renacimiento, que
produjo héroes y mártires como Vanini,
como Giordano Bruno y como Galileo y
que, bien que ahogado pronto por el
ruido, el tumulto y las pasiones de la
reforma religiosa, continuó
silenciosamente su trabajo invisible
legando a los más nobles espíritus de
cada generación nueva esa obra de la
emancipación humana mediante la
instrucción de lo absurdo, hasta que, en
fin, en la segunda mitad del siglo XVIII
reaparece de nuevo a la luz del día,
levantando atrevidamente la bandera del
ateísmo y del materialismo.
Se pudo creer entonces que el espíritu
humano iba, por fin, a libertarse, una
vez por todas, de todas las obsesiones
divinas. Fue un error. La mentira
divina, de que se había alimentado la
humanidad -para no hablar más que del
mundo cristiano- durante dieciocho
siglos, debía mostrarse, una vez más,
más podesa que la humana verdad. No
pudiendo ya servirse de la gente negra,
de los cuervos consagrados de la
iglesia, de los sacerdotes católicos o
protestantes que habían perdido todo
crédito, se sirvió de los sacerdotes
laicos, de los mentirosos y de los
sofistas de túnica corta, entre los
cuales el papel principal fue dado a dos
hombres fatales: uno, el espíritu más
falso, el otro, la voluntad más
doctrinariamente despótica del siglo
pasado: a J. J. Rousseau y a
Robespierre.
El primero representa el verdadero tipo
de la estrechez de la mezquindad
sombría, de la exaltación, sin otro
objeto que su propia persona, del
entusiasmo en frío de la hipocresía a la
vez sentimental e implacale, de la
mentira forzada del idealismo moderno.
Se le puede considerar como el verdadero
creador de la reacción moderna. En
apariencia el escritor más democrático
del siglo XVIII, incuba en sí el
despotismo despiadado del estadista. Fue
el profeta del Estado doctrinario, como
Robespierre, su digno y fiel discípulo,
que trató de convertirse en el gran
sacerdote. Habiendo oído decir a
Voltaire que si no hubiese existido Dios
habría sido necesario inventarlo, J. J.
Rousseau inventó el ser supremo, el
dios abstracto y estéril de los deístas.
Y en nombre de ese ser supremo y de la
virtud hipócrita ordenada por el ser
supremo, Robespierre guillotinó a los
hebertistas primero, luego al genio
mismo de la revolución, a Dantón, en
cuya persona asesinó la república,
preparando así el triunfo, desde
entonces necesario, de la dictadura de
Bonaparte l. Después de este gran
triunfo, la reacción idealista buscó y
encontró servidores menos fanáticos,
menos terribles, medidos por la talla
considerablemente empequeñecida de la
burguesía de nuestro siglo. En Francia
fueron Chateaubriand, Lamartine y -¿es
preciso decirlo? ¿y por qué no? hay que
decirlo todo, cuando es verdad- fue
Víctor Hugo mismo, el demócrata, el
republicano, el casi socialista de hoy,
y tras él toda la cohorte melancólica y
sentimental de espíritus flacos y
pálidos, quienes constituyeron, bajo la
dirección de esos maestros, la escuela
del romanticismo moderno. En Alemania
fueron los Schlegel, los Tieck, los
Novalis, los Werner, fue Schellíng, y
tantos otros aun cuyos nombres no
merecen siquiera ser mencionados.
La literatura creada por esa escuela fue
el verdadero reino de los espectros y de
los fantasmas. No soportaban la Iuz del
día, pues el claroscuro era el único
elemento en que podía vivir. No
soportaba tampoco el contacto brutal de
las masas; era la literatura de las
almas tiernas, delicadas, distinguidas,
que aspiraban al cielo, a su patria, y
que vivían como a su pesar sobre a
tierra. Tenía horror y desprecio a la
política, a las cuestiones del día; pero
cuando hablaba por azar de ellas, se
mostraba francamente reaccionaria,
tomando partido de la Iglesia contra la
insolencia de los librepensadores, de
los reyes contra los pueblos, y de todas
las aristocracias contra la vil canalla
de las calles. Por lo demás, como acabo
de decir, lo que dominaba en la escuela
era una indiferencia casi completa ante
las cuestiones políticas. En medio de
las nubes en que vivían, no podía
distinguir más que dos puntos reales: el
desenvolvimiento rápido del materialismo
burgués y el desencadenamiento
desenfrenado de las vanidades
individuales.
