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DIVULGACIÓN CULTURAL | |
CUENTOS | |
Julio Cortzar La noche boca arriba |
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Del libro Julio Cortazar Editorial Bruguera 1980 | |
Y
salían
en
ciertas
épocas
a
cazar
enemigos; |
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A
mitad del largo zaguán del hotel pensó
que debía ser tarde y se apuró a salir
a la calle y sacar la motocicleta del
rincón donde el portero de al lado le
permitía guardarla. En la joyería de
la esquina vio que eran las nueve menos
diez; llegaría con tiempo sobrado
adonde iba. El sol se filtraba entre los
altos edificios del centro, y él
-porque para sí mismo, para ir
pensando, no tenía nombre- montó en la
máquina saboreando el paseo. La moto
ronroneaba entre sus piernas, y un
viento fresco le chicoteaba los
pantalones.
Como
sueño era curioso porque estaba lleno
de olores y él nunca soñaba olores.
Primero un olor a pantano, ya que a la
izquierda de la calzada empezaban las
marismas, los tembladerales de donde no
volvía nadie. Pero el olor cesó, y en
cambio vino una fragancia compuesta y
oscura como la noche en que se movía
huyendo de los aztecas. Y todo era tan
natural, tenía que huir de los aztecas
que andaban a caza de hombre, y su única
probabilidad era la de esconderse en lo
más denso de la selva, cuidando de no
apartarse de la estrecha calzada que sólo
ellos, los motecas, conocían. Abrió
los ojos y era de tarde, con el sol ya
bajo en los ventanales de la larga sala.
Mientras trataba de sonreír a su
vecino, se despegó casi físicamente de
la última visión de la pesadilla. El
brazo, enyesado, colgaba de un aparato
con pesas y poleas. Sintió sed, como si
hubiera estado corriendo kilómetros,
pero no querían darle mucha agua,
apenas para mojarse los labios y hacer
un buche. La fiebre lo iba ganando
despacio y hubiera podido dormirse otra
vez, pero saboreaba el placer de
quedarse despierto, entornados los ojos,
escuchando el diálogo de los otros
enfermos, respondiendo de cuando en
cuando a alguna pregunta. Vio llegar un
carrito blanco que pusieron al lado de
su cama, una enfermera rubia le frotó
con alcohol la cara anterior del muslo,
y le clavó una gruesa aguja conectada
con un tubo que subía hasta un frasco
lleno de líquido opalino. Un médico
joven vino con un aparato de metal y
cuero que le ajustó al brazo sano para
verificar alguna cosa. Caía la noche, y
la fiebre lo iba arrastrando blandamente
a un estado donde las cosas tenían un
relieve como de gemelos de teatro, eran
reales y dulces y a la vez ligeramente
repugnantes; como estar viendo una película
aburrida y pensar que sin embargo en la
calle es peor; y quedarse. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al
lado de la noche de donde volvía, la
penumbra tibia de la sala le pareció
deliciosa. Una lámpara violeta velaba
en lo alto de la pared del fondo como un
ojo protector. Se oía toser, respirar
fuerte, a veces un diálogo en voz baja.
Todo era grato y seguro, sin acoso,
sin... Pero no quería seguir pensando
en la pesadilla. Había tantas cosas en
qué entretenerse. Se puso a mirar el
yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente
se lo sostenían en el aire. Le habían
puesto una botella de agua mineral en la
mesa de noche. Bebió del gollete,
golosamente. Distinguía ahora las
formas de la sala, las treinta camas,
los armarios con vitrinas. Ya no debía
tener tanta fiebre, sentía fresca la
cara. La ceja le dolía apenas, como un
recuerdo. Se vio otra vez saliendo del
hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera
pensado que la cosa iba a acabar así?
Trataba de fijar el momento del
accidente, y le dio rabia advertir que
había ahí como un hueco, un vacío que
no alcanzaba a rellenar. Entre el choque
y el momento en que lo habían levantado
del suelo, un desmayo o lo que fuera no
le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo
tenía la sensación de que ese hueco,
esa nada, había durado una eternidad.
No, ni siquiera tiempo, más bien como
si en ese hueco él hubiera pasado a
través de algo o recorrido distancias
inmensas. El choque, el golpe brutal
contra el pavimento. De todas maneras al
salir del pozo negro había sentido casi
un alivio mientras los hombres lo
alzaban del suelo. Con el dolor del
brazo roto, la sangre de la ceja
partida, la contusión en la rodilla;
con todo eso, un alivio al volver al día
y sentirse sostenido y auxiliado. Y era
raro. Le preguntaría alguna vez al médico
de la oficina. Ahora volvía a ganarlo
el sueño, a tirarlo despacio hacia
abajo. La almohada era tan blanda, y en
su garganta afiebrada la frescura del
agua mineral. Quizá pudiera descansar
de veras, sin las malditas pesadillas.
La luz violeta de la lámpara en lo alto
se iba apagando poco a poco. |
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© Helios Buira
San Cristóbal - Ciudad Autónoma de Buenos Aires 2017
Mi correo: yo@heliosbuira.com
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