Para comprender esa literatura es
preciso buscar la razón de ser en la
transformación que se había operado en
el seno de la clase burguesa desde la
revolución de 1793.
Desde el Renacimiento y la Reforma hasta
esa revolución, la burguesía, si nó en
Alemania, al menos en Italia, en
Francia, en Suiza, en Inglaterra, en
Holanda, fue el héroe y representó el
genio revolucionario de la historia. De
su seno salieron en su mayoría los
librepensadores del siglo XV, los
grandes reformadores religiosos de los
dos siglos siguientes y los apóstoles de
la emancipación humana del siglo pasado,
comprendidos esta vez también los de
Alemania. Ella sola, naturalmente
apoyada en las simpatías y en los brazos
del pueblo que tenía fe en ella, hizo la
revolución del 89 y la del 93. Había
proclamado la decadencia de la realeza y
de la iglesia, la fraternidad de los
pueblos, los derechos del hombre y del
ciudadano. He ahí sus títulos de gloria:
son inmortales.
Desde entonces se escindió. Una parte
considerable de adquirentes de bienes
nacionales, enriquecidos y apoyándose
esta vez no sobre el proletariado de las
ciudades, sino sobre la mayor parte de
los campesinos de Francia que se habían
hecho igualmente propietarios agrícolas,
aspiraba a la paz, al restablecimiento
del orden público, a la fundación de un
gobierno regular y poderoso. Aclamó,
pues, con felicidad la dictadura del
primer Bonaparte y, aunque se mantuviese
volteriana, no vio con malos ojos su
Concordato con el Papa y el
restablecimiento de la iglesia oficial
en Francia: "¡La religión es tan
necesaria para el pueblo!"; lo que
quiere decir que, ya saciada, esa parte
de la burguesía comenzó desde entonces a
comprender que era urgente, en interés
de la conservación de su posición y de
sus bienes adquiridos, engañar el hambre
no satisfecha del pueblo con las
promesas de un maná celeste. Fue
entonces cuando comenzó a predicar
Chateaubriand.
Napoleón cayó. La Restauración devolvió
a Francia, con la monarquía legítima, la
potencia de la iglesia y de la
aristocracia nobiliario, que se
rehicieron, si no con todo, al menos con
una considerable parte de su antiguo
poder. Esta reacción arrojó a la
burguesía a la revolución; y con el
espíritu revolucionario se despertó otra
vez en ella también la incredulidad. Con
Chateauriand a un lado, volvió a
comenzar a leer a Voltaire. No legó
hasta Diderot: sus nervios debilitados
no soportaban ya un alimento tan fuerte.
Voltaire, a la vez incrédulo y teísta,
le convenía, al contrario, mucho.
Béranger Paul Louis Courier expresaron
perfectamente esta tenencia nueva. El
"Dios de las buenas gentes" y el ideal
del rey burgués, a la vez liberal y
democrático, dibujado sobre el fondo
majestuoso y en lo sucesivo inofensivo
de las victorias gigantescas del
imperio, tal fue en esa época, el
alimento intelectual cotidiano de la
burguesía de Francia.
Lamartine, aguijoneado por la envidia
vanidosamente ridícula de elevarse a la
altura del gran poeta inglés Byron,
había comenzado sus himnos fríamente
delirantes en honor del dios de los
gentiles hombres y de la monarquía
legítima. Pero sus cantos no repercutían
más que en los salones aristocráticos.
La burguesía no los oía. Su poeta era
Béranger, y Courier, su escritor
político.
La revolución de julio tuvo por
consecuencia el ennoblecimiento de sus
gustos. Se sabe que todo burgués de
Francia lleva en sí el tipo imperecedero
del burgués gentilhombre, que no deja
nunca de aparecer tan pronto como
adquiere un poco de riqueza y de poder.
En 1830, la rica burguesía había
reemplazado definitivamente a la antigua
nobleza en el poder. Tendió naturalmente
a fundar una nueva aristocracia:
aristocracia del capital, sin duda, ante
todo, pero también aristocracia de
inteligencia, de buenas maneras y de
sentimientos delicados. La burguesía
comenzó a sentirse religiosa.
No fue por su parte una simple imitación
de las costumbres aristocráticas, sino
que era al mismo tiempo una necesidad de
posición. El proletariado le había hecho
un último servicio, ayudándola a
derribar una vez más a la nobleza.
Ahora, la burguesía no tenía necesidad
de su ayuda, porque se sentía
sólidamente sentada a la sombra del
trono de junio, y la alianza con el
pueblo, desde entonces inútil, comenzaba
a hacérsele incómoda. Era preciso
devolverlo a su lugar, lo que no podía
hacerse naturalmente sin provocar una
gran indignación en las masas. Se hizo
necesario contenerlas. ¿Pero en nombre
de qué? ¿En nombre del interés burgués
crudamente confesado? Eso hubiese sido
demasiado cínico. Cuanto más injusto e
inhumano es un interés, más necesidad
tiene, de ser sancionado, y ¿dónde
hallar la sanción, sino en la religión,
esa buena protectora de todos los
hartos, y esa consoladora tan útil de
todos los que tienen hambre? Y más que
nunca, la burguesía triunfante sintió
que la religión era absolutamente
necesaria para el pueblo.
Después de haber ganado sus títulos
imperecederos de gloria en la oposición,
tanto religiosa y filosófica como
política, en la protesta y en la
revolución se había convertido en -fin
en la clase dominante, y por eso mismo
en la defensora y la conservadora del
Estado, pues este último se había
convertido a su vez en la institución
regular de la potencia exclusiva de esa
clase. El Estado es la fuerza y tiene
para sí ante todo el derecho de la
fuerza, el argumento triunfante del
fusil. Pero el hombre está hecho tan
singularmente que esa argumentación, por
elocuente que parezca, no le basta a la
larga. Para imponerle respeto, es
preciso una sanción moral cualquiera. Es
preciso, además, que esa sanción sea de
tal modo evidente y sencilla que pueda
convencer a las masas, que, después de
haber sido reducidas por la fuerza del
Estado, deben ser inducidas luego al
reconocimiento moral de su derecho.
No hay más que dos medios para convencer
a las masas de la bondad de una
institución social cualquiera. El
primero, el único real, pero también el
más difícil, porque implica la abolición
del Estado -es decir la abolición de la
explotación políticamente organizada e
la mayoría por una minoría cualquiera-,
sería la satisfacción directa y completa
de todas las necesidaes, de todas las
aspiraciones humanas de las masas; lo
que equivaldría a la liquidación
completa de la xistencia tanto política
como económica de la clase, burguesa, y
como acabo de decirlo, a la abolición
del Estado. Este medio sería, sin duda,
saludable para las masas, pero funesto
para los intereses burgueses. Por
consiguiente, no hay ni que hablar de
él.
Hablemos de otro medio, que, funesto
para el pueblo solamente, es, al
contrario, precioso para la salvación de
los -privilegios burgueses. Este otro
medio no puede ser más que la religión.
Es ese milagro eterno el que arrastra a
las masas a la busca de los tesoros
divinos, mientras que, mucho más
moderada, la clase dominante se contenta
con compartir, muy desigualmente por
otra parte y dando siempre más al que
más posee, entre sus propios miembros,
los miserables bienes de la tierra y los
despojos humanos del pueblo, comprendida
su libertad política y social.
No existe, no puede existir Estado sin
religión. Tomad los Estados más libres
del mundo, los Estados Unidos de América
o la Confederación Helvética, por
ejemplo, y ved qué papel tan importante
desempeña la providencia divina, esa
sanción suprema de todos los Estados, en
todos los discursos oficiales.
Pero siempre -que un jefe de Estado
habla de Dios, sea Guillermo I,
emperador knutogermánico, o Grant,
presidente de la gran república, estad
seguros que se prepara de nuevo a
esquilmar a su pueblo-rebaño.
La burguesía francesa, liberal,
volteriana e impulsada por su
temperamento a un positivismo, por no
decir a un materialismo, singularmente
estrecho y brutal, convertida, por su
triunfo de 1830 en la clase del Estado,
-ha debido, pues, darse necesariamente
una religión oficial. La cosa no era
fácil. No podía ponerse francamente bajo
el yugo del catolicismo romano. Había
entre ella y la Iglesia de Roma
un abismo de sangre y de odio y, por
práctica y prudente que se hubiese
vuelto, no llegaría nunca a reprimir en
su seno una pasión desarrollada por la
historia. Por lo demás, la burguesía
francesa se habría cubierto de ridículo
si hubiera vuelto a la iglesia para
tomar parte en las piadosas ceremonias
del culto divino, condición esencial de
una conversión meritoria y sincera.
Muchos lo han tratado de hacer, pero su
heroísmo no tuvo otro resultado que el
escándalo estéril. En fin, la vuelta al
catolicismo era imposible a causa de la
contradicción insoluble que existe entre
la política invariable de Roma y el
desenvolvimiento de los intereses
económicos y políticos de la clase
media. Bajo este aspecto, el protestantismo es mucho más cómodo. Es la religión burguesa por excelencia. Concede justamente tanta libertad como es necesaria para los burgueses, y ha encontrado el medio de conciliar las aspiraciones celestes con el respeto que reclaman los intereses terrestres. Así vemos que es sobre todo en los países protestantes donde se desarrollaron el comercio y la industria. Pero era imposible para la burguesía de Francia hacerse protestante. Para pasar de una religión a otra -al menos que sea por cálculo, como proceden alguna vez los judíos en Rusia y en Polonia, que se hacen bautizar tres, cuatro veces, a fin de recibir remuneraciones nuevas-, para cambiar de religión, hay que tener una gran fe religiosa. Y bien, en el corazón exclusivamente positivo del burgués francés, no hay lugar para ese grano. Profesa la indiferencia más profunda para todas las cuestiones, exceptuada la de la bolsa ante todo, y la de su vanidad social después. Es tan indiferente ante el protestantismo como ante el catolicismo. Por otra parte, la burguesía francesa no habría podido abrazar el protestantismo sin ponerse en contradicción con la rutina católica de la mayoría del pueblo francés, lo que hubiese constituido una gran imprudencia de parte de una clase que quería gobernar Francia. No quedaba más que un medio: el de volver a la religión humanitaria y revolucionaria del siglo XVIII. Pero esa religión lleva demasiado lejos. Por consiguiente, la burguesía tuvo que crear, para sancionar el nuevo Estado, el Estado burgués que acababa de fundar, una religión nueva, que pudiese ser, sin dernasiado ridículo ni escándalo, la religión profesada altamente por toda la clase burguesa. Es así como nació el Ateísmo doctrinario. Otros han hecho, mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo, la historia del nacimiento y del desenvolvimiento de esa escuela, que tuvo una influencia tan decisiva y, puedo decirlo sin dudar, tan funesta sobre la educación política, intelectual y moral de la juventud burguesa de Francia. Data de Benjamin Constant y Madame Staël, pero su verdadero fundador fue Royer Collard; sus apóstoles: los señores Guizot, Cousin, Villemain y muchos otros; su objetivo abiertamente confesado: la reconciliación de la revolución con la reacción, o para hablar el lenguaje de la escuela, del principio de libertad con el de autoridad, naturalmente en provecho de esta última. Esta reconciliación significaba, en política, el escamoteo de la libertad popular en provecho de la dominación burguesa, representada por el Estado monárquico y constitucional; en filosofía, la sumisión reflexiva de la libre razón a los principios eternos de la fe. Se sabe que esta filosofía fue elaborada principalmente por Cousin, el padre del eclecticismo francés. Hablador superficial y pedante; inocente de toda concepción original, de todo pensamiento propio, pero muy fuerte en lugares comunes -que ha cometido el error de confundir con el sentido común-, este filósofo ilustre ha preparado sabiamente, para el uso de la juventud estudiante de Francia, un plato metafísico a su modo y cuyo consumo, obligatorio en todas las escueas del Estado por debajo de la universidad, ha condenado a varias generaciones consecutivas a una indigestión cerebral. Imagínese una ensalada filosófica compuesta de los sistemas más opuestos, una mezcla de padres de la Iglesia, escolásticos, de Descartes y de Pascal, de Kant y de psicólogos escoceses, superpuesto a las ideas divinas e innatas de Platón y recubierto de la capa de inmanencia hegeliana, acompañada necesariamente de una ignorancia tan desdeñosa como cometa de las ciencias naturales y que prueba como dos y dos son cinco la existencia de un dios personal. |
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